Revista nº 863
ISSN 1885-6039

De El Malecón a la calle del Agua: el periplo canario-cubano de Luis Suárez Galván. (I)

Lunes, 26 de Enero de 2015
Eugenio Suárez-Galbán Guerra
Publicado en el número 559

Esta es la conferencia impartida, dentro del marco de unas jornadas recientes sobre personajes de Guía de Gran Canaria, por el profesor Suárez-Galbán sobre su abuelo, de origen guiense, Luis Suárez Galván, uno de los canarios emigrantes más sonados y nombrado, entre otros, por González Díaz en Un canario en Cuba...

 

 

Una vez más, me encuentro en deuda con el Excelentísimo Ayuntamiento de Santa María de Guía, con su alcalde, don Pedro Rodríguez, y la concejala de Cultura, Mari Carmen Mendoza, así como con el bibliotecario e investigador Sergio Aguiar Castellano, y con todo el pueblo de mi abuelo, que también considero el mío. Pues es Guía ni más ni menos que otro regalo que me donaron mi abuelo y familia. Y si esta nueva invitación y ocasión de compartir con ustedes es otra alegría y una honda emoción que me atañen a mí de manera íntimamente personal, quisiera comunicar a todos mi gratitud con la misma intensidad de esa emoción por el pueblo que fue cuna de mi abuelo, que él nunca olvidó, así como Guía hace constar una vez más hoy que también mantiene viva su memoria, que tampoco a él lo olvidó.

 

Ya que estamos en familia, conversando con total puridad, debo empezar reconociendo que no soy yo precisamente la persona más informada sobre la vida, obra y milagros de mi abuelo. Sin ir más lejos que mi familia más inmediata, confiado en que el cariño de un padre me disculpará al colocar a mi hija Laura en primer lugar, su afición genealógica que la ha llevado a descubrir desde hace tiempo, y desde Canarias a California, ascendentes y descendientes de don Luis Suárez Galván (o Galbán, conforme es más frecuente el apellido en Cuba), podría sin duda alguna aportar una cantidad de anécdotas y detalles de un valor insospechado capaz de rellenar lagunas de los escritos de y sobre don Luis.  Incluso, y sin ir más lejos ahora que el distinguido público que nos acompaña, se encuentra entre nosotros hoy una persona (ya se habrá adivinado el nombre de Sergio Aguiar) que además de interesarse de lleno en la vida de mi abuelo, me ha mantenido al tanto de todas las novedades de su investigación, facilitando asimismo ese redondear de una personalidad que reclaman para sí ocho islas, siendo Cuba la octava, sobra decir, y por consiguiente, personalidad que también reclaman dos naciones. Otro tanto puede decirse de Laura García Morales y Michel Jorge Millares. Finalmente, aunque seguro que me olvido de más de uno, pidiendo ya disculpas por ello, añado que algo alivia ese fallo mío el serme imposible olvidar ahora las espontáneas charlas con los hermanos González Sosa, el aún llorado poeta, Manolo, y el cronista, Pedro, quienes, muy probablemente insospechado por ellos, tanta noticia para mí tan significativa de mi abuelo, mis orígenes y de Guía me han proporcionado.

 

Dicho esto, nada me extrañaría que algunos se estén preguntando en este mismo momento qué, además de la azarosa circunstancia de ser nieto de Luis Suárez Galván, me trae hoy aquí a hablar de mi abuelo que murió unos veintiún años antes de nacer yo, y del que otros poseen un mayor conocimiento. La leyenda familiar, pero también la literatura, cuya enseñanza ha sido mi modus vivendi durante cincuenta años, podrían ser la respuesta. Máxime que cuando primero leí hace años las breves memorias que escribió mi abuelo, hace justamente cien años y unos tres años antes de morir, a instancias de la mayor  de sus descendientes, mi tía Isabel, y como obsequio a su hijo que era también el primer nieto de Luis Suárez Galván, John Wright, me impresionó, entre tantas cosas, y quizá más lógicamente en mi caso, su sueño desde la infancia de convertirse en hombre de letras. Sueño que tuvo un pronto y doloroso despertar debido a circunstancias económicas que él logró remediar a lo largo de una vida de comerciante y de sacrificios, y que favorecieron las posibilidades de que su nieto dos generaciones después, en cambio, sí pudiera  cumplir ese mismo sueño que la vida a él le negó. Pero me apresuro a añadir que ambos sentimientos de ninguna manera pueden excluir ese otro de gran admiración por el ejemplo humano que manifiestan esas breves –brevísimas– memorias de escasamente veinticinco folios mecanografiados, escritas, como se ha dicho, para su primer nieto, y sin miras, pues, a ser publicadas, pero que no obstante abarcan una riqueza autobiográfica que trasciende la calificación sin más de una confesión mundana de vida y éxito empresarial derivable de una primera lectura. De modo que, para resumir, ha sido esa coincidencia de gustos por la literatura entre abuelo y nieto lo que me trae y lleva hoy a intentar perfilar aún más la personalidad y vida de Luis Suárez Galván, en la medida en que me permitan, por un lado, algunos recuerdos de familia que no figuran en sus memorias, y, por el otro, la contextualización de esas memorias dentro de su época y desde la perspectiva histórica de nuestro presente, así como desde la interpretación que pueden proveer determinados sucesos susceptibles de transformarse en el subtexto, o la realidad más real –permítase la redundancia– de la personalidad de don Luis.

 

Aquella primera impresión lectora de una confesión mundana sin más escrita por un comerciante self made, o de ascenso por méritos propios, es justamente la que se registra y repite en varios escritos sobre mi abuelo, tal como el que firma J. Tabares Sosa en la revista Cuba y Canarias (nº 8-IX-1912), reproducido en gran parte veintiséis años después en un homenaje de quien fuera uno de sus principales socios, y el que pasaría a presidir la firma tras la jubilación de mi abuelo, Heriberto Lobo. Es este, más o menos, el mismo resumen que recoge un reciente libro de John Paul Rathbone, The Sugar King of Havana (56-58), sobre Julio Lobo, hijo de Heriberto, y heredero de la casa Galbán Lobo cuando mi padre y tíos, estableciéndose cada vez más en Estados Unidos, venden su participación en la firma. Al igual que el retrato de mi abuelo que dibuja Francisco González Díaz en Un canario en Cuba (“Apendice”, 89-90), todos incluyen los acostumbrados elogios que suelen brindarse a figuras relevantes que han destacado por su valor profesional, alegando a su vez valores humanos que explican ese éxito profesional. No deja de ser notable que, además de nobleza de espíritu, lealtad, determinación y otros, destaca la constante de la modestia como virtud primordial. Si es verdad, como se ha dicho tantas veces, que todo escrito autobiográfico encierra indefectiblemente una dosis, por pequeña que sea, de vanidad, en el caso de mi abuelo dicha dosis se verá modificada por dos factores: en primer lugar, el ya mencionado propósito de dejar a su primer nieto un retrato de su abuelo que implicó un didactismo que irremediablemente le llevaría a hacer constar determinados logros mundanos con el fin de ilustrar los esfuerzos necesarios para llevar a cabo una vida meritoria. Por lo tanto, y en segundo lugar, ello llevará su narración, como suele ocurrir en tantas confesiones mundanas, a cobrar un carácter apologético en determinados momentos, a convertirse en una apología pro vita sua, que en su caso sería una defensa dentro de la confesión mundana de su vida comercial que requiere igualmente una ejemplificación concreta de sus éxitos, y en especial, cuando su afán de novedad y cambio de la tradición comercial fuera blanco de crítica, y hasta de mofa, de parte de algunos.  No obstante, en todo caso, es fácilmente discernible en sus memorias que cualquier motivo de elogio está por lo general supeditado a una motivación humana, más que profesional, relegando así la confesión mundana de un empresario de éxito al esfuerzo de la voluntad humana en contra de las dificultades y los impedimentos que impone la vida. Incluso, cuando en una ocasión reproduce un elogio que recibió del socio de su tío, todo sentido de jactancia queda relegado y limado por la necesidad que mi abuelo sentía de aplicar su inteligencia y ansia de saber a fin de colocarse en una posición que lo haría necesario y le aseguraría una permanencia laboral, que es claramente lo que destaca aquí la narración más que cualquier afán de alabanza propia.

 

Antes aprovechábamos la fórmula literaria convertida en expresión coloquial de vida, obra y milagros para describir la existencia de Luis Suárez Galván. Ahora no vacilamos en dotar de un sentido casi literal el último de esos términos de la tríada. Porque de milagro bien puede calificarse una existencia que comienza y continúa con una serie de obstáculos que retan constantemente la voluntad humana.  Nace mi abuelo en año de cólera, 1851, epidemia que llegó a afectar a su madre, y por ende, a él mismo, con el resultado de que fue incapaz de caminar hasta los seis años. Bien vengas mal si vienes solo, pero el refrán no se cumplió en su caso, ya que como consecuencia de esa incapacidad física, sucedió otra contrariedad, y es que no pudo asistir al colegio hasta los nueve años. Pero también no hay mal que por bien no venga, y al verse privado de una temprana educación, él, que desde niño soñaba, como se ha dicho, con ser escritor, lejos de desanimarse, se enfrenta a esta primera gran desilusión de una manera que preludia ya una de las más sobresalientes fuerzas de su carácter que él mismo describe como resignación inteligente ante los límites de su realidad, pero sin renunciar nunca a la sana ambición de luchar siempre por mejorar su situación. Es así que, consciente de su inevitable atraso respecto a sus compañeros de estudio, se propone, y logra, para ofrecer un ejemplo representativo, aprender a restar en una sola noche de voluntario desvelo hora tras hora. Y es así que no obstante la doble tristeza de tener que abandonar, además del sueño literario, el de poder continuar sus estudios hasta el bachillerato y la universidad, debido a la precaria situación económica de la familia, va escalando oficios desde aprendiz de zapatero hasta amanuense, primero con un agrimensor de lunes a sábado, con la comida de toda la semana a cuesta, durmiendo en cuevas donde se guardaba la paja para el ganado, y sintiendo ya el orgullo de poder trabajar y contribuir –¡con una peseta diaria!– a la economía de la familia. Admirable admisión de auténtico orgullo humano personal –que no vanidad–, no solo por esa complacencia en el trabajo honrado, sin nunca, nos llega a decir, menospreciar cualquier oficio honrado, sin importarle la valoración que le otorgue la sociedad, sino admirable además  por no renegar de sus orígenes humildes, opuesto a tantos que se dejan llevar de esos falsos valores sociales sin darse cuenta, irónicamente, que mayor valor humano tiene subir por méritos propios y contra tales impedimentos como los que tuvo que enfrentar mi abuelo.

 

Momento de la conferencia de Eugenio Suárez-Galbán sobre su tío

 

Hay otro impedimento que tuvo que superar don Luis, uno sorprendentemente curioso, por no decir del todo incongruente con su posterior fama y extenso conocimiento como hombre de empresa. Y es que, contrario a su afición literaria que se vería limitada a la lectura cuando su ajetreada vida de comercio le permitiera algún tiempo de ocio, nos llega a declarar rotundamente en sus memorias que él no se sentía inclinado al comercio (6). Tan así, que tuvo que ser un macabro episodio, no exento de un humor tétrico por el pánico que le ocasionó al joven Luis, lo que por fin le convenció a tomar la difícil decisión de abandonar familia y Canarias: habiendo ascendido a escribiente para el Cabildo Municipal ahora, asistía mi abuelo a una autopsia, cuya descripción, escrita tantos años después en estas memorias, y pese a ser tan breve, pero tan tremendista, basta para comprender ese cambio tajante y repentino respecto a una decisión que marcaría el resto de su vida, la de emigrar a Cuba en junio de 1867, a los quince años y medio. ¡Cuántos mitos de la emigración canaria a Cuba, del indiano rico y sus casas fabulosas que regresa de la tierra donde todo el mundo se convierte en Midas, o, en ese caso, de la emigración en general, como estamos viendo diariamente hoy mismo, cuántos no quedan desmentidos en estas memorias! Liberada de su contexto literario, la célebre frase de Hamlet –Dormir, acaso soñar– nunca ha estado mejor aplicada que cuando lo ha sido respecto a ese sueño, que, según se olvida tantas veces, se torna fácilmente pesadilla. Dormir en un catre y un almacén compartido por cuatro personas, con una pila de agua en un patio común para todos los habitantes de un caserón donde estaba situado el local del tío materno, hombre por demás extremadamente severo, a cuyo comercio fue a parar mi abuelo en un barrio de La Habana, una vez más de aprendiz, ahora de ayudante de carpeta (7), y sin remuneración alguna. Soñar, no ya con volver a Canarias, donde ya había adquirido el respeto, y hasta cariño, de sus jefes, uno de los cuales hasta llegó a escribirle solicitando su retorno, por no hablar del amor que lo unió siempre a su familia, sino siquiera soñar con poder algún día aceptar una invitación a beber un simple refresco, lo que le estaba vedado por un elemental sentido de dignidad ante su imposibilidad de reciprocar. Y sentir aumentada aún más la inmensa soledad por la lejanía y carencia de familia y tierra natal que agudizó la decisión de su tío de regresar a Canarias. Pues pese al carácter áspero y difícil de su tío, quedó abrumado de tristeza mi abuelo al sentirse solo y sin ninguna familia por primera vez. En fin, y una vez más, como creo se está constatando, la brevedad de estas memorias no obstan para que se describa ahí con suma intensidad la verdadera épica de esa emigración isleña con toda su angustia, merced a la selección y descripción de acontecimientos y detalles que de nuevo también no pueden menos que recordar la frustrada vocación literaria de don Luis.

 

Esa abrumadora tristeza de mi abuelo al encontrarse solo y sin ninguna familia por primera vez, provee una importantísima revelación autobiográfica. Pues como estamos a punto de ver, ese apego a la familia trasciende el entorno familiar inmediato de una manera insospechada. En primer lugar y evidentemente, dicho apego explica la generosidad en cuanto a sus padres y hermanos, a los cuales, tan pronto comenzó a percibir un sueldo, se encargó de enviar remesas periódicamente regulares. Por lo demás, al partir de Cuba en su regreso a Canarias, llevaba su tío todos los ahorros del joven Luis para sus padres. Tampoco olvidará de rescatar a su hermano Eugenio de semejantes penurias por las que él tuvo que pasar, enviándole recursos económicos para costearle la carrera a quien tanto destacaría después como ingeniero. Luego, y como estamos a punto de ver, ese apego a la familia trasciende el entorno familiar inmediato. Pues numerosos fueron los familiares de un parentesco más retirado que llegaron a formar parte de una verdadera constelación de canarios en sus negocios de Cuba, aunque, como veremos pronto, no por enchufe, sistema al que queda claro que él siempre se opuso. Es más, esa concepción suya de la familia no dejó de incluir a Guía entera, a la cual obviamente sentía la necesidad de regresar cuando su ajetreada vida le permitía unas merecidas vacaciones, conforme prueba de manera singular la construcción del sistema hidráulico de la ciudad que un vez más revela esa generosidad y lealtad para con su lugar natal y de crianza. Y adelantando ahora lo que después concretaremos en cuanto a esta visión familiar, ella se verá hasta en la misma empresa, y con conciencia del propio don Luis de la importancia de cultivar ese ambiente familiar del que le privó en un momento dado la emigración que le llevó lejos de la familia y de su tierra.

 

Comienza ahora con la vuelta del tío a Canarias, y a sus escasamente veinte años, la verdadera iniciación comercial de mi abuelo, quien queda a cargo como el socio más joven, pero claramente el más activo, de una nueva empresa formada por su tío antes de partir de Cuba. Y de la misma manera que supo compensar el quebranto de quimeras con soluciones que al menos mantenían viva la esperanza de mejorar su vida y condiciones, logra hacer otro tanto respecto a su escaso interés original por la vida comercial. Como ya apuntó Tabares (8), Luis Suárez Galván llegó a revolucionar por completo el comercio cubano-americano, estancado entonces en una tradición que a él siempre le había parecido limitada, y que reducía la actividad comercial a comprar barato y vender caro, práctica predominante para la que él mismo se declara completamente inepto. No deja de aludir ahí mi abuelo a lo raro que parece que un hombre que ha dedicado su vida al comercio, se revele incapaz de ejercer una de las prácticas consideradas más fundamentales de la profesión. En cierto sentido, está repitiendo esa sorprendente y algo paradójica admisión suya de considerar el mundo comercial como algo ajeno a sus intereses, al menos en un determinado momento de su vida, el de su juventud. Porque más sorprendente resulta pensar que permaneció vigente esa actitud de indiferencia, cuando no de frontal rechazo, en un hombre que tanto aportó y tanto innovó si esa carrera le seguía interesando poco. De hecho, y como ya dijimos suele ocurrir en tantas confesiones mundanas, la de Luis Suárez Galván se convierte en una apología explícita de su profesión ahora en un momento dado cuando alaba con evidente entusiasmo como profesión noble que fomenta una inteligencia y una actividad diversa la de comerciante, si bien admite a continuación que el ejercicio del comercio no tiene más finalidad que la de ganar dinero (13), lo que en definitiva sería ni más ni menos que otro ejemplo típico de su aceptación de la realidad. A modo de apología también, explica que ni la historia ni sus contemporáneos le conceden otro mérito al comerciante por su labor que la de sus éxitos y fracasos, prescindiendo de este modo de cualquier reconocimiento de su talento o habilidad. ¿Se le olvidó a don Luis en algún lapsus incluir que, pese a ese indudable fin económico interesado, que, por otro lado, es en sí y en principio nada objetable, el mundo comercial puede ser también socialmente beneficioso? ¿No es raro que un pionero como él (pues si no fue el primero, ciertamente estaba entre los primeros) que implantó un sistema, todavía vigente hoy, dicho sea de paso, para favorecer al consumidor, abaratando precios mediante un volumen de compra que permitía vender mucho, aunque ganando poco, no es extraño, decíamos, que en esa cita limitara la actividad comercial a simple ganancia monetaria? O, ¿no será que esa visión comercial ahí expuesta, que ignora la creación de empleo y difusión de riqueza que pueden y deben acompañar al comercio, se deba más bien a la ya mencionada explicación apologética contra un criterio de época que el propio don Luis acepta como indudable?, a saber, la de un capitalismo salvaje, de laissez-faire, el mismo tan denostado por la literatura del XIX, empezando por nuestro propio don Benito, y más aún en una colonia que tras luchar por su independencia en dos guerras, se ve privada de su libertad, al ser esta usurpada por una nueva colonización, cuyo yugo será económicamente aún más pesado de sacudir. La tajante oposición de mi abuelo, que sin dejar de admitir de nuevo el pragmatismo, o la utilidad, como fin empresarial, rechaza rotundamente la práctica, por lo visto bastante frecuente, y que él mismo llegaría a sufrir también con frecuencia, de hundir, o siquiera perjudicar, a la competencia como arma, podría de alguna manera inclinar a pensar que, en efecto, él reconoce esa degeneración del sistema de la que él se mantuvo siempre al margen.

 

 

Foto: detalle de la exposición realizada sobre la familia de este personaje

 

 

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