Revista nº 779
ISSN 1885-6039

El Estanco del tabaco, la rebelión de los vegueros y los intentos de señorialización.

Jueves, 01 de Julio de 2010
Manuel Hernández González
Publicado en el número 320

El tráfico con Canarias fue el punto de partida para la formación de elites mercantiles isleñas que se integraron dentro de los estratos altos de la sociedad cubana, como los Franchy Alfaro o Diego Antonio Marrero.

 

Los inmigrantes canarios no se dedicaron exclusivamente al cultivo del tabaco. La explotación de pequeños huertos para abastecer de maloja (alimento para el ganado) o de vegetales la ciudad y las estancias ganaderas fueron también otras de las vertientes de su trabajo; paralelamente en el lento pero paulatino desarrollo de la industria azucarera, trabajadores como mayordomos de las haciendas o como paleros. Un volumen significativo del pequeño comercio estaba en sus manos. El tráfico con Canarias fue el punto de partida para la formación de elites mercantiles isleñas que se integraron dentro de los estratos altos de la sociedad cubana, como los Franchy Alfaro o Diego Antonio Marrero.

 

Sin embargo, en la época dorada de la expansión tabaquera la mayoría de los inmigrantes lucha por acceder a la tierra y por obstaculizar el desarrollo de los privilegios señoriales que trataron de ejercer los terratenientes cubanos, al ser conscientes de los beneficios reportados por las exportaciones tabaqueras. Veían dificultado su acceso a la propiedad y se veían sometidos a un control señorial por parte de los grandes propietarios. El precedente más notorio es el de Juan Núñez del Castillo, hijo de una lagunera, notable hacendado y comerciante que alcanzaría más tarde el título de Marqués de San Felipe y Santiago. Consiguió en 1713 que en los terrenos de su hacienda de Bejucal se constituyese bajo su señorío la Ciudad de San Felipe y Santiago de Bejucal. En 1731 alcanza otro tanto el Conde de Bayona con Nuestra Señora del Rosario. En ambas el grueso de los fundadores eran inmigrantes canarios y sus hijos.

 

Jalón esencial en esa lucha entre los hacendados y los vegueros sería la fundación de la villa de Guanabacoa en 1743, y muy especialmente la batalla entablada sobre Santiago de las Vegas, que no finalizaría en favor de los cultivadores hasta su constitución como villa en 1775, tras un largo y dilatado pleito. Desde fines del siglo XVII se habían establecido en el lugar un creciente número de vegueros, en su mayoría arrendatarios. En 1744 ya son una comunidad notable que decide constituirse como ayuntamiento. En el acta se hace hincapié en la concesión de tierras en propiedad como condicionante. Lógicamente se opusieron los hacendados al mermar su jurisdicción. Los vegueros triunfaron sobre los supuestos propietarios y consiguieron establecerse en tierras que fueron calificadas como realengas o públicas, pagando la Hacienda habanera a su dueño una parte de ellas que había sido ocupada por canarios enviados a Texas y a los que finalmente se les asignó a Cuba, y que se habían unido en su afán de acceder a la propiedad al contingente anterior. Esta excepcional fundación se debió en buena medida al creciente interés de la Monarquía en fomentar el desarrollo tabaquero.

 

De forma similar a la experimentada en Venezuela con posterioridad con la creación en 1728 de la Compañía Guipuzcoana, la política mercantilista de la Corona tendió a controlar el recurso tabaquero para evitar que se evadieran como hasta la fecha los impuestos por vía del contrabando y se incrementase de esa forma el comercio con la Península, hasta entonces muy precario. La particularidad cubana es que se proyectó no una compañía privada monopolista, sino la comercialización directa de la producción por el Estado, el llamado Estanco del tabaco. No era casual que detrás de él estuviera como promotor el oligarca Núñez del Castillo.

 

La Corona había estancado ya el tabaco en Canarias. Sin embargo, el fraude era evidente y se comercializaban las producciones cubanas desde las Islas tanto para la Península como, especialmente, para el extranjero. La creación de la Intendencia en Canarias tenía como claro objetivo limitar al mínimo tal comercio ilegal. Todas las clases sociales isleñas percibieron esa ofensiva regia. El resultado de su oposición fue el asesinato del Intendente por el populacho santacrucero, con el beneplácito o tolerancia de las elites dominantes.

 

Secadero de tabaco en Santa Lucía (Gran Canaria), en 1926. Fedac

 

 

Un proceso similar y coetáneo fue sentido de igual forma por los vegueros isleños en Cuba. Sin embargo, parecía en 1716 que las protestas de propietarios de molinos y de algunos regidores habaneros habían surtido efecto y el proyecto monopolizador parecía estancarse. En 1717 un bando del gobernador establecía el Estanco, por el que todos los cosecheros y comerciantes estaban obligados a venderlo al Estado a un precio previamente fijado. El 21 de agosto de ese año se concentraron en Jesús del Monte, próximo a La Habana, varios cientos de vegueros que entrarían al día siguiente en la capital. Exigían la expulsión del Gobernador y de los responsables del Estanco. Para acallar los ánimos se aceptan tales reclamaciones. Pero el nuevo Gobernador tiene órdenes precisas para restaurar el Estanco.

 

Tal decisión lleva a desencadenar entre el 14 y el 27 de julio de 1720 un nuevo motín. La sublevación se controla por la mediación de un rico oligarca, José de Bayona y Chacón. Se les había garantizado que sus demandas serían atendidas. Nada de eso se realiza y la especulación se ceba sobre los vegueros que deben vender a un precio cada vez más bajo sus producciones. El creciente malestar les lleva a 300 de ellos en febrero de 1723 a arrancar las siembras en áreas próximas a La Habana. El Gobernador los amenaza con la pena capital, pero la negociación fracasa. En el Rancho de los Boyeros se enfrentaron los cultivadores con el ejército. Once de ellos serían fusilados y sus cuerpos colgados en los árboles de los caminos. Los muertos en el motín a consecuencia de las heridas serían ocho y se computó en más de cincuenta el número de desaparecidos.

 

El proceso culminaría en 1741 con la creación de la Compañía de La Habana, un instrumento monopolista para reconducir más eficazmente las producciones cubanas, especialmente el tabaco, hacia la metrópoli. Era un organismo similar a la Guipuzcoana, pero con la particularidad de que una parte de sus accionistas o directores eran cubanos o estaban arraigados en la isla, como el caso de quien fuera uno de sus directores, el tacorontero Diego Antonio Marrero. Todo ello se traduciría en un agravamiento de las condiciones de vida de los vegueros y un empobrecimiento general.

 

 

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