Revista nº 977
ISSN 1885-6039

Para continuar abrazando los árboles del Monte.

Sábado, 12 de Marzo de 2011
Manuel J. Lorenzo Perera
Publicado en el número 356

Durante siglos, nuestros montes fueron víctima de la avaricia caciquil, materializada en la apropiación de considerable cantidad de espacios, rapiña que fue borrada, tantas veces, mediante incendios intencionados, de los archivos, medida repetida a finales del siglo XIX (Valverde, La Orotava, La Guancha…).

 

Cuando por la razón que sea no se ha sabido ni podido mantener la línea de monte, el territorio va camino de la desertización, realidad de la que existen ejemplos en nuestro propio Archipiélago.

 

A veces, para valorar más la vida, a uno, como a las cabras, nos dan ganas de tirar pal monte. Eso fue lo que hicimos, el pasado 26 de agosto, quien estas líneas escribe y Domingo Romero González, quien ejerció como guarda forestal, en el Monte del Agua de Los Silos (Tenerife), durante treinta y dos años (1970-2002). Ascendimos, saliendo de El Palmar, por el camino que parte desde Los Chupaderos hasta El Lomo de los Tomillos. Y lo llevamos a cabo repasando los topónimos, próximos y más alejados, labor que está deseando un estudio serio, hecho a conciencia: Los Chupaderos, El Agüita (había una fuente que daba agua), El Lancito, Pico de los Villanos, Las dos Hermanas, La Fuente las Vacas, Lomo de los Tomillos, La Piedra Alta, Hoya del Jurto, La Piedra Colorada, Hoyo de las Reices, La Hoya Oscura, Zarzal de la Calabacera, Paso la Yegua, Fuente Finela... En torno al camino —realmente una vereda de tierra, estrecha, cubierta de hojilla o cisco y en determinados lugares, por leña caída— hubo recuerdos para los emplazamientos donde se ubicaron carboneras en las que se elaboraba carbón. Facundo González Álvarez, de 77 años de edad, hijo de un viejo y afamado carbonero, nos contó en cierta ocasión que cuando acude al Monte del Agua siente el deseo de abrazar los árboles. La masa arbórea, propia de la laurisilva, muestra aún ejemplares magníficos, localizados en concordancia con sus condiciones vitales: loros, laureles, palos blancos, acebiños (más bien en los lomos), brezos, hayas, afollados, mocaneros, barbuzanos, madroñeras... En búsqueda de la luz, es decir, procurando claridad, tuvimos oportunidad de contemplar, sobremanera en determinados lugares (Hoya de las Reices), escobones impresionantes, de hasta 12 metros de altura y 40 centímetros de diámetro. Sobre el suelo y trepando por los árboles las características enredaderas: lías y briosas o brillosas, quienes, respectivamente, adornaran los campanarios en días festivos y sirvieron de alimento a las vacas. Y a un nivel más elevado, las representativas hierbas y arbustos, con distribución y utilidades características: helechos, pata gallo, tosilado, tomillo, sirdana, espino, granadillo, nauta, melera, algaritofe...

 

Al final del trayecto, en El Lomo de los Tomillos, se alza una vieja casa forestal. Lleva varios años en ruinas. Pero es un claro exponente de los que, desde el punto de vista económico, supuso el monte para las arcas municipales y para provecho de los vecinos. Don Pedro de Olive, en su Diccionario publicado en Barcelona el año 1865, hace alusión no a uno sino a dos montes: De las Aguas y Los Pasos, respectivamente, de 1.125 y 375 fanegas, contando que, pese a los incendios producidos en años anteriores, se encontraban en buen estado. Señala el mismo autor que de los 5.642 reales de vellón del capítulo de gastos del Ayuntamiento de Los Silos, 1.941 correspondían a montes; indicando que el producto obtenido de los montes públicos, según usos vecinales, era de 6.430 reales.

                                                                                                                       Facundo González

 

La Casa de los Tornillos o del Lomo de los Tomillos tuvo por propósito primordial controlar el movimiento en el monte, pulmón económico fundamental, sirviendo de refugio y punto de partida a los dos guardas forestales que cumplimentaban los servicios del Ayuntamiento de Los Silos. Dentro del ámbito del Monte Público Aguas y Pasos ocupa una posición céntrica. Se edificó en un lugar estratégico, elevado, a 1.022 metros, constituyendo la máxima altura La Cruz de Gala, situada en el lado sur del Monte, a 1.274 metros s. n. m. Y es más, allí confluyen la casi totalidad de los caminos que lo recorren (de Erjos, El Palmar, Las Portelas, Las Lagunetas, Los Silos, Los Charcos…). En el ya mencionado Diccionario de Olive (1865) se citan dos únicos caminos en el término de Los Silos: el Real y el de Daute; ninguno que fuera al monte: y en verdad, los que lo transitan son veredas más o menos anchas (1 y hasta 2 metros) que muestran escasos tramos empedrados, provistas en las principales arterias de desagües o canalillos de unos 50 centímetros de anchura, bordeados por una hilera de piedra, que van a verter, cuando llueve, a algún barranquillo o vaguada próxima, evitando, así, que los caminos desaparezcan.

 

La Casa del Lomo de los Tomillos fue una construcción representativa y amplia, presentando sus elementos característicos: casa, cocina y cuadra donde los guardas forestales encerraban a sus animales de carga. Los materiales para su edificación (bloques de cantería de color rojo, cal, arena, madera, tejas...) fueron transportados a lomos de bestias a través de las estrechas e incómodas vías a las que hemos hecho referencia. Pero en la citada vivienda, buscando el beneficio del clima del monte, también llegaron a pasar temporadas personas debilitadas. Tal hecho lo representó Horacio Dorta Martín (1909-1986). Siendo niño, por las razones médicas aludidas, permanecía allí (en La Casa de los Tomillos, bajo los cuidados de una sirvienta de nombre Inés, natural de Masca) durante los meses de verano, desde junio hasta septiembre para poder gozar la fiesta de la Virgen de la Luz, Patrona de Los Silos, celebrada el día 8 de septiembre; sus progenitores acudían cada domingo con la intención, entre otras, de llevarles comida.

 

 

Todo lo dicho está relacionado con la circunstancia de que el padre de aquel niño, delicado de salud, fue uno de los principales rematadores o contratistas del monte. Se llamaba Esteban Dorta Martín, quien fallecería el día 3 de abril de 1932, a los 54 años de edad. El carbón, después de hecho, se trasladaba a fin de depositarlo en el patio del convento de Los Silos, y se enviaba en barcos de vela (no había carretera) a Santa Cruz, almacenándolo y vendiéndolo a vecinos, comercios... en las dependencias que la familia tenía en la Plaza Weyler (actual Edificio Dorta). Con la entrada en funcionamiento de la refinería (1930) decreció el negocio del carbón: dejaron de traerlo para Santa Cruz. Con mucha probabilidad, influido por ello, se dejó de utilizar La Casa de los Tomillos al aflojar la actividad del carboneo que ocupaba a numerosos asalariados: carboneros, arrieros, cargadores. Según la opinión de personas que cuentan en la actualidad con más de 90 años, ya en sus tiempos de infancia el inmueble estaba deshabitado y comenzando a derruirse.

 

Ahora bien, a pesar del mencionado episodio, los vecinos de los pueblos circundantes —con licencia municipal o a la escapada— continuaron sirviéndose del monte con el fin de solventar necesidades muy primarias: leña (el carbón de los pobres), hojilla o cisco con que conseguir el estiércol, madera para obtener útiles de labranza y de otra naturaleza (tarascas, queseras. .), para el armazón de la cubierta de las casas y demás edificaciones, latas para levantar, comida para los animales, materia prima (codeso, afollado...) para elaborar cestos, horquetas para la viña. E incluso se siguió haciendo carbón, pero a una escala muy inferior a como acontecía con anterioridad al inicio de la década de los años 30. Precisamente, a mediados de los 60, en la Hoya del Jurto, Francisco González —el Fondero, padre del mencionado Facundo— hizo la mayor hornada de carbón que se recuerda: con un diámetro de 13 metros y 12 de altura estuvo ardiendo tres meses y varios días, proporcionando 900 sacos de carbón y 100 de tizo. Trabajaba para uno de los rematadores de monte del pueblo de Los Silos, a tantas pesetas por cada saco de carbón. Los carboneros que faenaban en zonas monteras pertenecientes a particulares, solían hacerlo a medias o a jornal. En el monte, los artesanos del carbón y su familia (éramos nueve hermanos) vivían en chozas elaboradas por ellos mismos. Parte de los alimentos se recogían in situ: hojas de rabasa y cerraja que se comían crudas acompañadas de gofio amasado; jaramagos que les ponían al potaje; tortas de tacorontía; frutos: creces, madroños, moras de zarza, mocaneros, bicacos... Fue frecuente, sobremanera en terrenos de propietarios, que, en el sitio donde se hizo la carbonera, plantaran papas, con el sacho y añadiéndoles estiércol, muchas veces con resultados sorprendentes: llegaban a pesar un kilo y hasta más, papas morunas, eran encarnadosas.

 

 

Al monte —frecuentemente a la zona donde se alza La Casa de los Tomillos, con mucha probabilidad siguiendo una vieja tradición— se iba el día de San Pedro (29 de junio). Con comida, vino y música. Esta última de cuerdas o la gramola de algún retornado venezolano, formándose baile después de comer.

 

En ese largo tiempo vivía mucha gente del monte, ¡hoy quién vive!. Los vecinos lo llaman Monte del Agua y Pasos. En documentos recientes de la Administración se le denomina Monte Público Aguas y Pasos. Sus deslindes se fijaron el 5 de junio de 1821. Y en un documento más reciente, febrero de 1984, se expresa que su extensión corresponde a 532 hectáreas. Hoy —en un tiempo en el que la agricultura y la ganadería se encuentran en una fase tan decadente— el Monte del Agua permanece bajo el control del Cabildo Insular. A mediados de la década de los 70 se hicieron los últimos remates de leña y desde finales de la siguiente no se saca nada.

 

Por suerte –y a pesar de lo que ha sido su azaroso devenir histórico- podemos ir al Monte a regocijarnos y enriquecernos, estrechando los troncos de los viejos árboles.

 

Para redactar estas líneas ha sido imprescindible, fundamental, la información gentilmente proporcionada por los siguientes Maestros de la Tierra: Domingo Romero González, Facundo González Álvarez, Horacio Dorta Spínola, Domingo Hernández Rodríguez, Francisco León González, Felipe Acevedo Pérez, Jesús León Acevedo, Isidro Dávila Velázquez. Vaya también nuestro agradecimiento para María Cristina Reyes Casañas y Luis Mariano Pérez Luis.

 

A modo de reflexión: ¿No podría restaurarse La Casa del Lomo de los Tomillos, un bien de cultural que prestó sus servicios y que con tanto sacrificio fue levantada?

 

 

Artículo y fotos publicados previamente en en la revista El Baleo Nº 59/60.

 

 

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