Revista nº 893
ISSN 1885-6039

Algunos rasgos de la mujeres pescaderas icodenses. María del Carmen León León (y II)

Viernes, 05 de Abril de 2013
José Fernando Díaz Medina (Cronista Oficial de Icod de los Vinos)
Publicado en el número 464

Vivían con angustia al despedir a los marinos que se hacían a la mar. Ellas, en tierra, decidían repartir pescado para poder ganarse el pan diario. Y caminaban y caminaban a núcleos poblacionales alejados: El Palmar en Buenavista; San Bernardo y Aregume en Los Silos; San José en San Juan de la Rambla...

 

 

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Este trabajo, por exigencias de formato, a modo de reportaje recoge la palabra y el rostro de una de las protagonistas. Llevando el pescado, casa a casa, las pescaderas integran una larga lista de mujeres con heroica labor en tiempos difíciles, personifican perfectamente lo vivido: Olga, Mercedes, María Elena, Manuela, Regina, Adela, Marina, Petra… y, como ellas, María del Carmen. Sus testimonios constituyen una fuente muy rica de información y de análisis sobre la mujer trabajadora en la venta de los frutos del mar. Fuertes, responsables y solitarias. La mercadería se amontonaba, y la actividad comercial se ejercía con todo orgullo y responsabilidad. Vivían con angustia al despedir a los marinos que se hacían a la mar. Ellas, en tierra, decidían repartir pescado para poder ganarse el pan diario. Y caminaban y caminaban a núcleos poblacionales alejados (El Palmar en Buenavista; San Bernardo y Aregume en Los Silos; San José en San Juan de la Rambla; San Juan del Reparo y La Montañeta en Garachico; San José de los Llanos, Erjos y Ruigómez en El Tanque; Santa Catalina en La Guancha; y el inmenso Icod de los Vinos). Oportunamente, se subían a los camiones que iban de aquí para allá.

 

María del Carmen León León (Playa de San Marcos-Icod de los Vinos, 6-junio-1938//…). Casada el 29 de octubre de 1955 con José Herrera Romero, pescador de toda la vida. Vigorosamente integrada a la vida doméstica, y por ello prisionera de las rutinas y los valores tradicionales. Seis hijos (José Manuel, Monserrat, Carmen Rosa, Fernando, Román y Juan Carlos); diez nietos (Mónica, Gabriel, Víctor, David, Pedro, Fernando, Daniela, Saúl, Gustavo y Carlota).

 

En su rostro, en su postura, en su manera de vestir e incluso en su lenguaje, todo da la sensación de una desenvoltura muy grande, asociada sin duda a su encanto físico, que ella no puede ignorar, pero también de fragilidad cuando el recuerdo sale al encuentro. La imagen que da de sí misma en esta entrevista debe mucho, naturalmente, al vínculo social completamente singular que instituye la relación con quien escribe (comprendí luego que era un efecto de la amistad). Al sentirse comprendida y aceptada, nos confía todos los recuerdos posibles. A medida que escuchamos a María del Carmen evocamos con la mayor naturalidad, pese a las reticencias y los silencios ligados al temor de decir demasiado o disgustar, cómo era su vida, la vida de las pescaderas.

 

Nos señala algunas fotografías que actúan en un principio como referencia. Esta información puesta en imágenes produce un despertar de sus recuerdos. Hoy las pescaderas están descontentas con muchos de los espacios que les han delimitado y en donde no se sienten cómodas. Extrañan el ayer, cuando los icodenses y turistas disfrutaban del paisaje costero: un hábitat único de arena y agua limpia. Y la ciudad también lo pone bastante difícil. La zona turística y marinera de la Playa de San Marcos está abandonada. Por este motivo es imposible hoy plantearse la actividad como una fuente de remuneración personal o familiar. Sin ayudas coherentes, desarrollar una inversión y arriesgarse a ser empresarias comporta dificultades casi insalvables. Es sabido que toda sociedad se inscribe en un medio natural, del que forma parte y depende para su subsistencia. Esto limita las oportunidades en nuestros días.

 

Se enfurece con el Ayuntamiento que, con el dinero de nuestros impuestos, ha destrozado con sus experimentos el paraíso que era la Playa de San Marcos. Cuando se arrebata expresa su malestar e indignación. Le sobran los motivos. No es ése sino uno de los signos, sin duda el más doloroso, de la decadencia individual que acompañó a la decadencia colectiva de toda la zona. De forma incomprensible, la población ha vivido durante décadas de espaldas a la Playa de San Marcos; quizá por la escasa perspectiva económica de sus representantes políticos y empresariales. Se lamenta: Primero se cierra el antiguo mercado del Ayuntamiento y luego se cargan la naturaleza del litoral de la playa… Como salida de dinero, cabe destacar el papel que desempeñaban los bares que se encontraban al pie de la arena. Hoy están cerrados… Se ha machacado demasiado la costa. El problema es ése: nosotros, con la antigua playa, teníamos la suerte de nuestra riqueza; ahora, la mala suerte, hemos matado la gallina de los huevos de oro…

 

Hay un sentir general. Los problemas del antiguo mercado casi nunca se han previsto por las autoridades locales y, en muchos casos, todavía están por resolver. Este déficit ha arruinado a todo el colectivo. Las hijas, las mujeres jóvenes, no pueden seguir la trayectoria de sus madres. Se reprocha la poca pensión que recibe. Nos dice: A pesar de estar tan implicadas en el duro trabajo carecemos de toda seguridad laboral. Estamos en precario. No cotizamos en la Seguridad Social. La mayoría de nosotras como mujeres nos identificamos como amas de casa. Hemos trabajado mucho, y apenas nos valoran. No hay un reconocimiento social… Somos mujeres que nos hemos casado para estar juntas a nuestros maridos y seguirles allí donde ellos estén. Nuestras vidas han estado condicionadas por la vida y por la profesión del marido… La jornada de trabajo trasciende el tiempo de una jornada normal porque no está sometida a un horario, como la de otra gente...

 

También el nivel de estudios alcanzados les impide adaptarse a nuevos oficios y profesiones. María del Carmen piensa que los modelos que ella y sus compañeras han tenido ya no sirven: Pues sí, aquí no estudió nadie. La escuela de la playa era un total abandono... Hoy recomiendo a mis nietas que reciban educación… Ahora nunca pierde el hilo de su discurso, sí se muestra inquieta, de manera un poco excesiva, dice con mucha impaciencia que no olvida todos aquellos días de duro trabajo. Nos muestra instantáneas insólitas, en muchos casos inéditas, para dar testimonio de unas vidas. Metidos en semejante túnel cotidiano, pasamos verdadera hambre en aquellos años cuarenta y cincuenta. En la costa esperábamos los barcos, desafiando al tiempo, el que tocara en suerte: frío, viento, lluvia, granizo y sol. Para sacar muchas familias había que luchar, porque había que trabajarla en el verano, y lo que se aguardaba era para el seguro en el invierno cuando no se podía ir a la mar…

 

 

De la pesca artesanal se obtenía una buena parte de recursos para sobrevivir. Para que llegase a su destino en las mejores condiciones, todo este pescado se mantenía muy fresco, protegido con musgos y agua salada, transportado en cestas y cubos: Día normal de trabajo. Nos levantábamos a las dos, las tres de la mañana. ¡Manos a la obra!... ¡Ay, Dios! Ahí está la cosa. Mi marido venía bogando [a remos] desde el Sur, era un barco del hijo de la señora marquesa. Nosotras nos poníamos en la arena a esperarlos… Se cogían miles de kilos… Chernes, chicharros, sardinas, caballas, morenas…; y luego a preparar ese pescado para la venta… Si el pescado se les daba bien, luego las mujeres cogíamos el pescado, lo preparábamos en los tableros, preparábamos la cesta… Si mi marido iba a las morenas, yo areaba [limpiaba] las morenas, cuarenta o cincuenta kilos. A veces, venían médicos de Santa Cruz y me comentaban: "Señora, es usted una buena cirujana". "¡Hombre, la práctica!". Esto lo decía porque no dejaba nada de sangre… Y luego, a preparar ese pescado para la venta. Siempre con buena disposición. Todo el mundo quería el pescado limpio y preparado, con el peso justo, sin piel, espinas, a lomos…

 

Resulta conveniente recordar esta historia; sin ella, cualquier lectura de nuestro legado cultural será pasto del olvido. En relación con la supervivencia comercial, el pescado se convirtió en moneda de cambio. La mercancía entraba al canje. Se pagaba con pescado al cambio mejor. En muchos lugares tierra adentro carecían de artículos marinos. Hacían trueque con alimentos de toda clase: carne, frutas, papas, millo, gofio y similares. Era visto y no visto. El pescado, aunque menos, les reportaba intercambio para acceder al vestido, el calzado y medicamentos. Recuerda que no faltaban los desaprensivos, las represiones, los privilegiados, los listillos, amiguismo y caciquismo unidos, que amenazaban con algún chivatazo. Para sortearlos y evitarlos en su estricta vigilancia, algún pescado quedó por el camino.

 

Aún viven en el recuerdo múltiples anécdotas y vivencias. Profundas huellas de los pueblos ligados al mar. De niña recuerda: Mi madre, que en paz descanse, me daba buenos consejos. Tuvo quince hijos, yo soy la número siete. ¿Me entiende? Mi padre salía en su barco bogando desde la Playa de San Marcos a la Playa de Alcalá, llegaba a la tarde y a esa hora venía con el pescado, y a continuación salía bogando de nuevo para Playa de Alcalá. Fíjese si mi padre trabajó duro que murió a los cincuenta y seis años… Y es por eso que la vida de la mar es muy aperreada. El hambre que yo pasé no quiero que lo pasen mis hijos el día de mañana…

 

Puede resultar interesante, y no una digresión, que aquí consideremos otra historia para los anales del sufrimiento. Hambres de siempre. No es chiste que numerosas noches se acostara sin comer. Dentro de cada casa, era la mujer la que llevaba la peor parte. Eran sacrificios necesarios. Primero, el marido y los niños. Evocar la idea de calderos vacíos, palabras casi sinónimas: hambre, penuria y escasez. Son experiencias personales que no se olvidan. Casi siempre en silencio, porque el hambre es vergonzante. Son recuerdos y voces que quizá queden muy lejos, pero también son experiencias muy parecidas a las de los que hoy siguen pasando hambre. Son recorridos de la vida que nos refrescan la memoria, las penurias y padecimientos, los males recuerdos: Había días que tocaba comer. Había noches que no. Yo conozco el hambre… El recuerdo es muy bonito. Yo me iba a vender el pescado. Saqué a mis hijos. Eso sí… A mis hijos no les dejaba sin comer… Esto no se puede olvidar… Que se pasó, se pasó bastante…

 

Su vida actual. María del Carmen tuvo que vivir en sus propias carnes los problemas de la escasez, como madre y como testimonio de la pobreza que poblaba el barrio costero icodense. Actualmente cuida de su marido. Ayuda a los hijos, algunos en paro obrero. Se queja del subsidio que recibe, pues tiene que hacer frente, en el corto plazo, a la cobertura de las necesidades básicas, particularmente las relacionadas con los gastos generales de alimentación, vivienda, vestido y calzado. Un aspecto importante que destaca es la decisión de ajustar individualmente los ingresos y gastos totales del hogar. Ha notado ausencias de bienestar en su familia. Ella ha conocido situaciones de desigualdad en dosis de marginación social. Sea como fuere, en este punto alude con cierta frecuencia a la crisis económica y la sensación general sobre las dificultades que conlleva obtener un trabajo. Hay un desempleo muy específico en su familia marinera; ya la construcción no da empleo, y es una locura dedicarse a la pesca, pues suelen imponer muchas restricciones sanitarias y reparos administrativos para vender el pescado.

 

Nuestra protagonista nos cuenta: Ahora es otra cosa. Hemos cambiado, y también nuestras opiniones sobre la vida de ayer. Siempre estamos haciendo recuerdos; aunque, por supuesto, las autoridades públicas pocas veces reconocen nuestra labor. Ponemos memorias en sus mentes y luego los políticos las valoran arbitrariamente. Les falta aprender de nuestra sabiduría; imbuidos de sí mismos, parece que nuestro mundo no lo aprecian, arrastrados por esa resaca de estupidez para ignorar nuestras experiencias. No queremos agasajos, condecoraciones ni festejos; sólo un homenaje en condiciones. Y las pescaderas no son las únicas olvidadas. Al hilo de todo esto, se hace necesario incluir aquí a otras mujeres: sirvientas, pinocheras, fruteras, costureras, planchadoras….

 

Es obvio que la vida transcurre en el marco de unas vivencias determinadas, cuyo ambiente le circunda, el paisaje de la Playa de San Marcos que forma parte de esa vida cotidiana. Aquí tienen sus raíces, la familia cerca, y el interés por las cuestiones vinculadas con la llamada vida privada. Así sienten la vida. Ciertamente, no sólo llevan con ellas un pasado sino también unas experiencias y unas sabidurías. Aman esas costumbres y comprenden el significado del destino de haber nacido en situaciones económicas difíciles. La lucha por el reconocimiento de su trabajo es uno de los retos pendientes. Eso no quiere decir que ese destino sea algo excelente en sí, aunque ya el paso de los años les merece un respeto o consideración social, se cree que la sociedad debe volver la vista hacía todas ellas, pues son depositarias de la herencia de sus mayores.

 

María del Carmen añade que cuando se vuelva a hablar de las pescaderas haya un nuevo apartado de la historia del trabajo femenino que no sólo se centre en si las mujeres trabajan dentro o fuera de sus casas, sino que hablen: … de lo que nosotras y nuestras madres hicieron. Queremos que se empiece a nombrar a todas aquellas mujeres que fueron y casi no existieron porque la historia hasta ahora no habló de ellas. Esperamos que con los años se produzca una mejora sustancial a la hora de reivindicar sus valores y que el grano de arena de ésta aportación pueda ayudar a rescatar luces del olvido. Porque pasarse, se pasó…

 

 

Las imágenes han sido tomadas de https://www.facebook.com/DAIcoddelosvinos/photos_stream.

 

 

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