Revista nº 792
ISSN 1885-6039

La cueva de Pedrito.

Lunes, 20 de Febrero de 2012
Alberto Morera de Paz
Publicado en el número 406

Mañana te enseñaré algo raro, creo que es importante. Con este pronunciamiento, mezcla de buscada intriga e imposición, Pedrito, hijo de Pedro y nieto de don Pedro, puso las bases de lo que pretendía fuera una experiencia reveladora dirigida y guiada por él.

 

 

 

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Era el momento del año propicio para que el ejército de la primavera empezara a mostrar sus armas, sobre todo mediante la avanzadilla de la narcotizante retama. Las tardes eran ya un territorio abierto al aprendizaje autodidacta.

 

En aquella lejana niñez pasábamos las horas entre saltos de piedra de barranco, nísperos y naranjos, historietas a los pies de la gran piedra, bocadillos de chocolate, galletas rosadas y plátanos escachados con gofio. Aún los cantos de la sirena televisiva eran lejanos y solo de tarde en tarde lograban apagar nuestro espíritu de descubridores infantiles. Tendríamos ocho o nueve años y, ¿sorprendentemente?, nadie ponía demasiadas barreras al desarrollo de nuestras largas tareas de investigación rural, entre cuevas, cercados, estanques, corrales, acequias y caminos. Mi compañero fiel, esa segunda piel que casi todos tuvimos en un momento de nuestra niñez, jugaba el rol de capitán de la nave. Era el más atrevido, el más intrépido, el conocedor como pocos del territorio que pisaban sus pies mal calzados.

 

Pero permítanme, antes de hablar de la tarde de la cueva, que les cuente lo que ocurría en nuestro pequeño universo en aquellos meses de transiciones diversas. Dos o tres semanas antes del día, una mañana de sábado en la que habíamos pedido permiso a Dios para escaparnos del catecismo, bajamos al fondo del barranco y vimos, por primera vez, a uno de aquellos hombres rubios que venían a mirar las piedras. Después vinieron más, de todo pelaje y estilo, pero ninguno imprimiría sus rasgos en mi memoria como aquel. Recuerdo que me impresionó su largura. Era un hombre muy flaco, de tez pálida pero curtida, posiblemente a causa de largas jornadas a la intemperie. Su cabeza estaba poblada por una pequeña melena que no alcanzaba sus hombros, mal peinada, como a jirones, con distintos tonos de rubio según su pelo se hubiera visto más o menos afectado por los elementos. Posiblemente su estatura superara escasamente el metro noventa, aunque a nuestra mirada púber su estatura se le antojaba el doble. Vestía un pantalón vaquero, bastante gastado y deshilachado en los extremos del tiro de las piernas, sandalias de cuero marrón, y una camisa blanca, que sorprendía por su limpieza, una ausencia de manchas y un estado de conservación del tejido que no acompañaban al resto de la indumentaria.

 

 

Aquel inolvidable sábado el personaje colocaba un plástico adhesivo transparente sobre una de las paredes verticales del barranco, plagadas de dibujos, que subían desde el cauce seco sobre el que sólo algunos días de invierno corría agua. Cubría con el polímero una de los trazados horadados en la roca, concretamente una espiral, con al menos ocho giros, de aproximadamente un metro de diámetro en el extremo mayor de su última circunferencia. Sólo se giró durante un par de segundos al advertir nuestra presencia. Absorto en su trabajo, parecía como si la distracción producida por el sonido de nuestros pasos, sobre la gravilla del fondo del desfiladero, hubiera sido para él equivalente al aleteo de una de las alpispas de la zona. Para nosotros, sin embargo, la visión de aquel argonauta rubio producía una ensoñación casi mágica. Nos sentamos justo al lado de una piedra sobre la que descansaban un cuaderno de dibujo, usado, con sus bordes sucios y gastados, y una cámara de fotos de las que sólo usaba en el pueblo Mediometro, el pequeño fotógrafo oficial de la Comarca y, por primera vez, dedicamos más de diez minutos a contemplar las claves ocultas del trabajo de otro ser humano.

 

Ese día llegué a casa cargando con dos repertorios de preguntas distintos pero íntimamente relacionados. Sobre el primero, que podríamos subtitular En torno al origen de ciertos dibujos extraños grabados en paredes de piedra, si bien Pedrito ya me había adelantado algo, ahora, con el interés que le dedicaban aquellos seres ajenos a nuestro minimundo particular, habían alcanzado nueva relevancia en mi mente. Mi amigo ya me había dicho que eran obra de los guanches. Unos cavernícolas que vivían aquí antes. Pero cientos de nuevas preguntas habían empezado a caer de las espirales y acudía a mi madre. Fue mi primera lección acerca de las raíces, la primera vez que alguien profundizó en la explicación prehispánica del origen de los petroglifos escritos en la piedra, sobre el carácter noble y combativo de aquellos seres extraños vestidos con pieles de cabra. Sin embargo, hoy entiendo que posiblemente Pedrito, con su resumen, ya lo había dicho todo.

 

Sobre el segundo batallón de dudas, que podríamos subtitular como En torno al origen de cierto hombre largo que pegaba plásticos a las rocas, Pedrito sólo pudo acompañarme en una innegable fascinación hipnótica, que nos llevó a contemplarlo en el desarrollo de sus enigmáticas tareas durante todas las tardes que pasó en el pueblo. Mi madre, en este caso, sentenció que se trataba de un arqueólogo alemán, antes de que mi padre discrepara abierta y rotundamente sobre el país de procedencia del extraño personaje plastificante. - Alemán no, inglés. - Que no, los ingleses no son tan altos. - Si no es alemán es americano, pero inglés no… No sé si me fascinó más la palabra arqueólogo, con todos los arcanos que engendraba, o la corroboración de la existencia de otros países, otros mundos, que suponía llenos de hombres altísimos esbozando piedras en sus cuadernillos de dibujo.

 

 

Pero vayamos a la tarde en la que Pedrito me regaló su secreto. La tarde en que contribuimos a precipitarlo todo. No sé por qué pero recuerdo la luminosidad de ese día. Debíamos encontrarnos en marzo pero tanto la luz, como el color azul del cielo, parecían más propios del verano. Pedrito vino a buscarme a casa a la hora en que los mayores jugaban a la siesta. Nos dirigimos al campo base, al lugar que siempre ejercía de punto de juegos y reuniones. La gran piedra. Caminaba despreocupado, camino conocido. Sin embargo, cuando estábamos a punto de alcanzar nuestro tótem, Pedrito paró en seco y me dijo: ¿Recuerdas que te iba a enseñar algo? … Pues hoy te lo voy a enseñar. Tenemos que seguir en esta dirección. Señaló un pequeño sendero algo polvoriento que continuaba a la derecha de la gran piedra. Lo tomamos. A medida que avanzábamos el camino se estrechaba y se empezaba a ver invadido por hierbajos y pequeños arbustos. El sendero, ya muy desdibujado e intermitente empezó a discurrir por el borde del barranco. El miedo, en algunos tramos, ante la visión del abismo que se precipitaba hasta el fondo de la cuenca, se mezclaba con la excitación en la antesala de lo desconocido. A veces pienso que toda mi vida ha procurado repetir sensaciones como aquella. Cuando habíamos recorrido un largo trecho, el camino desapareció por completo y empezamos a trepar entre salientes y peñascos.

 

Todavía trepamos y escalamos unos veinte o treinta minutos más, hasta llegar a un pequeño balcón en el que podíamos movernos los dos no sin cierta dificultad. Justo en el extremo del saliente más pegado al risco unas ramas secas cubrían un orificio irregular que en su parte más ancha no medía más de medio metro de altura, dejando entrever una habitación de roca en su interior. Se trataba de una cueva, sin duda natural, que en aquel momento no tendría más de seis o siete metros cuadrados. Recuerdo que me sorprendió el suelo, como de tierra prensada, parecía distinto al resto del terreno, como si lo hubieran aplanado artificialmente. Pedrito, como si no quisiera profanar el silencio de la cavidad, me indicó con su mano que lo siguiera hasta el fondo de la cueva. La apertura de entrada y la posición solar a aquella hora de la tarde permitían ver con una claridad aceptable. Vas a ver -me dijo-. Rudimentariamente, con sus propias manos, comenzó a cavar. Al cabo de un minuto empezó a emerger de la tierra una formación de un color notablemente más oscuro, más dura que la tierra que la rodeaba, que poco a poco se fue convirtiendo en una pieza de vajilla, de barro, distinta de las que teníamos en casa en aquella época, tosca, lóbrega. Al cabo de un rato, había descubierto todo el lateral de una vasija y pudimos contemplarla en su integridad. Se trataba de un recipiente de unos treinta centímetros de alto, que a unos tres cuartos de su altura estaba decorado con dos rayas horizontales en cuyo interior se dibujaban unos triángulos apuntando a la parte superior o boca de la vasija. Tanto las líneas como los triángulos de su interior parecían realizados con esfuerzo pero sin precisión, como por un niño. La cerámica, a diferencia de la actual, era de un color marrón muy oscuro, casi negro.

 

Dejó a un lado la vasija, y tras cavar un poco tres o cuatro centímetros a la derecha descubrió un fragmento de hueso, de unos diez centímetros de largo, muy afilado en uno de sus extremos, con un gran orificio en el otro extremo. Sin duda había sido utilizado como aguja, como ruda herramienta para coser pieles.

 

En donde quieras que escarbes aparecen cosas como éstas, dijo Pedrito mirándome fijamente a los ojos por primera vez aquella tarde. Yo, todavía seguía impactado por aquel mensaje de otro tiempo. Impresionado como pocas veces lo he vuelto a estar en mi vida, sin conocer en absoluto las aristas del valor del descubrimiento, pero percibiendo, en el fondo, la existencia de un mensaje especial, valioso, una carta abierta de otro tiempo, un juego inacabado a través de los siglos.

 

 

Fue nuestro secreto durante semanas, nuestro pequeño gran tesoro de verdad. ¿Cuántos niños habían soñado con algo parecido? Fue nuestro erario sin joyas preciosas, del que sólo sabíamos que de una u otra forma era maravilloso, secreto y particular. Por eso mismo nunca supe por qué Pedrito contó nuestro secreto en su casa. Lo único cierto es que después vino todo aquello del precinto, el guardia municipal, el alcalde, los estudiosos y demás. También vino la audiencia en la que según dijeron el alcalde agradeció públicamente a Pedrito el descubrimiento. Es ese tiempo, el mismo que hayamos oculto bajo la tierra apretada el que, tras reflexiones solitarias de tarde en tarde, me ha llevado a creer haber sentido más disgusto por ver mancillado nuestro secreto, que envidia al no formar parte de unos agasajos, de los que sin duda no era merecedor.

 

Pedrito y yo fuimos amigos durante algún tiempo más. Luego mis padres se trasladaron al pueblo grande y sólo nos hemos cruzado frases de cortesía cuando el azar lo ha hecho inevitable. De todas formas, nuestra amistad había quedado moribunda una tarde de marzo. Hoy pienso que las experiencias vividas aquellos días empequeñecieron el resto de las cosas que tendría que atesorar nuestra niñez. El episodio no sólo hirió una amistad, también golpeó por primera vez mi inocencia. Yo no pregunté. Nunca, durante los rescoldos de nuestra amistad infantil, volvimos a mencionar el pequeño gran descubrimiento del tesoro que los guanches habían escondido, tal vez pensando en dos niños del futuro cavando en una cueva en penumbra.

 

 

Este texto fue uno de los ganadores del I Concurso de Textos Canarios, organizado por BienMeSabe.org. Las fotografías son de Jorge Adán Pais Lorenzo.

 

 

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