Revista nº 789
ISSN 1885-6039

Los años de la Movida... ¡Baile en Las Grutas!

Sábado, 21 de Enero de 2012
Pedro Socorro Santana (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)
Publicado en el número 401

Valeriano, vocalista y guitarra del grupo Río Bravo, fue un ídolo de masas a finales de los setenta para la juventud de la Villa y del resto de la isla de Gran Canaria.

 

A finales de los años setenta, en tiempos aún de melenas y minifaldas moderadas, la música de verbena pasó a ser en Santa Brígida pasión generacional gracias al grupo musical Río Bravo que desde hacía tiempo actuaba en los salones del restaurante Las Grutas de Artiles. Cada noche de sábado y domingo por la tarde los márgenes de la carretera de Las Meleguinas se llenaban de coches, sobre todo 600, minis y Seat 127, deseosos sus ocupantes de escuchar a aquella orquesta que canalizó la fiebre de los nuevos ritmos de la música ye-yes y otros ritmos alegres muy populares llegados de varios países latinoamericanos.

 

Las Grutas de Artiles, cuna de la hostelería en Gran Canaria, se afianzó como plataforma indispensable para dar a conocer a Río Bravo, una orquesta que generó toda una vertiente estilística que influirá en muchos futuros grupos musicales que emergieron en este municipio, como Scorpio, formado por los hermanos Paco, Javier y Serafín Ramírez Vega, Juan Manuel, como vocalista y Antoñín (guitarra) o más tarde la orquesta Los Tomys.

 

Los empleados de Las Grutas Adolfito, Padrón y Peñate, ya desaparecido, hacían caja entre el público más curioso que los fines de semana venía de todos los puntos de la isla y que los fines de año llegaba a alcanzar las ochocientas personas dentro de aquel templo subterráneo de la gastronomía grancanaria. Era un sabroso negocio para el empresario hostelero Agustín Artiles Padrón, que en aquella década llegó a contar con una plantilla de más de mil personas y disponía de una guagua para el personal que atendía sus numerosos negocios. Había que reservar mesa tres meses antes, recuerda el vocalista y guitarra de Río Bravo, Valeriano González Reyes.

 

Inicialmente se llamaron River Plate, como el equipo de fútbol. El grupo inició sus pasos ensayando en un local del parque municipal. Allí estaban varios componentes de la Banda de Música de Santa Brígida, como Juan María Ascanio, vecino de Las Meleguinas, Benito Troya, el carpintero, que tocaba el clarinete, Alejandro Morales, popularmente conocido por el Mosquito, a cargo del saxofón, Valeriano, vocalista, y Pepe Juan González, el hijo de Dámaso el Barbero, a la batería. Algunos de estos ensayos tuvieron como testigos de excepción al alcalde Pedro Déniz, y a los miembros de la Corporación Sixto Muñoz, Víctor García y Agustín Artiles Padrón, que solían echarse un pisco en el bar de Pipo, en lo alto del parque. Fue entonces cuando el propietario de Las Grutas de Artiles, animado por Víctor García, invitó a aquellos músicos entusiastas a tocar en su negocio que era frecuentado por numerosos turistas extranjeros. Su debut público fue en 1971.

 

Pues bien, al poco tiempo, tras el obligado paréntesis del servicio militar y todas las dificultades propias de los comienzos, el grupo cambió de nombre y nuevos componentes se integraron. Pepe Juan (batería), Cosme Santana Talavera (trompeta), Lucas Pérez Santana (bajo) -más tarde llegaría Sergio el Guardia-, y Laureano (Tito) Domínguez Vega (órgano) recogerían los frutos de esta nueva aventura. El nombre elegido para la nueva orquesta -Río Bravo- estaba inspirado en la excelente película estadounidense de 1959 muy popular entonces, uno de los mejores westerns de la historia del cine.

 

La orquesta interpretaba cumbias, corridos mejicanos, pasodobles, tangos, pero también canciones ligeras conocidas por todos, debido al auge de cantantes como Julio Iglesias, José Luis Perales o el cantautor italo-belga Adamo, pero pronto adquirió un tono propio gracias a propias composiciones realizadas por el músico Valeriano González que, desde 1969 hasta 1972, venía actuando con el grupo Arizona en sala de La Tropical, pero que terminó por integrarse en Río Bravo. Algunas de las canciones las escribiría Valeriano en una servilleta cuando el duende le visitaba en la barra de algún bar, sobre todo en el bar Reynaldo, propiedad de su amigo y vecino de Las Meleguinas. Él dibujaba incluso el pentagrama con la melodía para evitar que se le olvidara.

 

Aunque no fue muy prolífico como autor de canciones, Valeriano realizó una decena de composiciones: "El testamento", "Consejo de una madre", "Lo que yo más quiero", "¡Oh, Cristina!", dedicada a la hija de Paco Ramírez el batería, "La ley de Dios", "No volveré jamás a ti", "Madre", "Bala perdida" y "¡Qué pena me das!". Una de sus primeras baladas sería, no obstante, "Traicióname", que recuerda un fracaso sentimental y que refleja perfectamente su estilo interpretativo. Destrozaste toda mi vida, dame un poco de tu mano, no dejes que se agote el manantial de mi ilusión. Traicióname y vuélveme a traicionar que aquí está mi corazón dispuesto a perdonar. Era el comienzo de una sencilla letra de un amor no correspondido, cuyo ritmo lento gustaba mucho al público juvenil porque propiciaba bailar pegados, y ya se sabe que el roce hace el cariño. ¡Cuántas parejas de hoy día se enamoraron en aquellos bailes en Las Grutas! ¡Si las tuneras y las cañas hablaran!, comenta con sorna el vocalista de Río Bravo.

 

La Democracia llega con nuevos ritmos. Fue en este contexto de cambio de régimen político, cuando la cultura popular dio en España un salto de gigante. Más tiempo libre, más electrodomésticos y más ventas de discos. La Democracia iniciaba su andadura, mientras los vecinos veían cómo la oferta lúdica se multiplicaba. Nuestras casas se llenaban de televisores en blanco y negro y tocadiscos. La clave era la cultura del entretenimiento. Algo que hubiera sido imposible de plantear unas décadas atrás, en la era de la posguerra. Los años 70 nos trajeron los nuevos ritmos y los nuevos sonidos. Llegaron las verbenas a los pueblos, los festivales y los programas musicales. Hubo ganas de pasarlo bien después de tantos años de represión.

 

Los componentes de la orquesta Río Bravo en la imagen promocional de su cuarto trabajo discográfico, delante de Las Grutas de Artiles en 1981.

De izquierda a derecha: Valeriano, Tito, Cosme, Lucas y Pepe Juan

 

Que no se olvide: Santa Brígida exportó distracción y música de verbena en aquellos tiempos primerizos de la Democracia. En 1978 Río Bravo publica su primer trabajo, tras un contacto con el productor José Luis Gómez, dueño del estudio de grabación en Telde (Discan). Al poco tiempo aquel casete se convierte en un éxito de ventas dentro de nuestras fronteras. Era su gran año. Incluía diez canciones, y se abría con la balada "Traicióname", y otros nueve temas muy oídos en aquel momento: "125 pecas" -del cantautor argentino Ricardo Ceratto-, "Credo" (Mejías Godoy), "José Belén Santana" (Tarrazo), "Ojos de España" (B. Kaempfert), "No volveré jamás a ti" (Valeriano), "Ni más ni menos" (Jiménez M.), "Lo que yo más quiero" (D.R.), "María Dolores" (Moncillo) y "Cumbanchero" (Rafael Hernández). En los tres años siguientes -1979,1980 y 1981- editaron tres nuevos casetes con pasodobles, corridos mejicanos, etc., que ahora han sido reeditados en CD para coleccionistas por Discos Noda. Se hicieron rápidamente populares y llegaron a vender cinco mil copias de sus cuatro trabajos. Todo un récord para esta orquesta precursora de las verbenas insulares.

 

Fue en ese tiempo cuando Valeriano se convierte en un ídolo de masas. Un intérprete singular e irrepetible, y una de las voces más populares en nuestra región en los años setenta y ochenta. En escena, Valeriano utilizaba pantalón blanco de pata ancha, cinturón de gruesa hebilla con monedas de media pesetas que le hizo maestro Manuel el Zapatero, y sus botas de caña alta de entrar, tipo plataformas, una de las cuales perdió al meter la pierna en un hueco dejado sobre un escenario de Tuineje, en la isla de Fuerteventura. El público terminó buscando la bota del artista, mientras Valeriano seguía cantando, agarrado a su guitarra ataviada de abalorios, en busca de la complicidad de un público entregado. Un vocalista que podría haber hecho carrera en solitario, puesto que tenía la imagen perfecta para un solista de la época. Tendría que ser la historia la que colocara a Río Bravo en su sitio, reivindicando su nombre.

 

Nacido en el barrio de Las Meleguinas en 1945, Valeriano González Reyes fue el menor de los dos hijos de una familia humilde. Comenzó a tocar la guitarra a la temprana edad de seis años. Su padre, Manuel González Socorro, natural de Telde, un reconocido artesano de las palmeras a las que limpiaba de maleza, le había enseñado. Dos años después su familia lo apuntó en la Banda Municipal de Santa Brígida y más tarde realizaría estudios de solfeo en el conservatorio de la capital. A partir de ahí este lobo tímido y solitario comenzó a buscarse un lugar bajo el sol. 

 

En torno a 1987 el grupo se separó debido a los problemas de sus componentes a la hora de conciliar sus trabajos profesionales con la vida artística. Artiles contrató a otros grupos de música, pero ya no fue lo mismo. El público fue a menos y los bailes se suspendieron al poco tiempo. Pasado el auge musical de la orquesta, el vocalista y guitarra de Río Bravo continuó una vida artística alejada de los escenarios; se dedicó a dar clase particulares, creando escuela con las nuevas generaciones de músicos de orquestas, y fundó la agrupación folclórica La Lira, integrada por vecinos de su barrio, entre otros logros. Y ahí sigue Valeriano, pues el pasado año publicó su último trabajo: Mis canciones de siempre, que presentó al público, cómo no, en Las Grutas de Artiles. 14 temas en un CD que repasa su dilatada vida artística, pero sobre todo dando ejemplo de perseverancia y creencia ciega en sus propias posibilidades y su honestidad a la música.

 

Ahora colabora en dos emisoras de radio de la Vega San Mateo, que lo han rescatado de la memoria y la nostalgia, mientras las orquestas Río Bravo y Scorpio se han unido bajo el nombre RioScorpio para celebrar nuevas actuaciones en un constante ejercicio de superación de sus componentes y con más ilusión, si cabe, que en sus comienzos. Valeriano, Pepe Juan, Tito, Paco, Javier y Rupert vuelven a entregar al público lo mejor de sí mismo, haciendo la pequeña historia de la música de orquesta de estos treinta últimos años. Hoy son numerosos los grupos que animan las verbenas de los pueblos, pero será difícil que se repita aquel momento inicial de creatividad artística que vivieron y disfrutaron los vecinos y los simpatizantes de Río Bravo en los 70 y 80, en plena movida satauteña. A todo esto, Santa Brígida comenzaba a popularizar las verbenas del lechón. Pero esa ya es otra historia que más adelante contaremos.

 

 

Foto de portada: El vocalista y guitarra de la orquesta Río Bravo, Valeriano González, en una foto de 1982 en Las Grutas de Artiles

 

 

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