Revista nº 813
ISSN 1885-6039

El Real Casino echó el cierre.

Jueves, 17 de Diciembre de 2015
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 605

Una deuda económica que impide pagar el alquiler del inmueble acaba con un siglo de cultura en la Villa de Santa Brígida (Gran Canaria). Cierra sus puertas sin que a nadie en el pueblo parezca importarle...

 

 

Todo se olvida muy rápido entre nosotros, así que ya no habrá muchos que recuerden o incluso que sepan que el Real Casino de Santa Brígida echó el cierre ahogado por las deudas. Desde hace dos meses, el local permanece con las puertas cerradas y sin que nadie busque una salida a la delicada situación económica de una centenaria sociedad de recreo que, con sus 115 años a cuestas, ha acompañado a la historia social y cultural del pueblo.

 

Por las puertas de la añeja Sociedad entraron las transformaciones en los hábitos y costumbres satauteñas, propiciadas por el progreso tecnológico y las influencias externas de otras sociedades que ya existían en los pueblos vecinos como San Mateo, alegrando el corazón de nuestros abuelos: el cine mudo, luego el sonoro, los bailes de asalto o de Carnaval, incluso celebrados a puertas cerradas durante la posguerra; las veladas lúdicas, los juegos de azar, las semanas culturales con célebres conferencias. Un lugar idóneo y un espacio que congregaba una gran cantidad de público, donde la contemplación, el disfrute del arte cinematográfico o la recreación de la música y el arte de la danza era también el pretexto para buscar pareja, aunque la chica llegara a la sala de bailes acompañada de su madre.

 

Y el mítico Casino ha cerrado sus puertas sin que a nadie en el pueblo parezca importarle, a pesar de que hace apenas 15 años celebrábamos felices el centenario con la presencia del presidente del Gobierno de Canarias (Román Rodríguez) y el amparo de la Casa Real (en 1917 le otorgó el título de Real) a las actividades del aniversario.

 

Fundación. El Real Casino y la Banda Municipal entraron de la mano en la historia de Santa Brígida el 23 de abril de 1900. A comienzos del siglo XX, la Villa, apacible y agrícola, contaba con una población de 4790 habitantes. Un pueblo que hasta entonces no conocía más que largas jornadas de privaciones y trabajos penosos, pero que comenzaba un asombroso cambio de costumbres y se despedía de un siglo que le había partido el corazón por culpa del incendio ocurrido en la parroquia (1897) y la pérdida de Cuba (1898), país al que Canarias estaba ligado sentimentalmente desde hacía siglos.

 

En aquel momento hubo una coyuntura favorable en el conjunto de la Isla. Todo parecía crecer sin límites, propiciado por la construcción del Puerto de La Luz, el marco económico del puerto franco, el comercio, el desarrollo portuario y sus conexiones con Europa –punto de venta de los productos agrícolas–. Todo parecía inundado por los signos del tiempo moderno, mientras se imponía una idea de progreso y de afán por extender la cultura y aprovechar el descanso dominical. Fue, precisamente, en esas circunstancias cuando en aquella primavera un grupo de entusiastas jóvenes dio un impulso a nuestra historia al fundar una sociedad llamada La Amistad, logrando ensanchar nuestros horizontes colectivos.

 

Entre los promotores figuraban comerciantes, empleados y agricultores con inquietudes culturales y deseos de ocupar el poco tiempo de ocio del que disponían. Su primer presidente fue Daniel Afonso López, secretario del Ayuntamiento y vecino de El Castaño; el comerciante José Rodríguez Sosa –vicepresidente– se encargaba del lavado y planchado de la ropa de los correíllos o buques de la compañía Elder y Miller; José Antonio Ramírez Cárdenes llevaba una tienda de aceite y vinagre en el casco, propiedad de su padre, el todopoderoso señor secretario del Juzgado Municipal; Pedro Bravo de Laguna, vecino de la Plaza doña Luisa, contaba con uno de los pocos carruajes que existían en el pueblo; Juan Muñoz Vega –contador– era zapatero, entonces una profesión artesanal muy apreciada por su carácter artesanal, y José Cabrera Ramírez (tesorero) figuraba como propietario del molino de gofio a la entrada de la Villa. Por su parte, el cargo de conserje lo desempeñaba Maestro Joaquín Barrera Guerra que, durante el día, esculpía el hierro en la fragua familiar de El Castaño.

 

Son nombres son repetidos en los libros de actas del Ayuntamiento; es decir, miembros de una burguesía rural ascendente compuesta de tenderos y funcionarios, ávida de prestigio social, que encontraron en La Amistad un medio para la ostentación del divertimento y para cambiar la situación de atraso cultural y mental que imperaba en el pueblo, explicable dado el número de analfabetos que afectaba a la mayoría de la población.

 

Tras un periodo de promoción del proyecto, La Amistad creció rápidamente en número de socios y actos, convirtiéndose en un vehículo de alegría y libertad que daba cobijo a importantes iniciativas culturales y sociales. Los primeros acordes de la Banda de Música tendremos que localizarlos, no obstante, días después de celebrarse las fiestas patronales de 1900. Para entonces la pionera directiva había decidido promover la creación de una agrupación musical en una reunión celebrada por su junta el domingo 12 de agosto de aquel año, acordándose adquirir varios instrumentos, un violín y una guitarra, según las facturas que aparecen en las cuentas de gastos.

 

En primer término, la primera sede de La Amistad, en la calle principal.

Al fondo, la tercera sede, a partir de 1926, y actual, del Real Casino de Santa Brígida (foto: P.S.)


Como sede social de su proyecto, los fundadores alquilaron una casa de dos plantas situada en la primigenia calle Real, propiedad del galdense Jorge Roque Díaz, a razón de 25 pesetas mensuales. Pero a partir de los años veinte, como la sede de La Sociedad se hacía pequeña para tanta expectación se comienza a pensar otra vez en un nuevo alquiler. Así que llegó el momento de acordar con el acomodado propietario agrícola y exalcalde de la Villa Manuel de la Coba Domínguez, para ocupar el moderno inmueble que había construido en 1926 en la zona de La Alcantarilla, frente por frente a la Heredad. El edificio de dos plantas, jardín trasero, amplia azotea y sencillo balcón de fundición era gemelo del inmueble de la Fonda Melián, que ocuparía un solar vecino.

 

El primer cine y la desidia. Fue la etapa más grandiosa del Casino. Un jovencísimo presidente, don Rafael O´Shanahan y Bravo de Laguna, recién licenciado en Medicina por la Universidad de Cádiz, compró un piano de segunda mano en una subasta por el módico precio de 965 pesetas para amenizar los efectos especiales de las primeras películas del cine mudo y un novedoso cinematógrafo. El proyector se instaló en la planta alta de la nueva sede de La Sociedad para poner en marcha las funciones dominicales (la matinée) de Buster Keaton o Charlot, que dejaban entre los asistentes una estela de incredulidad y corazones palpitantes. Comenzaba la historia del séptimo arte en la Villa y los bailes con música.

 

Para entonces, la aún joven Sociedad se acercaba a su cifra histórica de 500 socios, que se regían por unos estatutos establecidos y organizaban todo tipo de actividades culturales o deportivas, contando con bibliotecario, conserje y hasta presidente de recreo, siempre atento a que las parejas guardaran la debida distancia. Que la carne es débil.

 

Aquel nuevo entretenimiento (el cine) fue gracias a la electricidad que suministraba el molino de gofio de los Cabrera. La luz supuso sin duda una revolución tecnológica y fue el punto de partida para posteriores conquistas. Parecía que un mundo cansado y maltrecho de la guerra de Marruecos iniciaba los felices años veinte con ganas de pasarlo bien. Por esos mismos días las tardes felices se incrementaron con la memorable actuación del célebre ilusionista gallego Manuel Rodríguez Saá (1885-1984), más conocido como el Doctor Saá. El pueblo asistía deslumbrado a la naturalidad con que el Doctor Saá hacía los milagros, dedicado a los juegos de manos y de magia con los que asombró a todo el mundo. Camino de África, donde tenía previsto entretener a las tropas que arrasaban Marruecos, el célebre mago hizo una parada en Gran Canaria para realizar varias actuaciones. Hoy el Real Casino se debe a la magia para no desaparecer.

 

 

En la imagen de la izquierda, el popular ilusionista Doctor Saá, que maravilló a los vecinos de la Nueva Amistad en una de sus memorables actuaciones celebrada en 1925. A la derecha, Maestro Pepe el Labrante, con el uniforme de la Banda con su hijo José Luis, a su izquierda y, a su derecha, el joven Ñito Calderín, futuro director de la Banda, recientemente fallecido, en una foto de 1937 (Fondos: El País / Familia González)


El trasiego de jóvenes la tarde de los domingos de un pueblo a otro para acudir a los bailes a la  Sociedad, con sus sones de rocanroles y twists salidos de un pick-ut, o para disfrutar de una sesión de cine, era constante con los coches piratas llenos hasta los topes. Más tarde, se popularizaron los bailes en el nuevo parque municipal, ya a partir de los felices años sesenta. Y en la siguiente década a las mismas se le pusieron una reseña publicitaria para atraer al gran público y ayudar al equipo de fútbol local. Hablamos ya de las verbenas del lechón, con su sabor y olor a carne de cochino frito, la música de orquesta, una juventud embravecida por la impaciencia de recuperar la libertad, la diversión, el relajo y algún que otro guardia en apuro.

 

Recuerdos agradables. Hoy, aquellas dos instituciones satauteñas (El Casino y la Banda de Música) han desaparecido sin que la fuerza de la tradición afile la imaginación de las autoridades que, de momento, ni siquiera se han preocupado por salvar el viejo archivo de papeles amarillentos de la Sociedad ni el severo y viejo mobiliario, como su pequeña y antigua biblioteca, las fotos y pinturas de artistas locales o el citado piano. Todo aquello no es más que un recuerdo agradable. Tras la fastuosa celebración del centenario en el pasado año 2000 y el cese del entonces presidente Luis Rodríguez, el Real Casino fue entrando en una decadencia, sobre todo de índole cultural. Más parecía un bar de juegos de dominó y cartas que la única institución que enseñó a los satauteños que se asomaban al siglo XX que había un tiempo para el ocio después de largas jornadas de trabajo.

 

Lamentablemente, durante toda su dilatada trayectoria la Sociedad no ha sabido asegurarse el futuro, adquiriendo un inmueble donde desarrollar sus actividades, por lo que ha tenido una vida itinerante. La crisis económica y cultural, la falta de memoria y de sensibilidad a todo lo que gire en torno a la cultura popular, el descenso de socios que pagan la cuota (su soporte básico), la falta de apoyo institucional y la iniciativa propia, con una inexistente o errática programación, favorecido todo por la contumaz pervivencia de las mismas actividades a pesar de la alternancia en el poder, le han dado la puntada definitiva.

 

Aunque, por supuesto, hay más motivos inherentes en el ADN de identidad de la actual sociedad. Las últimas directivas no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, no han buscado un relevo generacional, no han logrado conectar o entusiasmar a una juventud que ahora se refugia en formas de vida más individualizadas, al tiempo que ha protagonizado algún curioso capítulo como la expulsión de su socio más longevo: Fefo Ventura. Parecía claro que, tarde o temprano, estaba asistiendo a su propia muerte. El tiempo, el implacable, ha terminado por ponerle punto final.

 

No ha sido, sin embargo, la peor crisis, ni los años más difíciles que ha sufrido el Casino. Ni mucho menos. Si yo trajera a mi abuelo aquí y le dijera mira qué crisis se partiría de risa. Esto sería un accidente para su generación. Recordemos que al estallar la Guerra Civil en 1936 el Casino se vio obligado a cerrar sus puertas; muchos de sus socios se dieron de baja o partieron a luchar en los frentes de batalla, como los vecinos Modesto Troya y Francisco García. La situación económica se volvió inasumible por la falta de ingresos. No había dinero para la cuota, pues primaba comer. La situación no debió mejorar con el tiempo, y la directiva tuvo que despedir al conserje Manuel Benítez, vecino de Los Silos. Pero, poco después, la vieja Sociedad volvió a abrir sus puertas, a renacer de sus cenizas como el Ave Fénix y don Manuel volvió a ocupar su puesto. Así que aún hay esperanza, aunque sea en otra sede, otro escenario de sueños.

 

 

Foto de portada: Directiva del Real Casino durante el centenario celebrado en el año 2000, presidido por Luis Rodríguez. Algunos de sus integrantes han fallecido (autor: Pedro Socorro)

 

 

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