Revista nº 906
ISSN 1885-6039

Don Álvaro Alonso Rodríguez, bueyero de Los Valles.

Lunes, 10 de Febrero de 2014
Mary García
Publicado en el número 509

Don Álvaro Alonso nació en Valle Tabares (La Laguna, Tenerife), en 1928, en el paraje conocido como Las Casitas, lugar alto e improductivo de los valles: porque antes se hacían las casas en los lomos, lo demás era pa’ plantar... Él mismo se autodenominó bueyero -en otros lugares de Canarias guayeros, boeyeros..., términos éstos que enriquecen nuestro acervo lingüístico-.

 

 

Su vida laboral transcurrió principalmente en la finca de la familia Coviella (don Luis Coviella era médico y su esposa se llamaba doña Bonosa Dorta, de los Dorta de Los Silos), quienes tenían grandes propiedades en La Vuelta de los Pájaros (Santa Cruz de Tenerife): lindaba con el Barrio del Perú y el Barrio de La Salud, donde estaba el fielato, ése era el límite de la finca. Igualmente, poseían otra finca, de la misma familia, en el Barrio de la Salud; y otra en la zona de Tahodio. Comenzó con 19 años a vivir en la finca, e incluso, con su esposa, doña Julia González; y, allí, nació su único hijo, José Manuel.

 

Estas grandes fincas estaban plantadas principalmente de plátanos y tomates, cultivos destinados a la exportación; además, cultivaban papas de color procedentes del Reino Unido para su reproducción y devolverlas nuevamente a su lugar de procedencia en forma se semillas, es decir, aquí no terminaban de completar su desarrollo, sólo la multiplicación de las papas (ese modo de reproducir la semilla se ha constatado en otras fincas de Tenerife). Las fincas de La Vuelta de los Pájaros y Barrio de la Salud tenían un encargado y varios jornaleros: siete hombres y cuatro mujeres, pero en la zafra fuerte de los tomates venían más mujeres… La situada en Tahodio contaba con medianeros: Santiago y Manuel Viera. A veces tenía que ir yo a partir, me mandaba el encargado, porque a él no le gustaba ir a partir la cosecha de esa gente... iba en caballo, en la finca habían unos cuantos caballos. Estas fincas se regaban con agua procedente de Tahodio y de galerías del Norte de la isla.

 

Su trabajo era a sueldo: veinte duros a la semana. La finca contaba con unas 8 o 10 vacas cuidadas y alimentadas por un gañán: eran vacas bastas, alguna vez hubo alguna fina, pero siempre habían bastas (...) la leche se vendía en Santa Cruz, había una mujer que la repartía. La reproducción de las vacas se hacía con unos toros bastos que había en La Costa: eran de un hermano de ella (de doña Bonosa).

 

Transporte. Don Álvaro estaba encargado del transporte en la finca, con el carro llevaba los tomates al muelle pare ser embarcados: yo nunca iba delante de la yunta, me colocaba al lado de la retenida, la llevaba en el punto dos para que las vacas jalaran un poco y así nunca se resbalaban ni se abrían. El carro llevaba ochenta cajas de tomates... los animales obedecían a la voz y al toque con la vara... las teníamos herradas porque siempre estaban trabajando; a veces, venía el herrero y yo le decía que sólo necesitan los clavos, en la misma plancha, porque era lo más que se gastaba. Los herreros querían hacerlo todo nuevo porque era más dinero... 

 

Los primeros meses del año eran los más fuertes en la producción de tomates. Los plátanos los llevaba al almacén, allí se preparaban para su exportación y ya eran los camiones quienes se encargaban de trasladarlos. Otros de los cometidos que llevaba a cabo con el carro eran: sacar el estiércol para la platanera, ir a buscar los cestos para los tomates en don Diego Luz, en la entrada del Barrio de la Salud, ir a buscar guano en Industrias Químicas, que estaba donde está ahora el Parque Marítimo... Cuando iba al muelle salía de la finca por La Vuelta de los Pájaros, calle Barranquillo y el muelle. Otras veces tenía que ir a comprar la ración en García Morales en la Plaza de Weyler, subía por la calle Castillo, San Sebastián y llegaba hasta la finca.

 

Con el carro también llevaba a cabo otros cometidos como era: los cujes y el cisco pa’ la cama de las vacas, venían del monte en camiones, y yo los repartía con el carro... Una vez terminado el cultivo, se recogía y guardaba toda la madera, era muy resistente, se trataba de palos de brezos, afollado, acebiño..., e incluso cañas: se guardaban en flejes de cincuenta latas y se guardaban en la finca...

 

El carro se encerraba en un salón, lo entraba con los animales, ellos se guiaban a través de la voz: caminando pa’trás, yo sólo les decía pa’trás y ellas seguían, si tropezaban con la pared se paraban, y así lo iba entrado del todo en el salón.

 

 

Otros trabajos con las yuntas. Arar, trillar... Los animales estaban educados para cada una de las faenas: sabían que iban a arar, trillar... porque veían el yugo tendido, iban solas y se colocaban cada una por su mano; si era con el carro, también lo hacían. Todos los trabajos que se debían hacer con las yuntas los realizaba él mismo, con lo cual no tenía tregua a lo largo de todo el año.

 

Don Álvaro, como tantos de nuestros mayores, posee conocimientos de nuestra historia reciente, con los que se puede escribir un gran libro, pero, como siempre, las páginas de esta revista tienen sus limitaciones de espacio y sólo se puede exponer una pequeña parte. Entre las vivencias que relató, expondré una de ellas por su significado: coincidió con uno de los viajes al muelle, vi desembarcando vacas que venían de Fuerteventura en años de seca, estaban flaquitas. Pedían permiso a particulares para entrar los animales a comer, recuerdo verlas en la Montaña de Guerra, en La Caldera, en barrancos... una vez recuerdo ver desembarcar a un camello, aquellas patas largas...

 

 

Este artículo fue publicado previamente en el nº 68 de la revista El Baleo.

 

 

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