Revista nº 855
ISSN 1885-6039

El asombroso caso de El coleccionista de momias.

Jueves, 03 de Enero de 2013
José Juan Jiménez González (Conservador del Museo Arqueológico de Tenerife)
Publicado en el número 451

¿Qué fue de la «Colección Casilda» de Tacoronte? ¿Qué se hizo y qué no se hizo? ¿Qué sucedió aquí y allá? ¿Quiénes vieron lo que dicen que vieron? ¿Qué hicieron que no hicieron? Estos y otros enigmas incentivaron la investigación a ambos lados del Atlántico o –si se prefiere– una desafiante y concienzuda pesquisa.

 

 

Esta no es una historia secreta, sino una primera alocución de la Memoria Recuperada por M. Fariña y A. Tejera. Relato y relación de una pesquisa con aromas decimonónicos de nuestro devenir colectivo. Si sincronizáramos el reloj cósmico que pusiera de moda el astrónomo Carl Sagan, los sucesos narrados comenzaron a fraguarse en 1889. Hace –por tanto– 123 años, una suerte de Código de Acceso cronológicamente ordenado.

 

La Colección Casilda de Tacoronte. ¿Qué fue de la «Colección Casilda» de Tacoronte? ¿Qué se hizo y qué no se hizo? ¿Qué sucedió aquí y allá? ¿Quiénes vieron lo que dicen que vieron? ¿Qué hicieron que no hicieron? Estos y otros enigmas incentivaron la investigación a ambos lados del Atlántico o –si se prefiere– una desafiante y concienzuda pesquisa. Esta podría ser su historia, la crónica de una ardua labor rastreadora que, no en vano, padeció de incomprensiones y, ahora también, del reconocimiento de «algunos hombres buenos».

 

Resulta verdaderamente curioso que, cuando me propusieron relatar estos sucesos, me encontrase ensimismado en la lectura de El Misterio de Boscombe Valley, obra del inolvidable Sir Arthur Conan Doyle. Y digo curioso porque, a punto de concluir tan intrincado relato, el Dr. Watson maravillado por las deducciones de su inseparable amigo Sherlock Holmes, le interpela sobre cómo ha llegado a tan certeras conclusiones en su investigación. Holmes, haciendo gala de su habitual perspicacia, le responde sencilla o elementalmente, que la razón está en que su método «se basa en la observación de pequeños detalles». Esto es, de datos sueltos, de informaciones no tomadas en consideración con anterioridad, en suma: de atar cabos, de hilvanar una madeja de pistas y convertirlas en hechos demostrables y probatorios.

 

La lectura de aquella recuperada memoria y las múltiples peripecias acontecidas en este viejo/nuevo asunto reabierto con el paso de los años, resultó por tanto de inusitado interés para replantear y ver resuelto lo que –en un primer momento– me pareció oportuno enunciar como El asombroso caso de «El coleccionista de objetos arqueológicos».

 

El objetivo –dicen los propios datos– era localizar, inventariar y describir la llamada Colección Casilda, parte de la cual se encontraba en el Museo de La Plata, en Argentina. La primera pista surgió cuando M. Fariña preparaba la edición del segundo tomo de la Historia del Pueblo Guanche, obra de Juan Bethencourt Alfonso, pues en su anexo documental figuraba la constatación de que un canario residente en La Plata, llamado Fernando Cerdeña, adquirió en 1889 los fondos que habían pertenecido al Museo de Tacoronte. Esta y otras presencias canarias en tierras argentinas incentivaron también el conocimiento de su migración a fines del siglo XIX, cuando otras zonas receptoras del Caribe presentaron dificultades a nuestros emigrantes.

 

Pero, ¿cuáles fueron los avatares de los materiales arqueológicos y antropológicos una vez fueron desembarcados en Argentina? ¿Qué ocurría en Montevideo, ciudad fundada también por canarios en el vecino Uruguay, para que se decidieran a cruzar el río de La Plata? Volvamos a Tenerife y reconstruyamos con ellos cómo empezó todo.

 

¿Quién fue Sebastián Casilda? Ateniéndonos al resultado de las indagaciones hemos sabido algunas cosas. La primera, que su verdadero nombre era Sebastián Pérez Yanes y que lo de Casilda procede del nombre de su madre, hecho suyo por añadidura siguiendo una costumbre habitual en otros tiempos: Sebastián el de Casilda, que acabó convirtiéndose en el sobrenombre con el que se le conocía tras popularizarse merced al Gabinete que fundó en Tacoronte.

 

Sebastián Pérez Yanes, un hacendado hombre de esta localidad del Norte de Tenerife, fue seleccionando, comprando y adquiriendo, gran cantidad de objetos y curiosidades. Una parte de ellos procedía de un pequeño Museo de Historia Natural que Juan Meglioriny, capitán del Regimiento de Ultonia, había creado en su domicilio de Santa Cruz de Tenerife desde comienzos del siglo XIX y que contaba con una sección de objetos arqueológicos y antropológicos. Tras el fallecimiento del Sr. Meglioriny, sus familiares pusieron en venta el contenido del museo, ocasión que Casilda aprovechó para adquirirlo.

 

De esta manera el filántropo, anticuario y coleccionista de objetos Sebastián Casilda fue consolidando lo que más tarde sería el Gabinete o Museo de Tacoronte, merced a otras incorporaciones de materiales depositados por orden del Gobernador Civil de la época, como fue el caso de cuatro momias descubiertas en Araya (Candelaria, Tenerife) y de otros elementos procedentes de Tenerife, Gran Canaria, La Palma y Fuerteventura. De todos ellos destacaban, por su exotismo e importancia, los restos humanos momificados y las pintaderas.

 

En el año 1861 el Museo Casilda poseía seis momias, si nos atenemos al testimonio del Vizconde de San Javier. Después, Gregorio Chil y Naranjo citó diez; Eugenio de Saint-Marie y Juan Bethencourt Alfonso sólo cuatro; mientras Víctor Grau-Bassas contó cinco, que son las que –por último– fueron enviadas a Argentina. En cualquier caso, el grupo de momias se completaba con numerosos restos sueltos, formados por veinte cráneos, huesos y otros fragmentos óseos. Las tres pintaderas retornaron, al poco tiempo de su llegada, desde el país americano a su cuna insular originaria tras una serie de curiosas peripecias realizadas en Argentina por Grau-Bassas, quien fuera el primer Conservador del Museo Canario.

 

Sin embargo, inexorablemente el tiempo no se detuvo y en 1868 fallecía Sebastián Pérez Yanes –Casilda– habiendo dejado desde 1865 como heredero universal y albacea testamentario a Diego Lebrun y sus descendientes masculinos. Por este motivo y tras el óbito de Casilda, la familia Lebrun recibió ofertas de compra de dichos materiales, que –a tenor de su ventajosa propuesta– acabaron siendo vendidos a Fernando Cerdeña, un hombre de negocios canario residente en Argentina.

 

 

Una colección trasatlántica. El día 20 de julio de 1889 los bienes patrimoniales del otrora Museo Casilda, convenientemente embalados, partían rumbo a Buenos Aires en las bodegas del navío-correo Antonio López de la Compañía Trasatlántica. Los veintinueve cajones que contenían dichos objetos fueron desembarcados y, luego, trasladados al domicilio del Sr. Cerdeña en la ciudad de La Plata, donde pudo verlos un sujeto llamado Eduardo Perdomo. Entre los materiales arqueológicos se encontraban las cinco momias citadas por Víctor Grau-Bassas quien, con ayuda de Gabriel Garachico, procedió a desembalar los materiales y adecuarlos para su exposición pública.

 

En este contexto resulta destacado señalar que Grau-Bassas estuvo encargado de emitir un informe sobre la propuesta de venta de esta colección de momias y de objetos arqueológicos al gobierno argentino, evidenciando el deseo de Cerdeña de iniciar otra transacción económica empleando la colección que acababa de adquirir.

 

Entonces, ¿cuál fue el destino de aquellas cinco momias? Se sabe que Fernando Cerdeña las vendió a Luis Cerrano con la finalidad de recuperar el dinero invertido y cancelar también sus deudas con Carlos Lebrun. Por esta razón, en 1897, Cerrano aparece como dueño de las cinco momias que habían pertenecido a Casilda y luego a Cerdeña. Cuando el Museo Canario insistió en adquirirlas le estipularon un precio de 3.000 pesos/oro, el doble de las 7.500 pesetas ofrecidas con anterioridad por el Museo para comprar toda la Colección Casilda. Este notable incremento impidió su adquisición a la institución museística que persistía en el deseo de hacerse con los citados fondos.

 

Los materiales padecieron el paso del tiempo, afectados por distintas segregaciones desde su llegada a Argentina, constituyéndose –como era habitual– en moneda de cambio para sus diferentes y sucesivos propietarios. Por esta razón sólo una momia, de las cinco que llegaron a Buenos Aires en 1889, entró en el Museo de La Plata en 1941, tras ser donada por los herederos del Sr. Rabaneque, quien la había conservado en su firma comercial de automóviles a lo largo de unos cuarenta años.

 

La carencia de pruebas documentales de los sucesivos intercambios hizo bastante ardua la identificación y localización en Argentina de las piezas pertenecientes al antiguo Museo de Tacoronte.

 

Epílogo. Las momias guanches procedentes de la Colección Casilda que estuvieron depositadas en el Museo Municipal de Ciencias Naturales de Necochea, en la provincia de Buenos Aires (Argentina) durante buena parte del siglo XX, fueron recuperadas por el Organismo Autónomo de Museos y Centros del Cabildo de Tenerife en el año 2003.

 

En septiembre de 2004 el Museo Arqueológico de Tenerife y el Instituto Canario de Bioantropología acudieron al V Congreso Mundial de Estudios sobre Momias celebrado en Turín (Italia) con sendas comunicaciones científicas de C. Rodríguez Martín sobre la Antropología forense y el análisis de dichas momias guanches, actualmente expuestas al público en el Museo de la Naturaleza y el Hombre.

 

 

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Comentarios
Domingo, 03 de Febrero de 2013 a las 09:28 am - Ramón Díaz Hernández

#01 Hace años, leyendo los diarios de Anaïs Nin, encontré un pasaje en el que ella acude a la consulta de un prestigioso psiquiatra parisino que le muestra una momia de Canarias. En el Museo de Ciencias Naturales de Londres vi también en 1980 una momia canaria expuesta en una vitrina. Atte. RDíaz