Revista nº 838
ISSN 1885-6039

Las Fiestas de Mayo en Canarias. Edad Moderna. (y II)

Martes, 07 de Mayo de 2013
Manuel Hernández González
Publicado en el número 469

Con los cambios operados en la sociedad en la centuria de las luces y con la consolidación en el s. XIX del régimen liberal, la solemnidad de las Fiestas de Cruz, tal y como era entendida, desapareció sin apenas dejar huella, manteniéndose sólo las enramadas y el derroche embriagador de los voladores de la víspera.

 

 

(Viene de aquí)

 

 

Las Fiestas de Cruz y el apogeo de la mentalidad nobiliaria. Tal arraigo alcanzó en la isla la Fiesta de la Invención de la Cruz que adquirió el rango de festividad principal en numerosos pueblos, constituyéndose para realizarla una Hermandad que, entre otros objetos, debía dar culto a la Cruz. La más famosa de todas estas Hermandades era la de La Orotava, cuyos priostes, que tenían el privilegio de presidir y sufragar la fiesta, se consideraban a sí mismos como cuerpo cerrado de nobleza, las llamadas Doce Casas, dando lugar a escandalosas controversias y llegando incluso el regidor y diputado Alonso Fonseca a llevar un memorial al rey sobre ello, mediante el que dictaminó Su Majestad que no habiendo especial privilegio no se debía estimar legal que los que fuesen priostes lo alegasen como acto positivo de nobleza», veredicto en el que se dejaba sentir las protestas de las demás familias hidalgas, creyéndose desairadas por no alternar con aquellas en el culto humilde de la Cruz, pretendieron ruidosamente ser admitidos o concibieron los más terribles celos. El propio Viera y Clavijo destaca esa considerable distinción de personas (dentro de la cofradía) y no es mucho que se viesen después en ella dos clases diferentes, esto es la de caballeros ricos, nobles y priostes, y la de hermanos y cofrades de túnica. Aquéllos llamados vulgarmente de las Doce Casas, hicieron un contrato entre sí para dotar anualmente las dos fiestas de la Circuncisión y la Invención de la Cruz, nombrando ante la justicia un Prioste de sus familias, y que no pudiendo éste costearlas se hiciesen entre todas ellas. Esta devoción exclusiva y decorosa, ceñida a pocas casas poderosas del país, no pudo menor que parecer al público como un cierto distintivo y acto positivo de no sé que nobleza incomunicable. El análisis del historiador realejero no tiene desperdicio y confirma el abolengo y la apropiación de que hizo gala la élite social orotavense de la égida de esta fiesta por la gran trascendencia que tenía dentro de la vida de la localidad.

 

En las localidades del Archipiélago en las que predominan las clases revestidas de afanes nobiliarios, surgieron desde prácticamente los albores de la Conquista estas hermandades restringidas que quisieron hegemonizar y controlar esta celebración, al igual que la de la exaltación de la Cruz. En Santa Cruz de La Palma existía desde 1514 una cofradía de la misericordia en su hospital que se fusionó con la Hermandad de la Veracruz, constituida en 1558. Posteriormente esta cofradía pasó al convento franciscano de Nuestra Señora de la Concepción. Se efectuó documento de convenio entre ambos en 1579. Todos los años se nombraba mayordomo después de la Fiesta de la Cruz entre los miembros de la elite insular que eran los encargados de su financiación como sus priostes. En Las Palmas la hermandad ya existía en la ermita de la Veracruz, constituida en 1524, que fue más tarde convento agustino. La de Arucas copia sus estatutos en su erección en 1579, por lo que es anterior. El cofrade vestía de negro al igual que su estandarte. Los cargos directivos eran elegidos el segundo día de Pascua de Resurrección. Entre ellos se encontraba el Prioste, que financiaba la fiesta del 3 de mayo. En Teguise la fiesta de la Invención de la Cruz tenía lugar en la ermita de la Vera Cruz, construida en el siglo XVII y reedificada por sus María de Jesús Gutiérrez y su hijo el capitán Juan Gutiérrez Melián, cuyo patronato data de 1661. En vida de su marido y padre Lucas Gutiérrez, éste la había costeado, pero por las cláusulas del patronato se convertía en dotación perpetua. En 1776 el Día de la Cruz no salió la procesión, por lo que le fue retirado el patronato al coronel Agustín Cabrera Bethencourt. La mayordomía se le dio al capitán Antonio Bernabé Camacho, regidor de la isla. Pleiteando el anterior contra esa decisión en 1805. En La Laguna tuvo la particularidad de celebrarla la Cofradía de la Sangre. La elección de su proveedor se hacía con mucha antelación entre los miembros de la elite. Se confeccionaba una lista con los que teóricamente debían actuar como tales los diez o veinte años siguientes a la sesión. Al no asistir a la reunión no había compromiso solemne, por lo que algunos de ellos rechazaron organizar la fiesta. Otros, sin embargo, gastaron sumas considerables. En 1635 el capitán Blas de Céspedes gastó 1280 reales en colgaduras, candeleros, danza, cera, ramas y gastos religiosos. A partir de la mitad del XVII abonaban en torno a los 200 ducados. En los festejos se mezclaba danza, música, teatro y fuegos. En la danza intervenía la reina Elena (La Magdalena), 2 negros tamborilleros, 10 máscaras, 10 figuras para dos danzas, una de dos de la morisca y otra de ocho. En los fuegos se gastaban 4 pipas, 4 ruedas y 2 docenas de cohetes, se empleaba también una carretada de rama y yerba. En la procesión se sacaba una cruz de plata, que había sido dada al convento por el capitán Pedro Matías de Anchieta en nombre de su hijo Diego Jacinto Fiesco, que había sido su proveedor. Como en La Orotava, lucía un simbólico pendón verde. Al principio se efectuaba dentro del claustro conventual agustino, pero desde 1610 se le autoriza en el exterior. Las disparidades de los beneficiados de la Concepción fueron notables entre otros motivos por no existir otra festividad de la Invención de la Cruz en La Laguna. Su decadencia fue palpable en el siglo XVIII, de forma similar a lo acaecido con la Hermandad de la Sangre, de la que partió su culto.

 

Por esta distinción y nobleza cerrada no se daba sólo en las localidades donde residía la elite nobiliaria, sino que se repetía en aquellas donde las condiciones socio-económicas de los vecinos principales eran mucho más bajas. Hermandades de Misericordia, a imitación de la establecida en La Orotava, y con similares estatutos, se difundieron por toda la isla como un vehículo de preeminencia de los notables de la comunidad. Un caso notable es el de El Tanque. En él las familias distinguidas se conocían por el nombre de priostes y tenían a su cargo la festividad. Desde un año antes elegían entre ellas la persona que habría de organizarla, corriendo sus gastos a su cuenta. Pérez Pescoso expone que, dada la pobreza del lugar, en los últimos años se adelantaba la elección con la finalidad de que fueran haciendo el acopio necesario de dinero, teniendo en ocasiones que embarcarse para Cuba para reunir lo que fuera necesario para tal cometido. Hasta en esa localidad, las familias de priostes se casaban entre sí, considerando un desdoro no hacerlo así. Al atardecer del 2 de mayo se llevaba la imagen de Santa Elena, a la que se le atribuye el hallazgo de la Cruz, a la casa del prioste. En la mañana del 3 iba el beneficio parroquial con las hermandades a buscarla, ocupando un lugar destacado en la procesión los priostes, cuya presidencia correspondía al que aquel año sufragaba la fiesta.

 

En localidades pobres como Adeje la Hermandad de Misericordia se había erigido en 1661. Su fiesta principal era la de la Cruz el 3 de mayo. Será profundamente clasista por diferenciar entre sus miembros una elite que presidía las fiestas y procesiones y el común, que se encargaba de las labores más duras. Los hermanos van vestidos con una túnica negra de bayeta y con la insignia de la Invención de la Cruz. Contaban con un estandarte negro y una campanilla. Los privilegiados eran doce a imitación de las doce casas de La Orotava. Ente ellos se elegía anualmente un mayordomo y un prioste que sufragarían las Fiestas de la Cruz y a los que se les proporcionaba un báculo que fue primero de madera y más tarde de plata, con el que presidían junto al sacerdote las festividades. Los cofrades pobres, por su parte, no pagarían tasa alguna. Los ricos y personas que tuviesen posibilidad abonarían 4 reales a la entrada y cada año la limosna que pudieran. Este último dato es bien expresivo del nivel de pobreza generalizado de que se partía en la localidad, en la que, para las personas de relieve, se establecía un umbral tan bajo. Es evidentemente un contraste con ese afán nobiliario que representaba para ellos el ser Priostes o mayordomos. En una localidad comercial como el Puerto de la Cruz ocurría otro tanto, originando un conflicto entre la Hermandad y el alcalde real por la presidencia de la procesión, que de manera tradicional correspondía al prioste. Rixo relata el incidente de esta forma: Había la corruptela en nuestro pueblo de que el día 3 de mayo en que se ce¬lebraba la cruz, patrona de este lugar, el prioste de la fiesta, llevando su báculo de plata en mano precedía en la iglesia y procesión al alcalde y demás miembros del ayuntamiento, sucediendo otro tanto el jueves santo. Fue prioste de la cruz este año de 1782 el capitán de mar Don Manuel de Armas, y al tiempo de ponerse en el banco, ocupando el primer lugar el alcalde real, le tomó por el brazo y le quitó de allí, diciendo que aquel puesto correspondía al juez, y aunque Armas alegó la costumbre que creía privilegio no hubo remedio. Alterose la concurrencia y el clero resistió salir con la procesión a la calle por causa de esta incivil innovación. El señor alcalde en alta voz les multó con 50 ducados.

 

En el programa de las Fiestas de Mayo de 2013 de Los Realejos

 

Los priostes alegaban que desde 1641 tenían la costumbre de organizar tales funciones, gastando crecidos caudales y el pueblo todo, reconocido, ha dispensado a tal prioste muchas distinciones y todos los alcaldes que por tiempo han sido han contribuido también a ello, cediendo en semejantes días (y en el primero de año hasta poco ha, que se dotó la función que también costeaban priostes) el primer lugar en la iglesia y la calle durante la procesión al consabido prioste. Era un honor en obsequio del alto objeto para que se estableció e introdujo, y tal desaire se debía a la intromisión de un alcalde extranjero transeúnte, a quien con falta de reflexión o premeditación el pueblo hizo el honor de conferir la alcaldía, y que a ser juez otro cualquiera natural no hubiera vístose el caso que se tocó. El alcalde real, un comerciante de origen irlandés de ideología ilustrada y de conocidos postulados liberales y regalistas, Guillermo Mahony, sostiene que mas no habrá quien abone a sombra de eso (de tales dineros) que era abrogarse los hermanos mayores o priostes un privilegio tan grande que sólo es potestad de los alcaldes, por lo que es una corruptela incalificable en territorio de realengo. La tolerancia, el disimulo o la condescendencia no pueden constituir costumbre ni prestar acción ni derecho, haciendo mención al ruidoso pleito que siguió la hermandad de La Orotava con don José Machado, en la que se expidió R.C. para que aquellos jueces no diesen la mano derecha a los priostes bajo la multa de 500 ducados. La Audiencia de Canarias en abril de 1782 determina finalmente que el alcalde debe presidir las funciones de la citada hermandad .

 

Los portavoces de las ideas ilustradas y «jansenistas» se oponían a estos derroches y exhibiciones de suntuosidad y preeminencia nobiliaria. El mismo Bartolomé García Ximénez en 1676 ya había ordenado la reducción de tales gastos y en 1795 Tavira ordenó la reforma de los estatutos de la hermandad orotavense para reducir y limitar al mínimo posible tales gastos, aunque es consciente de que en la época en que la afronta no son tan crecidos como tenemos entendido que lo fueron en otros tiempos. Sin embargo convendrá que se ponga en ellos mayor moderación y se arreglen para lo sucesivo en términos que no se haga una carga demasiado gravosa al prioste que costea la fiesta. Pero indudablemente en el seno de la elite agraria insular se estaban experimentando lentos pero paulatinos cambios sobre la concepción o el papel que ella debía ocupar en las fiestas. La cada vez más gravosa carga, aumentada cada día más por el paso de las generaciones, la considerable disminución de los ingresos por la decadencia del comercio vinícola y la no necesidad de mostrar la preeminencia social ya ampliamente consolidada, aconsejaban a ésta a reducir considerablemente sus gastos en tales eventos que sólo serán potenciados por los grupos sociales o los individuos que aspiran a destacar en la comunidad, como se puede apreciar en los casos de El Tanque, Puerto de la Cruz o Santa Úrsula, por poner algunos ejemplos. Anchieta, que conoció esta evolución de la posición de la élite social, la relata magníficamente para el caso de la Fiesta de la Cruz orotavense: El 3 de mayo se han hecho grandísimos gastos por los proveedores, porque aunque al principio (s. XVI) la cofradía hacía el costo, luego se pasó a que lo hiciera el proveedor, y queriendo hacer acto distintivo lo querían distinguir por el que más gastaba, año hubo que se gastaron 30.000 reales en fuego, vistiendo la torre con tanto que se abanó; y palenques muy grandes en la plaza llenos de muchas figuras de hombres y mujeres, tan alto que tenía más de 25 varas y el ancho a esta correspondencia. Y algún año comenzaba el fuego desde la calle de Viera, junto a la casa de Franquis, que a la verdad si desde estos años comienzan a dar los priostes alhajas de plata a la iglesia, de plata estuviera ladrillada. Ya cuando se iba acabando esta moda de gastos se pensó dar puerta a la iglesia y conmemorose a hacer el trono, que después, como ya poca plata se daba, se hizo más pequeño, porque el primero se hizo muy alto. Y fue esto cayendo tanto que después llegó a término que fue menester justicia para que se hiciera la fiesta de Cruz y un año que le tocó al Marqués de la Quinta no la quiso hacer y se hizo por cofradía. Así me lo contaron en esta ciudad. Que cierto el no hacerla eso sí, pero no sé cierto quien no quiso. Este año de 1760 me dicen que se desbarató dicho trono y redujo a carteras de plata en altar pequeño.

 

Pero este proceso, como en general todos los referentes a las ideas y las mentalidades, no se puede decir que fuese inmediato, pero sí paulatino. El mismo Cristóbal del Hoyo recordaba como en el año de 1718 le nombraron prioste en Garachico y representó la necedad en la junta de gastar en damas y convites lo que debiera en reedificar nuestra iglesia. Aplaudiose mi representación, repartiose la fábrica entre los nombrados y que se fueran nombrando. El arco de la capilla que a mí se me repartió se feneció en el año mismo, lo que les tocó a los demás está por darse principio aún, porque hay muchos hombres a quienes aparta de la razón el gusto de una mujer y otros a quienes más que el bronce los vidrios de los holandeses persuaden. Y es que los unos y los otros no tienen el entendimiento constante; conocen la razón, pero no saben mantenerla. El razonamiento de Cristóbal del Hoyo es expresivo de la mentalidad de su tiempo entre las élites sociales. Sabían el derroche ocasionando en tales gastos, pero también eran conscientes de que ellos cimentaban su preeminencia. En aquellos lugares, como La Laguna, divididos en dos feligresías antagónicas con «nobleza repartida», la Hermandad de Misericordia no revestía un halo de notoriedad; por ello desde bien pronto la Fiesta de la Cruz, tal como la entendían los promotores de estos eventos, entró en decadencia. De eso habla el cabildo lagunero en 1704. En tal año ni aun hubo gente que acompañase la función, atribuyéndose su declive a la miseria y cortedad de los tiempos por la falta de cosechas y guerras, por lo que los regidores acordaron se gastasen 20 ducados de las votadas de San Juan Evangelista, San Miguel, San Cristóbal y San Plácido, reduciendo la cuantía de cada una de ella a 50.

 

Con los cambios operados en la sociedad tinerfeña en la centuria de las luces y con la consolidación en el s. XIX del régimen liberal, la Hermandad de Misericordia, y con ello la solemnidad de las Fiestas de Cruz, tal y como era entendida, desapareció sin apenas dejar huella, manteniéndose sólo los festejos populares de las enramadas y el derroche embriagador de los voladores de la víspera.

 

 

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