Al escribir la palabra espíritu, me acordé de mi abuela, que al alcohol de farmacia lo llamaba así ya que es la esencia sacada del vino. Y uso la misma palabra no porque maree y nos haga como que las cosas dan vueltas cuando abusamos de él, sino porque mi trompo tenía esa esencia invisible, común a todos los cuerpos que giran.
Cada año aparecía la época del trompo, lo sacábamos del cajón o comprábamos uno nuevo y, liña en mano, a bailarlo a la calle para exhibir las habilidades y participar en los juegos colectivos.
Por los años cuarenta, en San Miguel de Abona (Tenerife), era un juego de chicos. Lo primero que se hacía era cambiarle la púa roma, que traía de fábrica, por la punta de un clavo grande, grueso y puntiagudo para hacer más daño a los trompos de los otros jugadores cuando, bailándolo, había que sacar a puyazos el trompo de uno de ellos del círculo marcado en el suelo; o cuando, más agresivamente, con el cordón cogido por sus extremos y con el trompo trabado a su mitad, colgando detrás del brazo, se le catapultaba contra el trompo del que por suerte o fallo le tocaba ponerlo en el majadero.
También se le llamaba tornera, no sé si por dar vueltas o porque se usa un torno para hacerlo, lo cierto es que su forma cónica permite conseguir que la cuerda lo haga girar cada vez más rápido, manteniendo hasta el final la tensión originada por el propio peso del trompo, ya que empieza a desliarse por la parte más gruesa donde es mayor la longitud del hilo que da la vuelta, siguiendo con longitudes de cuerda por vueltas cada vez más pequeñas.
Cuando al bailarlo resultaba saltarín y corredor decíamos que estaba carretero y, para remediarlo, hacíamos la operación que hace la máquina que contrapesa las ruedas de los coches: hacer que el centro de gravedad esté en el eje de giro. Pero no usábamos plomos, sino que valiéndonos de una grieta en las piedras o en la madera, torcíamos la púa hasta conseguir, a base de pruebas, que bailara serenito; y, cuando lo recogíamos en la mano, bailándolo en el aire, con riesgo para los ojos y cristales, estaba liviano como una paja o una pluma.

Entusiasmado tratando de describir los juegos que hacíamos con el trompo, casi se me pasa lo de su espíritu, que está en todos los cuerpos que giran y que hace que la Tierra, que también gira, en su recorrido sideral no vaya a trompicones y el Sol salga y se ponga siempre por los mismos lados.
Este espíritu no se ve pero, con una rueda de bicicleta en las manos, poniéndonos en una plataforma fácilmente giratoria como las que hay en los parques infantiles o en el Museo de las Ciencias, que está en la Curva de Gracia en La Laguna, se puede sentir físicamente. Así puestos en la plataforma con la rueda girando entre las manos, sujeta por el eje, al variar la dirección del eje de la rueda aparece una fuerza misteriosa para evitar el cambio de dirección, que nos gira sobre la plataforma. Esta fuerza, que trata de conservar la dirección del eje de giro, es lo que hace que nuestro trompo, mientras está girando, permanezca de pie; que al diábolo, después de lanzado hacia arriba, se reciba no de cualquier manera sino con el eje en posición horizontal y que con sólo ladear mi aro, empujado por un alambre en forma de 7, diera la curva al igual que lo hacen ciclistas y motoristas.
Para que lo escrito sea algo más que un recuerdo, hemos de ponderar que nuestro trompo está en la familia del sofisticado giróscopo, de la brújula giroscópica, del piloto automático de aviones y hasta de la bala que el ánima del cañón hace girar, así como que los niños terminan conociendo tan bien a sus juguetes que, aún sin saberlo, son capaces de sacar el mejor rendimiento de ellos, ya sea apretando teclas con el pulgar o bailando el trompo.
Este artículo fue publicado en el nº 19 (enero-febrero de 2006) de la revista La Tajea, editada por el Ayuntamiento de San Miguel de Abona. Imagen interior de http://artevirgo.blogia.com/.
