Revista nº 819
ISSN 1885-6039

De promesa a La Peña.

Jueves, 11 de Septiembre de 2014
Pedro Carreño Fuentes
Publicado en el número 539

Desde los albores de mi niñez escuchaba cómo la gente ofrecía promesas de todo tipo, algunas muy singulares, otras no muy piadosas. Fuerteventura entera rezaba en silencio con su corazón y su mirada puesta en la Virgen. Eran años duros y de muchas necesidades...

 

 

Virgen de la Peña Reina y Soberana, dadme vuestro auxilio no se pierda mi alma… Estas loas son el eco de una oración que resuena desde el umbral de mi infancia, es el canto más bello de los hombres y mujeres de esta tierra a su virgen de La Peña.

 

Sí, fueron muchas las veces que las oí y las reoí de nuestros mayores mientras rezaban a la Virgen, y que no por repetidas menos hermosas. Era la oración humilde y confiada de sus hijos que le imploraban. Hoy, recordarlo me permite renovar antiguas sensaciones, apreciar el valor de lo exclusivo y respirar ese aire trascendente y divino, dulce y melodioso, que le envuelve.

 

Aura de misterio y espiritualidad, reverbera en aquellas eternas y legendarias tierras de entre el macizo de Betancuria, donde, según la tradición, en medio de unas peñas refulgentes apareciera a unos pastores y a San Diego nuestra Virgen de la Peña, y como desde aquel momento, ella ha sido la guía espiritual que nos enseña el camino celestial.

 

A estas vivencias, que nos permiten imaginar las etéreas tierras de ensueño, se une como un grito de esperanza contenida y a la vez de un miedo inmerecido, la magia de aquellas antiguas y piadosas leyendas. Era como un escalofrío, un estremecimiento que nos recorría el cuerpo cada vez que se oían. Ellas nos hablaban de cómo el Padre San Torcaz se perdió entre los riscos y vaguadas de Mal Paso y de cómo finalmente fue encontrado flotando junto a su sombrero, sobre las aguas cristalinas de un pequeño pozo, totalmente seco. O de la soga que había en la pequeña ermita de San Diego, con la que amarrar al diablo para poder protegernos de su furia. También aquella otra, que habla de la huella petrificada del pie de San Diego, de la que cuentan que cualquier mortal, que pusiera el suyo allí, puede ver cómo su tamaño se adapta mágicamente al del santo, como si de él mismo se tratara.

 

Y así, con este fulgor de espiritualidad y anhelo, deseosos de encontrar acogida a las inquietudes y amparo en las penas, hombres y mujeres de Fuerteventura inician su peregrinar por los caminos polvorientos de esta tierra; son caminos hechos a base de hambre y de dolor, son caminos de sentimientos, de soledad y de un silencio atronador. Son caminos que van al cielo, que se asoman hasta la pequeña ermita de La Vega donde espera la Gran Madre del Amor, adonde acuden a pedir protección bajo el peso del dolor. Después del fatigoso recorrido llega el encuentro místico con la Virgen, momento de clamor interior en que apenas sale la voz, porque el silencio lo es todo, y donde su dolor se convierte en gozo y gratitud.

 

Y sin duda, referirse a la Virgen es lo que más piedad produce, a ella elevan sus plegarias invocándola en sus horas de amargura, de ahí las tantas y tantas ofrendas que sus hijos le ofrecieran en busca de salud, amor y dinero. Y no sólo los majoreros, también entre los conejeros se había extendido la devoción a la Virgen de la Peña. Su fama por las innumerables gracias concedidas había surcado La Bocayna y allá en aquellos dominios también se hacía merecedora de su respeto y cariño, por ello era normal verles la víspera de La Peña entremezclados con los majoreros enfilando los duros y polvorientos caminos de Fuerteventura, para estar puntualmente en su santuario, en su gran día, en su día solemne, en el que nos convocamos para darle gracias. Y habiendo llegado hasta sus pies, y cuando el cansancio y agotamiento obligaban al retiro se refugiaban a descansar en las Celdas de los Peregrinos junto al sosiego de sus emociones. Tan sólo con rememorar estas escenas caemos en la cuenta del sentimiento emotivo y el conjunto de profundas vivencias.

 

 

Hoy, reverenciar este sacrosanto lugar es poco, por lo mucho que fue y por lo mucho que ha sido, por lo que significó para nuestros mayores y por lo que supone de herencia afectuosa y de valor que legamos a nuestros hijos.

 

Desde los albores de mi niñez escuchaba cómo la gente ofrecía promesas de todo tipo, algunas muy singulares, otras no muy piadosas. Fuerteventura entera rezaba en silencio con su corazón y su mirada puesta en la Virgen. Eran años duros y de muchas necesidades, y era normal que de todos los pueblos acudieran en peregrinación a pagar sus promesas, promesas ofrecidas por algún favor recibido o por alguna gracia especial que se deseaba recibir.

 

Recuerdo oír hablar de promesas hechas a cambio de la protección de la salud de los seres queridos, o de gracias espirituales que aliviaran sus almas, ello propiciaba aquellas idas y venidas hasta La Peña, caminando o en burro, salían desde su pueblo en la víspera, incluso había quien lo hacía dos días antes. Había que estar puntual allí el día principal de su fiesta y siempre entregar alguna ofrenda, a la vez que darle las gracias por los favores recibidos. Era habitual, según la tradición, llevarle velas o una botija de aceite dulce. También encontramos testimonios muy variados y a veces muy duros y desgarradores, en que el dramatismo afloraba, cuando las gracias recibidas estaban en relación con los seres queridos, y nos cuentan que eran muchos los que, cuando se iban acercando al santuario, terminaban el recorrido de rodillas, y así avanzaban hasta llegar a los pies de la Virgen con las piernas sangrantes y doloridas. Era otra forma de pagar sus promesas.

 

Otra vez oí que una mujer mayor dio todos sus bienes al dueño del único coche que había en el pueblo en ese momento, para que la llevara a ver la Virgen de la Peña para pagar la promesa que le debía, pues siendo mayor no quería dejar de cumplirla antes de morirse. Ejemplos de este tipo nos encontramos por toda la Isla, ejemplos colmados de penas y también de mucho gozo que rezuman esperanza.

 

Por escritos era otra forma de tener presente sus deudas a la Virgen. Nos encontramos una nota fechada en 1925 que dice: A nuestra Señora de la Peña una misa y llevar lo que pueda. Otro de estos escritos, fechado en 1849 y firmado, un tanto pretencioso por su contenido, pero muy curioso, escrito en folio debidamente doblado y celosamente guardado en una cajita, cuyo texto dice: Yo José Rodríguez, juro que si en 20 años mi fortuna alcanza 400 reales, le dono a la virgen de la Peña 20 reales.

 

 

Pero además de religiosidad y fervor, la fiesta de La Peña era una ocasión para la diversión y las parrandas y también de oportunidades más acorde con la vida cotidiana. Así durante los festejos se vendía no solo artesanía, sino también todos aquellos frutos que en esa estación ofrece la tierra. Entre mis recuerdos está que las primeras granadas que comí vinieron de la fiesta de La Peña.

 

También en un acto de exaltación y amor a la Virgen, ésta ha sido llevada por los pueblos de la Isla recibiendo el cariño y agradecimiento de su gente. Recuerdo su última venida a mi pueblo. Eran los años sesenta del siglo pasado, recuerdo la espera contenida de la gente y el especial engalamiento que se hizo, fue una gran fiesta a la que acudimos todos, nadie podía faltar.

 

Bajo ese umbral invisible que nos acompaña, en esta Fuerteventura donde la paz y el tiempo son eternos y su paisaje íntimo, íntimo como los caminos y veredas que se entrecruzan para dirigirse a La Peña, caminos de aparente calma y pertinaz quietud con alma franciscana, que nos brindan aromas centenarios e historias legendarias que aún sobreviven. Surcos al acecho del horizonte donde el caminante, protegido por un inmenso manto de estrellas y donde por muy estrecho y polvoriento que este sea, puede elevar su pensamiento a los cielos y conversar con la lucidez del amanecer.

 

La noche ya está cerrada. Encendemos una vela junto a la pequeña imagen y nos disponemos a marchar, nos alejamos del santuario, sentimos en nuestro interior cómo aquella pequeña llama eleva nuestra plegaria mientras nos llega el sonido de las campanas que repican de fe. Un recuerdo emocionado invade mi garganta al recordar a mi madre. Ella, más y mejor que nadie, me enseñó a amar a la Virgen de la Peña.

 

Y mientras converso con mis recuerdos, entono una oración en mi silencio, vuelven a mí aquellas legendarias plegarias de mi infancia grabadas en mi corazón: Ningún lapidario supo definir, si eres de alabastro o eres de marfil, yo puedo decir que eres mi abogada Virgen de la Peña Reina y Soberana…

 

 

 

Este texto y estas imágenes fueron publicados en la revista de la Fiesta de La Peña de Fuerteventura de 2013.

 

 

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