Revista nº 855
ISSN 1885-6039

Invitación a la lectura de A pesar de los vientos, de Manuel González Sosa.

Lunes, 28 de Octubre de 2013
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el número 494

En este libro se reúnen los cinco cuadernos de poemas que su autor quiso ofertar a la reflexión de solo sus amigos, mientras vivió; una selección exigentísima, expurgada, corregida, recorregida, podada, vuelta a podar, de lo que su autor fue escribiendo en líneas cortas durante toda su vida: Sonetos andariegos, Cuaderno americano, Paréntesis, y Tránsito a tientas.

 

El cuidado de uno de esos amigos, Andrés Sánchez Robayna, con la ayuda de otro, Miguel Martinón, y los expresados deseos de los asistentes a un curso sobre la vida y obra del poeta de Guía, realizado en la Casa de la Cultura de la ciudad norteña, hicieron que el Ayuntamiento de Guía tomara la iniciativa de hacer realidad esta edición conjunta de sus cuadernos poéticos. Y así sale ahora, bajo el sello de la Editorial Salto de Página, del Grupo Editorial Siglo XXI. Los editores han querido envolver este poemario con unas cubiertas verde limón que casan bien con la esperanza, que es lo que representa esta poesía: una reflexión realista sobre el vivir naturalmente, con sencillez, pero en profundidad, sin agavillar ortigas de ofensa o de defensa. Es de esperar que otros ayuntamientos tomen nota con la obra de escritores de sus términos que duermen en las gavetas.

 

En mi invitación a la lectura me voy a fijar en algunos de los cuadernos citados, y espigar, aquí y allá, el modo con que, en la lectura del mundo de nuestro poeta, siempre late su historia personal, habitadora de un lugar tan concreto como son las Islas Canarias.

 

Releyendo los versos de Manuel González Sosa, llega uno a la conclusión de que parece que necesitaba alejarse de su entorno para encontrarse, y ser más consciente de su historia. El poeta fue un verdadero andariego por muchos paisajes, no solo de su tierra. Homo viator, su poesía es una reflexión sobre esas miradas: “sentirte / sobre un camino / yendo a cualquier parte” (ya sea por Italia, por la Península, por América), a través de sus múltiples lecturas: “Sembré los ojos en distantes / cielos”, “isleño perplejo del vacío”, y siempre encuentra en esos paisajes algo de su viaje vital y de su terruño, y nos sorprende con meditaciones sobre su ser en la tierra canaria. Es curioso el tema de su sombra. Asomado a una ventana es consciente de la distancia, y se niega a aceptar que está anocheciendo. “Abajo, tus pisadas van detrás de tu sombra”.

 

Hay que decir que casi todas las visitas a lugares fuera de su isla están mediatizadas por la literatura. Los álbumes de dichos viajes así lo demuestran. Ya lleva metido en su alma el paisaje que va a visitar, con la previa lectura de Unamuno, Machado, Juan Ramón, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Leopardi, Keats, Shelley, Galdós, César Vallejo, Pablo Neruda, Gabriel Miró, Rilke, Góngora (de quien toma el título para la colección), y tantos otros nombres avizorados en este breve pero hondo poemario,

 

El agua de otros mares “desentierra / en la memoria azules y relumbres”. Me viene a la mente la cita de las mañanas de los sábados con el mar, en La Puntilla, al lado del Juguete del Viento de César Manrique, donde se paraba en contemplación reflexiva. El día pleno, la hora radiante le lleva a “una orfandad de nido”, y teme verse expatriado de su sombra, o que esta se desvanezca. La sombra de una nube que oscurece un muro lo transporta a alguna visión de su infancia. Los pasos presentidos en la noche le llevan a dialogar con un árbol de su infancia.

 

Una nevada en Ávila le hace sentir sus “venas sollamadas / de arenales y lavas”, y siente la necesidad de huir deprisa cuando el silencio de su corazón sitie su latido. La visión le hace decir: “Con ningún rejo de su cepa el hielo / podrá punzar los copos de ceniza / allá bajo aquel polvo encandecido”.

 

En “Nocturno de Ostia (II) nos cuenta la experiencia de aguantar un aguacero nocturno. Acude a un verso del libro que seguro se ha comprado aquella tarde en una librería de viejo, espoleado por el recuerdo del traductor del Goffredo famoso, su conterráneo de hacía cuatro siglos, Cairasco de Figueroa: “Geme il vicino mar. Ya no lo escucho, / me lo recuerda el libro que defiende mis ojos de la lluvia. / Y las palabras del Tasso resucitan mi pregunta / a aquella madrugada miserable… / Desprendo / el libro de mi frente y lo resguardo / entre las ropas empapadas. Otros / interrogantes siguen estallando / bajo el diluvio mientras continúa / mi huida solitaria por la noche / y la Gerusalemme liberata / busca en mi piel calor para sus versos”.

 

La octava 79 del Canto primo de la Gerusalemme liberata comienza con “Geme il vicino mar sotto l’incarco / dell’alte navi, e de’ più levi pini: / sicchè non s’apre omai sicuro varco / nel mar Mediterraneo ai Saracini”. Cairasco había traducido (mejor, interpretado): “El peso de galeras, naves, barcos, / hace gemir los términos marinos, / tanto, que ni con remos ni con arcos / osan pasar bajeles sarracinos”.

 

He tenido el libro en mis manos, ya encuadernado en pasta dura, y no hay rastro alguno de la lluvia nocturna. Es una reedición de 1937, de la prefaciada y anotada por G. Stiavelli, de 1890, de la firma milanesa Edizioni A. Barion, della Casa per Edizioni Popolari, S. A.

 

En “Pinar en la Maremma”, aparece “súbito malpaís”. El poema “Exilio” es otro ejemplo más de lo que intento decir. Está en Italia y contempla, pero su espíritu está en las “lavas del mediodía bajo los pies desnudos”. Don Eugenio Padorno ha hecho una sustanciosa exégesis de este poema.

 

En “Recanati” nos trae la cita de Leopardi “e strano / al mio loco natio” en la que nos da las claves de su sintonía con el gran poeta amado también por Unamuno, y nos invita a leer el poema del italiano. Aquí se retrata como graffittista de las palabras del poeta, al que revive en su sentido moral más exigente.

 

 

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