Revista nº 829
ISSN 1885-6039

El bolero es folklore.

Miércoles, 25 de Mayo de 2011
Elfidio Alonso
Publicado en el número 367

El bolero es algo más que una simple canción amorosa, llena de lugares comunes, como te quiero, me muero por verte, me dejas, te olvido, etc. Ya el grupo argentino Les Luthiers se encargó de poner en solfa tan equívoco esquema, con una versión satírica y desmitificadora muy difícil de superar.

 

El bolero, en consecuencia, se ha quedado en un género ramplón, salvo algunas excepciones (Lara, Lecuona, María Grever, por ejemplo), en donde se pone de manifiesto las escasas aptitudes de letristas y compositores.

 

En lo que atañe a la música, también existe una especie de cliché o fórmula estándar muy difícil de alterar. Hoy se asocia el bolero con esa música lenta y hasta empalagosa que se baila en las discotecas por gente mayor, aunque los músicos cubanos, que no cesan de experimentar con nuevos esquemas rítmicos (a veces de forma gratuita e intrascendente), le hayan dado al bolero algo más de marcha y de síncopa. Algunos temas de Silvio Rodríguez o de Pablo Milanés van en esa línea, donde la renovación de la letra, en forma de auténticos y bellos poemas, se ve muy superior a la búsqueda de novedosas fórmulas musicales, que sólo son simples variaciones del mismo esquema.

 

Para saber hasta qué punto el bolero ha evolucionado y ha adoptado formas no siempre correctas, sería indispensable realizar un recorrido por esos tres siglos que han contemplado su gestación y posteriores ramificaciones. El nombre está claro que deriva de un género musical folklórico denominado seguidillas boleras, alusivo a las bolas que llevaban los danzantes en su indumentaria. En Puerto Rico, por ejemplo, se conserva este nombre para designar el volante ancho del vestido femenino, aunque el termino bolero también se aplique a las cosas más dispares, desde la chistera o sombrero de copa en Guatemala, Honduras y Méjico, hasta el caballo delantero o bolero que tira de un vehículo (Uruguay), pasando por el borrachito o amigo de parrandas en Venezuela.

 

La inequívoca ascendencia española se fue diluyendo a medida que aparecieron nuevos elementos en el canto y en la danza del bolero. Ravel, por ejemplo, ejerce sobre el género una rotunda paternidad, desde que el compositor francés colaborase en 1928 con la famosa bailarina franco-rusa Ida Rubenstein, a la hora de escribir y estrenar el famoso Bolero. Algo parecido ocurrió con la genial Antonia Merce, más conocida como La Argentinita, en su intento de resucitar el bolero.

 

Otros nombres extranjeros como Chopin (Op. 19) o Weber llevaron el ritmo y las cadencias del bolero a la música clásica o de concierto. Es como si el bolero en España, a excepción de algún intento aislado como el de Albéniz en Puerta de tierra, perdiese con el tiempo adeptos y cultivadores, no solo como canto, sino incluso como danza, desde que Zerezo inventara esta modalidad de baile afandangado, en 1780. En el extranjero, por el contrario, el bolero siguió los más variados y hasta opuestos caminos, desde la fórmula cubana de compás binario en la danza (un híbrido donde ya es fácil palpar la influencia afro, sobre todo por las innovaciones sincopadas), hasta el baile típico de Santo Domingo, también denominado bolero, que desciende por línea directa de la canción medieval.

 

EI bolero, en consecuencia, tiene sus raíces en las seguidillas boleras y en el fandango. Sus orígenes folklóricos no admiten dudas, aunque hoy se llame bolero a cualquier cosa, sobre todo a esa especie de canción facilenta y cursi que los comerciantes siguen explotando sin el menor recato. Sin embargo, han existido y existen compositores de tipo popular que nos han dejado canciones ligeras dignas de pasar al estadio folklórico dentro de algunos lustros, si es que no han pasado ya: nos referimos a títulos como "Noche de ronda", "Solamente una vez" o "Bésame mucho", por citar tres ejemplos que todos conocen, desde la Patagonia hasta Japón. ¿Quién no los ha cantado alguna vez?

 

 

Artículo publicado en la revista San Borondón, nº 1, del CCPC. Diciembre, 1982.

 

 

Foto de portada: Agustín Lara

 

 

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