Revista nº 823
ISSN 1885-6039

Diglosia en la publicidad canaria. (II)

Sábado, 30 de Julio de 2011
Sergio Gómez Brito (Asociación Cultural El Cloquido)
Publicado en el número 376

La pregunta que les seguimos haciendo, que es clara, directa y concisa, sigue sin ser respondida —ni siquiera con hechos, que aquí serían anuncios— por parte de la publicidad canaria: ¿por qué las empresas e instituciones que son y presumen de ser canarias prefieren locutar sus anuncios en las Islas usando la norma castellana y no la norma canaria?

 

Continuamos analizando la situación de diglosia en la publicidad canaria. Encontrarán una interesante introducción al concepto de diglosia en el Diccionario de términos clave de ELE, del Instituto Cervantes. En esta segunda entrega miramos atrás en el tiempo para intentar explicar, en parte, la situación actual en la que se encuentra la variedad canaria en la publicidad.

 

La pregunta con la que empezamos, después de haber mostrado con ejemplos en la primera parte que sí existe diglosia en la publicidad canaria, es la siguiente: ¿qué nos ha llevado a estar hablando, en la actualidad, de una variedad A (alta) y de otra B (baja) en los anuncios de empresas e instituciones isleñas? Multitud de factores explicarían lo anterior, siendo este un campo a analizar por la sociolingüística, como decíamos allí. Además, el asunto no es nuevo y, por ejemplo, el canario Gonzalo Ortega Ojeda, catedrático de Filología y miembro de la Academia Canaria de la Lengua, empezaba así un artículo en 1981:

 

 

Nuestra impresión es que, en efecto, el hablante de las islas, a través de algunos comportamientos, que, sin ser generales, sí son frecuentes, manifiesta tener un concepto más bien negativo de su «modo de hablar». No se explicarían, si no, esas actitudes en las que se aprecia que muchos hablantes canarios intentan imitar determinados rasgos del español peninsular5, sobre todo en aquellas ocasiones en que, por su excepcionalidad, se debe apelar a la «corrección» lingüística. Así, no es extraño observar cómo se reniega de particularidades tales como el seseo, la aspiración de las eses implosivas, la no utilización del «vosotros» y formas adjuntas, etc., cuando se habla en la radio o en la televisión, o, sencillamente, cuando se interviene en público.

5. Nos referimos con tal denominación exclusivamente a la variedad del español utilizada en la zona centro-norteña de la Península, pues, como se sabe, el andaluz guarda notables concomitancias con el español de Canarias, incluso en el terreno de la sociolingüística.

 

Gonzalo Ortega Ojeda, El español hablado en Canarias: visión sociolingüística, p. 2

 

 

En siguientes páginas de dicho artículo se señalan varios factores que justifican el párrafo extraído y en esta entrada nos centraremos en uno de ellos ampliándolo: la posición del mundo académico ante las diferentes variedades del español. Para entender por qué una variedad se alza como A y otra se hunde como B es interesante el ejercicio de ver cómo se estudiaba y percibía la lengua hace algunas generaciones. Para ello presentamos el siguiente extracto del libro Manual de pronunciación española, publicado en 1918 por el filólogo español Tomás Navarro Tomás, quien fue miembro de la Real Academia Española. En sus primeras páginas podemos leer:

 

 

4. PRONUNCIACIÓN CORRECTA ESPAÑOLA. — Señálese como norma general de buena pronunciación, la que se usa corrientemente en Castilla en la conversación de las personas ilustradas, por ser la que más se aproxima a la escritura; su uso, sin embargo, no se reduce a esta sola región, sino que, recomendada por las personas doctas, difundida por las escuelas y cultivada artísticamente en la escena, en la tribuna y en la cátedra, se extiende más o menos por las demás regiones de lengua española. Siendo fundamentalmente castellana, la pronunciación rechaza todo vulgarismo provinciano y toda forma local madrileña, burgalesa, toledana, etc.; y siendo culta, rechaza asimismo los escrúpulos de aquellas personas que, influídas por prejuicios etimológicos y ortográficos, se esfuerzan en depurar su dicción con rectificaciones más o menos pedantes. Esta pronunciación, pues, castellana sin vulgarismo y culta sin afectación, estudiada especialmente en el ambiente universitario madrileño, es la que en el presente libro se pretende describir. Llamámosla correcta sin otro objeto que el de distinguirla de la pronunciación vulgar. La Academia Española, con cuyo criterio sobre esta materia viene a coincidir el que aquí queda expuesto, podría, con la eficacia de su autoridad, realizar una importante labor señalando concretamente, siempre que fuese posible, en los frecuentes casos de vacilación que el uso presenta, la forma de pronunciación que se considera más conveniente.

5. UNIDAD DE LA PRONUNCIACIÓN CORRECTA. — Más o menos inconscientemente, la opinión general española distingue la pronunciación correcta de cualquier otro modo de pronunciación, como lo demuestran, entre otros casos, los frecuentes reparos que la Prensa señala respecto a algunos actores y oradores por su acento dialectal; los elogios que otros reciben por la pureza de su dicción; la estimación que en los pueblos se siente por el habla cortesana, y, sobre todo, la unanimidad con que los diversos elementos que forman en Madrid la clase intelectual, siendo en su mayor parte de origen provinciano, adoptan espontáneamente esta pronunciación, ocultando cada uno, como mejor se puede, las huellas fonéticas de su tierra natal. Esto hace, en efecto, que sea frecuente encontrar en Madrid asturianos, gallegos, aragoneses, catalanes y hasta andaluces y americanos — que son los más pertinaces en la conservación de su acento — tan diestros en la pronunciación correcta como los más castizos castellanos.

 

Tomás Navarro Tomás, Manual de pronunciación española, pp. 6-8

 

En este mismo año, 1918, se publicaba en Canarias un libro cuyo propósito era, según el autor:

 

 

contribuir con mi modestísima cooperación a dasarraigar de las masas inconscientes en que vegetan, esos ridículos aldeanismos y demás locuciones antigramaticales y contrarias al bien decir, con cuyo empleo se desvirtúa, bastardea, ultraja y empobrece nuestra rica, elegante, sonora y armoniosa habla castellana.

 

Juan Reyes Martín, Serie de barbarismos, solecismos, aldeanismos y provincialismos que se refieren especialmente al vulgo tinerfeño, coleccionados y traducidos al lenguaje con notas explicativas y comprobativas (Serie de barbarismos), pp. VIII-IX

 

 

En particular, las voces del español de Canarias eran analizadas por Reyes Martín de esta forma:

 

 

Sería vano empeño proponerse abarcar en totalidad, no sólo el sinnúmero de terminachos que corren en boca de las ínfimas capas sociales analfabetas, que apenas si aciertan a balbucir tal cual palabra inteligible para quienes desconozcan su torpe jerga.

 

Juan Reyes Martín, Serie de barbarismos, p. X

 

 

Y así el sistema educativo:

 

 

En nuestros poblados rurales, especialmente, donde la decantada Ley de Instrucción Primaria es un mito; entre el desconsolador cuadro del analfabetismo, y hasta en otras clases sociales de cierto grado de cultura, anida desgraciadamente un cúmulo tal de provincialismos, barbarismos, solecismos y otros innumerables vicios de dicción; se atosiga con tal batiburrillo de dislates y ramplonerías nuestro rico y pomposo idioma, que lo desfiguran y enervan torpemente, convirtiéndolo en menguado libertinaje, en ridícula y desapacible monserga.

Juan Reyes Martín, Serie de barbarismos, p. V

 

Crece el rapaz y va a la escuela con ese podrido fermento de terquedad infiltrado hasta la médula de los huesos. Estudia rutinariamente algunas nociones de gramática, y, si es aplicado, recitará cuando más, como el papagayo, ciertas reglas y definiciones, los metaplasmos y demás vicios de dicción, y otras teorías etimológicas y sintácticas; pero como el corrompido argot con que se ha connaturalizado tiene recia raigambre en su rudimentario intelecto, sin que ni en el hogar, ni aun en el aula, se haya procurado despojarle de tales corruptelas, ¿de qué pueden valerle aquellas simples teorías aisladas, en la mayoría de los casos, al descender al terreno concreto de la práctica?

Juan Reyes Martín, Serie de barbarismos, p. VI

 

 

Aunque los años han pasado y, como veremos, la percepción es muy diferente, es fácil ponerse en el lugar del profesor y del estudiante coetáneos a estos textos, ¿qué iban a enseñar unos y a aprender otros? ¿Qué iba a calar luego, durante años, en la sociedad (y en particular, en los medios)? Debe ser tenido en cuenta, además, el enorme prestigio del que gozaba Tomás Navarro Tomás en el estudio de la lengua española. Parece claro, pues, que los cimientos de la diglosia de la que hoy hablamos se sentaron bastante atrás y a base de un concreto llamado lingüicismo, una forma de discriminación que fue descrita mucho más tarde, a mediados de los ochenta, por la filóloga finlandesa Tove Skutnabb-Kangas. Ella definió este concepto como ideologías y estructuras usadas para legitimar, llevar a cabo y reproducir divisiones desiguales de poder y recursos (tanto materiales como no materiales) entre grupos basadas en el lenguaje. Queda respondido, por tanto, cómo una variedad se encumbró como A mientras que otras —entre ellas la canaria— quedaban como B y, de esta manera, el precursor de la diglosia en la publicidad canaria tiene este otro nombre: lingüicismo. Desde el momento en que un aspirante con acento canario es rechazado en favor de otro con acento castellano (y suponiendo idénticas el resto de capacidades, como ocurre, precisamente, entre locutores profesionales con acento canario y con acento castellano en Canarias) estamos ante una situación de lingüicismo tal y como lo define Skutnabb-Kangas al ser una división basada exclusivamente en el lenguaje y que afecta, entre otras cosas, a recursos materiales (no olvidemos que ser locutor es una profesión remunerada).

 

 

Observando ahora el presente del español, a través de textos actuales, nos damos cuenta de que en realidad el lingüicismo se asienta en terreno blando, que es incapaz de sostener todo el peso que a su vez pretende dejar caer sobre tantos usuarios de la lengua. En definitiva, es frágil, fácil de desmontar con argumentación, y con esta misma fragilidad respaldan muchos actualmente la diglosia en la publicidad canaria (incluyendo a los implicados, quienes tratan de justificarla con inexistentes exigencias publicitarias).

 

Extraemos lo siguiente del libro Saber escribir, del año 2006:

 

 

1.2. Tradicionalmente se decía que el español hablado en Valladolid, en Burgos… era mejor, más puro, que el español hablado en Sevilla, en Málaga… ¿Puede hoy mantenerse tal afirmación?

En modo alguno. El idioma español es uno, pero presenta varias normas de cultura, todas ellas válidas y comúnmente aceptadas por la comunidad de hablantes de español. No se puede asignar a una zona geográfica (o zonas geográficas) del vasto territorio en donde el español es la lengua oficial el «buen uso» del idioma frente a otras zonas geográficas que por lógica quedarían excluidas de dicho «buen uso» del español. El «buen» español está en todas partes, en cualquier lugar en donde se hable español, allá donde exista una «norma de cultura» cuyos hablantes reconozcan socialmente.

 

VV.AA. (Instituto Cervantes), Saber escribir, p. 25

 

 

Quizás el problema está precisamente en esto último y que aquí nos ocupa: que la publicidad canaria no acepta la norma canaria que sí reconoce, en la actualidad, la sociedad a la que se dirige. También en este libro podemos leer las siguientes palabras del dialectólogo español Manuel Alvar:

 

 

Mejor español. Insidiosa cuestión con la que se pretende descalificar a unos hablantes e imponer la propia variedad, pero esto, sobre arbitrario, es científicamente falso. [...] Las cosas están claras: no hay un mejor español, sino un español de cada sitio para las exigencias de cada sitio. Al margen queda lo que la comunidad considera correcto, y eso lo es en cada sitio de manera diferente. El español mejor es el que hablan las personas instruidas de cada país: espontáneo sin afectación, correcto sin pedantería, asequible por todos los oyentes. En cada sitio tendrá su peculiaridad…

[...] No hay un español de esta banda del mar y otro de la enfrentada sino muchos españoles. ¿El burgalés habla como el gaditano? ¿Y el yucateco como el rioplatense? Pero este hecho geográfico tan fácilmente comprensible no está solo, porque el hombre culto de Bogotá se parecerá en su lengua más al hablante culto de Madrid que al analfabeto de Paipa. [...] Español de Castilla, y de Andalucía, y del Caribe, y del Antiplano, y de la Sabana, y de la Pampa, sí, pero español de todos y para todos…

 

Manuel Alvar, Español en dos mundos

 

 

Esta es la normalidad y esto es lo que ahora, en el siglo XXI, todos aquellos que se dedican profesionalmente y con rigor al estudio del español —y de cualquier lengua— admiten y reconocen; unos lo resumen como “verdad científica”, en palabras de Ramón Trujillo, otros como un “derecho”, en las de su colega Marcial Morera. La verdad es que, como añade este segundo filólogo en su libro En defensa del habla canaria (p. 32), la lengua es la institución humana más democrática que existe teniendo como precaución, como él mismo apostilla, aunque siempre se encuentre sometida a la presión de los intereses sociales y en muchos casos hasta se amordace a sus usuarios. Esta precaución es la que estamos tomando hoy, describiendo y llamando por su nombre a aquello que coloca, injustamente, a una variedad sobre otra: la diglosia.

 

Teniendo en cuenta todo lo dicho sobre las diferentes variedades del español, y reconociendo por tanto a todas ellas válidas y comúnmente aceptadas, que hay un español de cada sitio para las exigencias de cada sitio, la pregunta que les seguimos haciendo, que es clara, directa y concisa, sigue sin ser respondida —ni siquiera con hechos, que aquí serían anuncios— por parte de la publicidad canaria: ¿por qué las empresas e instituciones que son y presumen de ser canarias prefieren locutar sus anuncios en las Islas usando la norma castellana y no la norma canaria? Esta sí que es una pregunta que muchos consideran insidiosa. Desde que redactamos la primera parte hasta hoy han pasado menos de tres meses pero somos perfectamente conscientes de la cantidad de nuevos minutos de publicidad diglósica que se ha hecho desde Canarias para Canarias. Como muestra de ellos les traemos dos spots recién estrenados que, nuevamente, dividimos atendiendo a la clasificación comercial/institucional, en la que el segundo grupo sigue siendo el caso más sangrante por ser las instituciones públicas canarias las que caen en este fenómeno:

 

http://www.elcloquido.com/wp-content/uploads/2011/07/Dorada-Especial.mp3

Dorada, Dorada Especial, 2011

 

http://www.elcloquido.com/wp-content/uploads/2011/07/Yo-me-quedo.mp3

Gobierno de Canarias, campaña Yo me quedo, 2011

 

Como ven, estamos a la vanguardia, bien acompañados y con argumentos (que, por supuesto, estaremos encantados de contrastar con otros diferentes en la sección de comentarios). Mientras, la publicidad canaria está anquilosada, paralizada, usando criterios y teorías del lenguaje que huelen a formol y que están cien años por detrás. Estas entradas debieran tenerlas en cuenta como lo que son, opinión ciudadana y de sus clientes y un reto con el que mejorar más que como un acusador desafío.

 

Por último, y como habrá una tercera entrega (y todas aquellas necesarias con las que seguir señalando esta discriminación lingüística), termino con el aliento que nos da el doctor en Filología Humberto Hernández en su discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua:

 

 

El asunto no se agota aquí, mucho queda por hacer, y valdría la pena acometer la tarea. Una norma mediática canaria reforzaría la norma canaria culta, que es una norma española, algo que ya tienen asumido al otro lado del Atlántico, donde rasgos como el seseo o la aspiración de -s implosiva no son considerados particularismos americanos, sino rasgos propios de nuestro común idioma. Es quizás por este motivo que la norma mediática hispanoamericana ya existe en la realidad. Lo normal en estos países es que los presentadores de televisión y los locutores de radio utilicen su propia modalidad y no se les pase por la cabeza la necesidad de utilizar la norma castellana para expresarse ante la cámara o ante el micrófono.

 

Humberto Hernández, Norma lingüística y norma mediática en los medios de comunicación canarios, pp. 64-65

 

 

 

Foto de portada: captura de un video publicitario de la empresa Dorada

 

 

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Comentarios
Sábado, 30 de Julio de 2011 a las 22:46 pm - molinero

#01 Y que se la va a hacer, la ignorancia acerca de los más elementales conceptos de lengua y los usos de esta lengua sigue siendo muy extendida, por mucho que la lingüística-filología moderna haya echado por la borda las antigualladas de antes. Los conceptos antiguos poco menos que colonialistas sobre las normas de una lengua parecen poco menos que inamovibles, por mucho que nuestra muy loable Academia haya dejado de ser prescriptiva y reconoce el valor de otras normas de español (norma según Coseriu), lo que pasa es que en las radios, agencias de publicidad y otros puestos reside aún cualquier cantidad de directivos y profesionales que no se han enterado todavía que la antigua normativa de la lengua española hace tiempo que fue enviada camino del basurero y siguen con sus obsesiones discriminatorias de antes. Pues nada, a reirse de ellos y de sus obsesiones puristas (para no decir puretas) un tanto tontas y esperar a que se jubilen.