Revista nº 824
ISSN 1885-6039

La sorprendente historia del molino de viento que hubo en Teno Alto.

Jueves, 15 de Noviembre de 2012
Manuel J. Lorenzo Perera (Director del Aula Cultural de Etnografía de la ULL)
Publicado en el número 444

Muy pocas son las personas que recuerdan y conocen la historia del señalado molino. Pero lo más curioso de todo ello resulta ser el modo en el que se transportaron las pesadas piezas del molino desde Los Silos hasta Matoso, en el confín del paisaje de Teno.

 

Fueron varios los indianos que, a su regreso de Cuba, pretendieron e instalaron molinos de gofio. Un claro ejemplo lo representa Miguel González Martín (1885-1961), oriundo de Teno Alto (Buenavista, Tenerife). Muy pocas son las personas que recuerdan y conocen la historia del señalado molino. Pero lo más curioso de todo ello resulta ser el modo en el que se transportaron las pesadas piezas del molino desde Los Silos hasta Matoso, en el confín del paisaje de Teno.

 

En el pueblo de Los Silos se ubicaba en el paraje de la Montaña de Aregume, conocido como Los Molinos. Al parecer, perteneció a la familia de los Jordanes. Funcionó hasta finales de los años 20 (pa mi gusto por el 29'). Su último molinero se llamaba Alfredo Yanes Dorta (1909-1991). Fue adquirido por quinientas pesetas en plata. Dejó de funcionar por la razón de que ya había motores, máquinas pal gofio; una de ellas, accionada con gasolina, se situaba a unos 100 metros de distancia, siendo propiedad de Manuel Gómez Soto (1885-1945), hijo de José Gómez Suárez, de origen gaditano, quien vino a Los Silos para trabajar como jefe de máquinas en el ingenio de Daute.

 

El viejo molino de aspas de La Montaña medía, aproximadamente, 3 metros de altura, con base circular de 50 metros de circunferencia, disponiendo de una puerta y de una ventanita por un lado; las paredes eran de bloques de tolmo, revestidas con cal de color amarillo, importada de Inglaterra en sacos, mezclada con arena del mar. El inmueble que albergaba el molino se fue arruinando, subiéndose sobre sus paredes los niños para volar las cometas, favorecido por la circunstancia de que allí corre mucho el viento. Y sirvió de goro a un macho cabrío. Hoy no queda ninguna huella, copando el espacio una moderna casa.

 

 

Gran parte de la información que presentamos se la debemos al recuerdo y la gentileza de Pedro González Martín y Abraham González Regalado, respectivamente, hijo y yerno de Miguel González Martín, la persona que compró el molino, encargándose, además, de coordinar el transporte de los materiales, así como de construir y ponerlo en funcionamiento. Las piezas esenciales que se adquirieron fueron las dos muelas o piedras, la cruceta y los cuatro pilares (columnas), de tea de pino como la anterior. Cada uno de ellos, de sección cuadrangular, medía 6 metros de largo y 15 o 20 centímetros de grosor: cada una pesaba 100 kilos o más.

 

El traslado de los materiales. Cuando aconteció, no había ninguna vía asfaltada en la Isla Baja y los vehículos de motor, movidos con gasolina, eran de propiedad particular y su número era inferior al de los dedos de una sola mano. El traslado se hizo a lo largo de varias jornadas diarias, recurriendo a los medios de transporte disponibles, todos ellos de longeva tradición. El itinerario recorrido -andándolo con normalidad, sin carga- se puede realizar en tres horas quince minutos, tiempo desglosado en los tres tramos que se señalan en el siguiente cuadro, refiriendo, también, los medios de transporte que se pudieron haber utilizado:

 

 

Los sistemas de transporte, como es lógico, estuvieron acordes con las características de cada una de las vías. Con reses vacunas enyugadas se actuó hasta donde se pudo, concretamente hasta el arriba del Callejón de Teno; a partir de ahí, a hombros. Dicho lugar, situado a unos 15 minutos con respecto al pueblo de El Palmar, también se conoce como Las Vueltas. Allí se ofrecía una comida a quienes prestaron su ayuda: Al alto la cumbre les daban una comida a todos los que iban a trabajar, porque esos trabajaban gratis. Fue un tiempo en el que se prodigaba la colaboración entre iguales: antes había mucha prestación. En el acarreo con las vacas fue notoria la participación de Graciano Palenzuela González (1909-1991), encargado en la finca de Marinas, propiedad buenavistera que contaba con un número considerable de reses vacunas: toda esa madera la arrastré yo hasta el canto arriba El Callejón. Y a partir de ahí, hasta la localidad de Matoso, se cargó a hombros, encargándose de ello varios vecinos de Teno Alto: entonces había hombres y potentes; y de favor, eso no era pago nada.

 

A hombros, entre cuatro, se cargaron cada uno de los pilares de tea. Así se trasladó también, en 1958 -entre veinticuatro hombres, desde El Charco a Los Partidos de Teno Alto-, el tronco de eucalipto fresco con el que se obtuvo la cumbrera de la casa del vecino Antonio Verde: yo creo que pesaba 300 kilos o más, medía cerca de 10 metros. Se discurrió por un camino de cabras, sumamente inclinado, por el que no cabe sino una persona, una detrás de otra, razón por la que los porteadores caminaban por el mismo lado. Sin llevar peso, se invierte una hora y treinta minutos en hacer el recorrido; cuando el eucalipto, se salió a las 9 de la mañana de El Charco y se llegó pasadas las 2 de la tarde a Los Partidos. Otros hombres acompañaban (relevos, ayuda en los descansos...) y hasta mujeres, avisando (lo malo era las curvas) o quitando algún ramo que estorbaba: la gritería, parecía una fiesta, era lo que había. Al llegar, María Bencheque (partera, cocinera en banquetes de ámbito social) nos tenía una cabra preparada. Nadie cobró nada. Cuando era necesario, se devolvía el favor: era lo que había.

 

Cada una de las dos muelas de molino y la cruceta se llevaron sobre parihuelas. Las de las primeras fueron cargadas por cuatro hombres, dos delante y dos detrás. La de la cruceta por seis, dos delante y cuatro detrás. Se trata de una forma de cargar inmemorial que sirvió también para trasladar a los enfermos, personas fallecidas... Cuando la carga era liviana se podía portar con las manos, entre dos; cuando no: en pajigüelas cargaban, y sobre el hombro una almohadilla (saco doblado).

 

 

La construcción del molino. Se ocupó de ello la misma persona que lo adquirió, Miguel González Martín, contando con la colaboración de su compadre Eugenio Hernández Salazar (1885-1953), de oficio cantero, quien picaba las muelas, con la escoda, cuando la necesidad lo requería: el viejo Pulido era maestro, le ayudó a montarlo. Aconteció con anterioridad a la Guerra Civil española (1936-1939). Y se invirtieron tres o cuatro meses para montarlo, hacer el cuarto, la base, traer los palos del monte...

 

Miguel González Martín (Miguel el de Matoso) emigró a Cuba entre el 16 y el 20. Ejerció como agricultor, carpintero y albañil, ocupación esta última en la que destacó: Mi padre era muy amañado, pa cuestión de madera y piedra era muy amañado; hacía tijeras para los higos, castañuelas y zapatos, hormas pa eso y aleznas. Cerca de su casa, en Matoso, levantó un cuarto para servir de sede al molino, lugar que, todavía hoy, es conocido con esa denominación: El Molino. Las paredes -asentadas en la pared del fondo y laterales sobre el piso rocoso natural- son mayoritariamente de bloques de tosca, labrados en una cantera ubicada por encima deI lugar. Él mismo instaló las piezas traídas desde Los Silos e, incluso, elaboró las aspas a partir de palos convenientemente labrados: las aspas las hizo él, de palos de monte; hizo seis y de sacos hizo la tela, pintadas de blanco con el objeto de cubrir los diminutos orificios que presentaba.

 

 

Sobre el funcionamiento del molino. Estamos basando nuestro relato en el recuerdo de niños que, por entonces, tenían en torno a los diez años de edad. El conjunto de las aspas lo viraban según donde venía el viento; donde quiera que le daba el viento, pallí diba. Se hacía accionando con una pieza de hierro conocida como la retranca. Según la mayor o menor fuerza del viento, actuaban, respectivamente, seis, cuatro o dos aspas, de modo que desprendían, únicamente, los forros de tela correspondientes.

 

El molino de Matoso sirvió para aligerar el peso de la jornada doméstica, ahorrando lo que suponía la molienda con molinos de mano. Por entonces, Teno Alto estaba más poblado que en la actualidad: 245 habitantes en 1930 y 277 en 1940, frente a lo 153 registrados en el nomenclátor de 1981.

 

Trabajaban en el molino el propio Miguel González Martín y sus hijos Miguel (1916-1937) y Mateo González Martín (1920-2008). El primero de ellos murió en la guerra, ése fue el más que molió, lo conocían todos por el Molinero.

 

El gofio más común correspondía al cultivo más generalizado en Teno: el trigo. Aunque mucho menos, de millo mezclado con trigo e, inclusive, de millo solo estando bien tostado. También producían frangollo. La pequeña empresa no contaba con tostadora; el cereal se traía tostado de la casa, valiéndose del jurgunero o juergo con el que se removía el grano en el tostador o tiesto de metal que suplantaría al de barro ofertado por mujeres de Arguayo, conjuntamente con otros enseres cerámicos: tarros para ordeñar, calderas para guisar la leche, tallas para el agua... Se molía todos los días: en Teno el viento fallaba pocas veces; si había trabajo, no paraba; y a veces lo hacíamos por la noche para aprovechar el viento. Cada familia, con determinado intervalo de tiempo, llevaba al molino dos o tres almudes, porque antes era por almudes. Las muchachas o los muchachos -andando desde sus caseríos de procedencia- llevaban el grano tostado al molino en talegas de morsolina. Los clientes eran de Teno. Se pagaba la molienda con dinero: estaban las perras negras esas, de cobre.

 

La andadura vital del molino fue corta: a diez años no llegó. Las razones del cese de la actividad son esencialmente dos. Los hijos mayores del molinero partieron hacia la Guerra Civil (1936-1939). Y lo más fue por el fallo del trigo, la cebada no daba resultado. Al trigo morisco, cultivado en la zona, le afectó un virus, un bicho, lo que obligó a los teneros a promover el cultivo de la cebada al objeto de contar con el fundamental gofio: cuando vino el bicho yo [Mateo Martín Regalado] tenía 7 o 8 años, ya la cebada no servía para moler, porque tenía mucho casullo; en Los Silos había una máquina que lo molía todo, lo dejaba finito. Se volvería a cultivar trigo, de la clase Marruecos, conseguido en El Palmar: El Marruecos no se lo comía tanto, pero el molino había ya desaparecido. Como en El Palmar no había por entonces molino, se acudía caminando, con frecuencia a lomos de burro, a los que había en el más distante pueblo de Los Silos: ir a Los Silos al molino de don Alberto [Alberto Palenzuela Dorta: 1887-1969]; y, a veces, tener que llevar botellas de gas (porque escaseaba el combustible).

 

Con posterioridad al cese del molino, las piezas de madera (pilares, cruceta) fueron vendidas o aprovechadas -dada su calidad, de tea de pino- para hacer puertas, ventanas... Una de las muelas se partió y la otra permanece enterrada en la era. El cuarto donde estaba instalado el molino, como el conjunto de la casa paterna, lo heredó la hija María. Lo convertirían en bodega, cerrando para ello el orificio del techo por el que ascendían las vigas que sostenían la cruceta con las aspas. Mide 4,30 metros de largo, 4,65 de ancho y 2,40 de altura. Las paredes tienen 75 centímetros de grosor. Su única puerta, de 95 centímetros de anchura, está orientada al poniente.

 

Repetidas veces hemos escuchado añorar los viejos molinos de viento. En el N.O. de Tenerife hubo varios. Que sepamos, tres en Los Silos: en la finca de La Sabina; en Susana; y el ya mencionado de la Montaña de Aregume, zona denominada Los Molinos, que sería trasladado a Teno Alto, dando nombre al espacio conocido por El Molino. Y en Buenavista, Barrio de El Molino, el de Sebastián Gallego (Sebastián García Gallegos: 1853-1944). Nadie se explica por qué los dejaron desaparecer. Se alzaron en lugares favorecidos por el soplo de brisas y vientos y dejaron su impronta en la toponimia. Y funcionaron con energías limpias, no contaminantes, tan demandadas y defendidas en la actualidad. Es una muestra más de todo lo que bregaron y nos enseñaron nuestros Mayores.

 

 

El presente arttículo. Para la elaboración del presente artículo hemos contado con la estimable ayuda de las siguientes personas: Ángela García Herrera y José García León (empleados del Ayuntamiento de Buenavista del Norte); Álvaro Hernández Yanes, Cristina Reyes Casañas y Juan Hernández Pérez (empleados del Ayuntamiento de Los Silos); María del Carmen Yanes Palenzuela y Francisco García Gómez.

 

Y lo han hecho realidad la información proporcionada por los Maestros y Maestras de la Tierra que a continuación se relacionan: Pedro González Martín (88 años), María González Martín (84 años), Abraham González Rodríguez (87 años), Mauro González González (51 años), Mateo Martín Regalado (84 años), Víctor González Martín (77 años), naturales de Teno Alto. Domingo Romero González (76 años), de El Palmar. Adolfo Hernández García (87 años), Otilio Hernández Navarro (88 años), Clara del Rosario Gutiérrez (85 años), Domingo Rodríguez del Rosario (93 años), de Buenavista del Norte. Y Horacio Dorta Spínola (71 años), Rufino Hernández Lorenzo (89 años), Fernando Hernández Álvarez (82 años) y Antonia María Luisa Palenzuela Acevedo (80 años), de Los Silos. A todos ellos nuestra gratitud y aprecio por habernos transmitido tan valiosos recuerdos de su Memoria.

 

Algunos de los informantes

 

 

Publicado previamente en la revista El Baleo (nº 67).

 

 

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