Revista nº 858
ISSN 1885-6039

Eugenio Padorno, el poeta de la Estética.

Miércoles, 26 de Junio de 2013
Nicolás Guerra Aguiar
Publicado en el número 476

Y aunque en el pasado lejano o inmediato y entre quienes desplazarán a maestros de la palabra poética como Eugenio Padorno se discutió y se hablará sobre la función de la Poesía, él lo tiene claro. Con la seguridad que le dieron docencia, estudios, dominios de la palabra y del pensamiento, mantiene que el poeta tiene que ser buscado si realmente interesa.

 

 

Si Eugenio Padorno, aquel hombre elegido por las Musas para que naciera a la palabra liricofilosófica antes que a la vida, tuviera que quedarse a solas con un solo libro de poetas canarios, un exclusivo título, un solo poema, un único final, lo tiene claro: Pedro García Cabrera sería el poeta; La esperanza me mantiene ocuparía el espacio reservado para la edición en papel de tal conjunto de poemas. Y "Con la mano en la mar así lo espero" es el verso que cierra “A la mar fui por mi voz”, el poema.

 

Porque no se trata de la mar qu’es el morir a la manera manriqueña, allí donde todos terminamos. Muy al contrario, es la mar machadiana de “La Saeta”, aquella bellísima composición en que el autor ni puede ni quiere cantar a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar. Es decir, no al Jesús crucificado y a punto de morir, sino a quien fue capaz de caminar sobre las aguas, el del infinito poder superior a la propia Naturaleza. Por eso la mar de García Cabrera es la máxima ilusión: "Con la mano en la esperanza así lo espero" quiere decir en el verso aquel con que finaliza tres o cuatro poemas más del mismo libro.

 

¿Y qué espera en su esperanza este poeta gomero-tacorontero que para Eugenio Padorno debe figurar entre los más exquisitos poetas que la lengua española dio en el siglo XX? Espera aquello que pertenece a la Humanidad: la libertad para las palabras que impacten estruendosamente -y a la vez con serenidad- en una sociedad donde los hombres no sean enemigos; han de ser palabras que se salgan de los libros y que un día -La esperanza me mantiene- puedan al fin ser la esencia poética de la Poesía.

 

Por tanto, cumplida su función de compromiso frente a una situación que agarrotaba la musicalidad de las palabras, la Poesía debe volver a sí misma, a su esencia más pura. Y por eso Eugenio Padorno me razona sin vehemencias ni pasiones que aquella ha de estar muy atenta al lenguaje, es reflexión, es reflexión en el lenguaje (padorniano equivale a Estética Poética). Ya lo aprendió en su etapa universitaria: don Emilio Lledó lo acercó a la filosofía, le dio la mano para llegar a Heidegger (“¿qué es el ser?”, se preguntaba aquel filósofo alemán), con quien aprendió que sólo el hombre es capaz de formular la pregunta para intentar comprender la propia existencia.

 

A partir de aquí, tengo la impresión, nació el poeta filósofo que es Eugenio Padorno (¿o es un filósofo que usa el poema para escribir sus pensamientos?). La Poesía, la suya -va ya por el cuarto cigarrillo, quizás porque el humo le permita escribir en la atmósfera que nos rodea-, comienza a ser testimonio de una vida. (Y con tal afirmación relaja su cuerpo, físicamente, porque el sol de la mañana le da en la cara, lo serena, aunque nunca hubo alteración en él mientras me hablaba, tal vez sí grandísimo interés en la precisa explicación, una clase magistral de la que gocé espléndidamente).

 

Y aunque en el pasado lejano o inmediato y entre quienes desplazarán a maestros de la palabra poética como Eugenio Padorno se discutió y se hablará sobre la función de la Poesía, él lo tiene claro. Con la seguridad que le dieron docencia, estudios, dominios de la palabra y del pensamiento, mantiene que “el poeta tiene que ser buscado si realmente interesa”.

 

Por eso defiende que la poesía debe desprenderse de ideologías. ¿Poesía como expresión o como comunicación? Algún teórico defendió que debían conjugarse, resultaba imprescindible. Y como él formó parte de aquella publicación que se llamó Poesía Canaria Última (1966) sabe que les preocupó la estética, el elemento embellecedor, el lenguaje poético. Pero, ¿no fue también aquélla -y destaca la suya- poesía de compromiso social en cuanto que hay marcas ante la vida, ante la sociedad? ¿Qué fue de la poesía realista de los años cincuenta?, me pregunta y silencia su manantial de sabiduría. Le respondo que de aquella no queda casi nada, más que varios poemas musicados por Paco Ibáñez y algún otro. Más: incluso el propio Celaya se quejó de que "apenas si nos leen los obreros en las fábricas".

 

Así, la Poesía es estética, armonía, belleza. Pero el poeta debe crear a partir de su visión de la vida, de la existencia, de la propia interioridad acaso, si fuere menester. Para el exclusivo compromiso político o social -sin elementos embellecedores ni impactos auditivos a través de la palabra y de la creación formal (crear es también idear, construir)- está el panfleto, válido para tal función, aunque no es poesía por más que se estructure como si fuera un poema, insiste.

 

Y esta concepción de la Poesía -¿elitista, minoritaria?- fue la que impulsó a Eugenio Padorno en 1965 -a los veintitrés años de su vida- a litigar conceptualmente con los poetas aún consagrados (Pedro Lezcano, Agustín Millares, Isidro Miranda…), “Juicio Literario” basado en el Tomo Inédito de la Ley Poética. Lo acompañaron Manuel González Barrera y Lázaro Santana, poetas de una nueva generación ansiosos de renovaciones y nuevas perspectivas -las que ellos representaban-. Hoy, al paso de cuarenta y ocho años, sigue creyendo que el grupo de los “acusadores” (más ampliado) nada tenía que ver con los consagrados maestros de entonces. ¿Qué había pasado? Pues, sencillamente, algo natural: el Tiempo. Y a Eugenio, en ese tiempo, le había impactado la filosofía.

 

Para este maestro de la Estética que es Eugenio Padorno cualquier sensibilidad se abre con esa materia verbal, la Poesía, puerta de entrada a la literatura. Y, dice, es fácil de entender: "El hombre tiende a expresar por naturaleza lo que siente". Por eso empieza por la poesía, aunque no puede quedarse en el primer estadio, poesía como sensibilidad: debe saber que le falta más, mucho más. (Pero solo llegan a ese lejano confín poetas como Eugenio, a veces poetización de sí mismo: si la Poesía no existiera, Eugenio la habría nacido para ser la imperecedera conjunción, de la misma manera que el corazón existe en cuanto que es ritmos de diástoles y sístoles).

 

 

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