Revista nº 907
ISSN 1885-6039

Don Isidro Ezquerra Corrigüela (1865-1912), el médico masón de La Vega. (y II)

Miércoles, 18 de Julio de 2012
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 427

El difunto pudo recibir cristiana sepultura, pero con una exigencia del párroco Juan Navarro Estupiñán. Todos los libros que guardaba en su casa fueron quemados en el centro de la plaza ante la presencia de los vecinos. Fue la fórmula hallada por el párroco para reparar el errático camino de un masón.

 

 

(Viene de aquí)

 

 

Médico masón. Aunque lo más conocido del médico Isidro Ezquerra Corrigüela fuese su heroica aportación profesional a los enfermos del municipio, era también un hombre comprometido con su tiempo, prototipo del intelectual español culto y europeizado, que abrigó desde muy pronto convicciones ideológicas democráticas y republicanas.

 

En la novela Una carta de santa Teresa se destaca su compromiso en algunos de sus pasajes:

 

– Comparto las ideas republicanas que tenía Castelar, don Vicente, y desde luego considero una pena que nos las siga defendiendo con el poder de la oratoria y la honestidad de las que siempre hizo gala (pág. 25).

 

Era, además, un lector atento de las novedades literarias de su época. El interés por el periodismo y la escritura llevaron a don Isidro a colaborar a menudo en varios diarios decimonónicos como España o el Diario de Las Palmas, editados en Gran Canaria. En el primer matutino, un periódico católico y tradicionalista que cada miércoles acogía entre sus páginas un correo médico sobre los últimos acontecimientos y avances de la medicina en Europa, sobre todo en la Escuela de Medicina de París, publicaría, en 1898, dos artículos bajo el título de "Escuela de periodistas"; aunque donde más colaboraría fue en el Diario de Las Palmas, en el que escribió unas curiosas "Cartas a Galdós", ¡arquetipo del pensamiento libre y del deseo siempre insatisfecho del saber!, dedicadas a su colega y amigo Federico de León, el médico de San Mateo.

 

Fueron años en los que, de un modo discreto, iba calando en los pueblos de Gran Canaria esa corriente espiritual de la masonería, dando lugar a determinados sucesos ruidosos, y que se van convirtiendo en escandalosos. A pesar de la actitud condenatoria de la Iglesia frente a estas sociedades secretas, muchos de sus miembros participaban sin problema en los oficios religiosos. Con todo, no faltarían incidentes con algunos sacerdotes intransigentes que desde el púlpito solían alertar a los feligreses contra las ideas librepensadoras. Tal fue el caso protagonizado por el cura regente de la parroquia de San Mateo, Pedro Bertrana Masramón, que denunciaba públicamente estas prácticas heréticas cuando se enteró de que un vecino tenía previsto instalar en la Vega de Arriba una logia masónica.

 

¡No sabemos si por haber dicho el venerable cura regente de San Mateo en el panegírico del Dulce Nombre de Jesús, fiesta que con gran ostentación se celebra en aquel pueblo, que es empeño de la masonería, como enseña León XIII, borrar de todas partes el Santo nombre de Jesús, los librepensadores, instigados por algunos h.h. de ésta, tratan de formar su logia masónica con sus escuadras y mandiles. Dícese que el domingo próximo irá un h. de ésta,  de un gr. muy adelantado, y que pasa como aficionado a la literatura, para instalar la consabida logia. Susúrrase también que un señor de San Mateo, muy conocido por su odio a la iglesia y a todo lo religioso, ha ofrecido su casa o salón para templo m. y que los niños tratan de masonizar a las niñas, fiando el éxito de su influencia y de la debilidad del sexo devoto.

     Todo esto y más corre de boca en boca, y nosotros lo recogemos y consignamos para dar la voz de alerta a los católicos, y para declarar que hallamos ya una explicación a los sucesos escandalosos del 13 de septiembre que hablamos en números pasados. ¿De dónde, si no la masonería podría provenir la perturbación del culto católico en un pueblo tan honrado y piadoso como San Mateo?

     Al fin se van quitando las máscaras los impíos. Ahora lo que importa es que los buenos no se conviertan en sus cómplices por un temor ridículo y poco cristiano9.

 

Este cura, natural de Vich (Barcelona), fue ordenado presbítero en Tenerife en 1873, y su primer destino sería Artenara, lugar donde vino a vivir su hermano Segismundo Bertrana, personaje popular citado por el escritor Miguel de Unamuno en su libro Por Tierras de España y Portugal, en el hermoso capítulo dedicado a Gran Canaria.

 

Para entonces algunos destacados satauteños formaban parte de la logia Afortunada Nº 5 de Las Palmas, bajo la obediencia del Grande Oriente Español (1888-1896), dándose la circunstancia de que Santa Brígida era el pueblo que más masones aportaban a la causa, entre ellos, el joven médico, partidario del racionalismo materialista, tan de moda entre los jóvenes científicos de la época. En 1891, don Isidro alcanzó el grado tercero, con el sobrenombre de Coch y Server. También formaban parte de esta agrupación el escribiente del Ayuntamiento, Andrés Afonso López (Eugenio Sué); el secretario del consistorio, José Ana Machín; el acomodado agricultor Andrés Rosario Gil (Satautejo-Soler), el rico propietario agrícola y sobreguarda del pueblo, Sebastián Domínguez Calderín (Sirio), gran maestro de ceremonias10, y el maestro de la escuela de niños del casco, José María Domínguez López (1840-1899), conocido por el sobrenombre de Torío. Este enseñante, soltero y natural de Sevilla, residía en la escuela, una casa de alquiler, de una sola planta, situada en la calle El Calvario número 10, a espaldas de la parroquia, y en la logia masónica desempeñaría el cargo de adjunto al secretario por su experiencia y sabiduría.

 

– Don José María es también una autoridad aquí, doctor. Es el maestro de escuela (pág. 51).

 

La amistad del médico con los citados masones y, sobre todo, con el maestro de la escuela de niños rebasó muy pronto los límites del aula y la cercana consulta. Fue uno de los amigos más asiduos de su casa. Pero la prematura muerte del enseñante –el 1 de diciembre de 1899–, a la edad de 59 años, a causa de unos problemas cardiacos, privó a don Isidro de una más duradera amistad y de aquellos ideales compartidos.

 

Las relaciones del mencionado maestro con el párroco, sin embargo, no debieron ser buenas. La firmeza de los preceptos de la Iglesia no toleraba que ninguna otra cultura amenazara o contradijese la autoridad del párroco. Para colmo, en los pueblos pequeños se conocen todos, y el maestro, ateo agnóstico, era una víctima más de la intolerancia religiosa. En la novela Una carta de santa Teresa el maestro de la novela reflexiona en ese sentido y así se lo hace saber al médico.

 

– ¿No es usted contrario a la intolerancia religiosa ciega y estúpida, a la ignorancia intransigente que no hace sino sembrar de obstáculos el camino de la ciencia y del progreso humano? ¿No está usted en contra de los que niegan los principios de la libertad, igualdad y fraternidad entre los hombres? ¿No deplora usted a los que cegados por su fanatismo y sus supersticiones, violan de acción o de omisión los derechos del hombre haciendo valer los privilegios y principios visionarios de unos cuantos? Entonces, amigo mío, también tiene usted enemigos, nuestros comunes enemigos, aquellos que se oponen al sacrosanto principio de la fraternidad universal. Recuerdo que el primer día que le conocía me dijo: Antes que profesionales, somos hombres justos, ésta es nuestra responsabilidad. Pues bien, ése es nuestro principio, don Isidro, el ideal que rige nuestras acciones. Usted es uno de los nuestros (pág. 265).

 

Curiosamente, don José María dispuso en su testamento su deseo de ser enterrado en el cementerio de la ciudad de Las Palmas11, donde no tendría problemas a la hora de recibir cristiana sepultura, aunque antes debió ser redimido por el santo sacramento de la confesión, según relataba el periódico católico de la época, España.

 

¡Ha fallecido en Santa Brígida el maestro de dicho pueblo. En sus últimos momentos hizo abjuración de sus errores masónicos y recibió el sacramento de la Penitencia. ¡Dios haya acogido en su seno el alma de este pecador arrepentido!

 

Hay que tener en cuenta que aunque el cementerio era propiedad municipal, al ser considerado recinto sagrado la Iglesia tenía poder espiritual sobre él. Así, al menos, había sucedido seis años antes con la muerte de un concejal tenido por hereje y al que el párroco, Francisco Navarro Estupiñán (1840-1898), prohibió su entierro en el camposanto, dando lugar a un sonado escándalo, cuyos ecos aún no se habían acallado a la muerte del maestro de la escuela.

 

Boda y familia. Mas no todo era trabajo y pensamiento. Durante algún tiempo, don Isidro enamoró a una muchacha del pueblo llamada Antonia de Santa Victoria Medina Rodríguez. Era la hija del jornalero José Medina Rivero y Antonia Rivero Rodríguez, dueños de una fonda en el pueblo, donde se hospedaba el nuevo médico desde su llegada a la isla.

 

(…) don José Medina, hombre apocado y tímido, que más tarde conoció como marido de doña Hilaria y padre de Antonia… (pág. 67).

 

El médico se vio deslumbrado por aquella muchacha en la plenitud de su adolescencia, que tantos atractivos poseía y que resplandecían frente a la madurez de su novio. Acudamos nuevamente al relato de la novela Una carta de Santa Teresa: Isidro apenas le escuchaba, mirando marcharse a aquella adolescente que se retiraba con esa segura expresión en el semblante de la mujer que se sabe dueña de un encanto con el que ha seducido el corazón de un hombre… (pág. 57).

 

El noviazgo tuvo mayores resultados, pues el pretendiente era un auténtico peso pesado en la minúscula sociedad satauteña. Nada menos que el mismo médico del pueblo. Así  que la boda no se hizo esperar, y el lunes 16 de noviembre de 1891 la feliz pareja franqueó las puertas de la iglesia parroquial de Santa Brígida13, un día después de que un eclipse total de luna fuera visible desde toda la isla14. El día de la ceremonia nupcial el médico, ya huérfano de padres, contaba con 28 años; ella, una linda joven, recatada y de buen carácter, de sólo 16. Ya tenemos, pues, en la vida de Isidro Ezquerra ese personaje de tanta importancia: la mujer que ha de ser su esposa, la esposa del resto de sus días.

 

Dos años después de contraer matrimonio seguía bullendo en su mente la idea de aquel viaje al Nuevo Mundo que trató de realizar cuando el destino le trajo a esta tierra. Tras cinco años ininterrumpidos como médico de Santa Brígida, don Isidro decidió emprender un viaje de tres meses a Venezuela para lo que pidió una licencia a la Corporación. Era el sueño de don Isidro, que nunca se había desvanecido. Sus anhelos juveniles de conocer nuevos horizontes le llevaron camino de aquel país de América, que vivía entonces una época de expansión económica y destino preferente de las corrientes migratorias isleñas en aquellos años.

 

(…) No se preocupe, no voy a tratar de convencerle de lo contrario. Los caminos del Hacedor Omnipotente son inescrutables, y si Él ha decidido que se vaya usted a América, allí debe tener su misión y su destino (pág. 27).

 

Fueron años intensos, fundamentales en su madurez. Sin embargo, a la vuelta de su aventura americana el Ayuntamiento, presidido por el nuevo alcalde José Antonio de la Coba Domínguez, le descontó 125 pesetas de su sueldo anual por esos noventa días de ausencia15. Esta decisión provocó el enfado de don Isidro y su renuncia a la plaza de médico titular, estableciéndose el 12 de diciembre de 1893 en el pueblo vecino de San Mateo. Allí encontró trabajo seguro, pues su fiel colega y amigo, el médico Federico de León, iba a ausentarse a París, a la clínica del doctor Émile Roux (1863-1943), para ampliar sus conocimientos sobre la difteria y la aplicación del suero. En la prensa de la época quedó constancia de aquellos cambios en la medicina preventiva, enriquecida por los sueros y las vacunas. Al regreso de Francia, aquel prestigioso médico –uno de los primeros en traer a Gran Canaria las jeringas con émbolo de cuero– aplicó los conocimientos obtenidos en microbiología a una niña de San Mateo, aquejada de difteria, con una eficacia hasta entonces desconocida en la isla.

 

¡El médico Federico de León trata un nuevo caso de difteria en San Mateo por medio de las inyecciones de suero Rox, también con brillantísimo resultado. La niña se llama Eulogia Muñoz y sin necesidad de nuevas inyecciones, desaparecieron antes de 48 horas las placas difterias, los infartos ganglionares, la tos afónica y la fiebre16.

 

Unas innovaciones en la terapéutica de las que don Isidro se beneficiaría para ponerlas en práctica y obtener una medicación más eficaz sobre aquella enfermedad infecciosa. En la Vega de San Mateo permanecería ocho largos años ejerciendo su profesión. En 1896 sabemos a través de las actas de aquel ayuntamiento que su sueldo anual ya era de 999,50 pesetas. Pero a cambio de estos haberes, el médico quedaba obligado a prestar gratuitamente sus servicios a las familias pobres de la beneficencia municipal de aquel municipio. No obstante, cuadraba su sueldo por los honorarios de las diferentes visitas a los barrios, según se estipuló en su contrato prorrogado ese año por ese ayuntamiento:

 


 

En el contrato también quedó estipulado que los honorarios por visita serían dobles, siempre que el facultativo fuera llamado de las diez de la noche a las seis de la mañana. Se aplicaba ya el concepto de nocturnidad. El doctor se hospedaría en el verano de 1896 en una casa situada en La Caldereta, donde inició algunas obras para mejorar su habitabilidad, y donde nacería su tercer hijo, Isidro Ezquerra Medina (1897).

 

Entre tanto, Santa Brígida inició de nuevo la tarea de encontrar otro médico para su cada vez más crecido vecindario. La vacante fue ocupada, el 10 de febrero de 1895, por Emiliano Delgado y Raso, vecino de San Mateo, a quien se le pagó un sueldo anual de 1.500 pesetas. Como pueden observar, una cifra superior al que ofrecía la Vega de San Mateo. Tal vez el cambio de Alcalde en Santa Brígida hizo que don Isidro regresara al pueblo natal de su esposa, el 20 de julio de 1902, aprovechando la vacante dejada por el último galeno, César Samper González17.

 

En su nueva andadura en Santa Brígida, ocho años y siete meses después de su renuncia, el doctor Ezquerra volvería a enfrentarse a un nuevo brote epidémico de viruela, que llenó otra vez de inquietud a la población en la primavera de 1903. A pesar de ponerse en acción todos los medios a su alcance para prevenirla, dos niños del pago de Las Casillas estaban aquejados de ese mal. Las autoridades municipales, auxiliadas por el médico Ezquerra, tomaron en serio las medidas sanitarias y pidieron a la población que fuera rigurosa a la hora de la limpieza del hogar y la higiene personal. Afortunadamente, la enfermedad pudo ser controlada una vez más.

 

En adelante, el Ayuntamiento elaboraba sus presupuestos teniendo en cuenta no sólo la cantidad a consignar para el médico encargado de cuidar de la salud del vecindario, sino también para la inspección municipal de sanidad, que englobaba el control de aguas, la supresión de los estercoleros cerca de las casas, el mercado y hasta el arreglo de caminos vecinales, entonces descuidados e impracticables. Nacía el siglo XX con nuevas ideas de higiene y progreso.

 

Durante esta nueva etapa, don Isidro se implicaría de lleno en la reconstrucción de la parroquia en la se había casado, destruida por un incendio en la noche del 21 de octubre de 1897, pues aparece como presidente honorario de la nueva Junta, formada por personajes notables del pueblo y creada el 17 de abril de 1904, tratando nada menos que de albergar fondos para la reconstrucción del templo18 .

 

– ¡Fuego! ¡Hay fuego en la iglesia! –gritó entonces alguien y ya las voces de alarma se confundieron con el sonido de las primeras carreras precipitadas y de ventanas que comenzaban a abrirse en la oscuridad (pág. 313).

 

Era vicepresidente de la citada junta el súbdito italiano Pedro Luis Graziotti (1875-1932), primer director de la Banda Municipal de Santa Brígida. Sin duda, dos personajes inquietos, emprendedores, que organizaron renombradas veladas teatrales en la única sociedad de recreo del pueblo, La Amistad, cuya sede se hallaba entonces en una casa alquilada en la calle Real, vecina del consultorio del doctor Ezquerra. Un lugar bueno para las tertulias de algunos parroquianos con afanes de cultura, y en la que la política y los aspectos propios de la vida cotidiana ocuparían los asuntos más comentados.

 

Mientras estos pequeños éxitos y satisfacciones tenían lugar en unos años intensos en la historia cotidiana e íntima del pueblo, el Casino ocuparía los huecos que le restaban de sus horas en la consulta. El único reposo que se permitía en aquellos tiempos fueron las lentas tardes de los domingos. Ese día de descanso laboral era aprovechado para realizar en la Sociedad esporádicos espectáculos con los que alegrar al vecindario. También fue el origen de otras de sus pasiones: el teatro, un incipiente entretenimiento del pueblo en aquellos años de asumida pasividad cultural. Él sabía que contrariarla era lo peor para la salud, por lo que dio rienda suelta a su vocación literaria y el lunes 18 de enero de 1904 puso en escena una divertida comedia titulada Dinero a interés, que había escrito en sus ratos libres y que representaron varios vecinos, en aquel ambiente familiar que ya conocemos. ¡Momento impresionante! El periódico La Mañana nos relata la alegre velada.

 

El lunes se celebró en la Sociedad de Santa Brígida la anunciada velada, empezando el acto con una sinfonía por la orquesta, y a continuación el terceto de la zarzuela “La Copla” del maestro García de la Torre que resultó bien a nuestro entender. El segundo número del programa fue “Dinero a interés”, chistosa comedia original del médico titular de este pueblo don Isidro Ezquerra: Su ejecución fue esmerada. Autor y Autores justamente felicitados (…).

 

Era un teatro sin artificios, tan cercano a los entremeses del poeta Calderón de la Barca, pero con un encanto especial, como salido del pueblo, producto de la creatividad popular. A partir de entonces el doctor Ezquerra contribuye a cuantos actos culturales o festivos se sucedían en el seno de la Sociedad, escribiendo ya literatura, ya teatro, lo que permitió que un grupo heterogéneo de vecinos de lo más granado de la juventud y aficionados a la escena fuera formándose, sin otra pretensión que compensar una carencia cultural del pueblo. De modo que don Isidro se nos muestra, una vez más, como la obligada referencia para todo aquel que quiera asomarse a la vida cotidiana de Santa Brígida a comienzos del siglo XX.

 

Más tarde llegarían otras interesantes obras teatrales, algunas de gran nivel, pues en 1908 tenemos constancia de la actuación del conocido actor dramático Enrique Borrás Oriol (1863-1957), natural de Barcelona, que ofreció a los vecinos un monólogo sobre La huelga de los herreros. La llegada al casino del pueblo de aquel destacado representante de la escena española fue todo un acontecimiento en la época, pues hasta la Banda de Música tocó un pasodoble, al tiempo que se lanzaron voladores para dar la bienvenida a tan singular personaje que por entonces triunfaba en América.

 

El actor catalán Enrique Borrás Oriol, que actuó en el Casino de Santa Brígida

 

Aquellos momentos de alegría durarían poco más para Isidro Ezquerra Corrigüela. Cuatro años después, el 13 de septiembre de 1912, a las nueve de la mañana, cerró definitivamente los ojos, tras 24 largos años ejerciendo su profesión en las medianías de Gran Canaria. Aunque en un primer momento cundió la idea de un suicidio, lo cierto es que una afección cardiaca que venía sufriendo le imposibilitó seguir viviendo. Al menos así consta en su certificado de defunción19.

 

(…) Hacía ya unos días que por el pueblo se había difundido la noticia de que la muerte de Isidro Corrigüela, médico de la villa, no había ocurrido por causas naturales sino como consecuencia de un suicidio. Y si muchos lo habían tomado como otro de los tantos rumores que, sin un origen cierto, de vez en cuando se esparcen de boca en boca sin otro objeto que sacudir la habitual modorra y el tedio entre los pueblerinos… (Viejas cartografías de amor, pág. 13).

 

Tenía cumplidos los 49 años, y fueron testigos de su fallecimiento sus amigos Domingo Aguilar Hernández y Juan Morales Navarro, este último empleado municipal y futuro secretario del Ayuntamiento. Las cercanas campanas de la torre doblaron a muerto esa mañana en un repicar triste e inconfundible que envolvió a todo el pueblo. Aquella inesperada pérdida de uno de los vecinos más notables sumió al vecindario en esa desazón que se produce cuando comunican el fallecimiento de alguien cercano y querido. La prensa dio cuenta de su fallecimiento en términos elogiosos, interpretando fielmente el sentimiento de condolencia del pueblo por la pérdida de tan destacada personalidad.

 

En Santa Brígida ha dejado de existir don Isidro Ezquerra, médico titular de aquel pueblo. Era persona que gozaba de general aprecio por su carácter afable. Damos el pésame a toda su familia, señalaba en una escueta nota el diario La Defensa. Y el periódico El Tribuno, de claro signo republicano, también anunció entre sus noticias locales la muerte de nuestro correligionario.

 

Agradecido, el pueblo entero acompañó al médico de todos para tributarle el último adiós. No podía ser de otra manera, él, que consagró su vida a acompañar a cuantos lo necesitaban. Sin embargo, sus ideas declaradamente liberales y, sobre todo, su pertenencia durante un tiempo a la masonería provocaron ciertas reticencias a la hora de celebrar la misa funeral y su entierro en el cementerio municipal. El diálogo no siempre sencillo entre la fe y la razón volvía a escena a la muerte del galeno, poniendo a su familia en una situación comprometida. Al final, el difunto pudo recibir cristiana sepultura, pero ese consentimiento vino precedido al parecer de una exigencia del párroco Juan Navarro Estupiñán, de fuerte carácter y muy conservador en la doctrina, como su antecesor en la parroquia, su hermano Francisco. Todos los libros que el galeno guardaba en su casa fueron quemados en el centro de la plaza ante la presencia de muchos vecinos. Aquel acto de contrición fue la fórmula hallada por el cura párroco para reparar el errático camino de un masón.

 

Un personaje de novela. De la quema pudo librarse un libro inédito titulado Tratamiento de las enfermedades, que don Isidro escribió de su puño y letra en los últimos años de su vida, y en el que de una manera sencilla, clara y metódica, expone la terapéutica que usó en sus años de ejercicio y las fórmulas y arte de recetar, con los medios más modestos que le sirvieron para combatir y curar las enfermedades.

 

(…) Desde hacía tiempo y durante las noches, Isidro pasaba largas horas escribiendo en la mesita del salón y a la luz de un quinqué. Una de esas noches, intrigada y desvelada, Antonia se acercó hasta donde él continuaba escribiendo. ¿Qué escribes?, un libro, respondió con el gesto de un hombre muy cansado pero satisfecho, ¿Un libro?, sí, un tratado de Terapéutica. Y Antonia se fue a la cama con los ojos brillantes de alegría y excitación. Pero no pudo dormir. ¡Un tratado de Terapéutica! ¡Nada menos! ¡Por fin! (Viejas cartografías de amor, pág. 38).

 

Un libro que hoy custodia su biznieto, el escritor grancanario Luis Junco Ezquerra, quien, en 2005, escribió la novela Una carta de Santa Teresa, editada por La Discreta, y en la que el médico Isidro aparece como principal protagonista, y Santa Brígida, el escenario de una trama entretenida que se desarrolla en una época, entre los años 1888 y 1912, donde el caciquismo y la intolerancia religiosa jugaban un papel importante.

 

En la citada novela, Luis Junco recrea con gran maestría literaria la casual llegada del joven médico aragonés a la Villa, donde ni el azar ha gobernado la llegada del médico, ni la vida en el pueblo tiene la apacibilidad que aparentaba. La intriga no deja un momento de respiro y los acontecimientos se suceden con un ritmo trepidante y un lenguaje limpio, transparente, a través de diálogos vigorosos, donde los espacios y los tiempos no son solamente literarios o místicos; son históricos, geográficos, culturales, tan propios del Realismo Mágico.

 

Tal y como indica el título, la trama se teje a partir de una carta atribuida a Santa Teresa de Jesús, con supuestas virtudes milagrosas y por la que destacados vecinos luchan por su posesión. Una extraordinaria obra de ficción que deja asomar en su trasfondo una gran investigación histórica, una descripción fantástica del paisaje de las Medianías, de la intolerancia imperante, de las formas de vida de los vecinos y, también, de determinados episodios familiares reales sufridos por el médico aragonés que revolvieron los instintos de escritor a un bisnieto que aún no ha podido conjurarlo. Quizás la novela en la que más trabajo y esfuerzo ha invertido Luis Junco, y que tiene ahora su continuación con Viejas cartografías de amor (2009), en la que los descendientes del médico Isidro, repuestos de la conmoción que les supuso la muerte de su padre, en 1912, siguen el curso de sus vidas con sus relaciones humanas, sus amores, manteniendo perenne el recuerdo de aquel galeno bondadoso y eficaz que estuvo a la cabecera de la cama de sus pacientes, formando parte del torrente de la tradición oral y de la memoria colectiva de los satauteños, y que ahora revive en el imaginario artístico de unas sugestivas novelas.

 

Novelas que recrean la vida del médico masón de Santa Brígida, Isidro Ezquerra

 

 

FUENTES DOCUMENTALES

- BOSCH MILLARES, J.: Historia de la Medicina en Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria, 1967.

- DE PAZ SÁNCHEZ, M.: Historia de la Franc Masonería en Canarias (1739-1936). Santa Cruz de Tenerife, 1984.

- DE LEÓN, F.: Datos para la estadística médica de la Vega de San Mateo. Barcelona, 1888.

- JUNCO, L.: Una carta de santa Teresa. Ediciones de La Discreta. Colección Prosa Nostra 30, Madrid, 2005.

- JUNCO, L.: Viejas cartografías de amor. Ediciones de La Discreta. Colección Prosa Nostra, Madrid, 2009.

- RODRÍGUEZ SUÁREZ, P.J.: San Mateo (Apuntes para su historia). Las Palmas de G.C., 2001.

- SOCORRO, M.: Mis recuerdos. Las Palmas de Gran Canaria, 1972.

- SOCORRO SANTANA P.: «Don Isidro Ezquerra Corrigüela, el médico masón de la Vega. El primer que contrató el Ayuntamiento de Santa Brígida en 1888» en Crónicas de Canarias, Nº 5. Junta de Cronistas Oficiales de Canarias, Las Palmas de Gran Canaria, 2009.

 

- ARCHIVO PARROQUIAL DE SANTA BRÍGIDA (APSB).

. Libro de Cuentas del Archivo Parroquial de Santa Brígida (1769-1773).

 

- REGISTRO CIVIL DE SANTA BRÍGIDA (RCSB)

. Libro 9 de Matrimonios.
. Libros 8 y 11 de Defunciones.
. Libro 24 de Bautismos.

 

- ARCHIVO MUNICIPAL DE SANTA BRÍGIDA (AMSB).

. Actas de las sesiones ordinarias de 1839,1888, 1893.

 

- HEMEROTECA MUSEO CANARIO (HMC).

. La Patria, 13 de febrero de 1895.
. Revista de Las Palmas, en su edición del 20 de enero de 1886.
. España, en su edición del 5 de diciembre de 1899.
. El Liberal, sábado 14 de noviembre de 1891.

 

 

NOTAS

9. Revista de Las Palmas, en su edición del 20 de enero de 1886.

10. DE PAZ SÁNCHEZ, M.A.: Historia de la Franc Masonería en Canarias (1739-1936). Santa Cruz de Tenerife, 1984, pág. 512.

11. RCSB. Partida de defunción número 86 de libro 8 de Defunciones, folio 80 vto.

12. España, 5 de diciembre de 1899.

13. RCSB. Partida de matrimonio número 26 del Libro 9 de Matrimonios (1888-1906), folio 46 vto.

14. HMC. El Liberal, sábado 14 de noviembre de 1891.

15. AMSB. Sesión ordinaria de fecha 12 de diciembre de 1893.

16. HMC. La Patria, 13 de febrero de 1895, copiado del Diario de Las Palmas.

17. Este médico, natural de Madeira e hijo del teniente coronel de Caballería Mariano Samper Cristóbal, iría a Telde en busca de mejores perspectivas de futuro, y recalaría más tarde en la Vega de San Mateo.

18. La Mañana, 19 de abril de 1904.

19. RCSB. Acta de defunción del libro 11 de Defunciones, folio 24.

 

 

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