Revista nº 680
ISSN 1885-6039

Alexis Ravelo, un galdosiano en la novela negra.

Jueves, 11 de Abril de 2013
Nicolás Guerra Aguiar
Publicado en el número 465

Ravelo piensa que la novela negra es novela social, es decir, no solo hay una trama argumental con asesinato, asesino, alguien ajeno a la policía que investiga y descubre al malo, sino que aprovecha para entrar en lugares reales en los que se atenta contra la dignidad humana.

 

 

Aunque no pertenecemos a la misma generación -algún día coincidiremos, pues él viene lanzado- la conexión con Alexis Ravelo es inmediata. Viste de cuarentón que sabe de literatura (¡vaya si sabe!). Y en el género preciso de la novela negra (aunque él defiende que no es un género, sino un elemento vivo para entrar en todos los temas que ocupan al hombre) domina no ya las estructuras narrativas sino, además, la amplitud geográfica de la misma. En efecto: conoce tanto la novela de Vázquez Montalbán (aunque lo descubrió hace cuatro años) como la de Márkaris (Con el agua al cuello), y sabe de la extranjera del Norte de Europa, y mantiene que Malraux, Gide, Camus, y el mismo Cernuda, Luis, fueron conscientes de su oportunidad para analizar -y denunciar- los asuntos existenciales que ocupan al hombre.

 

Y no se arredró -ni fantasmea o inventa, lo cual es de agradecer- cuando aproveché los diez segundo que -¡al fin!- necesitó para respirar y le comenté que La verdad sobre el caso Savolta (1975, novela de Eduardo Mendoza y obligatoria cuando los estudios preuniversitarios respondían a su nombre) puede ser novela negra en cuanto que no solo hay organizada trama argumental y técnica, muertos, investigaciones, sino que, además, denuncia el caos social de aquella Cataluña que tanto enriqueció a la burguesía fabricando armas para los mejores postores, alemanes o aliados, en la I Guerra.

 

Porque este tipo de novela (insiste en la reivindicación de género mayor) es novela social, es decir, no solo hay una trama argumental con asesinato, asesino, alguien ajeno a la policía que investiga y descubre al malo, sino que aprovecha para entrar en lugares reales en los que se atenta contra la dignidad humana, contra las elementales condiciones que diferencian al hombre de los otros animales. Por eso Alexis Ravelo denuncia situaciones que deben corregirse, impropias de una sociedad civilizada, ajenas a aquello de que el ser humano es lo más importante. Y sus personajes aparentemente se pierden en digresiones, aunque no detienen el hilo argumental por el simple hecho de hablar sin propósito para dispersarse. Esa divagación -más bien se trata de fotografías de una realidad que no le gusta- puede a veces ser más importante que la propia trama de la investigación o de la acción.

 

Habla con seguridad y firmeza cuando explica por qué no puede abandonar la realidad circundante en sus novelas, qué le lleva a forzar al lector a que medite ante situaciones de injusticias sociales que están ahí, a la vista, y que incluso hasta habrán contribuido a formar a su protagonista: el hombre está solo, ya no tiene a Dios que le sirva como consuelo, ni queda esperanza de la otra vida que relaje la tensión emocional, no. El hombre, ya lo dijo Sartre, está condenado a la vida, el Infierno es el trato con los demás. Y cuando nombra al filósofo francés –va por su cuarto cigarrillo en esta caminata por la literatura, dos horas- uno tiene la sensación (más: la convicción) de que en él hay una gran parte de su concepción del mundo.

 

Entonces deja rodeos y tensa los músculos faciales, quizás reflejo natural de lo que está pasando por su mente: ¿es bueno que la novela, la suya, ofrezca la violencia como única salida a los problemas que el individuo vive? Esta tensión le afecta en cuanto que impacta en su sensibilidad. Porque Alexis me parece un hombre serio, comprometido, capaz de sentir como suyos los problemas que están a su alrededor. Y no solo los fotografía para imágenes quietas, inamovibles, perennes para siempre. Muy al contrario, él las anima, les da acción, las pone en movimiento porque son nuestra propia sociedad. Y como conoce la descomposición social, su alter ego, su otro yo, su identificación novelesca es un jubilado jefe de máquinas que incluso hasta caminó por vías ajenas a la legalidad (por más que Alexis pretenda mantener la distancia que ya intentó Galdós). Su Monroy, el desentrañador de hechos delictivos, es un buscavidas ajeno a la policía, ni tan siquiera el típico detective privado de las novelas policiacas que siempre se adelanta a los profesionales de la investigación (en este casi monólogo raveliano descubro su obsesión por el buchito cafetil). Monroy, a veces, debe solucionar para que no le cuelguen el muerto a él. Pero a pesar de su vida con oscuridades y sombras en su relación con la ley, Monroy llega al final de la novela en el respeto a la legalidad vigente. (Lo apunté antes: Alexis frena su ímpetu y su coraje porque no cree que la violencia sea la solución, no puede enviar ese mensaje a sus lectores. Ni a  sí mismo).

 

Y como sus personajes son gente de la calle, hablan como gente de la calle. Ahí le hice la observación de que su admirado Galdós fue criticado por construcciones sintácticas incorrectas, lenguaje a veces vulgar, inapropiado para una novela. Pero es que Galdós escribió también novela realista, y el realismo fotografía, no pone lenguaje culto en boca de un campesino. Este galdosiano "oficioso" (su maestro, Delibes) que es Alexis Ravelo lo tiene claro: es fiel a la realidad lingüística del hablante. Y como sus hablantes son canarios dirán guagua, ustedes, machango, tolete… no por sobrenacionalismo sanaca, sino porque esas voces forman parte de su léxico, tan riguroso como autobús, vosotros, macaco, simplón

 

Siento como verdad su afirmación de que Canarias tiene grandes autores en aquella variedad narrativa. Me confirma a Pepe Correa, Carlos Álvarez, Antonio Lozano, Javier Hernández y un grupo de pollillos que empuja con fuerza, a los que apoya y anima, como hizo González Déniz con él. Pero a pesar de que se trata del mismo género, la coincidencia entre ellos es puramente geográfica (aunque todos, claro, quieren contar historias, y en todos hay un bar. Por cierto: personajes de Pepe Correa son clientes; de Alexis, camareros). Bien es cierto: ya son un grupo que camina extrainsularmente, y eso es bueno. Alexis, sin duda, lo tiene claro. 

 

 

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