Revista nº 810
ISSN 1885-6039

Los infatigables senderos de Neptuno. Bernardo G. de Candamo, en el veinticinco aniversario de la muerte de Tomás Morales.

Sábado, 11 de Mayo de 2013
Antonio Henríquez Jiménez
Publicado en el número 469

Este escrito de hoy se me asemeja a un desquite espiritual de aquella postura “de escuela”, en 1908. Como se ve, las palabras de Candamo son una glosa de la “Oda al Atlántico”, aparecida en el segundo libro de Las Rosas de Hércules, y cuya publicación pudo controlar en vida Tomás Morales.

 

 

Una curiosa coincidencia hizo que el mismo día en que llegó a mi poder, enviado generosamente por su hijo don Luis, el borrador manuscrito de un texto de Bernardo G. de Candamo de 1946 en recuerdo de Tomás Morales, al comentar el hecho con doña Amparo González, viuda de Manuel, el hijo menor del poeta canario, ella tuviera la repentina sospecha de que el correspondiente texto impreso pudiera hallarse en una caja donde su marido acostumbraba guardar recortes de prensa. Y efectivamente allí estaba.

 

El artículo en cuestión, que don Luis G. de Candamo suponía publicado en la Hoja del Lunes madrileña, apareció el 29 de agosto de 1946 en el diario Informaciones, también de Madrid, pero no firmado con el pseudónimo que entonces usaba  habitualmente en la publicación de la Asociación de la Prensa (Iván d’Artedo), sino con su nombre y apellidos. El artículo se encuentra en la página 3 del periódico, amparado por el antetítulo “Panorama”, que debe ser el nombre de la serie de la prestación de Candamo en el rotativo. Viene titulado con un verso del libro primero del Endimión de Keats, “Los infatigables senderos de Neptuno”.

 

El nombre del escritor Bernardo G. de Candamo ha cobrado, no hace mucho tiempo, cierta notoriedad, por haberse publicado el epistolario entre Unamuno y él, de la mano de Jesús Alfonso Blázquez González, con prólogo del citado hijo de Candamo. En dicho libro se habla, entre otras muchas cosas, de las publicaciones en que colaboraba el llamado “crítico del 98”, a cuya nómina se suma ahora el periódico Informaciones. Me comenta su hijo que allí fue acogido por su amigo Juan Pujol, aquel incipiente poeta que, a la par que Tomás Morales, publicaba sus versos en el segundo lustro del siglo XX, y que incluso se atribuía la prioridad en el cultivo de la temática marina en la literatura española moderna. Esta jactancia le era afeada discretamente por Enrique Díez-Canedo, al reseñar su obra Jaculatorias y otros poemas. El incipiente poeta devino en periodista influyente, director de publicaciones de marcado signo derechista y jerarca de la prensa.

 

Como se sabe, no es la primera vez que G. de Candamo se ocupa de Tomás Morales. Ha sido comentada su reseña del primer libro del poeta, aparecida en la revista madrileña Faro1 el 11 de octubre de 1908, bajo el título “Guía del lector. Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar2.

 

La postura que mantiene en esta nota de lectura es característica de lo que se llamaría posteriormente “mentalidad noventayochista”. Con esos presupuestos, el autor sólo ve tendencias extrañas a “los modos de expresión castellanos” y reminiscencias de otros autores. Ante su postura estética de no evaluar positivamente esta poesía nueva, dedica un buen espacio a divagar sobre otros temas, con cierta ironía3. Sin embargo, nos dice que, después de hojear el libro, se fue interesando y acabó por leerlo entero. Habla de versos efusivos, cálidos, vehementes, de “cordialidad amorosa y verdadero lirismo”, naturales. Resalta los Poemas del Mar como los mejores del libro, indicando a continuación su filiación dariana y herediana. Al final, Morales es “una indudable promesa de un verdadero poeta.”4

 

En la segunda colaboración de Bernardo G. de Candamo en la revista donde publicaba el escrito del que hablamos (28-VI-1908), había justificado su trabajo de crítico en la revista, y fijado su postura frente a las nuevas formas literarias. En la misma revista (3-I-1909), firma un artículo donde habla de la literatura en España durante 1908: “El año literario”. No nombra allí a Tomás Morales. En la página 3 de la revista, debajo del artículo y firma de Candamo, aparece una lista de los libros publicados en 1908, bajo el título “Versos, novelas, crónicas y críticas”, donde sí se encuentra el título del libro de Tomás Morales, en el número 4. Al referirse a los poetas, habla solamente de Marquina y Enrique de Mesa (poetas que no publicaron libro, como afirma el crítico, en 1908) y de Enrique Díez-Canedo, cuyo nombre aprovecha para hacer unos comentarios sobre la influencia extranjera. Dice:

 

Díez-Canedo, con gran cultura asimilada y hecha espíritu propio, escribe versos que traen un vago eco de otros, que unas veces florecieron aquí, y las más fuera de España. La influencia extranjera a través de los líricos americanos, con Rubén Darío5 al frente, es enorme en los poetas jóvenes. Debe esperarse para algún día la vuelta al hogar, a la tierra esta tan fuerte en su pasado, tan franca y robusta en el idioma.

     Algunos libros y algunos autores nos hacen persistente su recuerdo. Los demás ya fueron olvidados por nosotros; si nos entretuvieron un instante, no nos dejaron impresión duradera. El ansia de espíritu, de sentimiento, de exaltación, de españolismo que sentimos no se ve en la producción literaria del año último, acallada. Se puede profetizar que no será muy grande la transformación en el 1909.

 

Al comienzo de la revisión del año que ha acabado, ensalza sobremanera la novela de Ricardo León Casta de Hidalgos. Su pensamiento se basa en que la única literatura nacional española es la castellana. Después de afirmar que el andalucismo “anda bien infiltrado en las letras castellanas”, alude a la compenetración del andaluz Ricardo León “con nuestra alma nacional, que es Castilla”, a la cual sabe amar “y vivir su presente y los recuerdos de su pasado”. Califica Casta de Hidalgos de “libro tan admirable y desafiador del tiempo […], bellamente castizo, despertador de sentimientos y de evocaciones.” Luego dedica bastante espacio a hablar del “éxito favorable, pero circunstancial”, de los libros eróticos.

 

No he alcanzado a ver ningún comentario de Bernardo G. de Candamo sobre la aparición de los dos libros de Las Rosas de Hércules (1920, 1922), ni sobre la muerte de Tomás Morales. Ojalá la suerte nos depare de nuevo la aparición de algún escrito de esta índole, para ver la posible evolución de su pensamiento con respecto a la poesía de Tomás Morales.

 

Este escrito que presento hoy se me asemeja a un desquite espiritual de aquella postura “de escuela”, en 1908. Como se ve, las palabras de Candamo son una glosa de la “Oda al Atlántico”, que había aparecido en el segundo libro de Las Rosas de Hércules, y cuya publicación pudo controlar en vida Tomás Morales. Es una glosa totalmente laudatoria, con la atención clavada en la clasicidad del poema, aparecida además en época de sequía cultural en España, y coincidiendo con la fecha de los veinticinco años de la muerte del poeta canario.

 

La versión manuscrita es sorprendente por el excesivo elogio que representa el escribir: “Epígono de Tomás Morales fue Rubén Darío”. De entrada, suena como a despiste –que, de hecho, lo sería–; pero el subconsciente quizás le hace recaer en el mismo despiste, cuando tacha la palabra “Epígono” y la reescribe, con mayor claridad, encima del renglón. Los linotipistas, tal vez, o algún compañero de redacción, o el director de la publicación, o el mismo Candamo harían la corrección pertinente, y en la página 3 del vespertino madrileño se leerá: “Antecedente de Tomás Morales fue Rubén Darío”.

 

Candamo, según su hijo, tenía los libros de Morales en su biblioteca. Hoy se encuentran, junto con los de otros escritores de la época modernista, en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez de la Universidad de Río Piedras, en Puerto Rico. No he logrado saber qué dicen las dedicatorias del vate canario; pero sería interesante haber traído su contenido a este trabajo. Tiene, pues, Candamo delante de sus ojos el segundo libro de Las Rosas de Hércules; más exactamente, la “Oda al Atlántico”; y de allí transcribe versos de Morales y palabras del poeta de las que se apropia en su prosa expositiva. Va acompañando las diversas partes de la “Oda”, hasta el poema XIX, con citas, ya cortas, ya largas; con algún que otro salto hacia atrás; y con vocablos sueltos del poema. En algún momento, en el periódico (no sabemos qué había en el original manuscrito en la página 5, porque desgraciadamente nos falta) repite los mismos versos del apartado VI de la “Oda”. Y es el segundo despiste, ahora en el escrito publicado. Seguramente en el manuscrito existirían algunos versos de los apartados VII y VIII, que era lo que tocaba por el orden de citas y alusiones: la aparición de la aurora y el sol esplendente que acariciaba excitante al mar-monstruo, poderoso y esquivo.

 

También tiene presente en su mente los cuadros del pintor Néstor Martín Fernández de la Torre, del que había escrito palabras elogiosas, allá por 1914 en el periódico madrileño El Mundo: “Hemos asistido a la revelación triunfal de un pintor nuevo, a quien ni aún de nombre conocíamos en España. […] La pintura de Néstor es una pintura literaria; es decir, es una pintura de hombre culto.” En 1915, con ocasión de otra exposición de Néstor, elabora otra reseña, en la que sigue hablando sobre “pintura literaria”. En ninguno de los dos escritos relaciona esta pintura con Tomás Morales, el gran amigo de Néstor. Pero ahora, en 1946, los aduna a ambos en hermandad: “amplificadora lírica”, “pródigas policromías”, “suntuosas inspiraciones”. El eco más cercano de esa evocación puede haber sido la lectura en Madrid, dos años antes, en 1944, de la “Oda al Atlántico” por la recitadora catalana Áurea de Sarrá, en una exposición de artistas canarios que se celebraba en el Museo de Arte Moderno, noticia que dio la prensa nacional.

 

Aquí, en Las Palmas de Gran Canaria, si no es por tomar un bote de vela latina el nombre del poeta (allá por 1941, creo), y por el empeño de algún escritor o periodista de poner el nombre de Morales en sus escritos (entre los que hay que citar a Servando Morales y a Luis Doreste Silva); o por el deseo de algún jerarca falangista de hacer una antología de “lo mejor” de Morales (así lo quería Dionisio Ridruejo, alentado por Luis Doreste Silva; pero la familia desbarató el proyecto, con buen criterio, pues iba a aparecer un Tomás Morales sin sus inacallables entusiasmos aliadófilos), casi nada se decía, o se dijo, por los alrededores del veinticinco aniversario de la muerte del poeta. Hay que consignar, sin embargo, el fervor de un estudiante, llamado Juan Fuentes González, espoleado creo por el profesor Joaquín Artiles (que ya en 1944 hablaba de Morales en una conferencia a la que se le dio difusión en la prensa), que publicó dos artículos en que hablaba de Morales; y los también fervorosos redactores (entre los que se encontraba Servando Morales) de la efímera revista Luces y Sombras, que anunciaban un homenaje a Tomás Morales desde su primer número, en febrero de 1946, y que sabe Dios por qué no llegó a realizarse6. En el número 2 de la revista, del mes de marzo, publicaron el poema “A Rubén Darío en su última peregrinación”, y aducen dificultades en la confección del número extraordinario que preparaban.

 

Tuvo que ser Bernardo G. de Candamo quien llamara la atención en el ámbito nacional, con este amplio artículo de exaltación del clasicismo del poeta canario, para que otros se fijaran en él. No hay que olvidar que ya, en el mes de febrero de 1946, Claudio de la Torre publicaba en ABC “Un viejo poeta inédito”, dedicado a Domingo Rivero, donde recordaba a Morales como el iniciador del “casi todo el movimiento poético de entonces [1908] en las islas Canarias, y transcribía el célebre soneto de Rivero “Yo, a mi cuerpo”. No hay que olvidar tampoco el eco que pudieran haber tenido en la prensa peninsular, pues hacia allá saltó la noticia, las conferencias que dio en El Museo Canario, a finales de junio de 1946, el hispanista irlandés Walter Starkie, director del Instituto Británico en España, el cual aludía en unas declaraciones que “era un admirador intenso de Tomás Morales –mucho mejor que Rubén Darío en varios aspectos, según sus palabras.”

 

A falta de consultar otros periódico, al menos el propio ABC de Madrid, el 15 de agosto de 1946, conmemoraba los veinticinco años de la muerte de Tomás Morales, publicando la fotografía de su retrato pintado por Nicolás Massieu (posiblemente tomado de las primeras páginas del Libro primero de Las Rosas de Hércules), con una nota de recuerdo, y el soneto “Puerto de Gran Canaria, sobre el sonoro Atlántico”. ABC llama a Morales “glorioso poeta canario […], uno de los más puros e inolvidables líricos que en la época rubeniana cantaron, con acento propio, la Naturaleza. […] Fue un gran poeta latino, profundo y fragante, de la estirpe de Verdaguer, y su vida ejemplar y su arte delicado perdurarán eternamente en la historia de la lírica española.”

 

Pero Candamo es el primero que dedica un artículo entero a Tomás Morales por esta época y con resonancia nacional. Unos tres meses después, alude a nuestro poeta en el escrito que publica, bajo el pseudónimo de Iván d’Artedo, en su sección “Signos” de la Hoja del Lunes madrileña, del 25 de noviembre de 1946. “Laureles sobre un féretro” es el nombre del artículo, dedicado a la muerte de Eduardo Marquina. Allí nombra Las Rosas de Hércules, viniendo a decir que su autor (a quien no cita) se debe a lo clásico:

 

Porque, ya por intuición, ya por adivinación, ya por escolaridad, los grandes poetas arraigan en las tierras de paganía en que florecieron los clásicos rosales. Las rosas de Hércules denominó y acertadamente a un volumen antológico uno de estos poetas de amplio huelgo. Rosas y Hércules casan bien y constituyen feliz metáfora. De igual modo acierta Marquina a armonizar lo tenue y lo rudo, lo apasionado y lo vagaroso.

 

Al comienzo del año siguiente, los oficios en Madrid de Antonio de la Nuez Caballero y de Servando Morales consiguen que el diario de mayor tirada del Movimiento publique una extensa doble página central de homenaje a Tomás Morales. Se trata de El Español, que presenta el 4 de enero de 1947 escritos de Alfredo Marqueríe, José María Pemán, Manuel Machado, Claudio de la Torre, Luis Doreste Silva, Antonio y Sebastián de la Nuez Caballero (este último firmando todavía como Sebastián Manuel), Juan de Tirma, Ignacio Quintana Marrero y Gabriel de Armas.

 

Presento el texto del artículo, tal como apareció en la prensa, añadiendo en nota a pie de página las diferencias más importantes, las léxicas, y algunas de puntuación, dejando para otra ocasión un trabajo donde se presenten las diferencias de todo tipo que hay del original a lo aparecido en el periódico.

 

Debo dar las gracias, por su generosidad y acogida personal, a doña Amparo González y a don Luis G. de Candamo; pues, de no ser por su gesto, no conoceríamos hoy este capítulo de la recepción del poeta Tomás Morales.

 

La mortaja de Tomás Morales (1921). Imagen de Miguel Eleuterio López Rivero (archivo de la FEDAC)

 


 

Panorama

 

            “Los infatigables senderos de Neptuno”7

 

      Por Bernardo G. de Candamo.

 

                              A Concha Espina, que cegó de ver mar.8

 

Hace un cuarto de centuria que la muerte nos arrebató a Tomás Morales, buen amigo y excelso poeta. Por Tomás Morales logra el Atlántico multitudinaria voz de infinitas interpretaciones. Cantan en el inexhaustible estro de Tomás Morales olas y mareas, irisados9 crepúsculos matutinos sobre la trémula superficie glauca y albescentes rayos lunares en las noches argénteas. Cantan en el inexhaustible estro de Tomás Morales velámenes impelidos10 por las auras11 y jarcias que crujen; quillas que aran el mar y mástiles que aran el viento.

     El gran lírico Tomás Morales adopta en ocasiones épicas actitudes, y sin menoscabo12 de personalidad nos trae remotas e insignes resonancias13.

      No hay sirenas en el mar de Tomás Morales; pero él las evoca sabia y oportunamente. Y así este mar de los no adivinados14 periplos se asimila al en que Odiseo realizó el suyo para que Homero lo inmortalizase.

     En Homero perdura el mar turquí15 de sirtes16, sirenas, y tritones.17 Poseidón lo rige desde su18 flotante trono, arrastrado por la cuadriga que Tomás Morales en su mar tormentoso sabrá suscitarnos. Es piélago de procelas19 el mar de Tomás Morales. Tampoco20 ofrecen las21 atlánticas costas ruinas de paganismo ni mutiladas estatuas de hieráticas22 divinidades. Ostentan23 belleza natural y fértiles lujuriantes24 perspectivas. Fueron un tiempo moradas de atlantes que acertaron a25 someter al26 “fuerte titán de hombros cerúleos e inenarrable encanto.”27

     Hemos llamado al mar28 que acuna las Islas Afortunadas29 el mar de Tomás Morales. También Tomás Morales se lo apropia.

 

    El alma en carne viva, va hacia ti, mar augusto,
¡Atlántico sonoro! Con ánimo robusto,
quiere hoy mi voz30 de nuevo solemnizar tu31 brío.
…………………………………………………
¡Mar azul de mi Patria, mar de Ensueño32,
mar de mi Infancia33 y de mi Juventud…, mar Mío34!

 

     Asistamos a las metamorfosis de ese35 mar tan suyo:36

 

  Era el mar silencioso…

 

     “Era su superficie como un cristal inmenso37.” Nada le altera; duerme con38 sueño de milenios; es a “la estática adicto y al Aquilón39 reacio.” Es como una enorme piedra líquida40 inanimada e insensible. Y así acontece lo largo de las41 edades. Hasta que un día y precedido de trágicas conflagraciones geológicas42, surge Poseidón de las abisales profundidades, de la43 enigmática urna de diamante. ¡Poseidón olímpico!44 Envuélvelo45 un manto en que brillan estrellas. Adórnanle46 fucos y algas el hirsuto mentón y el cabello, que el huracán acaricia.47 Con Poseidón llegó la vida a aquel mar que se moría de tedio. Piafan entre espumas los cuatro48  corceles que le conducen.

 

    Vedlos: ¡cómo engallardan las cabezas cornígeras!
Ensartadas de perlas vuelan las recias crines,
y entre sus finas patas para el galope alígeras,
funambulescamente, rebotan los delfines…”
………………………………………………….
“Y en medio el Dios. Sereno49,
en su arrogante senectud longeva,
respira a pulmón50 pleno
la salada ambrosía que su vigor renueva.

 

     La heterogénea fauna marítima51 antes ignota aparece sobre las encabritadas ondas.52

 

   Llenó un rumor vehemente los ámbitos difusos;53
los gérmenes profusos54
a actividad trajeron sus faces vibratorias,
y describieron, plenos de estímulos vitales,
maravillosos peces sinuosas trayectorias,
moviendo apresurados sus aletas caudales.
…………………………………………….
y a lo lejos, tocados de súbitos ardores,
tropeles de gigantes cetáceos en celo
lanzaban, imponentes55 hasta horadar el cielo,
con ímpetu de tromba, líquidos surtidores…

 

     Néstor de la Torre, genial pintor de estos ictiológicos abismos de “ovas y lamas”, convive en la amplificadora lírica de su entrañable conterráneo, de su entrañable coisleño el aeda de Las rosas de Hércules. Tanto en Néstor como en Tomás Morales el Atlántico se torna fabuloso despilfarrador de pródigas policromías, de suntuosas inspiraciones para los máximos “panneaux” decorativos. Versos de Tomás Morales, lienzos de Néstor, “aquarium” en que van y vienen teratológicos ejemplares de cuanto en los senos del océano mora. Lujo de color y lujo de entrañables emociones poéticas. Y todo ello estilizado con esos deliciosos tanteos que significan lo mejor del arte.56

 

   Llenó un rumor vehemente los ámbitos difusos;
los gérmenes profusos57
a actividad trajeron sus faces vibratorias,
y describieron, plenos de estímulos vitales,
maravillosos peces sinuosas trayectorias,
moviendo apresurados sus aletas caudales.
…………………………………………….
y a lo lejos, tocados de súbitos ardores,
tropeles de gigantes cetáceos en celo
lanzaban, imponentes58 hasta horadar el cielo,
con ímpetu de tromba, líquidos surtidores…

 

     No se contaba con lo que había de venir. Un pequeño ser consciente contemplaba la fantasmagórica baraúnda. El desorbitado espectáculo le hacía cavilar. “Vivo limitado al terruño”, meditaba frente al mar apacible o inquieto. “¿Habrá algo más allá?”, se decía. “¿Y por qué perder los tesoros que entre diáfanas esmeraldas se nos ofrendan?”, habrá objetado la ambición.

     Y el hombre, aquel hombrecillo59, aquel “homunculus”60, aquel junco pensante, subió a la selva y congregó a los que se le asemejaban. Atronaron61 primitivas herramientas62 el aire nemoroso. Abatiéronse63 árboles y después de lenta, ardua labor,64 alcanzó a construirse esa casi nada: ese prodigio que recibe65 el mágico y sagrado66 nombre de nave. ¡El hombrecillo inventó la nave! Portentoso esfuerzo le costó la proeza67.

 

   Mas era osado y fuerte: Juvencia florecía
sobre su cuerpo virgen a plenitud logrado;
sus fibras un extraño temblor estremecía,
y, tácito, asumía
el momento de oscuras inminencias preñado…

 

     El hombrecillo acababa de conquistar el torvo elemento, que había de serle dócil para tantas otras jamás soñadas conquistas68.

     Araron quillas el mar de Tomás Morales; mástiles araron vientos que mueven oleajes69 que salpican las nubes sobre el ciánico mar de que Tomás Morales se ha instituido chantre indiscutible.

     Hombres contra70 impulsos de la Naturaleza; atlantes contra el Atlántico; héroes71 contra dioses coronados de72 iridiscente flora submarina. El hombrecillo imperó73 a viento y marea y74 entonó, después de75 tantos avatares, su76 canción77 paleontológica, en que se guardan, como en una caracola,78 ecos de la79 primigenia marina anterior a los mitos y precursora de los civilizados paisajes que el mar arrulla para recreo de caballeros, damas y damiselas en vacaciones.

     Antecedente80 de Tomás Morales fue Rubén Darío. De haberse prolongado la vida de Tomás Morales, que los dioses apetecieron, lo seguro es que Tomás Morales, sin abandonar la heráldica estirpe, se moviese en audaz81 andadura de82 exploración de83 modos técnicos,84 ritmos y rimas nunca de antes abordados.

     Tomás Morales abarcaba desde su atalaya solar de poeta impoluto y avizor de horizontes siempre huidizos: horizontes de poetas85. El “no llegar” debería ser lema de los86 pulsadores de lira.

     ¿Qué le faltó a Tomás Morales para el definitivo triunfo? Le faltó87 una cosa esencial. Le falló seguir viviendo88. ¡Catastrófica tragedia!89

     Tomás Morales murió feliz de amor y de arte90 en el dorado archipiélago de que irradian91  ofuscados de92 lumbraradas febeas93 “los infatigables senderos de Neptuno”, a que el dulce Keats en su “Endimión”94 alude.

 

 

 

Bibliografía

 

ARTEDO, Iván d’ (1946) “Signos”: “Laureles sobre un féretro”. Hoja del Lunes (Madrid). 25-11.1946.

BLÁZQUEZ GONZÁLEZ, Jesús Alfonso (2007): Miguel de Unamuno y Bernardo G. de Candamo: Amistad y Epistolario (1899-1936). Prólogo: G. de Candamo, Luis. Madrid, Ediciones 98.

CANSINOS-ASSENS, Rafael (1996): La novela de un literato. Madrid, Alianza.

G. DE CANDAMO, Bernardo (1908): “Guía del lector. Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar”. Faro (Madrid). 34: 11.10.1908: 2.

_____________ (1908): “El autor y el crítico. He sido yo”. Faro (Madrid). 19: 28.06.1908: 3-4.

_____________  (1909): “El año literario". Faro (Madrid). 46. 3-01.1909: 2-3.

_____________ (1911): “Libros castellanos. Apolo”. La Vanguardia (Barcelona). 19.10.1911: 8.

SÁNCHEZ ROBAYNA, Andrés (1996-1997): “La recepción crítica de los Poemas de la gloria, del amor y del mar, de Tomás Morales (1908)”. Philologica Canariensia (Universidad de Las Palmas de Gran Canaria). 2-3: 343-367.

TORRE, Claudio de la (1946): “Un viejo poeta inédito”. ABC (Madrid, Sevilla). 9 y 16.02.1946.

VV.AA. (1947): “Tomás Morales”. El Español (Madrid). 4.01.1947.

 

 

Notas

1. La revista, dirigida por Bernardo Rengifo y Tercero, se publicó en 1908 y los dos primeros meses de 1909. Estaba financiada por Ramón Gasset, y fue ideada por José Ortega y Gasset. En ella se escribía de política, literatura, economía, educación, guerra, música, agricultura, etc. No aparecieron en ella versos. Algunos de sus firmantes fueron José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, Adolfo Posada, Baldomero Argente, Julio Cejador, Luis Bello, Domingo Barnés, Edmundo González-Blanco, José Ramón Mélida, Manuel Manrique de Lara, Vicente Vera, Álvaro de Albornoz, Enrique de Mesa, Federico García Sanchiz, Enrique Díez-Canedo, Cristóbal de Castro, Parmeno, Ramiro de Maeztu, Luis Brun, Francisco A. de Icaza, Luis de Terán, Luis de Zulueta, José María Salaverría, Pedro de Répide, Alberto Valero Martín, E. Gómez Carrillo, José Castillejo, Andrés González-Blanco, Vicente Almela, José de Laserna, Pedro González-Blanco, Rafael Urbano, Ángel Guerra, Fantasio, Antonio de Zayas, etc.

2. La publica, casi entera, Manuel González Sosa en Suma crítica, pp. 177-179. Véase lo que opina de ella Andrés Sánchez Robayna, en el artículo titulado “La recepción crítica de los Poemas de la gloria, del amor y del mar, de Tomás Morales (1908)”, en la revista de la Universidad de Las Palmas Philologica Canariensia 1996-1997, n.º 2-3, pp. 343-367. Nótese que la reseña de Candamo es algo tardía, cuando ya en el mes de junio habían aparecido varias en la prensa y en revistas madrileñas, donde se había dicho casi todo lo que se opinaba del libro, y el crítico se encontraba con poco nuevo que añadir.

3. Rafael Cansinos-Assens lo retrata en La novela de un literato (Madrid, Alianza, 1996), por ejemplo, al hablar del banquete inaugural de la tertulia de Pombo en 1915. Allí aparece un Candamo irónico, mordaz, comentando por lo bajo el ambiente y lo que dice Ramón Gómez de la Serna. En La Nueva Literatura. Los Hermes, lo califica de “fino y desdeñoso”. Un amigo de Tomás Morales, Andrés González-Blanco, calificaba a Candamo como “cultísimo y sutil ironista” (al hablar de Eduardo Marquina, en Los dramaturgos españoles contemporáneos. 1.ª serie. Valencia, Buenos Aires, Editorial Cervantes, 1917).

4. Años más tarde, siendo el encargado de la página “Los Jueves Literarios” del periódico aliadófilo El Fígaro (Madrid, 1918-1920), permitió la publicación del poema de Tomás Morales “Balada del niño arquero”, bajo el título “Las Rosas de Hércules. La balada del niño arquero” (Madrid, 5-II-1920, p. 14). Entre las páginas 96-97 del libro de Díez-Canedo Versos de las horas (Madrid, Imprenta Ibérica, 1906) que se encuentra en la biblioteca personal de Tomás Morales, se halla una nota manuscrita del poeta canario con una lista de periódicos peninsulares, con anotaciones. En la nota del periódico El Fígaro, aparece: “Bernardo G. de Candamo”.

5. En 1911, comentando Apolo, de Manuel Machado, afirmará que Rubén Darío trajo la renovación a la poesía española “por ser americano y moderno, por no sentir la raíz de la raza persistente aún en el espíritu.” (La Vanguardia, Barcelona, 19-X-1911, jueves, p. 8).

6. Pedro Perdomo Acedo estaba al tanto de todas estas noticias, y se las comunica al poeta y profesor Fernando González (22-III-1946), residente entonces en Valladolid.

7. Verso 348 del poema Endymion de John Keats: “Tossing about on Neptune’s restless ways”.

8. La dedicatoria no se encuentra en el manuscrito [Desde ahora: ms.]. Concha Espina quedó completamente ciega en 1940.

9. En el ms., esta palabra se halla sobre el renglón, en el que aparece otra palabra tachada e ilegible.

10. En el ms.: “sacudidos”.

11. En el ms., en el renglón, tachado: “el viento”; sobre el renglón: “las auras”.

12. En el ms., la palabra aparece sobre el renglón, donde se encuentra, tachado: “pérdida”.

13. En el ms., la palabra, sobre renglón, donde está, tachado: “reminiscencias”; hay punto y seguido.

14. En el ms.: “futuros”.

15. En el ms., esta palabra aparece sobre el renglón, donde se encuentra, tachado: “azulí”.

16. En el ms., sigue, tachado: “y”.

17. En el ms., sigue, tachado: “y”.

18. En el ms., sigue, tachado: “trono”; sobre el renglón, las dos palabras que siguen.

19. En el ms. y en el periódico: “proceles”.

20. En el ms., esta palabra aparece sobre el renglón, donde se encuentra, tachado: “No”.

21. En el ms., sigue, tachado: “altá”.

22. En el ms.: “augustas”.

23. En el ms., esta palabra se encuentra sobre el renglón, donde aparece, tachado: “Ofrece su”.

24. En el ms., no aparece esta palabra.

25. En el ms., sigue, tachado: “domar al monstruo inmenso”.

26. En el ms., sigue, tachado: “mar”.

27. En el ms., punto y seguido.

28. En el ms., sigue, tachado: “de los que baña e”.

29. En el ms., las dos palabras con iniciales minúsculas.

30. En el periódico faltan estas dos palabras: “mi voz”.

31. En el periódico: “su”.

32. En el periódico: “ensueño”.

33. En el periódico: “infancia”.

34. En el ms.: “…, mar mío”; en el periódico: “: mar mío”.

35. En el ms.: “este”.

36. En el periódico, punto y aparte; en el ms., en el renglón siguiente, tachado: “Asistamos”.

37. En el ms., tachado: “inmenso cristal”; sobre el renglón: “cristal”; al comienzo del siguiente: “inmenso”.

38. En el ms., sigue: “un”.

39. En el periódico: “aquilón”.

40. En el ms., tachado: “insensible e”.

41. En el ms., sigue, tachado: “tiempos”.

42. En el ms.: “cosmogónicas”.

43. En el ms., sigue, tachado: “urna”.

44. En el ms., sigue, tachado: “baj”.

45. En el ms., sigue, tachado: “ma”.

46. En el ms., sigue, tachado: “algas su hirsuta [palabra ilegible sobre el renglón] algas su hirsuto mentón y los”.

47. En el ms., sigue, tachado: “Se rasgaron los espacios con repentino vuelo”.

48. En el ms., sigue, tachado: “brutos”; la palabra que sigue, sobre el renglón.

49. En el ms.: “Dios, Sereno”; en el periódico: “Dios sereno”.

50. En el ms., sigue, tachado: “lleno”.

51. En el ms., sigue, tachado: “hasta entonces ignota, se”; la palabra que sigue, sobre el renglón.

52. Lo que sigue, hasta “pensante, subió a la selva”, pertenece a la no hallada página 5 del manuscrito.

53. En el periódico, coma.

54. En el periódico: “difusos”; corrijo por el libro de Morales.

55. En el periódico, sigue: “, al cielo”; corrijo por el libro de Morales.

56. Los versos que siguen en el periódico deben ser otros en el ms., ya que se repiten los anteriores, pertenecientes a la estrofa VI de la “Oda al Atlántico”. Posiblemente serán parte de la estrofa VII de la “Oda”, donde se canta a la aurora; o de la estrofa VIII, que canta al mar.

57. El periódico transcribe ahora los versos de Morales sin error.

58. Aquí no se corrige; el final del verso sigue igual que en la aparición anterior: “, al cielo”.

59. En el ms. y en el periódico: “homecillo”. El sentido pide “hombrecillo”. Lo corrijo las cuatro veces que aparece.

60. En el periódico: “homúnculus”, sin comillas y con tilde; lo pongo, como latinismo, entre comillas y sin tilde.

61. En el ms., sigue, tachado: “sonaron”; “Atronaron” se encuentra sobre el renglón.

62. En el ms., sigue, tachado: “primitivos instrumentos en”; se corrige la “a” del adjetivo; “herramientas” aparece sobre el renglón.

63. En el ms.: “Taláronse”.

64. En el ms., sigue, tachado: “construyeron esa”; sobre el renglón, tachado: “se co”. Las seis palabras siguientes, sobre el renglón.

65. En el ms., sigue, tachado: “el tan [palabra ilegible]”; las tres palabras siguientes, sobre el renglón.

66. En el ms., sigue, tachado: “nombre de nave.- denominaron”.

67. En el ms.: “conseguirlo”.

68. En el ms.: “El homecillo conquistó el difícil elemento que había de serle dócil para tantas jamás soñadas conquistas.”

69. En el ms., sigue, sin tachar: “ingen-”; luego, en el siguiente renglón, tachado: “que llegan a las”.

70. En el ms., sigue, tachado: “los”; luego sigue: “elementos”; después, aparece, tachado: “formidables”.

71. En el ms.: “semidioses”.

72. En el ms., sigue, tachado: “flora”.

73. En el ms., sigue: “se impuso”; luego, sigue, tachado: “frente”.

74. En el ms., sigue, tachado: “cantó”; la palabra que sigue se encuentra sobre el renglón.

75. En el ms., sigue, tachada, una palabra ilegible [¿“lustros”?].

76. En el ms., sigue: “vieja”.

77. En el ms., sigue, tachado: “casi”; la misma palabra aparece sobre el renglón.

78. En el ms., sigue, tachado: “ecos”; la misma palabra aparece seguida.

79. En el ms., sigue, tachado: “paleontológica”; la palabra siguiente se encuentra sobre el renglón.

80. En el ms.: “Epígono”, palabra que se halla tachada, y repetida, con mayor claridad, sobre el renglón.

81. En el ms., esta palabra se halla debajo de “libre”, que no se tacha; sigue, tachado: “con movimiento”; la palabra que sigue, sobre el renglón.

82. En el ms., sigue, tachado: “genial”.

83. En el ms., sigue, tachado: “mundos”; encima del renglón, tachado: “modos”; la palabra que sigue (también “modos”), sobre el renglón, con una señal de inserción en el mismo.

84. En el ms.: “modos, técnicas”; sigue, tachado: “y”.

85. En el ms.: “poeta”.

86. En el ms., sigue: “hechiceros”.

87. En el ms.: “falló”.

88. En el ms.: “faltó la vida”.

89. En el ms., sin los signos de la exclamación y sin punto y aparte.

90. En el ms.: “, allá”.

91. En el ms.: “se alejan persistentemente”; luego, tachado: “iluminados”; la palabra que sigue, sobre el renglón.

92. En el ms., sigue, tachado: “sol”; encima del renglón, se encuentra: “febea luz”.

93. En el periódico: “jebeas”.

94. En el ms., sin las comillas; sigue, tachado: “nos habla”.

 

 

Este trabajo se ha publicado en el volumen La luz no interrumpida. Homenaje a Eugenio Padorno (Ediciones Clásicas, Madrid, 2012). La foto de portada es un detalle de una imagen de 1915, con autoría de Tomás Gómez Bosch (archivo de la FEDAC).

 

 

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