Revista nº 847
ISSN 1885-6039

De adivinos y curanderos en Mazo: El Zahorí y La Maga.

Martes, 22 de Octubre de 2013
Manuel Poggio Capote y José Pablo Vergara Sánchez
Publicado en el número 493

Las creencias populares han fijado en sanadores, brujos y otros taumaturgos unas de sus más claras referencias. Incluso, hoy en día, en La Palma, como ha venido sucediendo, los curanderos continúan siendo demandados por numerosos dolientes. El mal de ojo, los airones, las cruces abiertas o el susto en el estómago son algunos de los males que con mayor frecuencia se observan en estos dispensarios. No en vano, en la actualidad, un heterogéneo ramillete de sanadores se reparte por toda la isla.

 

 

Más desvanecidos se hallan los adivinos que, salvo los más oportunistas echadores de cartas y arribistas de otras artes proféticas, han desaparecido casi por completo de la cultura popular. No obstante, los tristemente célebres casos de las jóvenes Madeleine McCann y Marta del Castillo han devuelto a un primer plano el uso de esta esotérica vía. En La Palma, se constata el empleo de estas prácticas desde muy antiguo. Un buen ejemplo fue María de la O, mujer del marino Gonzalo Pérez, naufragado hacia 1624 en un viaje de La Habana para España y por cuya desaparición, como era rutina, llegaron a realizarse las pertinentes honras fúnebres. No satisfecha con ello, la abatida viuda consultó con la gitana María Gracia el paradero de su esposo, quien, tras leerle las manos, le aseguró que continuaba vivo. Más tarde, por éste y otros hechos similares, la quiromántica María Gracia fue procesada por la Inquisición.

 

Casi olvidadas, en Villa de Mazo, la tradición atesora los relatos de dos vecinos que, entre las mitades de los siglos XIX y XX, combinaron ambas suertes mágicas: la sanación y la videncia. Los prodigios de Pedro Martín, conocido como El Zahorí o El Zajorí, y doña Manuela, apodada por sus especiales atributos como La Maga, fueron historias que, hasta hace unas pocas décadas, poblaron tanto las conversaciones y tertulias familiares como los encuentros vecinales. Aunque las que colacionamos en estas líneas conciernen sólo con el municipio macense, no cabe duda de que esta clase de cuentos reinaron hasta fecha reciente en el conjunto de la geografía insular. Como parte de ese patrimonio intangible que ha conformado nuestra cultura, queden aquí y para que no se pierda su memoria, una breve semblanza de ambos personajes y de las extraordinarias narraciones con las que se les resaltaba.

 

El Zahorí. Pedro Martín, también conocido como El Adivino y, sobre todo, por El Zahorí o Zajorí, es evocado por sus descendientes como un hombre alto, serio y más bien callado. Nacido en Mazo a mediados del siglo XIX, en el seno de la misma familia que contó con otro personaje épico como fue El Viejo Montero, ejerció de curandero y vidente. Tuvo su morada en Lomo Oscuro (barrio de La Sabina), en una casa que aún subsiste, junto a la cueva de Belmaco. Por aquella época, la oquedad de Belmaco era aprovechada como bodega, pajero, horno o, inclusive, como fábrica de aguardiente.  En este ámbito, a El Zahorí se le arrogaba la capacidad –con su “fuerza de vista”– de mandar aguas.

 

Así, se cuenta que, en una ocasión, una vecina que se acercaba hasta Belmaco, portando sobre su cabeza una vasija de barro llena de agua, fue sometida a su energía ocular. Algunos presentes indujeron a El Zahorí a que rompiera con su “fuerza de vista” y desde lo lejos el recipiente. Aunque reacio al principio, don Pedro accedió a los requerimientos de sus amigos y la vasija acabó por romperse en cuatro pedazos. La memoria de aquel episodio recoge que, con posterioridad, Pedro Martín le repuso el susto a la señora con la entrega de un recipiente nuevo. Comentaba la gente de la época que era esta “fuerza de vista” la que le proporcionaba a Pedro Martín remedio para curar el mal de ojo que tanto sanó.

 

Vivienda de El Zahorí, junto a la cueva de Belmaco

 

En cuanto a las artes adivinatorias, la tradición oral refiere que una vez El Zahorí fue capaz de entrever el robo de unos higos en un tendal. Registran los testimonios que estando don Pedro en su casa con unos conocidos, éstos le dijeron que se marchaban a recoger los higos pasas dejados días atrás, a lo que El Zahorí les replicó que no se molestaran porque los frutos habían sido robados. Los incrédulos amigos lo comprobaron cuando se desplazaron hasta el horno y su cosecha había desaparecido.

 

En otra ocasión se relata que una atenazada madre acudió a su casa con su hijo de corta edad enfermo. Tras observarlo, el curandero le dijo a la atribulada mujer que no se preocupara, que al niño no le iba ha ocurrir nada. Y así ha quedado grabado en el recuerdo popular: el infante se recuperó de la dolencia.

 

Una de las páginas más singulares en la biografía de Pedro Martín sucedió con una familia de El Pueblo. Según recoge la oralidad, en la vivienda de los Bravo se encontraban tres miembros de la familia desahuciados por el médico local. Como última posibilidad se acudió a El Zahorí, quien, tras explorar la situación de los enfermos, aseveró con rotundidad que disponía de un remedio para los males que afligía a aquella casa. No obstante, advirtió que si lo aplicaba, uno de los tres individuos moriría, otro recuperaría la salud y el último quedaría sordo. La familia accedió al uso de la medida y se ha transmitido que eso fue precisamente lo que ocurrió: uno de los enfermos falleció, otro vivió y el tercero perdió la audición; a partir de entonces éste último pasó a ser conocido entre sus convecinos como Bernardo el Sordo o Sordo Bravo.

 

Lo cierto es que las habilidades de El Zahorí no quedaron entre los humanos. Los testimonios refieren a que, en otra oportunidad, fue capaz de amansar a una res que se había embravecido. En un cercado de Malpaís de Arriba se encontraba un toro topón a cuyo perímetro nadie se atrevía a aproximarse. Con el fin de ejecutar algunas faenas era necesario coger unas herramientas en el establo allí emplazado. Ante esta situación, don Pedro entró en el cercado o relva donde se encontraba el animal, se quitó la montera, pronunció un rezado y el mismo, de inmediato, se tornó sumiso y quedó, sin moverse, pastando brezo. Cuando El Zahorí salió del corral, balbuceó de nuevo un rezado y, como antes, el toro permaneció dócil.

 

Pero, sin duda, como personaje mítico, el capítulo más extravagante de la vida de Pedro Martín se rubricó con su muerte. Consciente de estar aquejado de una grave enfermedad, dedujo que el único posible tratamiento a su postración era una pócima demasiado fuerte. Sin embargo, su delicado estado físico seguramente no resistiría la toma de la cura. Por ello, el día que intentaría la sanación mandó comunicar a sus parientes y conocidos para que asistieran a su duelo. En el día señalado bebió el “agua” y murió. El Zahorí avisó a sus allegados, de este modo tan natural, de su propio entierro.

 

La Maga. El segundo de los personajes rescatados de la tradición oral es el de doña Manuela o, como comúnmente era conocida, La Maga. Procedía del municipio de Tijarafe y, junto a su marido, doña Manuela se estableció en Malpaíses, bajo la montaña de Tirimaga, donde abrió una panadería. Gente de toda la isla acudía a su casa a visitarla. Aproximadamente hasta mediado el siglo XX, ejerció de adivinadora y curandera. El apelativo de La Maga proviene, justamente, de las supuestas cualidades portentosas que aplicó durante su vida.

 

Entre las curiosidades de esta afamada sanadora que, según refiere la tradición, abordó tanto personas como animales, se encontraba un bicho parecido a un escarabajo negro que doña Manuela guardaba en una cajita y mimaba, alimentándolo con polvillo o “serrín” de plata. A las personas que concurrían a su auxilio cobraba la voluntad y únicamente afrontaba lo que ella “entendía”. Así, cuando, en una ocasión, la visitaron con un niño que tenía un ojo hinchado, dirigió la curación hacia el médico municipal.

 

Antigua morada de La Maga

 

De doña Manuela se han registrado, especialmente, algunas virtudes en la cura de animales. Un día en que fue consultada sobre un cerdo enfermo, dijo que le dieran baguitas de Santa María hervidas con orines. Al día siguiente, antes de que el propietario del cochino acudiera al corral del animal (pues tenía que tomar el camino que transitaba próximo al domicilio de La Maga), la adivinadora al verle pasar le comentó, sin haber salido de su casa, que se despreocupara, pues el cochino ya se encontraba recuperado. Cuando el campesino llegó al chiquero, mucho más arriba, así lo certificó.

 

Y es que la clarividencia fue también otro de los rasgos por la que doña Manuela fue conocida. En una ocasión, a un vecino de Malpaís de Arriba le desapareció un perro. Después de dos o tres de días sin saber nada del animal, el dueño recurrió a La Maga. Doña Manuela le especificó que el perro estaba vivo y amarrado; y que si lo soltaban regresaría. Al cabo de pocas fechas, en concreto el día de San Juan, seguía sin aparecer el cánido. El propietario, al salir de su morada, antes de bajar a la costa de Mazo a las faenas propias de aquella jornada, volvió a visitar a doña Manuela para preguntarle más o menos por dónde se hallaría el perro para “silbarle” e intentar atraerlo de algún modo. La Maga le respondió que estaba a unos kilómetros, en el Norte, en Velhoco (Santa Cruz de La Palma), pero que no fuera en su busca porque el perro ya volvía a casa. Ese día cuando el vecino, a la tarde, regresó de las tareas laborales, encontró al perro en su vivienda. Inquirida una vecina de Malpaís de Arriba por el dueño acerca de si había visto algo, ésta refirió que el perro había vuelto por el camino del Norte.

 

El robo de animales fue un asunto que La Maga despachó otras veces. Así, en una ocasión que un toro fue sustraído en Tirimaga le preguntaron a doña Manuela por su paradero; a ello refirió que lo habían conducido a La Banda: lo llevaron a El Paso y lo van a matar. Cuando los vecinos de Mazo llegaron hasta la jurisdicción pacense encontraron que el bóvido estaba siendo vendido en el matadero. En otra oportunidad, acudió a La Maga una señora de Malpaís de Arriba que había perdido una oveja; a esta cuestión le precisó que la encontraría escondida dentro de un horno en Barranco Hondo (Tigalate). Los vecinos fueron hasta allí y, al parecer, encontraron a la oveja.

 

Queden estas dos historias como incompletos relatos de la memoria oral de un pueblo. En ambas, la fantasía ha transitado al mundo de lo real. Antes de que desaparezcan para siempre, dejamos estas líneas como recuerdo de las maravillosas vidas de El Zahorí y La Maga, en las que la magia ha quedado esculpida en el acervo de la isla.

 

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Foto de portada: Casa de La Maga

 

 

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