Revista nº 858
ISSN 1885-6039

Prólogo al nuevo libro Galdós y el cólera en La Vega, de Pedro Socorro.

Miércoles, 07 de Septiembre de 2011
Francisco Suárez Moreno (Cronista Oficial de La Aldea de San Nicolás)
Publicado en el número 382

Hace unas semanas se presentó en las fiestas patronales de Santa Brígida (Gran Canaria) el libro Galdós y el cólera en La Vega, de Pedro Socorro Santana, Cronista Oficial de esta villa. La obra ha sido editada por Anroart en su nueva colección Misceláneas.

 

Con formato de 15x21 y 150 páginas a todo color resulta muy atractivo estéticamente, así como es una interesante aportación histórica al tema del cólera terrible de 1851 y, además, un añadido más a la inmensa bibliografía galdosina. Este es el prólogo de la nueva publicación.

 

Cuando el amigo Pedro Socorro me pasó el primer original del texto que luego conformaría este interesante libro, Galdós y el cólera en La Vega, en su lectura me fueron surgiendo variadas sensaciones y recuerdos muy conocidos de La Vega, desde El Monte hasta San Mateo pasando por Santa Brígida.

 

En sus páginas hallé hechos históricos en estrecha relación con mi primer libro [El Pleito de La Aldea. 300. 300 años de lucha por la tierra], especialmente los relacionados con la familia Pérez Galdós, que tanta relación tuvo con La Aldea, cuando primero fueron administradores del marquesado de Villanueva del Prado y luego propietarios del latifundio; así como con Juan Bravo de Santa Brígida, administrador luego de dicho marquesado. Hallé paisajes —descritos con una pluma de fluida tinta periodística y literaria— de La Vega de mil miserias en la clase popular frente al bienestar de la rica; en ese contraste social tan acusado en la población de la centuria pobre, el siglo XIX de aquella Gran Canaria; la de tantas hambrunas, enfermedades y epidemias de pánico, con más contraste aún en esta zona, con su húmedo encanto verde, con algunos espacios que todavía eran como los del mundo de las hadas; pues así fueron, y más aún tiempo atrás, las medianías del barlovento insular. Este extremo del paisaje, el de las discordancias geográficas, lo fue aún más para mi gente de Tasarte que, en aquel tiempo de mediados del XIX y principios del siglo XX, mantenía estrechas relaciones con La Vega a través de los sinuosos, quebrados e interminables caminos de herradura que unían la Isla Seca del poniente a la Isla Húmeda del barlovento. ¡Y qué contrastes se experimentaban de uno a otro lugar!

 

Y, dando un fuerte giro a las manecillas del reloj del tiempo, ya en los años sesenta del siglo pasado, este libro me hizo recordar sensaciones de aquellos verdes y negros espacios del campo que iban de San José de Las Vegas a El Monte y La Atalaya, que recorrí con los alumnos de mi primera escuela, la pública de San José. Por último, la lectura me embulló en algo que hacía poco había investigado sobre accidentes y conmociones en la sociedad tradicional: la negra historia del cólera en Gran Canaria durante 1851, en la que se vivieron tristes y pavorosos momentos.

 

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Tras el último repaso al texto concluí con que, una vez más, las historias hay que contarlas e investigarlas en toda su dimensión de contenidos, sin enfoques exclusivos hacia las ermitas y los templos de cánticos celestiales, porque en ellos quien más lloraba era la clase pobre. No la historia de los grandes personajes de vida placentera, que vivían gracias a sus amplias rentas; ni la de las majestuosas catedrales, ni la de las grandes batallas y hazañas de héroes creados con sangre inocente…

 

Me refiero a que es necesidad, desde el punto de vista historiográfico moderno, atender con lupa los elementos de la historia del paisaje y paisanaje de cada uno de nuestros pueblos, lo que hoy se denomina la microhistoria; y, si se quiere, con la filosofía del paisaje existencial que tanto emplearon los sabios de la Generación del 98 como Unamuno en castellano o Joan Maragall en catalán, siendo el primero el que acuñó el concepto de intrahistoria, que luego daría paso, a finales del siglo XX, al aludido de microhistoria, esa rama de la Historia Social que analiza hechos, personajes y fenómenos del tiempo pasado que con otro tratamiento de fuentes pasarían inadvertidos, como hasta ahora tanto se ha hecho. Porque así, con esas historias de marcos reducidos —locales, que no localistas—, se van construyendo mejor las historias generales o de síntesis.

 

Al respecto, Tuñón de Lara —uno de los padres de los historiadores modernos—, en su sencillo manual Por qué la Historia (1985), expone la necesidad de las historias locales puesto que, cuando llegue la hora de reconstruir el devenir de toda formación social, se obtendrán de estos marcos geográficos reducidos contenidos para buenas síntesis y el rigor científico para «la gran historia» será mayor; y, asimismo, señala que son al mismo tiempo los más cercanos al terruño los que conocerán mejor su devenir y la experiencia local de sus antepasados.

 

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Y en este planteamiento historiográfico se ubica el trabajo de Pedro Socorro sobre el cólera de aquel terrible año de 1851 en La Vega, en el contexto de la epidemia tan aterradora que asoló la isla. Lo hace teniendo como centro de atención un niño rico entre tantos pobres, pero rico también en la universalidad de las letras: Benito Pérez Galdós. La precipitación rápida hacia la muerte fue la tónica general en La Vega y en otros lugares, tanto en el paisanaje pobre como en el rico. El cólera no tuvo piedad, aunque los más expuestos fueron los que en peor condiciones vivían. En una casa de El Monte, aislada del contagio, la familia Pérez Galdós se libra del terrible mal de ver morir a los seres más queridos. En esta nueva vertiente de análisis está la historia de lo triste, de los lutos en Gran Canaria, a través de la que nos podemos acercar un poco más a la realidad del tiempo pasado.

 

En efecto, este libro, de un autor que ya ha tratado conmociones y sucesos que han sacudido nuestra isla en tiempos modernos, nos sitúa en aquella negra realidad de una epidemia, quizás la más recordada de todos los tiempos en la isla. La analiza desde principio a fin, paso por paso, contextualizando el hecho en el espacio geográfico del municipio de Santa Brígida, con casos personales de extremada crudeza y dolor, como los de tantos padres y tantas madres que veían morir a sus hijos pequeños; y no en sus brazos, como siempre ha sido lo normal, sino en un rincón de la casa para no contagiarse, llevándolos a enterrar casi arrastrándolos como perros muertos: con dolor extremo por un lado y con pavoroso temor por otro. Una situación muy difícil de explicar en la actualidad pues son inimaginables las escenas de dolor y pánico que Pedro nos cuenta, y que otros autores también ya han abordado en otros espacios.

 

Pero no veamos estos hechos tan lejanos en el tiempo. Hoy también suceden, a ojos de todos, en este mundo que invierte grandes sumas de dinero en objetivos que no son humanitarios, como por ejemplo los despilfarros institucionales y armamentísticos; y hoy también suceden epidemias de cólera catastróficas, como la que en estos días sufre Haití.

 

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Por tanto, animamos a los lectores a adentrarse en esta triste historia que tiene un protagonista de excepción: el Galdós que, en varias de sus obras, analizó crudas realidades de la España decimonónica, que tomó posturas políticas contra la misma corriente conservadora del sistema de la Restauración; el que “se movió en la foto” de los ilustres y no salió por ello entre los primeros galardones literarios del Premio Nobel. No le hizo falta.

 

Animamos a su lectura sobre todo a los vecinos de Santa Brígida, que entenderán así mejor su pasado y hasta elementos toponímicos nacidos con esta tragedia.

 

Y animamos, por último, al autor para que siga buscando temas que investigar, temas raros si así quiere decirse, y desde la singularidad de los mismos llegaremos mejor en su día a encontrar una generalidad histórica insular más completa que la que ahora tenemos.

 

De Pedro Socorro solo me queda decir, aparte de felicitarlo por este Galdós y el cólera en La Vega —una monografía local que pasa a la generosa lista bibliográfica galdosiana universal—, que es uno de los miembros más jóvenes de la Junta de Cronistas Oficiales de Canarias y de los más activos, siempre con ganas de saber más; y la máxima pedagógica moderna dice que aprendiendo se aprende. Es un “puntal” en la organización; generoso y buen amigo; razón esta última por la que se me ha concedido hacer este prólogo. De la editorial Anroart tan sólo tengo que decir que quedan pocas ya en este mundo del capital que arriesguen por el desarrollo cultural, y menos en tiempos de crisis.

 

En La Aldea de San Nicolás a 17 de noviembre de 2010
Francisco Suárez Moreno
Cronista Oficial de La Aldea de San Nicolás

 

 

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