Revista nº 906
ISSN 1885-6039

Don Isidro Ezquerra Corrigüela (1865-1912), el médico masón de La Vega. (I)

Martes, 05 de Junio de 2012
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 421

El primer médico que contrató el Ayuntamiento de Santa Brígida en 1888 protagoniza las novelas Una carta de Santa Teresa (2005) y Viejas Cartografías de amor (2009), de Luis Junco Ezquerra, bisnieto del galeno. Una simple escala en Gran Canaria cambió para siempre el destino de su vida.

 

Don Isidro Ezquerra Corrigüela, el médico chico como se le conocía en las medianías de Gran Canaria, donde ejerció como médico titular de Santa Brígida y San Mateo, es todo un personaje de novela. A través del lenguaje de ficción, las novelas Una carta de Santa Teresa y Viejas cartografías de amor del escritor Luis Junco Ezquerra, bisnieto del galeno y uno de los exponentes más destacados de la narrativa canaria contemporánea, recrea pasajes de la vida de este singular personaje que con la idea de marchar a las Américas, una simple escala en Gran Canaria cambió para siempre el destino de su vida. ¿Pero quién era Isidro Ezquerra? ¿Cuándo llegó a la isla?, ¿Cómo fue la vida de este joven médico aragonés en estos pequeños pueblos del interior? Pongámoslo en su tiempo, dediquemos unas primeras líneas a aquella vega agrícola de Santa Brígida a la que llegó don Isidro para quedarse definitivamente.

 

El estado sanitario de Santa Brígida en 1888. Hasta 1888 la entonces vega agrícola por excelencia de Gran Canaria, Santa Brígida, no contó con el necesario auxilio médico que atendiese a los vecinos a soportar y mejorar el paso de las enfermedades y aún vencer a la muerte. Como el servicio médico apenas llegaba fuera de la ciudad, y tampoco estaba al alcance de todos, los vecinos se ponían en manos de otros "sanitarios" que gozaban de una fuerte implantación social en las Islas, y que basaban sus dotes curativas en supuestos dones sobrenaturales innatos. Eran los llamados curanderos que sanaban diversas dolencias con salmos e infusiones milagrosas, a pesar de que estas prácticas estaban condenadas por la Iglesia, pues en 1768 el obispo de Canarias, Francisco Xavier Delgado y Venegas, en una visita pastoral que realizó a La Vega (Santa Brígida) el 14 de julio de ese año, procedente de La Aldea, dejaría escrito un mandato para impedir que:

 

.. Se introduzcan en el lugar y su jurisdicción curanderos ni curanderas ignorantes y ridículas medicinas; y mucho menos las que asen (sic) para el efecto de curar o para otro cualquiera e cosas vanas que huelen a superstición, cuidando mucho de no permitir a la feligresía persona alguna de las que llaman brujos o brujas afectando a ellas esta profesión para meter miedo y sacar dinero...1.

 

La creencia popular sostenía que a cada enfermedad le correspondía una hierba que le servía de antídoto. De este modo las madres recurrían al pasote, al poleo, a los vapores de eucaliptos u otras pócimas o bebedizos, cuyas fórmulas extendían los yerberos por las medianías de Gran Canaria y que tenían fama de ser útiles y curativas. Solamente los vecinos con recursos contaban con atención médica, en ocasiones atendidos por algún facultativo de la ciudad que tenía su residencia en el municipio, pero la mayoría de la población pasaba en su casa la amargura de la enfermedad, con resignación evangélica.

 

– Pues lo que se ha hecho siempre. Los ricos van a Tafira o a los médicos de Las Palmas; los pobres siguen acudiendo a los curanderos con sus santiguados e infusiones milagrosas. Al final unos y otros acaban enterrando resignadamente a sus muertos. (Una carta de Santa Teresa, pág. 54).

 

En busca de médico. Fue al final del siglo XIX, cuando todo parecía cambiar en Gran Canaria, el momento en que Santa Brígida comenzó lentamente a tomar las riendas del desarrollo que los nuevos tiempos estaban exigiendo en materia de salubridad, y que estaban íntimamente relacionados con las nuevas ideas de higiene que imprimía la burguesía y el desarrollo urbano, favorecido por la construcción del Puerto del Refugio, el origen del engrandecimiento y el porvenir económico y esperanzador de Gran Canaria.

 

El principal obstáculo seguía siendo, sin embargo, que la precariedad de la hacienda local no permitía una retribución para el médico. Para colmo, su sueldo estaba en razón de la densidad de población y, por tal motivo, la diferencia de salarios propiciaba que Santa Brígida no fuera anhelada por los recién licenciados en medicina, pues éstos cesaban al poco de avecindarse, y buscaban otras localidades con mayor población y, por tanto, mejores presupuestos.

 

Por tal razón, la inexistencia de médico se prolongó en el tiempo, sin que las autoridades municipales dieran solución al problema. Como la situación sanitaria de Santa Brígida se repetía en otros pueblos de la Comarca, el gobernador civil de la provincia intentó solventar este asunto proponiendo al Ayuntamiento, en septiembre de 1868, asociarse con el pueblo de San Mateo para contratar un médico y un farmacéutico que atendiesen a los pacientes de ambas localidades. Así al menos había quedado establecido en un Real Decreto de 9 de noviembre de 1864. Vean que esto de mancomunar servicios no es nada nuevo. Sin embargo, la propuesta no se llevó a efecto por las graves dificultades para cubrir los presupuestos de gastos.

 

Isidro Ezquerra Corrigüela, médico masón de La Vega

 

Una circular del Gobierno de la Provincia del 20 de enero de 1882, obligó nuevamente a las autoridades de Santa Brígida a volver sobre este tema, pidiendo, incluso, que le remitiesen los títulos de los médicos contratados. La contestación del Ayuntamiento fue la siguiente:

 

Que no se puede remitir aquellos documentos porque en este pueblo no se ha establecido ningún médico, en atención al mal estado de recursos en que han estado y están los habitantes de este distrito y que hallándose el mismo a poca distancia de Las Palmas para obtener aquel servicio, no ha habido por esta causa desgracias que lamentar, y las personas pobres que no tienen con qué sufragar los gastos de una enfermedad han solicitado y obtenido la entrada en el Hospital de San Martín y casas de Beneficencias de la mencionada ciudad de Las Palmas, para cuyo establecimiento contribuye este ayuntamiento con una crecida suma.

 

No había más solución que sufragar los traslados a los centros sanitarios de la ciudad. Y así debía ser, pues a finales de 1888 el Ayuntamiento se hizo cargo de pagar las 15 pesetas que costaba el traslado de un pobre transeúnte refugiado en unas cuevas de Pino Santo, por estar enfermo, y sin recurso de ningún género con que atender a su subsistencia, hasta el hospital de San Martín, verificado en el carruaje de don Francisco Suárez2.

 

En espera de tiempos mejores con los que sufragar este importante servicio, los munícipes intentaron demorar la solución del grave problema en materia de sanidad. Pero la necesidad de contar con un médico en el pueblo, cada día más apremiante, obligó al Ayuntamiento a ofrecer la plaza a varios profesionales que ejercían en la ciudad, entre ellos a Cristóbal Quevedo y a Pedro Suárez Pestana, este último dueño de una vivienda situada a la salida del pueblo, frente a la subida del cementerio municipal.

 

El primer médico del pueblo. Así estaba la situación sanitaria de Santa Brígida cuando los concejales de la Corporación se reunieron el domingo 29 de julio de 1888, después de la habitual misa de precepto, para dar cuenta de una instancia presentada por un joven recién licenciado en Medicina y Cirugía por la Facultad de Zaragoza, llamado Isidro Ezquerra y Corrigüela, que por entonces andaba en los veinticinco años. Hacía escasos días que había llegado a la isla y solicitaba que se le tuviera en cuenta para ocupar la plaza ofertada, cuyo anuncio había sido publicado en el Boletín Oficial de la Provincia. Santa Brígida contaba entonces con una población cifrada en 3.987 habitantes, unos 1.834 hombres y 2.084 mujeres, constituida la mayor parte de labradores; una vega entonces cosmopolita, pintoresca, con las montañas echándose encima y con cierto movimiento de hombres y mercancías, lo que era ya un aliciente para el espíritu aventurero que anidaba en don Isidro.

 

Pero volvamos a nuestro personaje, volvamos a Isidro Ezquerra Corrigüela. ¿Cuál era la fecha de su nacimiento? ¿Dónde nace? ¿Quiénes eran sus padres? Nació Isidro Ezquerra el 15 de mayo de 1863. Y como era tan frecuente poner al nuevo cristiano el nombre del santo del día –costumbre que se ha mantenido hasta hace muy poco, sobre todo en el área rural–, alguien tuvo a mano el santoral y supo que San Isidro era el santo de esa jornada. Aquel joven médico aragonés era hijo de Saturnino y María, y había nacido en una casa de San Pablo de Zaragoza. Desde temprana edad cursó sus estudios de bachillerato en el instituto de aquella ciudad y los universitarios en la Facultad de Medicina, que culminó en 1887. Durante ese tiempo sería alumno interno –por oposición– del Hospital Clínico de Zaragoza, donde se destacó como un gran estudiante, concediéndosele el título gratuito, según el acuerdo, por unanimidad del claustro de catedráticos de dicha universidad3.

 

Una vez terminada su carrera, Isidro Ezquerra decidió formar sus planes para comenzar lo que había constituido su ideal en la vida, ejercer su profesión; y aunque su intención era embarcarse hacia las Américas a probar fortuna, el barco que había cogido en el puerto de Cádiz le dejaría para siempre en Canarias. Un pueblo del interior de la isla buscaba médico y una breve estancia en la única fonda del pueblo le hizo cambiar de planes.

 

En esos días, el Ayuntamiento de Santa Brígida había ofrecido la plaza al facultativo canario Andrés Alvarado Franchy (1856-1941), que se había doctorado en medicina, en 1884, en la facultad de Montpellier (Francia), pero los munícipes desestimaron su nombramiento al no estar de acuerdo con «la expresa condición» que impuso el aspirante de establecer la consulta en el pago del Monte, en el Reventón, donde el citado galeno tenía fijada su residencia4.

 

El criterio de las autoridades era que el facultativo debía residir en el casco municipal, por lo que optaron por elegir al médico aragonés para cubrir la vacante. De este modo, don Isidro se convertía en el primer médico titular de la historia de Santa Brígida. Se cumplía también la aspiración de su vida. El sueldo anual del nuevo galeno quedó fijado en novecientas pesetas, que cobraba por trimestre vencido, proveyéndole el secretario del Ayuntamiento, José A. Santana Machín, de la certificación de los vecinos considerados ricos, pues el resto, la gran mayoría, debía atenderlos con cargo de la beneficencia.

 

La tarea de médico la desempeñaría bajo las condiciones y circunstancias siguientes:

 

Primera.- Dicho facultativo habitará en la población sin perjuicio de que en lo sucesivo pueda convenirse cualquiera otra cosa respecto al punto más conveniente de su habitación, siempre que no sea perjudicial al vecindario.
Segunda.- El haber anual será por el corriente año económico de novecientas pesetas consignadas en el presupuesto de gastos.
Tercera.- El facultativo tiene la obligación de prestar los auxilios de la ciencia gratuitamente a los enfermos pobres, que son todos los que no posean cincuenta pesetas de riqueza, quedando en libertad para estipular con los demás el importe de sus visitas o recetas; debiendo siempre que lo considere necesario visitar personalmente a dichos enfermos pobres, dentro de la jurisdicción, a cuyo fin se le proveerá por secretaría de una certificación en que conste todos los individuos que posean mayor riqueza, y debiendo entenderse que las familias de estos no gozan de los beneficios que los considerados pobres.
Cuarta.- El facultativo queda en libertad para ejercer su profesión fuera del término municipal, siempre que algún caso urgente no lo impida, pudiendo trasladarse al vecino pueblo de San Mateo una o dos veces semanales desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, excepto en el caso desgraciado de epidemias que debe permanecer en la población.
También se acordó que así este contrato quede consumado y firme se de cuenta al Señor Gobernador Civil.

 

El contrato se firmó sin ningún problema, y don Isidro mantendría la posibilidad de prestar los servicios de su profesión en el vecino pueblo de San Mateo, entonces más poblado (5.324 habitantes), y que contaba con los servicios médicos de Federico León García, que décadas después se convertiría en alcalde de Las Palmas (1923-1925) por el partido republicano. La prensa de la época se hizo eco del nombramiento.

 

Según nos escriben de Santa Brígida ha sido nombrado médico titular de aquel pueblo don Isidro Ezquerra y Corrigüela. El municipio permite a este facultativo trasladarse a San Mateo los lunes y jueves de cada semana permaneciendo allí de 10 de la mañana a 3 de la tarde para prestar los servicios de su profesión a los vecinos de dicho pueblo y los comarcanos que lo requieran, con lo cual recibirán no poco beneficio5.

 

Durante los siguientes días, sería la principal ocupación de don Isidro la apertura del consultorio médico. Así, se hospedó en una casa de la calle Real, la número 14. Una casa de dos pisos con balcón y maderas pintadas de verde –donde hoy día se halla la boutique Ezquerra–. Una de las habitaciones de la planta baja fue acondicionada como consulta y sala de urgencias. Allí podría examinar un mayor número de pacientes sin perder tiempo en trayectos, disponiendo de la totalidad de su material de examen y de cuidados que se trajo consigo desde Zaragoza. En cambio, cuando el estado del enfermo lo exigía, don Isidro se personaba en su domicilio, visitándolo a lomo de bestias y a través de unos terrosos y pésimos caminos que se convertían en un barrizal con las primeras lluvias de invierno.

 

Fachada del antiguo consultorio médico de Isidro Ezquerra en la calle principal de Santa Brígida

 

El doctor Ezquerra encontró a su llegada uno de los momentos relevantes de la historia de Gran Canaria. Por aquellos tiempos la capital seguía progresando y extendiendo sus límites gracias a que se construía el Puerto de La Luz y otros edificios de interés que iban modificando en gran parte su antigua fisonomía. También comenzaba a levantarse el Hotel Santa Catalina, mientras el nuevo teatro, entonces llamado Tirso de Molina, abría sus puertas ese año. Pero las transformaciones que se estaban dando en la capital no tuvieron una proyección similar en los pueblos del interior de la isla, la mayoría de ellos pobres y atrasados, y con altas tasas de analfabetismo. En estas zonas, esos nuevos aires de modernidad fueron mucho más lentos y superficiales. Muchas obras públicas tuvieron que ser ignoradas o esperar décadas por la precariedad de las haciendas locales, que no permitía una retribución digna al médico o al maestro, y menos una casa donde pudieran alojarse con su familia.

 

Por fortuna, la nueva carretera del Centro comunicó la ciudad con la Villa a partir de 1873, aunque los barrios seguían pésimamente comunicados. El angustioso estado sociosanitario dominaba sobre las gentes de este pueblo, cuyos enfermos parecían abandonados a la más elemental de las asistencias médicas. Las principales causas de mortandad eran debidas a enfermedades de índoles infecciosas como la viruela, la difteria, la alferecía, el sarampión, la tuberculosis, el raquitismo y otra serie de brotes que, con implacable periodicidad, le seguirían. En 1882, por ejemplo, fallecieron un total de 80 vecinos, de los que 50 contaban con menos de cuatro años6; sin saber cuántos de los enfermos morían por voluntad de Dios y cuántos por la falta de asistencia o de medicina. Sin duda, un fatídico cuadro clínico al que don Isidro debía enfrentarse cada día.

 

A pesar de todos estos inconvenientes, el doctor Ezquerra adquirió pronto una buena clientela por sus conocimientos, su delicadeza y atenciones. Desde su llegada se acreditó por su ojo clínico y por las buenas maneras de su alma. Ese mismo verano de 1888 comenzó a lograr sus primeros éxitos profesionales, pues llevaría a cabo una intensa campaña de vacunación a fin de evitar un brote de viruela que venía afectando a Cádiz y otros pueblos del litoral del país, con quienes la isla sostenía frecuentes comunicaciones marítimas. Aún sin los modernos métodos de exploración que hoy poseemos, el progreso de la medicina preventiva empezaba a lograr en esa época nuevas esperanzas de vida para la población y para luchar contra uno de los azotes más temidos entonces, la viruela, conocida como el Herodes de los niños. Y para supervisar los trabajos de propagación de la vacuna de brazo a brazo, el ayuntamiento encomendó al único guardia municipal del pueblo, Francisco Ventura Marrero, que acudiese en auxilio del doctor para lo que hiciera falta.

 

Concluida la cruzada para la erradicación de la viruela en Santa Brígida, Ezquerra también ofrece sus servicios en Las Palmas. Una gacetilla de El Liberal, uno de los periódicos de mayor circulación de la ciudad en aquel momento, anuncia a los lectores lo siguiente:

 

¡Nos dicen de Santa Brígida que el médico titular de dicho pueblo vacunará y revacunará a domicilio y directamente de la ternera de esta ciudad en los días 29 y 30 del corriente, siempre que pase de diez el número de individuos que deseen vacunarse. Para inscribir estos sus nombres y domicilios pueden pasar a la farmacia de don Fernando Flores. Precio de la vacuna 5 pesetas7.

 

No todos los vecinos quedaron inoculados de la temible enfermedad. En 1891 un nuevo brote de viruela hizo aparición en el barrio de San José de las Vegas y llevó la inquietud al pueblo. Allí, el joven vecino de la Cuesta de la Grama Manuel López Martín, de 26 años, presentaba unos síntomas de fácil diagnóstico para el doctor por las vesículas que aparecían en su cara y extremidades y otros signos que la diferenciaban del sarampión. Por fortuna, sólo se presentó ese caso, aunque las autoridades locales, siguiendo los consejos de la Junta Local de Sanidad y las disposiciones de las leyes vigentes, trataron de evitar el contagio de la población con unas medidas drásticas: prohibir la entrada de personas ajenas al domicilio, el cual quedó bajo estricta vigilancia.

 

El médico Isidro Ezquerra con su esposa, Antonia Medina, y sus cuatro hijos:

Mauricio, Mercedes, Isidro y Rafael, en su domicilio de Santa Brígida a comienzos del siglo XX

 

Desde la llegada al pueblo del doctor Ezquerra, las palabras agonías y muerte no serían tan frecuentes para los satauteños si él estaba junto a la cabecera angustiada de su cama. Vestido elegantemente, aquel hombre bajo de estatura, rechoncho, con bigote y barba cortada a tijera, bien cuidada, y reloj con leontina de oro que saltaba de un bolsillo a otro del chaleco, era el médico de todos; sin distinción alguna, fueran campesinos acomodados que podían sufragar su consulta o menesterosos, quienes pagaban en especies (frutas o verduras) lo que en dinero no tenían. Su trabajo le convirtió pronto en una figura venerable en el pueblo, donde los vecinos pronunciaban su nombre con reverencia. Todos lo acogieron con afecto y la popularidad del médico chico, como lo conocían, creció con el tiempo, dado su carácter sencillo y afable. El sacerdote y escritor Manuel Socorro lo inmortalizaría en sus memorias.

 

Recuerdo que un día vino mi padre de Cueva Grande y me llevó al médico de Santa Brígida, llamado el médico Chico, quien me recetó una bebida que poco a poco me fue aliviando, hasta que me curé totalmente, sin que me dejara como huella deficiencias en los órganos, como le ocurrió a otros8.

 

 

Notas

1. APSB. Libro de Cuentas (1769-1773).

2. AMSB. Sesión ordinaria de fecha 18 de diciembre de 1888.

3. BOSCH MILLARES, J.: Historia de la Medicina en Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria, 1967.

4. AMSB. Sesión ordinaria de fecha 29 de julio de 1888.

5. Hemeroteca del Museo Canario. (HMC). El Liberal, martes 14 de agosto de 1888.

6. Registro Civil de Santa Brígida, Libro 9 de Defunciones de 1882.

7. El Liberal, viernes 26 de octubre de 1888.

8. SOCORRO, M.: Mis Recuerdos. Las Palmas de Gran Canaria, 1972.

 

 

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