Revista nº 805
ISSN 1885-6039

Relatos de un icolaltero (II). Liborio López. Siega y rebusque.

Lunes, 04 de Mayo de 2009
Cirilo Leal Mújica
Publicado en el número 260

Los maestros de la tierra gozan, a su pesar, de la condición de sabios porque saben interpretar los signos de la naturaleza y aplicarlos a la vida cotidiana, a la supervivencia.

 

Confiesan, igualmente, que la tierra recibe las palabras de los hombres y mujeres que transitan sus caminos. Recogiendo, en el silencio, los anhelos, lamentos, pesares, sueños, esperanzas, miedos de cuantos viven en su entorno. Guardan memoria de los que hacen el bien y de los que practican el daño. Habrá, suponen, una larga conversación, eterna, cuando los seres humanos descansen en su regazo. En ese momento, extraviado en el tiempo y el espacio, se ha de rendir cuenta del uso que se ha hecho de la tierra prestada.


Relación hombre-tierra.

Liborio López Ramos, persona que supo extraer con sus propias manos, con sus fatigas, la riqueza del subsuelo, el agua que da vida a la agricultura y a la existencia humana, sabe de esa relación inexplicable, incompresible, mágica, real. Desde esa percepción ha entendido el desarrollo de la vida y la relación social. Desde ese sentimiento engarza sus recuerdos que, aparentemente lejanos en el tiempo, se configuraron apenas unos años atrás.

“Toda la familia me ayudaba a cavar las papas y yo los ayudaba a ellos. Había días en los que se podían cavar treinta o cuarenta sacos de papas. Al principio era la a azada, después con motores. Esa papa se traía pa´bajo, se escogía y se encerraba. Una era para la casa y la otra para vender. La papa mía se vendía toda. En casa teníamos buenas papas: bonita, azucena, negra, la de baga… Aquí venía gente de Icod en sus cochitos buscando papas pa la casa.

–¿Tiene papa que vender, amigo?
–Sí, aquí tengo unas pocas, venga pa´que las vea.
–¿A cómo son?
–Mire, yo no voy a estar poniendo para ganarle dos duros más y después perderlas en las otras. Yo las pongo todas al mismo precio. A veinte duros. ¿Les parecen caras?
–¡No!, allá las están poniendo a ciento veinticinco y más malas que éstas.
–Pues déle la voz por allá que todas éstas son para vender”.


Rebuscadores.

Hablar del rebusque de la papa o de los granos es volver la vista atrás, a los años inciertos de la posguerra. Al tiempo de las necesidades estrechas y el hambre que hoy, es confesión general, nadie padeció. Liborio López nombra la fiesta pero no el santo a la hora de abordar aquella época, aquel rito que, en la mayoría de las veces, desbordaba solidaridad y apoyo al necesitado. Sin avergonzar a nadie ni afearle la conducta.

“Lo de los rebuscadores era en el año 47 y 48. En esos años había falta. La guerra acabó en el treinta y nueve pero después las cosas no venían. De fuera no venía casi nada. Había falta. Por esos pueblos no había agua. La primera galería que dio agua fue los Palomos, en La Guancha. Gracias a esa galería la gente de ahí subió, podían regar y recoger algo, pero la gente que no tenía agua se las pasaba negras. Gente de la costa venía por aquí y preguntaban por mi padre porque tenía fama de que sembraba mucho.

–Mire, si nos da la tierra para después de que usted cave las papas para rebuscar y sacar las que queden para nosotros comer.


Mis padres les dejaba un cuarto y se metían a dormir cinco o seis. En un fisco de cuarto. No era más que apenas. Después del rebusque cada uno se llevaba sus sacos de papas, pero sacos. Siete u ocho sacos cada uno. Mi padre al que le tenía confianza y veía que era buena persona le decía que no rebuscara sino que cavara y lo que diera un surco para él. Ese salía mejor que buscando atrás. Los rebuscadores ayudaban a buscar la leña para guisar las papas y comer todos juntos. Así era antes la vida del campo. Los sacos se los llevaban para sus pueblos en burros porque no había carreteras y también en carros. Muchos se cargaban los sacos al hombro. Yo vía a un hombre cargarse dos sacos a cuestas. De donde más venían era de esa costa porque los de aquí, el que más el que menos tenía su terronito y lo sembraba”.


Siega, viento, trilla y rolleras.

Disfrutar Liborio López al rememorar el trabajo familiar y vecinal en la época del estío, la siega en grupo, la trilla y almacenamiento del trigo para los tiempos fríos. Una época, pese a las adversidades, generosa en compañerismo y amistad, en el seno de los hogares y en los barrios y pueblos. Más allá de las heridas invisibles de una guerra fratricida de obligado olvido.

“Siega de trigo, centeno, cebada. Lo más que se sembraba era el trigo. Aquí todo el mundo desde chiquito ya estaba segando, primero hierba para los animales y después el trigo. El trigo hay que saberlo segar. Tiene su maestría. El trigo cuanto mayor, mejor para segar. Cuanto más alto mejor. Había buenos segadores. El que iba delante era el puntero. Después estaba el contrapuntero y los otros atrás que llevaban la huerta en carga. Era un desafío de miedo. Era bonito. Venga vino y venga queso y venga ajijides. Los hombres delante y las mujeres atrás con los mollos cogiendo los hatillos. ¡Eh, aquí vivo yo! Eso era bonito. La gente se ayudaba. Hoy te ayudo yo y mañana me ayudas tú. El trigo se amarraba. Si estaba verdoso se dejaba dos días tendido en la huerta. Si bajaba calor había que amarrar el trigo porque después no había quien los amarre porque se parten los hatillos. Los troncos para fuera y las puntas para dentro en las rolleras. Tenía que ser un trabajo bien hecho y rápido. Si había caminos buenos se llevaba en bestias y si no al hombro. Se buscaban amigos y cada uno se echaba encima los mollos y venga pa la era. Si estaba bueno el tiempo, lo botábamos dentro, que estaba el tiempo fresco, lo enrollerábamos en la misma orilla de la era para que no se mojara, que venía un tiempo bueno se echaba en la era, se metían las bestias, el trigo les llegaba hasta el cogote y se ponían a darles vueltas, despacio porque correr no podían. Caballos, yeguas y mulos y hasta los burros se usaban para trillar. El burro camina en la era, ahora el caballo cuando se enterraba en la paja se ponía nervioso, a dar brincos como los caballos en el oeste. Hasta que no se batía el trigo el caballo no se quedaba tranquilo, batir la parva. Cuando ya estaba partido el trigo entonces se ponía el tango, la canga y el trillo y venga a trillar. Si el día estaba bueno, en un día se trillaba una parva de trigo. Si hacía calor. Había trucos para saber si el trigo estaba trillado. Con un belgo de madera se aventaba. Por el día y por la noche, cuando tocara aire. Había que estar atento al viento de aventar. Si era muy fuerte no se podía porque se llevaba trigo y paja y todo. La paja se guardaba en el pajero y el trigo para la casa”.





Dos talegos de gofio.

“El trigo se tostaba en la casa. Los primeros tostadores eran de barro, grandes, pero se tocaban con cualquier cosa y se rompían. Después se usaron bidones de esos grandes, a una altura un poco más de una mano, se ponían dos asas, tres piedras y se le echaba leña y el tostador arriba. Un removedor de palo con un trapo y moviendo el trigo como el que está escribiendo para que no se quemara. El trigo tostado se iba a mover a las máquinas, a las molinas. Al principio se llevaba a moler al Realejo por las vueltas de Tigaiga porque no había carretera. Mi madre iba con la yegua, llevaba dos talegos de gofio de cincuenta kilos. Veces subía con cuatro talegos de la gente que había ido a moler y no tenía bestias para subirlo por esas cuestas para arriba. Los que no tostaban en sus casas tenían que llevarlos a tostar abajo”.

 
Comentarios
Martes, 13 de Octubre de 2009 a las 00:11 am - Cristina

#01 Me gustaría saber si por la parte de La Laguna se segaba igual que en Icod el Alto, si se daban el mismo nombre a las tareas de segado y en que mes se acostumbraba a segar. Gracias