Revista nº 779
ISSN 1885-6039

Ni solteras, ni casadas, ni viudas: las hijas canarias de Penélope en el siglo XX.

Lunes, 25 de Julio de 2011
María Victoria Hernández Pérez (Cronista Oficial de Los Llanos de Aridane)
Publicado en el número 376

La emigración canaria a las Américas tuvo la cara menos amable de las miles de mujeres que se quedaron solas —o con hijos—, esperando la vuelta que nunca o muy tarde llegó de sus maridos.

 

Y es que muchos emigrantes casados, ante la libertad sexual en aquellas tierras y favorecidos por la tolerancia legislativa, se acomodaron a la nueva situación, olvidándose de su familia canaria. Y aquí quedaron ellas, sometidas a la mirada cruel de la sociedad, sin leyes ni recursos morales que las protegieran: ni eran solteras, ni casadas, ni viudas.

 

 

1. Una historia cualquiera de ningún lugar

El muelle de Santa Cruz de La Palma quedaba muy lejos del pago garafiano de Juan Adalid, con sus caminos serpenteantes y pedregosos, simples veredas en las laderas de un profundo barranco. Una pequeña casa cubierta de teja árabe y unas huertas eran todo el patrimonio de la familia. Allí quedaban Antonia, sus tres hijos y otro a punto de nacer. Por sustento, lo que producía un cantero de papas, dos vacas y tres cabras. Hasta veinte almudes de trigo y cebada cargaba Antonia a la cabeza hasta el molino de viento de Hoya Grande. Después de la molienda, de nuevo a la cabeza, regresaba con el gofio del año, pagado en especie, un tercio del cereal, a Luis el Molinero. En su seno guardaba las últimas monedas, envueltas en un trozo de lino, para comprar unos gramos de azúcar y café. Mientras, su marido embarcaba hacia Cuba. Se despedía de La Palma sin pañuelos que se agitaran en el muelle. Daba la espalda a la isla y también a su familia. Todos sus pensamientos se concentraban en la Perla del Caribe con el único deseo de hacer fortuna y regresar convertido en un acaudalado indiano.

 

Pasaron los días entre olas y brisa marina. Por comida, gofio amasado en un zurrón, higos y tunos pasados. El puerto de La Habana se avistaba repleto de barcos, el muelle era un ajetreo de gentes, entre carros y el rechinar de los pescantes con sus mercaderías venidas de lejanos países. Extraños carros tirados por una fuerza invisible —los ómnibus— no dejaban de tocar sus bocinas, en un concierto ensordecedor. Las señoras lucían elegantes pamelas envueltas de tul y las mulatonas, un tipo más sencillo, elaborados de paja de caña dulce y, por único adorno, una cinta colorada. Su primer pensamiento fue el recuerdo de su mujer que por la Feria de Ganado de San Antonio del Monte blanqueaba, con azufre quemado dentro de una caja de tea, el sombrero de ala recta y tejido finamente con paja de centeno por la abuela Gregoria.

 

 

Ya pisaba la tierra de promisión. Se empleó primero como cambullonero en los muelles, mercadeando con todo lo que caía en sus manos. Después, un isleño lo recomendó en una hacienda de tabaco, en la que se encargaba de despalillar hojas. Acabada la zafra, sirvió como mandadero en un comercio de víveres de unos palmeros. Allí conoció a Lucía, una mulata con la que tuvo su primer idilio caribeño… Y nació Berto, en recuerdo del abuelo paterno, que descansaba en el campo santo garafiano.

 

Antes de nacer Berto, había escrito a su mujer y a su madre. En realidad, lo que hizo fue dictar unas palabras que un escribiente callejero del barrio Habana Vieja (en la plaza de la Catedral) recompuso con buena caligrafía. Las letras, que portaría un vecino de Barlovento, anunciaban la remisión de los siguientes pesos y una fotografía, la primera que le habían sacado en su vida, en el estudio de J. A. Suárez y Cª  (fotógrafos de Cámara de S. M. el rey Alfonso XII) en O’Reilly, 64, esquina a Compostela, La Habana. En la imagen se apreciaba la cadena de una leontina: la primera manifestación de la incipiente prosperidad del emigrado a Cuba. Pero lo cierto es que de la cadena no colgaba el soñado reloj Cuervo y Sobrinos (el mismo fotógrafo se la había prestado para causar mayor efecto).

 

El tiempo, los días y las noches, los inviernos y los veranos… fueron pasando. Berto ya tenía dos hermanas, Inés y Ángela. En la otra orilla ya hacía años que había nacido el cuarto hijo de Antonia, a quien pusieron por nombre Vicente, en memoria de su padre emigrante (al que no conocería jamás). Sólo una imagen de papel, sin marco ni cristal, donde aparecía magnificado por una reluciente leontina (falsa), colocada en la lacena empotrada en la pared e iluminada con devoción por el quinqué de la abuela Nievitas. La foto fue envejeciendo y dejando la marca inconfundible de su paso. Poco a poco fue perdiendo la magnificencia, la pulcritud, el lustre del fijador fotográfico… Seño’ Vicente también había aclarado el tono de su rostro. Hasta el traje de lino fino se había acostumbrado a las cagadas de las moscas. Llegó un momento en el que nadie sabía si Vicente, el indiano garafiano, era vivo o muerto. Comenzó entonces el calvario de Antonia entre sus convecinos, apodada desde hacía unos años Toña la Abandonada.

 

Es la historia cualquiera de ningún lugar pero la historia repetida tantas veces de muchas mujeres, en cada uno de nuestros pueblos, la de los muchos sinsabores con la peor parte para ellas que se quedaban en la isla.

 

Veinte largos años esperó la bella Penélope a que su marido Odiseo regresara de la guerra de Troya. Relatan que no le faltaron enamorados y que, ante la insistencia, ella les respondía que cuando terminara de tejer un largo sudario entregaría de nuevo su amor y contraería nuevas nupcias. En la oscuridad y el silencio de la noche, deshacía lo tejido durante el día y seguía esperando a su marido, del que no sabía «si era vivo o muerto». Seguía esperando… y un día Odiseo regresó. Las hijas canarias de Penélope, ellas, las que no eran ni solteras, ni casadas, ni viudas esperaron más de 20 largos años el retorno de sus maridos... Pero éstos jamás volvieron. 

 

 

2. La mujer canaria: víctima de la emigración (siglo XX)

Así fue. Los flujos emigratorios, que tan buenos resultados económicos y hermanamientos entre los pueblos ha dado a Canarias, tuvieron esa otra cara menos amable, protagonizada, lamentablemente, por miles de mujeres solas —o con hijos—, que se quedaron en la Isla esperando a que su marido, de ruta a Cuba o a Venezuela, regresara o que, al menos, mandase suficiente capital para empezar una nueva vida, dotadas con una mejor posición económica y social. Y, en efecto, muchos maridos cumplieron con el vínculo familiar dejado atrás. Nos atrevemos a decir, sin embargo, que otra gran mayoría no triunfó en la carrera de Indias. Quizás por eso o por otras poderosas razones, de ellos jamás se volvió a saber nada, como tampoco se ocuparon en remitir un solo céntimo para mantener a la prole canaria. En su lugar, formaron una segunda familia en el país receptor; su trabajo no daba para mantener ambos compromisos en las dos orillas. Encandilados ante la libertad sexual de Cuba y Venezuela y favorecidos por la tolerancia legislativa y la aceptación social del concubinato y la bigamia, supieron acomodarse a la nueva situación, embriagados por nuevas ideas. El olvido combatió como antídoto el remordimiento.

 

Por su parte, las esposas canarias se quedaban atrás, sometidas a la mirada cruel de la sociedad, sin leyes ni recursos morales que las protegieran: ni eran solteras, ni casadas, ni viudas. A este sonoro calificativo se refiere la escritora cubana Dulce María Loynaz (1902-1997) en su último libro Fe de vida cuando recuerda a su suegra Ana de Cañas, quien se había quedado en Tenerife embarazada del que fue su único hijo, Pablo Álvarez de Cañas, por la marcha apresurada de su esposo Isidro a Cuba: «Anita, joven y virtuosa, no le quedó más recurso que enclaustrarse en la casa, cuyos umbrales debían trasponer para asistir a las misas llamadas de precepto. Había quedado en una extraña y ambigua situación, que sólo así podría mantener honorablemente, pues en concreto no era ni soltera ni casa ni viuda. Era la situación del marido «embarcado», cuya honestidad se creía obligada a velar una estrecha y levítica sociedad de provincia». La descripción de Dulce María recoge el estado en el que quedaron cientos de mujeres en Canarias. Con sus maridos en Venezuela o en Cuba, ni siquiera conocían si aquellos vivían aún o habían muerto. Irónicamente, la propia sociedad les exigía guardar el respeto; mientras se debatían cuestiones de moral social, a ellas no les quedaba más remedio que robar con nocturnidad uvas para que sus hijos comieran con lo único que poseían: gofio amasado con agua.

 

Evidentemente, muchos de esos emigrantes ni siquiera conocieron al menor de sus hijos, ni se preocuparon por saber si estos habían nacido, marchando y dejando a sus mujeres embarazadas. Tampoco supieron de sus vidas escolares, ni de sus empleos, como tampoco manifestaron el menor interés. En una familia con cinco hijos, los mayores empezaban a trabajar tempranamente por unos céntimos, viéndose obligados a sacrificar las primeras letras por colaborar en la manutención de sus hermanos más pequeños.

 

Matilde Arroyo y Pedro antes de la marcha de este

 

Las mujeres trabajaron de sol a sol recogiendo cochinilla, empaquetando plátanos, limpiando, planchando y bordando a la luz de una vela (no tenían para pagar la luz). Otras, incluso, se vieron obligadas a prostituirse o a formar otra familia paralela, soportando las críticas brutales de la sociedad de esos tiempos que las acusaron de adúlteras, gravemente penado en el Código Penal. Realmente era la única manera de alimentar a sus hijos. Son muchas las que, gracias a su familia e incluso a la de su marido, fueron recogidas junto a sus hijos en una clara muestra de afecto. En casos menos afortunados, también recibieron el rechazo de la familia política.

 

Aparcando a un lado el pudor de la educación que recibieron, llegada la Democracia y la Ley de Divorcio, algunas decidieron romper el vínculo conyugal a la espera de la «paga no contributiva». Los escrúpulos morales y la tradición religiosa las habían privado hasta ese momento del derecho a reconocer legalmente la disolución del matrimonio. Aun con la sentencia de divorcio en la mano, no llegaron a tiempo a formar una nueva pareja, quizás condicionadas psicológicamente por la traumática experiencia de abandono.

 

Por su trabajo o por herencia, muchas de estas mujeres han logrado hacerse con un pequeño patrimonio: un pisito y un coche de segunda mano. Algunas jamás pusieron nada a su nombre, ya que realmente trabajaban solas para la sociedad de gananciales que se constituye con el matrimonio. Si la ley les permitía adquirir bienes, por otro lado les prohibía tajantemente la venta. No podían acceder a préstamos bancarios, necesitaban la autorización de su marido para suscribirlo con hipoteca. Otras no podían vender propiedades de la sociedad de gananciales porque necesitaban la firma del otro cónyuge… mientras sus hijos se morían de hambre. Hay casos en los que el marido había prevenido cierta libertad mediante algún poder general, pero en la mayoría, aunque pasaron mil calamidades, no fueron capaces de vender una finca de plátanos. En su lugar, estas propiedades fueron abandonadas por no contar con su suficiente dinero para comprar el agua de riego, por miedo a las críticas de los vecinos y por respeto a su marido ausente, aunque hubiesen pasado años sin saberse nada de él. Las normas legales (Servicios Sociales, pensiones, acceso a viviendas sociales) establecidas para los emigrantes que se encuentran en el extranjero o retornan resultan discriminatorias en relación con las mujeres que se quedaron en las Islas esperando a que llegara el maná americano prometido.

 

Estas jóvenes mujeres abandonadas y engañadas vieron brutalmente rotas sus posibilidades afectivas, su integración social y un desarrollo orgánico deseado. La vida sexual se vio cortada brutalmente. Muchas están pagando, aún en este momento, ajustes emocionales, afectivos y sexuales con la ayuda de un especialista. Es decir, el hecho del abandono por causa de la emigración tuvo como consecuencia la mutilación de una vida sexual y afectiva normalizada. Ellas se quedaron en la isla y sintieron la cruel y despiadada mirada de los convecinos que no las consideraban ni solteras ni casadas ni viudas. Para algunas, el único respiro y la única posibilidad de recuperar por unas horas la sonrisa llegaban con los festejos del Carnaval, escondiéndose en el anonimato bajo la sonrisa inmortal de una mascarita. Corrían el riesgo de ser reconocidas, con el peligro de volver a ser objeto de críticas; pero, por unos días, valía la pena.

 

Desde hace unos años y después de varias décadas de olvido, algunos maridos han vuelto a la isla y muchas de sus mujeres han logrado pasar página, han vuelto a convivir con ellos y, lo más importante, parecen haber recuperado la felicidad perdida. Otras se han negado rotundamente, reafirmando su identidad y su historia; paradójicamente, en estos casos, han sido los hijos quienes los han recogido y han organizado su vejez, movidos por un vago recuerdo o porque fueron educados en el respeto hacia su progenitor. Ellas, las de «estado civil de abandono —ni casadas, ni solteras, ni viudas—», protagonizaron calladamente esa otra cara de la emigración, sin que nadie haya reconocido su coraje, su empuje y su fuerza: solas y sin ayuda, criaron y alimentaron a sus hijos, preparándolos para una mejor vida y pagando para lograrlo el precio que fuera.

 

También se está produciendo otro fenómeno: la reclamación de la herencia canaria de los hermanos iberoamericanos de padre. Ironías de la vida. Todo su derecho legal les ampara. Jurídicamente, existe una desigualdad entre estos matrimonios, lo que conlleva actualmente a que tengan acceso a mayores beneficios económicos (pensión, vivienda) los emigrantes retornados que las mujeres que les esperaron abandonadas en las Islas. La verdad sea dicha. Al emigrante (en abstracto) se le ha hecho y se le sigue haciendo justicia con amplísimas y doctas monografías que indagan en el fenómeno de la emigración: titulación de calles, museos temáticos, costosos y valiosos monumentos, normas jurídicas específicas, viajes continuos de la clase política, embajadas culturales y de medios de comunicación social en días y fechas señaladas al reencuentro de una misma cultura y raíces, esparcida por las dos orillas. Pero si esto último es cierto, no lo es menos que falta todavía un debate social y nuevas investigaciones que aborden la cuestión de las mujeres abandonadas a causa de la emigración. Mujeres que, en silencio, sin algarabía y sin exigir nada, sacrificaron sus vidas, en la más penosa soledad, por un futuro mejor para sus hijos y para su tierra.

 

 

Desde luego, hubo emigrantes que no olvidaron ni su tierra y ni a su familia, pero otro importante contingente, los que no triunfaron en América, no sólo no retornaron, sino que tampoco dieron noticia de su paradero. Cuando nos referimos al concepto de familia, lo aplicamos también a los padres y las madres del emigrante, padres y madres que durante décadas y hasta el último día de sus vidas han suspirado por saber qué había sido de su hijo, que emigró y del nunca más supieron nada, ni tan siquiera si era vivo o muerto.

 

En conclusión, las mujeres abandonadas —ni solteras, ni casadas, ni viudas— que permanecieron en Canarias mantuvieron y educaron a la familia y contribuyeron, dentro de sus escasas posibilidades, al desarrollo afectivo, social y económico de los que estaban bajo su custodia. Hoy, esos hijos, ya adultos, han quedando marcados por su infancia y sienten aún con dolor no haber tenido un padre cuando lo necesitaron. Algunos, movidos por el sentimiento de rabia, no dudan en manifestar: «Mejor hubiera sido saber que había muerto. De esta manera me habría ahorrado ser un huérfano de padre vivo». La sociedad canaria y las instituciones políticas debemos a estas mujeres y a sus hijos la toma de conciencia de su conflicto, estudiándolo, y resarciendo a los que lo padecieron, aunque sólo sea de manera simbólica, del dolor y sacrifico que siguen escondiendo sus anónimas vidas.

 

 

3. Marina Sánchez: una digna aventurera

Después de 40 años de la marcha de su marido Andrés a América, la palmera Marina Sánchez Botín (1919-2007) decidió comprobar por sus propios ojos qué era de aquel joven que con tantas ilusiones compartidas había emigrado a Venezuela, dejándola con cuatro hijos. Lo encontró en el pueblo de San Cristóbal, casi en la misma frontera con Colombia. Ella contaba que lo primero que hizo al llegar al pueblo fue entrar a una iglesia: «Y recé para que Dios no me dejara volver a La Palma sin haberlo visto». Para ese momento se preparó con esmero: se pintó los labios «y me subí a unos tacones por primera vez después de 40 años». Para ella, maquillarse y llevar tacones no iba acorde con su condición de esposa de emigrante, aunque este no le hubiera aportado sino «trabajos y miserias» y pese a que no hubiese gozado de sus hijos, sustituyéndolos por otra familia. Marina no estaba nerviosa. Con la ayuda de una amiga que le había acompañado, se dirigía hasta la última dirección que tenía de mediados de los años 50. Estaba segura de que Andrés seguía en aquel mismo lugar. Y así fue. Marchaba al encuentro con el único hombre que había existido en su vida.

 

Igual que ella, Andrés Díaz el Isleño ya peinaba canas. Cuando se enfrentó a Marina se quedó blanco. Estaba viendo un fantasma que a priori vendría a ajustarle las cuentas. No fue así. Las primeras palabras que pronunció Marina fueron: «¿Cómo está, caballero? No se preocupe, no he venido para darle problemas. Estoy aquí para contarle cómo está su madre». Marina contaba que se sentaron en un parque público, con un esmerado césped, y que sacó fuerzas de coquetería: se subió prudencialmente la falda del traje y dejó ver tímidamente sus piernas, aún jóvenes y tersas. Era la respuesta femenina ante el conocimiento de que Andrés el Isleño había formado otra familia con una venezolana que también le había dado cuatro hijos. Durante décadas, Marina llevó el pelo muy largo como guardando una promesa amorosa: así le gustaba a Andrés.

 

 

En el rato en que estuvieron hablando, Marina le enseñó fotografías de La Palma, entre otras aquellas donde estaban los rostros desconocidos de sus hijos palmeros. Llegado el momento de la despedida, Marina no volvió la vista atrás ni tampoco lloró: «Ya lo había llorado todo y ya no tenía lágrimas». En efecto, ya no había lágrimas que derramar. Durante años, la única preocupación diaria de esta mujer fue alimentar a sus hijos. De madrugada acudía a la recolección de tomates y tabaco. Se veía obligada a robar uvas, saltando muros, para que completaran la comida de sus hijos (la más pequeña, abandonada por su padre con sólo once meses). Los niños le preguntaban a su madre: «¿Hoy no cenamos, mamá?»; y ella les respondía que durmieran un ratito, «porque no tenía nada que darles».

 

Llegó la noticia de la muerte de Andrés en Venezuela y de mil gestiones se valieron sus hijos para obtener la partida de defunción que acreditara el estado civil de viuda de Marina, de manera que ésta pudiera ser una mujer libre ante la sociedad y la ley. Les esperaba una sorpresa que volvería a abrir una vieja herida. En la documentación oficial llegaba la mentira. El acta inscribía al fallecido en estado civil de soltero, recogiendo únicamente el nombre de sus cuatro hijos venezolanos.

 

 

4. María Remedios González: la cantante sin notas

María Remedios González (1937). Joven y atractiva mujer. Sonriente y alegre, cantaba maravillosamente en la primera voz del coro de Los Llanos de Aridane. Contaba 27 años cuando Manuel emigró a Venezuela. El proyecto familiar consistía en que, una vez el marido se encontrara instalado, «reclamara» a su mujer y a sus dos hijos. Los planes iniciales fueron avanzando y María Remedios, aprovechando que en barco se iban a Venezuela unos familiares, embaló su máquina de coser y bordar con idea de utilizarla para trabajar en las nuevas tierras. Aprovechó todos los huecos de la máquina para embalar entre la rueda y el pedal su más preciada dote, la misma que le había regalado su madre: un ajuar de primorosos manteles y paños bordados.

 

María Remedios había conocido a Manuel en los paseos juveniles de la plaza de Los Llanos de Aridane. Desde el momento en que la conoció, le prohibió cantar en el coro. Según su testimonio, «un mal día me prohibió que cantara, y nunca más ha salido de mi garganta una nota». Algunas cartas recibió al principio de marchar a Venezuela; como ella diría: «nos carteamos unos años, hasta que le pedí, rogué y supliqué me mandara dinero para comprar los medicamentos para nuestro hijo Juan Carlos», al que le había sobrevenido una profunda discapacidad. Él respondió con negativa y con una carta de despedida. No se volvió a saber de él durante años.

 

María Remedios González, su esposo y dos hijos

 

En 1990 regresó a La Palma. En el aeropuerto le esperaban sus dos hijos, su madre y sus hermanos. María Remedios no acudió al recibimiento, pero sus hijos habían sido criados sin odio y se presentaron con la autorización materna. «Él vino a visitarme a mi casa y, cuando lo vi, era un desconocido. Había borrado de mi cabeza su imagen y me di cuenta de que ya no guardaba ningún sentimiento bonito hacia él». Delante de Manuel estaba una mujer curtida y fuerte por las penurias económicas y las horas de trabajo en todo lo que pudiera dar unas pesetas. Tuvieron una conversación de porqués, pero las mentiras y las tontas excusas salieron de la boca de Manuel. Negó la falta de recursos para interesarse por el padecimiento de su hijo Juan Carlos, actitud que duró durante décadas. Negó que hubiera recibido la máquina de coser y bordar ni el preciado tesoro de la dote, cuando lo cierto es que la había recibido y lo había vendido todo. La tarde terminó cuando su hijo mayor, Fernando, le comunicó a su madre que iba a bajar la maleta de su padre y a ponerla en la parte baja de la casa. María Remedios se negó. A fin de cuentas, aquel ya no era el hogar de Manuel.

 

 

5. Matilde Arroyo y Nieves Ángeles, las de los dulces sinsabores

Miembro de una familia acomodada y de sonoros apellidos, Matilde Arroyo Felipe (1926) se casó en 1951 con Pedro, celebrándolo con una espléndida y lujosa boda. Nacieron sus dos hijas, Nieves Ángeles y María Candelaria, que no recuerdan las caricias ni los besos de su padre y cuyo rostro conocen sólo vagamente —según ellas— por contemplar una y mil veces sus fotos. En 1957, Pedro emigra a Venezuela, a la zona de El Tigre. En los primeros años hubo contacto, pero las cosas se fueron enfriando y pasaron décadas de abandono. María Candelaria (1957), conocida familiarmente como Yaya, aún recuerda: «De muy chiquita y hasta grandecita dormía con una foto de papá debajo de la almohada. No entendía nada, mis amigas tenían padre. Mi madre me cuenta que cuando él estaba llegando a Venezuela, nací yo. Nunca le conocí».

 

Matilde Arroyo no encontraba excusas para las preguntas de sus hijas:

— ¿Mamá, por qué no escribe papá?
— Me enteré de que se partió la mano y, claro, así no puede escribir.

 

Hoy en día, las hermanas Martín Arroyo entienden la pena y el dolor con que debía repetir continuamente que Pedro tenía una mano partida y que ésa era la razón de los eternos silencios. Nieves Ángeles rememora que cuando iban a la playa de Puerto Naos, su madre no se bañaba nunca: la podían criticar si la veían vestida en bañador teniendo a su marido en Venezuela. Más tarde, por recomendación médica, le aconsejaron dar paseos en la arena y mojarse los pies. Así lo hizo, hasta que llegó el día de meterse en el mar, cubierta con el albornoz hasta donde daba pie; luego me lo entregaba. Para salir del mar, yo corría hacia la orilla para entregárselo de nuevo; con él llegaba hasta la arena. Y de aquí, corriendo para casa.

 

Ayudada por su familia, Matilde comenzó a sacar las viejas recetas de la familia y se convirtió en la afamada repostera que es hoy. A La Palma llegó la noticia de que Pedro había formado otra familia en Venezuela con una mujer natural de aquel país. «Jamás mamá nos habló mal de él, hasta que nosotras mismas tuvimos opinión propia. No permitía que habláramos mal de nuestro padre. Ella siguió amándolo en soledad». Cuando llegó la noticia de su fallecimiento por los amigos —después de tantos años de soledad—, Matilde le guardó luto y le encargó misas en la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios. «Durante años —nos dice una de sus hijas— estuvo encargando misas y asistiendo a ellas. Llegó un momento en que lo olvidó… y terminaron las misas».

 

Matilde Arroyo y Pedro

 

A Nieves Ángeles (1955), la hija mayor, le esperaba repetir la misma historia. Con dos hijos, se quedó bajo la guarda y custodia de su familia materna cuando su marido emigró a Venezuela y vuelta a la misma historia, como si de una indeseada herencia se tratara. Llegaron las primeras noticias. Más tarde, el abandono y lo que más le duele: el silencio y la desesperación ante la incertidumbre por no saber nada del padre de sus hijos. Mientras, el amor se fue enfriando. Eran otros tiempos, la Ley de Divorcio ya estaba en vigor y se acoge a ella. Hubo amores con otro hombre que se rompieron definitivamente. Hoy en día, sigue trabajando como repostera en la empresa familiar junto a su hermana y a sus dos hijos.

 

A sus 82 años, Matilde pasa los días sosteniendo sobre sus cansados muslos una vieja caja de bombones repleta de fotos en blanco y negro. Aquí guarda sus más preciados y bellos recuerdos. Parece que se ha quedado anclada en aquellos lejanos años. Allí está joven y linda junto a Pedro Martín Rivero, su único amor. Sigue manteniendo, entre sus achaques de despistes, su eterna y dulce sonrisa, mientras acaricia con disimulo la estampación de las fotografías.

 

 

6. Fuentes y bibliografía

A principios de los años 80 inicié mis primeras pesquisas sistemáticas en torno a varios aspectos relacionados con la historia de la mujer en Canarias, motivada por la escasa atención que la historiografía tradicional había dedicado al tema, centrándome fundamentalmente en el panorama de la isla de La Palma y, más en concreto, en el de Los Llanos de Aridane. Esta inquietud se materializó en un primer momento en la publicación de varios trabajos sobre artesanía insular: el universo secular de la seda, la cestería y sus usos, la losa —término con el que aún se conoce las cerámicas históricas en La Palma—, los bordados, etc. Como suele ocurrir en la mayor parte de las investigaciones, una cosa me llevó a otra y, entre el maremagnum informativo de barros cocidos, técnicas de teñido o puntos de labor, fueron apareciendo datos indirectos y sin suficiente profundidad que me indicaban la existencia de un tema tabú —como casi todos los que circundan el universo femenino— menos explorado aún que el mundo de la artesanía, objeto de mis estudios por aquel entonces. Me refiero al destino de unas mujeres que, desde La Palma y en diferente puesto y circunstancias, habían hecho realidad un triste mito de nuestra cultura occidental: el mito de Penélope, la mujer que eterniza la espera a la vuelta de su marido ausente, embarcado hacia otras tierras. Tal es el caso de doña Maruca González, madre de la maestra sedera de El Paso Bertila Pérez González. Precisamente, en la monografía La seda en La Palma, en la que colaboré con su autora, la periodista y escritora alicantina María Ángeles Sánchez suministrando rutas, fuentes orales y bibliografía, ya aparece por primera vez, que yo recuerde, la huella de la emigración palmero-americana y sus nefastas consecuencias en el desarrollo familiar, especialmente en el futuro de las mujeres que se quedaron irremediablemente en esta otra orilla, sin posibilidad de cruzar el charco al encuentro con su esposo y amante.

 

Aunque algo extenso, sirva como botón de muestra el siguiente fragmento, que extracto del citado libro: Doña Maruca, como tantísimas otras mujeres en la isla de La Palma, se quedó sola bien joven, cargada de hijos. Su marido marchó en 1929, primero a Cuba y luego a Venezuela, con un hijo varón, para tratar de buscar fortuna. Nunca más les volvió a ver. Cuando murió, en 1974, estaba a punto de emprender el gran viaje, después de haber ahorrado durante toda su vida, «para demostrarle al marido que había podido vivir sin él. Era muy valiente. Decía que con su derecho no tenía miedo ni del rey, aunque le arrastrara la barba hasta el suelo», según recuerda doña Bertila, quien prosigue: «mientras mi padre vivió con ella, era muy buen marido y muy buen padre. El tiempo que estuvo en Cuba, ocho años, mandaba lo que podía. Luego se olvidó. Mi madre trabajó muchísimo para sacarnos a todos adelante». Una de sus hijas siguió la misma suerte con su marido, quedándose sola con cuatro hijos pequeños. Todos, naturalmente, iban a parar a los brazos protectores de doña Maruca. Y, en el fondo, la seda como medio de ganarse la vida […]. «El día que murió iba a arreglarse: era muy coqueta y se estaba probando esmaltes; tenía una uña de cada color, preparando el viaje a Venezuela. [Iba en busca de su marido y de su hijo, y estaba vacunada según ordenaba la legislación de la época.] Se pagó ella el pasaje con su trabajo y eso le hacía sentirse muy orgullosa».

 

Años más tarde comencé a preocuparme más directamente sobre la cuestión, especializándome sobre todo en el contexto-marco de Los Llanos de Aridane. A lo largo de la década de los 90 inicié este proceso, que aún hoy continúo. Así pues, la relación de informantes que sigue y los datos aportados en este trabajo a partir de mi contacto con ellas no es más que un botón de muestra de una realidad mucho más compleja, en la que participan las esposas, sus hijos y sus padres, todos ellos literalmente abandonados por otras esposas e hijos habidos en otras tierras.

 

ARROYO FELIPE, Matilde. (Los Llanos de Aridane, 1926). Entrevista realizada entre el 13 y el 15 de abril de 1999.

GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, María Remedios. (Los Llanos de Aridane, 1937). Entrevista realizada el 6 de mayo de 2000.

MARTÍN ARROYO, Nieves Ángeles (Los Llanos de Aridane, 1955). Entrevista realizada el 14 de abril de 1999.

MARTÍN ARROYO, María Candelaria (Los Llanos de Aridane, 1957). Entrevista realizada el 15 de abril de 1999.

SÁNCHEZ BOTÍN, Marina. (Los Llanos de Aridane, 1919-2007). Entrevista realizada el 24 de enero de 2000.

 

El tema de la emigración canario-americana ha dado, desde luego, grandes logros investigadores que se traducen en un amplísimo y variadísimo repertorio bibliográfico. Sin embargo, no debe extrañarnos que el punto de vista de las mujeres que quedaron para siempre en este otro lado, sin posibilidad alguna de partir hacia el encuentro con la tierra prometida, haya quedado de algún modo truncado también. Así, desde una perspectiva histórica, no son muchos los títulos que han dedicado a este asunto un capítulo o unas pocas líneas. En este sentido, destaca sobre todo la producción del profesor Dr. Manuel Hernández González, que en tres trabajos imprescindibles que citamos a continuación ha abordado la cuestión, sirviéndose de materiales del siglo XVIII. También hago relación de algunos antecedentes al presente artículo (los de la periodista Inés Esteban, las afirmaciones de Loynaz, Premio Cervantes 1992, y otros de mi autoría), basado en testimonios del siglo XX, justo cuando la emigración masculina de La Palma comenzó a desplazarse principalmente al país venezolano.

 

ESTEBAN, Inés. «Ni viudas ni solteras ni casadas». Yo dona del siglo XXI / El Mundo, nº 92 (Madrid, 3 de febrero de 2007), pp. 40-45.

HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel. La emigración canaria a América (1765-1824): entre el libre comercio y la emancipación. [Tenerife; Gran Canaria: Centro de la Cultura Popular Canaria], 1996.

HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel. Mujer y vida cotidiana en Canarias en el siglo XVIII. [Tenerife; Gran Canaria: Centro de la Cultura Popular Canaria], 1998.

HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel. Los canarios en la Venezuela colonial (1670-1810). [Tenerife; Gran Canaria: Centro de la Cultura Popular Canaria], 1999.

HERNÁNDEZ [PÉREZ], María Victoria. «Ni casadas, ni viudas, ni solteras». Diario de Avisos (Santa Cruz de Tenerife, 11 de julio de 2003), p. 19.

HERNÁNDEZ [PÉREZ], María Victoria. «Ni casadas, ni viudas, ni solteras [2]». Diario de Avisos (Santa Cruz de Tenerife, 24 de julio de 2003), p. 21.

LOYNAZ, Dulce María. Fe de vida. La Habana: Editorial Letras Cubanas, [2002]. [1ª ed.: 1995].

SÁNCHEZ, María Ángeles. La seda en La Palma. S. l.: Gobierno de Canarias, Consejería de Industria y Comercio, Centro de Documentación e Investigación de la Artesanía de España y América, 1996. [1ª ed.: 1987].

 

Ver entrevista de la autora en BienMeSabe TV a Remedios González.

Ver entrevista de BienMeSabe TV a las hijas de Matilde Arroyo.

 

 

Foto de portada: María Remedios González joven

 

 

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Miércoles, 03 de Agosto de 2011 a las 10:05 am - Fco. Suárez

#02 El título de por sí, cuando lo leí hace tiempo, es de un tremendo atractivo histórico social.

El contenido, el contenido, Viki te lo dije también hace tiempo, responde a la expectativa del enunciado.

A los lectores jóvenes: leanlo que parece mentira hoy que esas cosas pasaran antes y mucho que pasó en aquella sociedad de nuestros abuelos y abuelas donde pobres mujeres que hasta para decidir con sus bienes herenciales tenía que tener la autorización del marido, marido que iba y venía a otros mundos y ella esperaba a veces cansada de esperar por "seculo de los seculos" amen.

Un lujo tener colaboraciones de estas.

Miércoles, 03 de Agosto de 2011 a las 08:52 am - APULEYO SOTO PAJARES

#01 María Victoria: Eres tu propio nombre, una Victoria alada en la proa del barco de la emigración canaria, de la que tanto sabes. y con tanta delicadeza como frescura y valentía tratas. Fue este trabajo precisamente el que me incitó a escribirte unos versos. Sigue por ahí. Ofreces una visión sufrida y laboriosa de la mujer isleña por muchos peninsulares desconocida. La elección del título, "Penélope", no puede estar más ajustada a la verdad, además de evocarnos sus reminiscencias clásicas. ¡Chapeau!

APULEYO SOTO