Revista nº 855
ISSN 1885-6039

Viera y Clavijo: un personaje contracorriente.

Jueves, 21 de Febrero de 2013
Oswaldo Brito
Publicado en el número 458

La celebración del Día de las Letras Canarias de 2013 hoy, el 21 de febrero, en homenaje al gran José de Viera y Clavijo, anima el rescate de este texto de Oswaldo Brito que, de forma clarividente hace más de 30 años, repasaba su figura y ponía algunos puntos sobre las íes a propósito de la celebración de efemérides como ésta.

 

 

En el año del "boom" Viera y Clavijo, coincidente con la celebración del 250 aniversario de su nacimiento, una multiplicidad de actos culturales y algunas publicaciones nos realzan la figura de este "abate" realejero, jansenista y librepensador; heterodoxo de su carisma religioso y universal inquieto por la naturaleza, el ser humano, la ciencia y la cultura, el placer sensual de la vida y de la amistad; con su epistolar impenitente con sus amigos...

 

En estas pocas frases, de reflexión, nuestra voluntad es aproximamos al personaje, sin afanes "redescubridores" o de investigación. Se trata (casi nada) de intentar acercamos al hombre y al mito que confluyen en este realejero, de nombre Joseph y de apellidos Viera y Clavijo.

 

¿Quién fue Joseph Viera y Clavijo? Nacido en el Realejo de Arriba un 28 de diciembre de 1731 y tempranamente trasladado con su familia al Puerto de La Orotava, fue un precoz inquieto por las letras. Tragedias en verso, historias atrayentes y vidas de santos, a sus catorce años, nos reflejan un espíritu abierto y sugerente que, a fuerza de las lecturas del padre Feijoo, profesó una temprana vocación eclesiástica. Nacía de esta forma, en nuestra historia, "un cura" progresista, donde los haya.

 

Las Tertulias de Nava, el contacto con ilustrados personajes laguneros, la temprana práctica de la elocuencia y del debate, acentuadas por la cátedra expresiva representada por el púlpito, no le impiden insertar su perspectiva localista a la dimensión de lo universal. Lector empedernido, estudioso persistente y devorador de obras ilustres, conocerá y traducirá pronto el inglés, el francés y el italiano.

 

Su amor por la naturaleza le lleva a recorrer la isla en que vio la luz, a conocer sus rincones y su medio natural, a valorar sus bellezas y sus carencias, a tomar conciencia de su existencia. Una vocación de caminante que desborda el reducido marco insular. Viaja a la Península española; aprovecha la ocasión de visitar Francia, Italia, Austria y otras zonas europeas. Conecta con ilustres personajes europeos, se deleita en el París cosmopolita y ejerce su curiosa crítica y fina ironía ante la visión de la Italia eclesiástica. Viena, en su proyección epistolar con Domingo Iriarte y Bosarte, constituye un recuerdo ennoblecedor de su fina sensibilidad.

 

Arcediano, a costa de un "papel" (sólo me costará un papel, dirá en una de sus cartas), de una isla de cabras y perros de presa (Fuerteventura), acepta el imperativo de la atracción de su patria canaria. Gran Canaria le recibirá y acogerá en los últimos y fructíferos años de su existencia. La R.S.E.A.P. (Real Sociedad Económica de Amigos del País) de Gran Canaria será el marco de su inquietud por los problemas de su tierra isleña, en la añoranza de una rica experiencia universalista y de su, en ocasiones, incluso cínico recuerdo de sus vicisitudes europeas.

 

Cuando en la madrugada del 21 de febrero de 1813 termina la existencia física de D. Joseph de Viera y Clavijo, termina una época gloriosa de las letras y el pensamiento isleño y se abre una dura etapa de luchas por superar las situaciones de crisis económica y social. Sus herederos ideológicos sabrán recoger su mensaje de inquietud por la crítica situación de Canarias, su dolor por la pobreza cultural, intelectual y científica; en fin, su llamada de atención a los problemas profundos de su tierra, a la que tanto amó y glosó.

 

Muere el ser físico, revive y se reactualiza el ser espiritual.

 

Detalle de la portada del programa sobre Viera, para 2013, del Ayuntamiento de Los Realejos

 

La época de Viera: intransigencia y arcaísmo. Quizás pudiera pensarse que Viera nace y vive en una época propulsora de la ilustración, del cambio, de la renovación y de la inquietud crítica. Nada más alejado de la auténtica realidad histórica.

 

La intransigencia, la rutina, la incultura generalizada en que están sumidas las capas populares, la tradición reaccionaria y la persecución ideológica y religiosa, son el envés de una apariencia institucional de Monarquía basada en el despotismo ilustrado, rodeada y apoyada por ilustres reformadores, como élite aislada, sometida a las persistentes insidias y sutiles persecuciones de la Inquisición y de la intolerancia de sectores del poder jurisdiccional y socioeconómico. Viera tiene que luchar contracorriente. Es uno de los personajes excepcionales que surge de un ambiente de arcaísmo social generalizado y que es capaz de mantener sus firmes convicciones de libre pensador y de profundo observador científico de la realidad humana y social. Más aún, siendo miembro del estamento eclesiástico (aún con las importantes y significantes excepciones ilustradas).

 

Las ideas, los comportamientos y las propuestas del viejo arcediano suelen recibir una displicente y curiosa recepción de una minoría elitista de Gran Canaria, en la última fase de su vida. Y, sin embargo, no desmaya en plantear dictámenes sobre reformas económicas, de sugerir la necesidad de promover un cambio sociocultural y de luchar por cambiar la mentalidad de la aristocracia de las Islas. Sólo algunos excepcionales personajes como el Marqués de Villanueva del Prado, de la Villa de San Andrés, etc. serán capaces de entender y compartir su mensaje, henchido de futuro renovador para el Archipiélago.

 

Cuando el desaliento le asalta, se resiste con fina ironía o formula una dura calificación de la realidad de las Islas.

 

Viera y Clavijo: ¿un símbolo? Aun no siendo partidario de las mitificaciones, dada la frecuencia con que devienen en falseadoras "mistificaciones", el indudable atractivo intelectual y la fragancia expresiva de Viera nos proyecta a reflexionar en relación al interrogante que encabeza este epígrafe Viera, ¿un símbolo?

 

Pero, símbolo ¿de qué, de quién, para qué? Indiscutiblemente, un símbolo para la esperanza renovada en nuestra andadura crítica con colectividad, como pueblo. Símbolo a "no institucionalizar" en exceso, a no "ritualizarlo" en cada celebración de su muerte física. Símbolo para una esperanza activa en una sociedad de grandes, sistemáticas y pesadas losas de desesperanza, de pasividad, de dolorosa marginación sociocultural.

 

Un símbolo ejemplificador del personaje capaz de luchar contracorriente de su época, de sus conciudadanos, de las instituciones o realidades más "reaccionarias" al cambio, al debate, al diálogo abierto y enriquecer, a la discrepancia, a la inquietud crítica.

 

Viera no puede quedarse reducido a una celebración "anual' a uno o varios enclaves institucionales "donantes" de servicios denominados -con voluntad de serlo, sin duda- culturales y sociales, a unas publicaciones o unos artículos que, como el presente, son de "onomástica" .

 

Una tal actitud representará la "muerte" definitiva de Viera, su reducción a una "momia" institucional, a un "glosario" de éxitos y epopeyas.

 

Viera debe ser un "símbolo" interrogativo, crítico, hiriente, irónico y dolorido, a un mismo tiempo. Un espíritu que ronde, subrepticiamente, nuestros dormidos espíritus. Una "maza" capaz de reactivar comportamientos y talantes capaces de ser auténticamente abiertos, creativos, de servicio a la colectividad. De un trabajo, de una voluntad y de unas practicas capaces de unimos, de renovamos, de inquietamos y de rompemos en nuestros arquetipos y convencionalismos.

 

Epílogo a Viera. Tú, maestro de la elegancia y de la sobriedad intelectual. Tú, Joseph clérigo iconoclasta y firme convicto de tus creencias. Intelectual capaz de elevarte, sin perder tu firme y crítico contacto con la tierra.

 

Joseph de Viera y Clavijo, no nos dejes descansar en paz. Amén.

 

 

Artículo publicado previamente en el nº 1 de la revista San Borondón del CCPC (Diciembre 1982).

 

 

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