Revista nº 680
ISSN 1885-6039

Breves apuntes para una apresurada historia de Arucas.

Jueves, 01 de Noviembre de 2012
Ramón Díaz Hernández (Profesor de Geografía de la ULPGC)
Publicado en el número 442

En más de quinientos años, los perseverante labriegos hicieron el milagro de domesticar un medio agreste, habilitando para la agricultura intensiva una extensa Vega sedimentaria que se desliza desde el centro geográfico del municipio hacia todas partes hasta bordear el litoral.

 

 

 

1. El marco geográfico. El término municipal de Arucas (del aborigen Arehuc) cuenta con un restringido espacio situado en el sector central del Norte de Gran Canaria que suma un total de 33,13 kilómetros cuadrados (que supone el 2,1% y 0,44%, respectivamente, de la superficie de Gran Canaria y del Archipiélago). En el mapa de la isla aparece configurando una silueta geométrica parecida a un trapecio irregular que empieza en las Medianías de la isla y termina en el Océano. Se trata de una demarcación de manifiesta pequeñez jurisdiccional, de relieve moderadamente quebrado, con algunas cimas eminentes como son las Montañas de Cardones, Arucas (con 412 m) o Los Picachos (con 633 m), que sobresalen en medio de un paisaje dominado por suaves pendientes que caen desde el Sur hasta el Norte. El lindero más septentrional lo constituyen 14 kilómetros de costa que sirven de ribera al Océano Atlántico. Perpendicularmente, el serpenteante litoral se ve interrumpido por varios barrancos que desembocan en él. El primero y último de estos desagües son los de Tenoya y Azuaje, que de forma natural establecen con sus respectivos cauces las líneas divisorias con los municipios fronterizos de Las Palmas de Gran Canaria y Firgas. Por la parte meridional y occidental, Arucas enlaza  con los municipios colindantes de Teror y Firgas a través de las vertientes de Osorio y las vegas de El Palmar.

 

Aunque se encuentra en una comarca barloventeña, abierta a la influencia de los alisios húmedos, dispone sin embargo de una pluviometría escasa, especialmente en la zona que se encuentra por debajo de los 200 metros sobre el nivel del mar. Hasta esa franja el desarrollo de la cobertura vegetal tropieza con un condicionante drástico como es la escasez de aporte hídrico regular. El déficit de humedad no impide que florezcan formaciones de matorral bajo (tabaibales) e igualmente palmerales y eucaliptales cultivados, que aprovechan la infiltración en algunas vertientes umbrosas y los fondos de los barrancos. En cambio, en la zona alta del municipio, más lluviosa, las condiciones atmosféricas favorecen a las agrupaciones de granadillos, brezales y matorral con porte más consistente. La influencia de los vientos dominantes que proceden del NE, arrastran consigo nubes que cubren el cielo la mayor parte del año. Las temperaturas son aquí aun más suaves, oscilando entre los 19º C y 25º C. A su vez, la humedad suele ser más elevada durante gran parte del año. Los cambios de estación no se perciben con nitidez, si bien los meses de diciembre, enero y febrero son más frescos.

 

La acción antrópica ha transformado prácticamente todo el municipio, de forma que gran parte de su superficie es apta para el cultivo y, en particular, existen zonas muy bien dotadas de terrenos de extraordinaria feracidad. Pero estos factores no siempre han acompañado al campesinado local. Al  contrario, de no ser por la tenacidad de sucesivas generaciones de labriegos que han transportado tierra y agua desde las Medianías de las isla, nunca este espacio, primitivamente formado por pedregales de malpaís, de suelos delgados o sin tierra vegetal en las zonas más bajas, se hubiera trocado en terrenos fértiles.

 

En más de quinientos años, los perseverante labriegos hicieron el milagro de domesticar un medio agreste, habilitando para la agricultura intensiva una extensa Vega sedimentaria que se desliza desde el centro geográfico del municipio hacia todas partes hasta bordear el litoral. Este mismo campesinado no se arredró ante las escalonadas pendientes, en cuyos escalones fabricaron ex novo parcelas de cultivos en abancalamientos con muros de piedra seca o de mampostería para aprovechar hasta la más recóndita pulgada de espacio.

 

El resultado de esta paciente y faraónica empresa saltaba a la vista hace ahora mismo unos cuatro decenios. Hacia el año 1972 se podía contemplar con placidez desde los miradores de la Montaña de Arucas el hermoso e ininterrumpido tapiz verde de plataneras que abarcaba todo el paisaje y cuyo recuerdo difícilmente podrá borrarse de nuestra retina. Por entonces se había alcanzado techo en la expansión de las plantaciones. Si hacemos caso al catastro de fincas rústicas de principios de los setenta, nuestro municipio destinaba entonces a la agricultura el 33,86 por ciento1 de su superficie total, lo que no deja de ser un dato significativo si se tiene en cuenta que la media regional se cifraba en un exiguo 17 por ciento. Con lo cual, esta laboriosa zona fue siempre, y con toda razón, una potente máquina dinamizadora de la economía comarcal que ha dejado una huella indeleble en el paisaje y que el abandono actual de aquellas funciones tradicionales no debe ser causa válida  para excusar su olvido.

 

Mapa de Arucas y situación de sus principales núcleos de población

 

2. El primer ciclo sacarocrático de los siglos XV y XVII. Del periodo prehispánico de Arucas se tienen más leyendas que evidencias documentales demostrables. Los escasos yacimientos arqueológicos que se han trabajado científicamente, arrojan todavía insuficiente luz, aun tratándose de estudios y vestigios de indudable valor2. Ese vacío determina el tener que suponer como punto de partida de nuestra historia el acontecimiento por medio del cual el conquistador Juan Rejón destruye el poblado aborigen de Arehuc e inicia un rápido proceso de colonización que, en general, se inspirará en el modelo seguido en la Península por la Castilla medieval durante la Reconquista.

 

En esta zona los isleños practicaban ya algún tipo de agricultura, aparte de la caza, la ganadería y la depredación del litoral; con el fin de garantizar las cosechas en medio de este clima tan mezquino en lluvias, iniciaron muy rudimentariamente el regadío sirviéndose de un primitivo sistema de acequias, que sería luego ampliado y perfeccionado por los conquistadores (HERNÁNDEZ, 1954).

 

La propiedad de la tierra fue acaparada de un modo fundamental por las personalidades que tomaron parte destacada en la conquista de la isla, bien como soldados, bien como financieros de las campañas militares. De las entregas o datas de lotes de terreno con sus correspondientes caudales de agua, una vez usurpada su titularidad a los aborígenes, salió entre otros extraordinariamente favorecido Tomás Rodríguez de Palenzuela, al que con razón o sin ella algunos autores responsabilizan de la paternidad de haber fundado la Arucas española, en 1503.

 

Como en el origen de la mayoría de los pueblos isleños, nuestra ciudad se empezó a gestar a partir del caserío que se fue apiñando en torno a la primigenia ermita de San Juan Bautista. La actividad generada por los ingenios azucareros, los cañaverales, las obras de regadíos, el transporte y la artesanía procuraban suficientes empleos a jornaleros, esclavos, criados, comerciantes y artesanos, los cuales figurarían como los primeros habitantes con que contó la incipiente urbe. Inicialmente el impulso poblacional correspondió al auge económico centrado en exclusiva por los cuantiosos beneficios provenientes del negocio azucarero, su industria y exportación a los mercados locales, peninsulares y, en  particular, a las florecientes ciudades de la Europa central y occidental. Confirma esto último una guía de la ciudad de Colonia en la que se puede leer lo siguiente. El hecho de que existieron plantaciones azucareras colonenses en las Islas Canarias muestran lo intenso que era aquel comercio3.

 

Durante los siglos XV y XVII, la actividad económica principal volcada en las cañamieles debió ser verdaderamente febril, pues por estos años se tienen noticias de la existencia de importantes canales de aguas para la distribución de caudales hacia los cultivos más distanciados; así mismo fue preciso adecuar, bonificar y hasta roturar nuevos suelos para extender la superficie destinada a los cañaverales. Todas estas labores estaban patrocinadas lógicamente por los propios terratenientes locales y foráneos. Ahora bien, en justicia debemos resaltar el papel de los prestamistas genoveses cuyo papel fue relevante para el levantamiento y sostenimiento de los numerosos ingenios azucareros. Sólo en nuestro término funcionaron unos ocho trapiches en total esparcidos por toda la geografía local. Estas industrias requerían altísimos desembolsos iniciales que luego se amortizaban fácil y rápidamente, merced a los cuantiosos beneficios que aquella remuneradora labor permitía acumular en poco tiempo (Ladero, 1975).

 

El resultado más llamativo de todo ello ha quedado impreso en el paisaje, constituyendo en su conjunto las bases de un inestimable patrimonio productivo (terrenos cultivables, canales, acequias, estanques, cantoneras...) que con posterioridad se van ampliando de forma creciente. Pero, también, el incremento de la población es un buen índice de la prosperidad económica. Eso explica que el obispo de entonces, D Fernando Vázquez de Arce, en consideración a la existencia de suficientes feligreses, manda trasformar la categoría de la sencilla ermita, fundada quince años antes, para elevarla al grado de Parroquia, con pila bautismal y cura propio. A este notable evento viene a añadirse la fundación de la Heredad de Aguas de Arucas y Firgas, allá por los años 1545-1546, y la constitución del Mayorazgo de Arucas por Pedro Cerón, en 1572. Tres acontecimientos, pues, que sin duda repercutirán favorablemente en el desarrollo económico y social de nuestra jurisdicción.

 

3. El periodo vitivinícola y cerealero (siglos XVII-XIX). Desde finales del siglo XVII hasta principios de la decimonovena centuria, en el s. XIX, se puede englobar la historia social y económica de Arucas dentro del epígrafe de vitivinícola y cerealero que no tiene ni por asomo el mismo impacto benefactor que tuvo la anterior actividad azucarera. Al hundirse, en efecto, el comercio de los azúcares, se procede en casi todas las Islas a su sustitución por el cultivo del viñedo. En los labrantíos locales se sigue la tónica regional, si bien la viticultura no auspiciará un período tan esplendoroso como el engendrado por su predecesor. Esto determina la apertura de un período más bien opaco en que, para mayor agravamiento, se reiteran sucesos trágicos para la población como fueron las tristemente célebres epidemias, crisis de subsistencia, emigración masiva hacia América y motines de hambre, como el conocido levantamiento de la población jornalera de La Goleta y El Cerrillo, en el año 1800, encabezado por Gregorio Borges del Manzano a consecuencia de las calamidades que sufría la ciudadanía mientras que los granos de la alhóndiga pública eran vendidos fraudulentamente.

 

Otros desastres climatológicos resultaron igualmente dramáticos como el temporal de Reyes de 1766 que inundó toda la Vega de Arucas y causó ingentes pérdidas de suelos, cultivos, ganados, enseres y otros bienes patrimoniales. Estos males no cesaron sin que antes, ya en pleno siglo XIX, llegase en 1851 el azote de la epidemia de cólera morbo que originó casi cuatrocientas víctimas en esta comarca. El siglo XIX no se despedirá de nosotros sin sucesivos brotes epidémicos de fiebre amarilla, tifoideas y disenterías entre 1860 y 1870, además de las guerras coloniales de Filipinas, Cuba y Puerto Rico en 1998 juntamente con las del Norte de África, cerrando el ciclo trágico la Gripe Española de 1918 a 1920, ya en las primeras décadas del siglo XX.

 

En estos años, la producción de trigo, millo, papas, frutas, verduras y vino centraban la atención del agro local a juzgar por las estadísticas que el Comisionado Regio Francisco de Escolar Serrano elaboró. En dicho informe se pueden leer las cifras obtenidas por las producciones acopiadas en este término jurisdiccional entre 1796 y 1806. Éstas alcanzaron las 5.714 fanegas de trigo; 11.898 fanegas de millo; 6.320 kilogramos de papas; 749 kilogramos de judías, 100 quintales de lino; 891 fanegas de cebada; otras 36 de centeno; 246 de legumbres y 492 pipas de vino. Todo esto sin contar con la producción ganadera, apícola, salinera y pesquera que, para los 4.162 habitantes con que contaba entonces esta Villa de Arucas, suponían magnitudes verdaderamente significativas.

 

En el plano urbano, Arucas poseía ya un núcleo respetable compuesto por unas 1.230 casas distribuidas en varias calles y una serie de barrios y caseríos populosos. Así mismo, este municipio contaba con una amplia alhódiga o pósito público, considerada como la más antigua que existía en Gran Canaria y en la cual se guardaban los granos y las semillas para su custodia.

 

4.  El régimen liberal, la desamortización y el auge de la cochinilla. Con la segunda mitad del siglo XIX se abre una etapa resplandeciente en la vida de nuestra jurisdicción, en donde ya había cristalizado el correspondiente Ayuntamiento constitucional, después de algunas intentonas. Se vivieron escenas de forcejeos por el poder económico, social y político con interferencias del clero que traducen a escala local el histórico contencioso nacional librado entre las ideologías absolutistas y liberales. El triunfo de los segundos, o sea, de los partidarios de la Constitución, hizo posible en toda España la puesta en marcha de leyes desvinculadoras y desamortizadoras de bienes rústicos que hasta entonces tenían la consideración de no enajenables ni vendibles y que supuestamente no estaban en óptimas condiciones de explotación, ni rendían lo que se esperaba de ellas, y de ahí la necesidad de ofertarlos a quienes pudiesen rentabilizar más dichos predios. Al margen de cualquier otra interpretación, la desamortización de bienes ociosos durante varias etapas del siglo XIX introdujo en el mercado gran cantidad de tierras útiles que en determinados puntos, como sucedió aquí, contribuyeron a modernizar la economía y la sociedad españolas.

 

En nuestra demarcación, sin ir más lejos, con la promulgación de los expresados preceptos desamortizadores, quedaron libres extensos dominios pertenecientes a unos cinco vínculos de este término, así como los del Mayorazgo de Arucas (fundado por Pedro Cerón, Comandante General de Canarias, y su consorte doña Sofía de Santa Gadea), además de otros bienes pertenecientes al Consejo de Gran Canaria y a la Iglesia, como La Dehesa, casas y cuevas habitación, trozos de terrenos en diferentes partes del municipio e importantes cantidades de agua. Todos estos bienes fueron transferidos hacia una burguesía agraria de talante moderno y emprendedor que tuvo a sus representantes más eximios en las personas de don Bruno González Castellano, padre de la primera Marquesa de Arucas, y en el acaudalado comerciante de origen francés don Alfonso Gourié. Otros grandes beneficiados fueron los señores siguientes: D. Dionisio Henríquez, D. Valentín Lorenzo, D. Pedro Medina, D. Rafael Ponce y D. Manuel Rodríguez. Los señores citados adquirieron fincas equivalentes a 183 fanegas y 14 celemines, además de importantes caudales de agua por valor de 2.547.293 reales de vellón.

 

Mientras se producían cambios importantes en la economía (y la tierra seguía siendo entonces el principal medio de producción y de empleo que se disponía), tiene lugar otro cambio en el ámbito institucional tremendamente significativo para la vida local: la creación del Ayuntamiento constitucional dotado de ciertos elementos democráticos y con capacidad de decisión y administración del territorio. El recién creado Ayuntamiento supuso la desaparición de las caducas instituciones típicas del Antiguo Régimen por otras que estaban más en consonancia con el espíritu modernizador y progresista que inundaba la vieja Europa. Fueron barridos por la rueda del progreso histórico antiguallas como las figuras de aquellos alcaldes de aguas, que extendieron caprichosamente sus competencias hacia el poder cívico y administrativo; otro tanto cabe decir de los llamados alcaldes pedáneos y alcaldes de marina, o de los administradores del Mayorazgo, los somatenes o las brigadas armadas cubiertas por civiles, los abusos de los jefes de las milicias locales, los Síndicos Personeros, representantes y familiares del Santo Oficio de la Inquisición; la influencia desmedida de determinados párrocos, maestros, ricos prohombres y alguaciles, que gozaron de poderes omnímodos y que constituían una especie de cúpula privilegiada, con amplias facultades fácticas, tolerados y bien vistos hasta en sus frecuentes excesos, y que gozaron en ocasiones de la anuencia y complicidad de los poderes insulares y regionales, además del respaldo de los grandes propietarios locales.

 

Plaza de la Constitución y Casas Consistoriales

 

Por consiguiente, el siglo XIX es un período histórico relevante por cuanto que durante el transcurso del mismo se realizaron cambios económicos y políticos de gran relevancia y trascendencia en nuestro desarrollo social, económico y político. Como ya anticipamos, el control efectivo de los medios de producción de esta localidad se moderniza. De propietarios absentistas, despreocupados por el rendimiento de sus tierras y aguas, se pasa a empresarios laboriosos y deseosos de explotar las fincas y producir riqueza y empleo, aun cuando en ocasiones las formas de dominación caciquil se perpetuasen a través de otros cauces sociales, económicos y políticos más sutiles que en etapas anteriores.

 

En lo referente a la producción se aprecia como la cochinilla se enseñorea rápidamente de los suelos cultivables. Los cuantiosos beneficios acumulados, gracias a las ventas del insecto tintóreo en los mercados exteriores, abrieron en nuestra localidad un breve periodo de casi tres décadas de duración de incalculable prosperidad en todos los órdenes. Sin embargo, la inesperada caída de los precios en 1883 a consecuencia de la anilinas y colorantes sintéticos -de menor coste de producción e igual eficacia en la industria textil-, supusieron un grave quebranto para una sociedad que confió desmedidamente en este remunerador negocio como si de un "eldorado" se tratase.

 

Por tanto, la crisis desactiva el otrora intenso comercio exterior y el abandono prácticamente total de los cultivos de nopales, en cuyas pencas se adhiere el insecto tintóreo, no se hizo esperar mucho tiempo. Este súbito contratiempo, advertido oportunamente desde París por nuestro ilustre paisano D. Gregorio Chil y Naranjo, hace emerger un auténtico ejército de jornaleros que, al quedarse en paro forzoso y no encontrar en nuestra tierra medios de supervivencias elementales, no tuvieron más opción que la de emigrar en las más detestables de las condiciones hacia Cuba u otros puntos de acogida en el Nuevo Mundo. En la década de los ochenta de la decimonovena centuria se produjo una auténtica desbandada emigratoria de aruquenses a consecuencia de la denominada crisis cochinillera. Muchos pequeños y medianos propietarios malvendieron sus tierras por un simple billete de ida hacia Cuba o Venezuela. Con los peones, jornaleros y aparceros agrícolas salieron también hacia América comerciantes, músicos, guardias municipales, barberos, contables y artesanos de todos los oficios a los que también les alcanzó el crack. Puede afirmarse que la crisis fue general y afectó especial y selectivamente a las capas sociales medias y bajas del municipio.

 

En cambio, las clases poseedoras, es decir, los finqueros con mayor capacidad de resistencia, por la parte que les traía, sacaron fuerzas de flaqueza para remontar tamaño descalabro e iniciar los reajustes lógicos en la economía de esta localidad, acudiendo a cultivos alternativos, algunos de los cuales ya eran conocidos en las Islas, como la caña de azúcar, cuya producción empezaba a ser demandada nuevamente en Europa debido a la generalización de las infusiones exóticas y estimulantes (café, té o cacao). La pérdida de Cuba y Puerto Rico supuso para el conjunto de España una ruptura del aprovisionamiento azucarero. Así mismo, se ensayan adaptaciones de nuevos cultivos tales como el tabaco, café, algodón y frutos tropicales (manga, papaya, guayaba, etc.), cuyos desiguales resultados obligaron a sus mentores a desistir de dichas intentonas.

 

Vista de un cultivo de tuneras para la crianza de cochinilla

 

Por eso el capítulo más relevante lo constituye indudablemente la reimplantación de varios ingenios azucareros, entre los que sobresale el conocido por la Fabrica de San Pedro, instalado en mayo de 1885 y cuya maquinaria fue importada desde Londres por Alfonso Gourié Álvarez. Se trataba de una industria moderna compuesta por máquinas movidas a vapor y cuya capacidad de molienda era de auténtico vértigo.

 

La proliferación de los pedidos y el volumen de ventas alcanzado inducen enseguida a nuevas ampliaciones con el objeto de satisfacer el rápido incremento de la demanda. Tan sólo en 1885 se molieron miles de quintales canarios (de 46 kilogramos) y toda la actividad auspiciada por los ingenios azucareros mereció para el cronista Teodoro Rosales el afrancesado calificativo de la grande saison de Arucas.

 

Sin duda, había provocado la cochinilla y, con posterioridad, el paréntesis azucarero -que no llegaría más allá de 1920- una abundante acumulación de beneficios en forma de ahorro dinerario o acumulación de capital como para hacer de Arucas una verdadera urbe moderna, transformando el pobre villorio de antaño, de humildes casitas terreras construidas en piedra y barro, de calles estrechas y tortuosas predominantemente. En estos años se erigieron, sobre las ruinas de las anteriores, casas más holgadas y de vistoso porte. Algunas tenían hasta dos plantas. Lujosas mansiones de elegantes fachadas de cantería local se ubicaron en los puntos estratégicos del casco, en algunos  barrios como Cardones, o esparcidas en las propias fincas. La aglomeración se ensancha a consecuencia de la numerosa población inmigrada desde las Cumbres y Medianías de la isla atraída por la riqueza agroexportadora primero con la cochinilla y después con la caña azucarera. La hasta entonces calle mayor de San Juan pierde protagonismo ante la nueva carretera general del Norte que de Este a Oeste recorre el recién inaugurado ensanche urbano (hoy calle León y Castillo).

 

A su vez, la funcionalidad de la villa adquiere cada vez más una mayor diversificación, notándose en este último sentido una intensificación del comercio local, un renacimiento de la construcción con el renacer de los diversos oficios (canteros, labrantes, pedreros, herreros, cerrajeros, albañiles, carpinteros, pintores,..) así como una relevante ampliación de las actividades administrativas tanto públicas como privadas. En definitiva, la vida transcurría a impulsos de los caprichos de la exportación exterior que se imponía a la actividad económica y que hacía que unas veces fuera expansiva, y otras tantas depresiva.

 

Por si fuese poco, por estos años se construyen el cementerio, las Casas Consistoriales, El Mercado, El Pilar, nuevas plazas y parques, así como la edificación del puente sobre el barranco de Arucas por donde cruza la carretera que viene desde Las Palmas de Gran Canaria. Se mejoran los caminos, se realizan más puentes, se inician las obras de los templos parroquiales de Bañaderos y Cardones, así como el nuevo templo neogótico de San Juan Bautista de Arucas, auténtico icono de la ciudad. Se acondicionan las fuentes públicas, el matadero municipal y las presas de Pinto. La arquitectura civil, tanto pública como privada, mezcla estilos, con mayor o menor acierto y calidad pero irradia modernidad prácticamente por todo el municipio.

 

La Masonería como secta, pero también como gobierno en la sombra, hace sentir su influencia cultural en algunas asociaciones obreras y sociedades recreativas. Muchas de las construcciones arquitectónicas tan abundantes en esos años presentan signos enigmáticos y emblemáticos de la cabalística masónica en Arucas, que se erige con el gusto rupturista por la estética asimétrica y su preferencia por los números impares.

 

Las vías de comunicación por su parte se verán sustancialmente mejoradas y a veces hasta ampliadas, con lo que se favorece la salida de la producción agrícola local hacia los Puertos de Las Palmas y de La Luz a la par que relaciona mejor a los lugareños de unos y otros caseríos. En definitiva, el progreso que se advierte en nuestro municipio desde mediados de la centuria decimonónica (lapidariamente resumido por el cronista oficial D. Teodoro Rosales en su acertada expresión de Muchos Chó se convirtieron en Don) no pasa inadvertido ni siquiera desde un lugar tan distante como la Villa y Corte de Madrid. Lo que estaba sucediendo en Arucas gana el espaldarazo real al concedérsele el título de Ciudad por la Reina Regente, doña María Cristina, un nueve de agosto de 1894.

 

Vista de noche del templo parroquial de San Juan Bautista de Arucas

 

5. Auge y caída del ciclo platanero. Toda una serie de adversidades hacen colapsar en 1920 la vida industrial de la fábrica azucarera de San Pedro, después de que en 1911 se ampliasen sus instalaciones con la famosa destilería de aguardientes que todavía hoy día sigue en activo. Las restantes fábricas azucareras, particularmente la conocida por la Maquina de Nuestra Señora del Rosario, en Cruz de Pineda, zozobraron con anterioridad. Las trabas fiscales a la exportación de los azúcares para entrar en la Península y la competencia de otras zonas de aprovisionamiento en los mercados europeos, dan al traste con nuestras producciones. Con ello se interrumpen los cultivos de caña y se cierra de nuevo el ciclo azucarero, abriéndose con ello otras perspectivas para implantar el cultivo rentable que fuese capaz de sustituirlo. Ya desde la última década del pasado siglo, el cultivo del plátano venía pisando fuerte al amparo de la creciente demanda de los países consumidores europeos, en los que descuella Reino Unido. Sin embargo, los dos grandes conflictos mundiales y nuestra guerra civil redujeron el ámbito comercial de los frutos canarios a la Península. A partir de los años cuarenta los plátanos canarios monopolizan en exclusiva el mercado peninsular. Esa situación tan favorable crea los incentivos necesarios para un nuevo y esplendoroso ciclo monocultivador que se impone a lo largo de más de tres décadas.

 

Durante este período todas las iniciativas y preocupaciones giraron en torno al plátano y las actividades derivadas (empaquetados, transporte, etc.). La propia Heredad de Arucas y Firgas supera una de sus crisis cíclicas y se dispone a jugar un papel de vanguardia en la expansión de los regadíos. El máximo exponente de todas estas empresas fue, sin la menor duda, la construcción de las presas del barranquillo de Pinto, comenzada en 1899 y terminada en 1904. Los restantes heredamientos y comunidades de regantes tampoco se quedan rezagados en lo relativo a impulsar el agro aruquense. A  edificaciones faraónicas como las presas citadas se añaden luego otras tan importantes como la perteneciente al marquesado de Arucas en el barranco de Los Palmitos, así como los numerosos estanques y balsas de mampostería, de barro y hasta de modernas estructuras en forjados de cementos.

 

La captación de manantiales y escorrentías ante el creciente aumento de la demanda de caudales obligó a las organizaciones de regantes a perforar profundamente nuevos pozos, a construir nuevas acequias, túneles y tuberías por los senderos más recónditos, con el propósito de atraer más cantidad de agua procedente del Andén y Caidero Navarro (Valsendero), así como la ampliación del canal que viene desde Las Madres (Firgas) o desde los pozos y manantiales que se explotan en los alrededores de Fontanales, municipio de Moya, desde donde se transportan realizando un largo y difícil recorrido hacia La Costa.

 

Con este conjunto de iniciativas y ejecuciones, la agricultura del término supuso una vez más el salvavidas de la economía en términos de producción de riqueza y empleo hasta aproximadamente el año 1973. De forma directa o indirectamente tuvo capacidad suficiente para absorber a casi toda la población laboral del término con unas tasas de crecimiento vegetativo elevadísimas. Con el desarrollismo y el afloramiento de la competencia de otros sectores más dinámicos y remuneradores como la construcción y los servicios el panorama fue cambiando desde finales de los sesenta. A partir de ahí, los cultivos de plataneras han entrado en franco declive y su desaparición puede que sea cuestión de tiempo. Tal vez algunas fincas que han invertido cuantiosos recursos en su modernización logren sobrevivir a tantas adversidades climáticas, económicas y políticas adaptándose a los mercados en una durísima y desigual competencia con otras producciones en calidad y precio.

 

 

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Notas

1. De las 1.995 hectáreas de cultivo que habían en 1972 se labraban sólo 1.122 hectáreas, equivalentes a 11,22 kilómetros cuadrados. El número de explotaciones que era de 1.381 en 1972 se redujeron en 1982 a 966, con lo que se pierden en menos de una década 415 explotaciones agrícolas, que suponen más de un tercio de las mismas (Delegación de Estadística de la provincia de Las Palmas).

2. González, P. et al.: El yacimiento arqueológico de La Cerera. Un modelo de ocupación en la isla de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria, 408 p.

3. Anónimo: Guía de la catedral y de la  ciudad de Colonia, 64 p. Colonia, 2012.

 

 

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