Revista nº 844
ISSN 1885-6039

Molinos de viento en Villa de Mazo.

Domingo, 25 de Agosto de 2013
Manuel Poggio Poggio y José Pablo Vergara Sánchez
Publicado en el número 484

En La Palma, mediado el siglo XIX, se puso en práctica un nuevo tipo de molinos de viento hasta entonces completamente desconocido en Canarias: el de pivote. Aunque aún no se conocen con exactitud las motivaciones y circunstancias precisas que derivaron en la plasmación de este modelo, lo cierto es que se trató de una aplicación absolutamente diferenciada de la que hasta entonces se había postulado en nuestro territorio.

 

 

En una sociedad de base agrícola, como lo fue la de La Palma hasta hace sólo unas pocas décadas, la molienda del grano para la producción de harina era una tarea fundamental. Incluso los pobladores prehispánicos de la isla, cuyo equilibrio económico descansaba más en la ganadería, dispusieron de rudimentarios molinos de mano para la trituración de raíces de helecho así como de otros vegetales. Tras la colonización europea, junto a estas herramientas manuales de uso doméstico –ahora más elaboradas–, se dio paso al empleo de molinos de naturaleza industrial, tanto de agua como de viento o movidos por fuerza animal (las denominadas tahonas). Todos estos tipos de ingenios aparecen documentados en La Palma desde la primera mitad del siglo XVI: los hidráulicos emplazados en las cuencas de los barrancos del Río, Caldera de Taburiente o del Agua, en San Andrés y Sauces; los eólicos en las comarcas más áridas o donde cupiera su provecho; por último, las tahonas, indistintamente en unos y otros lugares y como complemento de ambos.

 

Los molinos de viento se registran, de este modo, en la geografía palmera desde el Quinientos. Así, según ha recogido Luis Agustín Hernández, en Garafía funcionó el molino de la Marquesa, erigido hacia 1525 en El Calvario (Santo Domingo). La morfología de estos antiguos ingenios eólicos era muy parecida a los molinos ibéricos, característicos de La Mancha, Campo de Cartagena, Andalucía y otras zonas del Sur peninsular. Se trataba de los denominados molinos de torre, similares a los que aún perviven en diversos puntos del Archipiélago Canario, en especial en Fuerteventura: planta circular, edificio en forma cilíndrica con amplios muros de mampostería encalada y remate en una caperuza giratoria de aspecto cónico. El número de aspas varía según las regiones. En un plano de Santa Cruz de La Palma de 1775, en la zona de la Huerta Nueva, por ejemplo, se aprecia un espécimen de este modelo. El molino de torre era, en definitiva, una robusta fábrica. Basado en un eje de molienda vertical, su construcción y mantenimiento era una empresa costosa.

 

Molino de La Sabina, edificio base

 

Con estos antecedentes, y bajo los parámetros tecnológicos enunciados, en la isla de La Palma, mediado el siglo XIX, se puso en práctica un nuevo tipo de molinos de viento hasta entonces completamente desconocido en Canarias: el denominado de pivote. Aunque aún no se conocen con exactitud las motivaciones y circunstancias precisas que derivaron en la plasmación de este modelo, lo cierto es que se trató de una aplicación absolutamente diferenciada de la que hasta entonces se había postulado en el territorio canario. La estructura lignaria de la torre junto a la desnudez absoluta del edificio condujo a que en 1952 fueran calificadas por Julio Caro Baroja como auténticas ruedas de viento. En la búsqueda de unos referentes para estas obras se ha apuntado a una posible influencia –dadas las innegables similitudes técnicas– de los molinos holandeses y de los países nórdicos. Quizás la abundancia de tea y la escasez y dificultades para la comercialización de la cal incentivaron estas desabrigadas estructuras frente a los tradicionales torreones de molienda.

 

El configurador de estos ingenios fue Isidoro Ortega Sánchez (1843-1913); nacido en Santa Cruz de La Palma, combinó distintos oficios, como los de carpintero y herrero, que le sirvieron como fundamento para la ingeniería molinera desplegada más tarde. El molino de pivote palmero planeaba una estructura más ligera que los de torre, y además se le añadió una serie de mejoras que aumentaron su productividad. En 1868, el Boletín de la Sociedad Económica de Amigos del País de La Palma anunciaba la puesta en funcionamiento de los primeros prototipos: uno en Monte Pueblo (Mazo), en la vivienda familiar de los Ortega, y otro en Buenavista (Breña Alta), promovido por Manuel Cabezola y Carmona.

 

El desarrollo fue de tal calibre que pronto surgió una discordia periodística acerca del verdadero inventor de este tipo molinero. La prensa local menciona los nombres de Antonio Luis Hernández y de José Rodríguez Bento, constructores de otros molinos en la jurisdicción de Mazo. La polémica, solventada poco después por el propio Ortega, puso de relieve varios intentos de fraguar un nuevo tipo de molinos de viento. De todas ellas, el Sistema Ortega fue el único que alcanzó a concretarse. Lo que aún cabría interpretar son las influencias o ascendencias directas de una estructura tan original como eran estos ingenios con su torre y aspas de madera.

 

Retrato de Isidoro Ortega

 

El modelo ideado por Isidoro Ortega aportó notables adelantos en el control de la maquinaria, en el proceso de la molienda y en las faenas privativas del operador. Tanto fue así que ejemplares del invento Ortega se instalaron en Tenerife, Fuerteventura y La Gomera. D. Isidoro falleció en 1913 cuando procedía a instalar un molino en esta última isla. Las virtudes de la tecnología desplegada en La Palma propiciaron, asimismo, a finales del siglo XIX, su copia en otras islas; nos referimos a las llamadas molinas, en Fuerteventura y Lanzarote, y al Sistema Romero en Gran Canaria, emanados ambos del sistema orteguiano. Ha quedado así consignado el molino de viento palmero como una tipología de molinos absolutamente insólita, no sólo a nivel regional sino incluso en el ámbito nacional, que aportó sustanciales diferencias con los tipos entonces en uso.

 

En la actualidad, en el municipio de Mazo –germen y cuna del modelo palmés de molino– se conserva un único ejemplar en perfecto estado, así como los restos de otras cinco máquinas. En Monte Pueblo se encuentra el de los Ortega, mantenido de un modo admirable por los descendientes de don Isidoro. No en vano, la silueta de este ingenio ofrece una de las estampas más singulares de la demarcación macense. En La Sabina, por su parte, aún quedan vestigios del molino de los Romero: edificio base (en uso como bodega) y diferentes piezas sueltas. Entre los vecinos del entorno aún se recuerda que su construcción fue debida a emigrantes retornados de Cuba y que el desmantelamiento del mismo acaeció hace alrededor de unos cincuenta años. En su origen, el molino de los Romero se ubicó aislado, en un morrito; hoy en día, sin embargo, alberga en sus inmediaciones una vivienda de reciente factura. También se ha preservado algún rastro del molino de Malpaís de Abajo, ingenio regido por Lorenzo Yanes y del que sólo subsiste un muro y alguna documentación de la administración contable. En Tigalate perduran partes del molino mantenido por el dinámico Mateo Yanes y que en 1929, durante su visita a la isla, fuera glosado por el obispo fray Albino G. Menéndez: se conservan piezas sueltas así como elementos del antiguo esqueleto. Finalmente, cabe citar el molino de Tirimaga o de los Pérez Guerra, en Malpaís de Arriba, ampliado, con posterioridad, con un molino de motor o molina; se mantiene en pie el armazón de la torre así como otras porciones secundarias.

 

Molino de Tirimaga o de Pérez Guerra,

del que se puede ver un detalle en la imagen de portada

 

Es sabido que, durante la segunda mitad del siglo XIX, se desarrolló en La Palma una serie de innovaciones que situaron a la isla en la vanguardia de diferentes apartados técnicos. Entre estas aportaciones cabe mencionar el suministro público eléctrico, pionero en Canarias; la comunicación telefónica, con los mayores tendidos de las Islas y las primeras redes intermunicipales; o la ingeniería naval, en especial los diseños emprendidos por Sebastián Arozena Lemos (1823-1900). Junto a estos aspectos, conviene subrayar que la media docena de molinos harineros citados, junto a más de una quincena de artefactos del mismo tipo que funcionaron repartidos por toda la geografía insular, constituyen, sin duda, una de las aportaciones más genuinas de La Palma a la tecnología en general. Todos ellos son, por tanto, bienes a conservar como monumentos de una de las etapas más ingeniosas en la historia de la isla.

 

 

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