Revista nº 779
ISSN 1885-6039

Andamana.

Miércoles, 31 de Marzo de 2010
Agustín Millares Torres
Publicado en el número 307

Corría, como hemos dicho, el último tercio del siglo XIV, cuando en el cantón de Gáldar, que era entonces el más rico y populoso de la isla, vivía una joven de rara hermosura, de singular talento y de grandes virtudes, que lentamente había llegado a adquirir en la isla una reputación envidiable de sensatez, cordura y buen juicio.

 

Las Islas Canarias, conocidas y visitadas por los fenicios, cartagineses, griegos y romanos, cuando, a largos intervalos, se aventuraban a dejar atrás las columnas de Hércules y sondear las soledades del océano, fueron enteramente olvidadas en los siglos que siguieron a la desmembración y caída del imperio de los Césares.

 

Durante esas ominosas centurias, en que los pueblos se entregaban silenciosamente a la lenta elaboración de una religión nueva, de un nuevo derecho y de una organización político-social desconocida a las anteriores generaciones cuando, extinguida casi la luz de las civilizaciones helénicas y romana, sólo se balbuceaba en los claustros, tímida y vergonzosamente, algún fragmento de poesía clásica y la alquimia y la teología eran las dos únicas ciencias que el hombre se aventuraba a profesar, cuando, por último, la guerra, en su expresión más estúpida y sanguinaria, constituía la más honrosa ocupación del clero y la nobleza, en tanto que, embrutecido el pueblo, se le vendía como accesorio del terreno; en esa época calamitosa, repetimos, ¿quién había de ocuparse del comercio, de la navegación y de la industria, artes que requieren un grado más elevado de cultura del que entonces alcanzaban aquellas degradadas sociedades?

 

Pero transcurrieron los siglos y de aquel caos principió a brotar la luz. La invasión de los árabes en España, y la necesidad de crearse éstos una marina para proteger sus nuevas conquistas en Europa, fue causa de que algunas de las naves, que entonces cruzaban el estrecho y visitaban las costas lusitanas arrastradas por los vientos, recalaran sobre el olvidado archipiélago y volvieran, por decirlo así, a descubrirlo1.

 

Las primeras noticias que tenemos de estas lejanas expediciones se remontan al año 999 de nuestra era (334 de la hégira) y fueron recogidas por Ben Farroukh, capitán de una de esas naves extraviadas y aventureras.

 

A principios de febrero de aquel año, dice la curiosa relación que se conserva de su viaje2, desembarcó el capitán árabe con 130 hombres bien armados, en el Puerto de Gando, que se abre sobre la costa S.E. de la Gran Canaria y allí fue recibido por los insulares con gran demostraciones de cariño y amistad.

 

Veíase por doquiera el suelo cubierto de una vegetación tropical y los árboles, enlazando sus ramas por montes y por valles, presentaban el aspecto de una continua y frondosa selva que sólo tenía por límite las desnudas crestas de la sierra o las arenosas playas del litoral.

 

Reinaba entonces en la isla un solo rey guanarteme, llamado Guanariga, que residía habitualmente en el distrito de Gáldar, donde tenía su palacio, y allí fue conducido el jefe árabe y festejado con toda la pompa ostentosa y patriarcal, propia de los sencillos isleños3.

 

Los genoveses luego, y los mallorquines, catalanes y andaluces después, vinieron sucesivamente a saquear las islas y, con éxito más o menos feliz, hicieron desembarcos sobre sus accesibles costas.

 

Gumidafe por Borges Linares (2004)

 

 

En el último tercio del siglo XIV, época en que apareció en la Gran Canaria la notable mujer, cuyo recuerdo, bajo el nombre de Andamana4 nos ha conservado la historia, se hallaba la isla dividida en diez distritos independientes, llamados Gáldar, Telde, Agüimes, Tejeda, Aquejata, Agaete, Tamaraceite, Artebirgo, Astiacar y Arucas, mandado cada uno por un jefe, que no rendía a ningún otro vasallaje5.

 

Entre las siete islas habitadas del archipiélago, la Gran Canaria era entonces la cultivada con más esmero y la que ofrecía señales de una civilización más avanzada.

 

Conocíase en el país el cultivo de la cebada, cuyo grano, después de tostado, molían entre unas "piedras preparadas al efecto, para formar la harina que, con el nombre de gofio, constituía uno de sus principales alimentos. Entre las frutas que espontáneamente producía la isla, se distinguían los higos, que se conservaban secos en cestas tejidas con hojas de palma"6.

 

Sus casas eran edificios construidos con piedras cuadradas, cuyas paredes estaban revestidas interiormente con hermosas piezas de madera. También tenían magnificas cuevas situadas en sitios escarpados y agrestes, que solían preferir a las casas, por considerarlas mas cómodas y saludables.

 

Eran los canarios audaces, inteligentes, esencialmente hermosos, de elevada estatura, de desarrolladas proporciones, tez morena, ojos generalmente azules y cabello rubio7. Vestían toneles de hojas de palma o de juncos, primorosamente tejidos, de una tercia de longitud, que llamaban tamarcos, pintados a veces de amarillo y rojo. No usaban calzado, y conservaban el cabello largo, como signo de nobleza, cubriéndose con él frecuentemente el rostro. Era su lenguaje dulce y armonioso, y tan aficionados se mostraban al canto y al baile, que muchos años después de la conquista, se consideraba célebre el baile canario, que acompañaban con una especie de melopea, en que la poesía ruda y expresiva del pueblo conquistado tomaba también una parte muy principal.

 

Pastores y guerreros a la vez, los canarios de aquella época, dividían su tiempo entre el cuidado de sus numerosos ganados y el ejercicio de las armas.

 

Consistían éstas en una maza o magado terminado en dos gruesas bolas, rodeadas de pedernales afilados, que llamaban tabonas; un hacha de combate, cuyo filo era formado con un trozo de jaspe o de obsidiana, y una lanza de tea, endurecida al fuego, que manejaban y despedían a largas distancias, con un brío y destreza singulares.

 

Como armas defensivas sólo conocían el escudo de corteza de drago y el tamarco revuelto en el brazo izquierdo8.

 

Corría, como hemos dicho, el último tercio del siglo XIV, cuando en el cantón de Gáldar, que era entonces el más rico y populoso de la isla, vivía una joven de rara hermosura, de singular talento y de grandes virtudes, que lentamente había llegado a adquirir en la isla una reputación envidiable de sensatez, cordura y buen juicio.

 

Todas las cuestiones arduas, las desavenencias entre las tribus, las familias o los particulares, las enfermedades, el estado de los ganados, la pérdida de las cosechas, los fenómenos meteorológicos, la adivinación del porvenir, las profecías más o menos explícitas, y cuanto puede ser objeto de la curiosidad de un pueblo en la infancia de su civilización, se hallaba bajo el dominio de la hermosa y atrevida isleña.

 

Admirada de unos, envidiada de otros, pero respetada de todos, nadie dudaba que estuviese inspirada por la divinidad. Ella misma fomentaba esta creencia con su conducta reservada, su lenguaje sibilítico y sus frecuentes éxtasis, durante los cuales pretendía estar en comunicación con los espíritus9.

 

Tales hechos contribuyeron a formarle una aureola de gloria, de respeto y veneración, que por muchos años contuvo la malevolencia de aquellos que, dispuestos siempre a censurar las acciones ajenas y a envidiar la influencia que el mérito y la virtud ejercen en la sociedad, se complacían en ridiculizar sus consejos, contradecir sus decisiones y entorpecer y anular sus actos, burlándose de sus pretendidas visiones y poniendo en duda su intachable probidad.

 

Esta conducta, tanto más censurable cuanto más digno de aprecio era el objeto de su encono, llegó por fin a ofender a Andamana y a seguirle a un plan político que, sin aquella persecución, tal vez no hubiera encontrado ocasión de manifestarse.

 

Entre los muchos guerreros que la respetaban y aspiraban a su mano, había uno llamado Gumidafe, jefe del cantón de Gáldar, que se distinguía entre todos por su reserva, su influencia y su indómito valor10. A éste, pues, resolvió unirse, con la oculta intención de extender luego su dominio sobre los nueve cantones restantes, y vengarse así de sus detractores, constituyéndose en jefe de una sola monarquía.

 

Aquellas bodas llevaron a GáIdar a la juventud más belicosa del país, y allí, entre juegos y luchas, bailes y festejos, la hermosa y simpática isleña consiguió atraer a su lado y reclutar un numeroso y aguerrido cuerpo de valientes, dispuestos a dar por ella su vida, y formar el núcleo de un ejército, que luego dominara la isla.

 

Sus planes, aunque lentos, tuvieron por último cumplido efecto: de cantón en cantón los dos esposos pasearon su falange victoriosa por todo el suelo canario, sin que los jefes, hasta aquel momento independientes, se atrevieran a resistirles. Unos con promesas, otros con halagos, y los más, seducidos por el predominio que siempre ejercen el genio y la belleza, se fueron sometiendo sucesivamente al yugo de la discreta y afortunada Andamana.

 

La tradición calla los acontecimientos que tuvieron lugar durante su reinado.

 

De creer es que, siguiendo la astuta política iniciada con tan buen éxito por ella, fuera atrayendo a su corte, situada en Gáldar, a todos los jefes desposeídos, y con ellos formara su consejo de Guayres, concediéndoles títulos y honores inofensivos que sirvieran sólo para halagar su vanidad. Ello es lo cierto que, al morir ambos esposos, legaron intacta la dignidad real y el dominio absoluto del país a su hijo Artemi Semidán, célebre por la insigne victoria que alcanzó sobre las huestes de Juan de Bethencourt en las playas de Arguineguín, victoria que dio a la isla el título de Grande con que desde entonces fue conocida, y que ha conservado hasta el presente como uno de sus más gloriosos timbres11.

 

Andamana es en la antigua historia de las Canarias, una figura interesante y dramática, digna de colocarse junto a las más célebres que en las tradiciones americanas nos conservan las viejas crónicas españolas.

 

De agudo ingenio, perseverante, audaz, reservada y dotada de las virtudes propias de su sexo, sin las cuales la mujer, cualquiera que sea su posición o su talento, no llega jamás a inspirar respeto, ni a ejercer influencia alguna en la sociedad, supo desde luego dominar, con sólo la acertada combinación y ejercicio de aquellas brillantes cualidades, a la población grosera, indómita y altiva que la rodeaba.

 

La diminuta relación que de sus hechos nos ha legado la historia, probará, sin embargo, una vez más, que nada hay imposible a una voluntad enérgica y decidida, cuando Dios ha concedido al que la posee un destello de eso que los hombres llaman genio12.

 

Andamana por Borges Linares (2000)

 

 

Andamana llevó a cabo una importante revolución social que, no por ser insignificante el país donde se verificase, dejó de ser extraordinaria.

 

No es de este lugar el examen de las ventajas o perjuicios que los isleños recibieron con aquel cambio de gobierno, ni creemos que existan hoy datos suficientes para ilustrar esa cuestión, pero sí haremos observar que, en el estado de civilización que entonces alcanzaba la Gran Canaria, la sustitución del régimen feudal y arbitrario que ejercían los diez jefes independientes, en una sola monarquía, ejerciendo el poder con cierto número de consejeros o guayres, no dejaba de ser ventajosa a aquellos pueblos, que vieron desaparecer así las frecuentes contiendas a que aquella subdivisión daba lugar.

 

Dedúcese de esto que Andamana fue una mujer de notable capacidad, de afortunada influencia y de relevante mérito.

 

Consagremos, pues, un respetuoso recuerdo a su memoria, porque ella es la más antigua figura histórica de las Islas Canarias.

 

 

 

Notas

 

1. Los árabes se crearon una marina para proteger las costas ibéricas de las horribles depredaciones de los normandos. Véase Conde: Dominación de los árabes en España, segunda parte, cap. 45.

2. Ossuna Compo de la Hist. de Canarias p. 17. Mr. Etienne, manuscritos traducidos del árabe y encontrados en la biblioteca nacional de Paris. Ms. 13. Publicados en 1842.

3. Ben Farroukh, después de recorrer las siete islas y de verificar en ellas algunos furtivos desembarcos, volvió a España en mayo del mismo año.

4. Atindana la denomina Abreu Galindo. Hist. de la Conq. de las Islas de Can. p. 108, y Marín y Cubas en su historia manuscrita; pero los demás historiadores y cronistas la llaman Andamana.

5. Abreu Galindo. p. 108. Viera, tomo 1, p. 182.

6. Estas y otras curiosas noticias sobre el estado de las Canarias en aquel siglo, se encuentran extensamente relatadas en un manuscrito autógrafo de Bocaccio, descubierto en la biblioteca de los Magliabeechi de Florencia y publicado en 1827 con notas y aclaraciones por Mr. Sebastián Ciampi. Dicho manuscrito refiere el viaje que en 1341 hizo Angiolino de Teggia de Corbizzi por orden de Alfonso VI, rey de Portugal, al archipiélago canario. La expedición salió de Lisboa el 1 de julio, y aunque Angiolino reconoció las islas de Tenerife, Palma, Gomera y Hierro, sólo se detuvo en la de Canaria, de donde se llevó cuatro indígenas, que presentó luego al monarca portugués.

7. Magnitudinem nostram non excedunt, membrosi satis audaces et fortes magni intelectus ... et crines habent longos et favos. Relación de Bocaccio antes citada. Viana en su poema dice, hablando de la princesa Dácil:

Tiene donaire, gracia, gentileza,
Frente espaciosa, grave, a quien circunde
Largo cabello más que el sol dorado
. (Canto 3)

8. Véase Viera, Castillo, Abreu Galindo, Sosa, Marín y Cubas y Nuñez de la Peña. Viana dice en su poema, canto 1:

Batallaban desnudos las más veces
con una sola piel par la cintura,
rodeando el tamarco que vestían,
en el siniestro y valeroso brazo.

9. Los canarios creían en la existencia de un Ser Supremo, a quien invocaban por medio de sus sacerdotes o faicanes. Tenían además unas vestales llamadas harimaguadas, que hacían vida cenobítica en unos oratorios especiales. En la curiosa relación que antes hemos citado, se dice que en la Gran Canaria "encontraron una capilla o templo en el cual no había pintura alguna ni ningún otro ornamento, sino una estatua esculpida en piedra que representaba a un hombre con una bola en la mano; este ídolo se hallaba desnudo, y tenía una especie de delantal de hojas de palma, cuya estatua sustrajeron y llevaron a Lisboa". Bocaccio, publicado por Ciampi.

Véase también la historia manuscrita de Marín y Cubas, parte segunda, cap. 18.

10. "Y como tenía vivo entendimiento, procuró casarse, y tratólo con un capitán de las cuadrillas que se decía Gumidafe, que vivía en unas cuevas que al presente llaman la casa del cabaIIero de Facaracas, junto a GáIdar, por pareciere más valiente y de más discreción que los demás". A. Galindo, pág. 108.

11. "Dicen que este rey (Artemis) era hijo de Atidamana, mujer muy varonil que, siendo moza por casar, quiso gobernar toda la isla y, despreciando a los valientes, ella escogió casarse con el guayre (reyezuelo) Gumidafe, y sujetaron la tierra". Marín y Cubas, parte segunda, cap. 18.

12. "Todo era extraordinario en ella. La elocuencia, la buena persona, los modales y, especialmente, el talento para los negocios políticos, la habían hecho el oráculo de los pueblos, de modo que ni guerras, ni paz, ni premios, ni castigos, se resolvían sin el dictamen de Andamana". Viera, tomo primero, pág. 182.


 

Este texto forma parte de la obra Biografías de Canarios Célebres del escritor canario del siglo XIX Agustín Millares Torres.
 

 

 

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