Revista nº 855
ISSN 1885-6039

“La Villa desde un postigo”: Pregón de Santiago González en La Orotava.

Viernes, 19 de Junio de 2009
Santiago González Suárez.
Publicado en el número 266

Por ser fiel a la crónica de unos pocos recuerdos y si me permiten el recurso, sentado tras un postigo de las antiguas casas terreras de la Villa desde donde se observaba el pequeño universo que era la vida,...




Si tuviésemos la fuerza suficiente
para apretar como es debido un trozo de madera,
sólo nos quedaría entre las manos
un poco de tierra.
Y si tuviésemos más fuerza todavía
para presionar con toda la dureza
esa tierra, sólo nos quedaría
entre las manos un poco de agua.
Y si fuese posible aún
pprimir el agua,
ya no nos quedaría entre las manos
nada.”


El poema es de Ángel González y lo tituló ESTO NO ES NADA. Y estos versos me sirven para iniciar la lectura de un pregón en mi pueblo, reivindicando como les decía la otra noche a dos amigos, Agustín y Mercedes, el valor de la normalidad, de lo cotidiano, sin sobresaltos, como si imperase el sentido común. Porque la vida debemos llevarla con normalidad, al fin y al cabo es sólo eso. Y ese es precisamente el significado que le ha dado mi gente a unas fiestas que nuestros antepasados disfrutaron, y que las futuras generaciones deben seguir disfrutando con la misma ilusión de siempre. Más allá de la intervención de personajes ilustres o no, y de los significados religiosos o tradicionales que tienen estas fiestas.

Alcalde, autoridades, familiares y amigos de La Orotava: gracias y espero no defraudar en mi papel de pregonero en un pueblo que, como me dijo mi hermana en cuanto Isaac Valencia me retó a dar el aldabonazo de salida de estas fiestas, “esmérate, porque ya sabes que tu pueblo está lleno de pregoneros, y si no lo haces bien, se va a saber enseguida” y es verdad.

Durante el trabajo previo a la redacción de este texto, algún pregonero de los años 80, como el amigo Juan del Castillo, quien además tuvo el detalle de ofrecerme sus escritos y su ayuda para este importante momento, me recomendó que no olvidase los detalles familiares, que destacase mi experiencia vital….Mis familiares y vecinos me han preguntado por el argumento de este día. Hasta el malogrado Cosme, como si se hubiese adelantado a los tiempos, cuando llegué a la dirección de la Televisión Canaria me llamó con la risita en la boca diciéndome que “Saso ya tenía a un futuro pregonero” y acertó, como en otro montón de cosas. También Juan Cullen me ofreció su libro “Pregones de La Orotava” que tan bien resume momentos como el que ahora estamos viviendo. Eva Fariña me pidió un título, que finalmente me perdonó, en los momentos previos a la redacción, ante el miedo de quién les habla a someterse a la tiranía de una frase, y quedarme sin poder realizar con ustedes un recorrido, - en fiestas o no- por casi cuarenta años de historia que han cambiado la Villa, pero que mantienen a este pueblo velando por sus esencias y tratando de conservar el espíritu sano y noble del mismo. Por el resto no se preocupen, todo lo malo…que diría el autor de moda Stieg Larsson (ya saben, el de la trilogía Milenium), se combate desde la educación y el civismo, algo en lo que trataré de aportar algún detalle más.

El maestro Kapucinski, recuerda que, en la vida, el buen periodista debe ser también una buena persona, y claro, ya tenemos el debate. En este salón de plenos hay muchos políticos y algún periodista. Los lectores, oyentes o espectadores –muy entendidos por cierto en los últimos tiempos, casi diría convertidos en tertulianos de la actualidad – convendrán conmigo en que los unos no siempre piensan bien de los otros, y pónganle ustedes todos los “viceversa” que consideren.

Mis padres, a quiénes les debo todo lo que he hecho en la vida – que no sé si es mucho o poco-, supongo que dependerá del momento anímico en el que uno repasa su biografía, me han enseñado siempre a ser persona y creo que eso es realmente la vida. Y eso que nunca he visto a mis padres con un libro de este maestro del periodismo en sus manos, pues más mérito tienen aún sus consejos desde el sentido común. El resto son circunstancias, salud, golpes de suerte, trabajo, sacrificio, amor o desamor, a lo que nos acostumbramos a fuerza de convivir con la normalidad.



Supongo que el papel del pregonero de este año es representar con este relato a varias generaciones de la Villa. A algunos les ha tocado sufrir la post-guerra de España, en un lugar donde no se oyeron tantos tiros, aunque los hubo: los años donde se pasó hambre y dificultades; el fin de la etapa franquista; la llegada de la democracia; el gran desarrollo de las clases medias –con el boom económico e inmobiliario incluidos- y hasta la actual crisis de la que, ni el propio premio nobel Paul Krugman se atreve a predecir cuándo expirará.

Son pocas frases para describir tantas situaciones o tan sólo enumerarlas, pero es así el periodismo y es así como pasa la vida. Como quiera que este año le ha tocado a un periodista leer el pregón, tengo la obligación de resumirlo sin aburrir y además hacerlo con rigor. Esto último del rigor no estaba del todo logrado en el mundo del periodismo. Ahora, con la llegada de los confidenciales y la presencia de líderes de opinión hablando de todo –sepan o no- en las tertulias de los medios, nos va a costar cada día más mantener el crédito de la información y hasta el de la opinión pública o publicada.

Un amigo descreído que tengo me ha enseñado siempre a ver el lado medio vacío de la botella y es por eso, en parte, por lo que los optimistas nos creemos en la obligación de darle la vuelta a las cosas. El espíritu luchador de este pueblo en general, -que ya habrá entre el público quiénes piensen que hay mucho gandul y yo les digo que no se preocupen que hay de todo en todos lados-…….es el que le ha permitido a la Villa llegar a una mayor madurez democrática. De todas formas, habrá que insistir en ello para que no se olvide. Esta evolución ha aportado un mayor bienestar social y hasta un compromiso medioambiental que se ha dado en La Orotava, mucho antes de que se firmase la carta de Alborg, y me refiero por ejemplo a la consigna “salvar el Rincón” de la que sigo hablando con mi amigo Leoncio ante los debates que sigue generando. Este tipo de discusiones desde hace tantos años, lejos de resultar estériles o aburridos, también han ayudado a madurar en todos los sentidos, a valorar nuestras cosas, la tierra que dejaremos a nuestros hijos y nietos, sin ir más lejos.

Pertenezco a una generación que vivió, a través de la mirada de los adultos de entonces la incertidumbre tras la muerte de Franco que para unos era miedo a lo desconocido, para otros una alegría inmensa porque llegaba la libertad y para otros pocos, escepticismo porque no confiaban en el cambio. Pero los años han ido pasando y por suerte, somos testigo de las últimas páginas de la historia que nos ha tocado vivir y los resultados son obvios.

Por ser fiel a la crónica de unos pocos recuerdos y si me permiten el recurso, sentado tras un postigo de las antiguas casas terreras de la Villa desde donde se observaba el pequeño universo que era la vida, aún tengo en mente cómo viví la noticia de la muerte de Franco. Iba de la mano de mi madre y ya estábamos en la esquina de la calle Nueva con la calle de los Molinos donde, afortunadamente, todavía Chano y la familia permiten que no se haya perdido el aroma del gofio, una calle Nueva que entonces iba a ser remozada con asfalto, para regocijo del vecindario porque habíamos dejado atrás el tiempo de los adoquines. En ese instante se acercó, compungida y con la apariencia de tener siempre la misma edad –hay gente que pareció ser siempre mayor- una de las religiosas del colegio La Milagrosa –no recuerdo si sor Dolores o sor Encarnación-, donde mi madre me apuntó para que cursase maternales. La Sor, se bajó del micro del entrañable Toribio , para darnos la noticia del día. La verdad es que para mí en ese momento, la noticia fue que no había clase y no que había muerto Franco. Más tarde, la radio – siempre omnipresente- daba en cada parte –quién me iba a decir a mi que iba a estar tan vinculado unos años después a la actualidad- los detalles que veríamos en blanco y negro en los televisores. Unos aparatos que por entonces, y más a menudo de los esperado, pasaban por las manos de especialistas como Domingo el técnico que nos alegraba la vida con cada uno de sus arreglos, desde un cambio de lámparas hasta las consecuencias de los altibajos de la tensión eléctrica cuando hacían de las suyas –siempre nos decían que había sido un fallo de Unelco en Las Caletillas o de la Corujera cuando se iba la luz. Fíjense como es la historia que, en días como hoy, a unos meses de la transición del analógico a la era digital, en varias generaciones nos hemos acostumbrado a estrenar tecnologías: de la radio a la tele, del blanco y negro al color en el año 75, al video y el mando a distancia con el mundial 82, pasamos de los muebles gigantescos en el centro de la sala a las pantallas planas, hemos vivido una auténtica revolución tecnológica desde que mi amigo Jaime, con 13 años, ya era un experto y en los salesianos, Javi, Alberto o Juanje, lo achacábamos a que había estado en la Casa Azul, y en la informática como en la lengua inglesa, nos llevaban una buena ventaja. Entramos, como les decía, en la era digital, la alta definición y no ha pasado ni medio siglo, demasiados cambios para tan poco tiempo, pero a esa velocidad avanzamos y lo asumimos.

Son demasiados cambios para unos pocos años que estoy seguro, están afectando a nuestras cabezas que viven pendientes siempre de lo urgente y que se olvidan, nos olvidamos a menudo, de lo importante. Mi hija Alexia me lo recuerda permanentemente con su presencia.

Y volviendo a la calle, donde se hacía gran parte de nuestra niñez y primera juventud, a pesar de que, como dice Carlos Santos en Radio Nacional, cada mañana, los mayores se van convirtiendo en jóvenes con experiencia, allí me cogió el golpe de estado de 1981. Estábamos a punto de entrar a un ensayo de la murga Los Triscones, en la Transversal San José o Huerta del Castaño en la Villa de Arriba y de nuevo la radio nos informaba de que algo muy grave estaba pasando. Esta vez, la noticia de la supresión del ensayo de la murga ya no fue lo más importante, fuimos más conscientes porque los rostros cariacontecidos de los mayores así lo delataban. Riquelme, Julio Santana y Pepe Roes nos trasladaron esta vez la noticia ante las caras de muchos nombres (mi primo Miguel, Tito, Mili, Toño el director, Peye, Jose y así hasta cuarenta chicos que queríamos recoger la herencia murguera que habían dejado los Barrilitos, dirigidos por uno de los hermanos del hoy concejal y amigo Manolo, los benjamines de la mítica Peña El Casco antes de que se convirtiera en fanfarria).

Cuando Tejero ya había pegado los tiros al techo del Congreso y mantenía encerrados a todos los diputados, donde también me ha tocado echar algunas horas, mi amigo Jose, el hijo de Chano el de la Carnicería, y yo, corríamos por la calle de San Juan hacia abajo con ganas de saber qué iba a pasar. Recuerdo cierta ansiedad por llegar a la casa de mis padres. Como millones de españoles, miles de canarios vivimos nuestra noche de los transistores, entre el desconcierto y la incertidumbre, esperando un desenlace del lado de la democracia. Algo que se apuntaba tras la aparición del Rey D. Juan Carlos en TVE. Un final que llegó, afortunadamente, a las pocas horas, y por suerte hoy recordamos los periodistas cada año en el mes de los carnavales.

Les hablaba antes de la suerte, porque como en todas las generaciones, a muchos de la mía, si me permiten la expresión, “se les escapó la guagua” y a mi también me gustaría dedicarles a ellos este pregón. A algunos se les escapó la que iba desde Los Pollos hasta La Piedad, -aquellas guaguas perreras rojas y con el techo blanco, cargadas hasta los topes, con algún atrevido –yo nunca fui capaz de hacerlo- colgado de la puerta trasera para que les ayudase a subir desde este ayuntamiento hasta la venta de Bárbara y sin pagar un duro claro, por encima de San Francisco –sitio clave, por cierto, en la vida de los villeros, porque allí arranca la Romería, allí cantamos villancicos a los viejitos en Navidad, vimos la salida de la procesión del Señor del Huerto y mi madre me mandaba a que llevase los calzados a Pedro el zapatero, que siempre tenía una broma preparada. También se los dejábamos a Santiago el zapatero –en una de las muchas cuatro esquinas de la Villa de Arriba, al que también dimos la lata, y es que a mi madre nunca le ha gustado poner todos los huevos en la misma cesta, además así ha fomentado, a su forma, la competencia….-

Decía que a muchos se les escapó la guagua porque también a nuestros mayores les tocó estrenar la droga, la grifa le decíamos antes. A unos les tocó estrenar los ácidos y algunos compañeros de clase, que se metieron demasiadas cosas, estrenaron hasta la muerte o una vida atormentada que seguro no habían elegido.

El boom del turismo de los 70 lo descubrimos con los comentarios en la calle de nuestras abuelas o vecinas: que si fulanito se pasaba las noches en el Puerto bailando con las extranjeras, que si sutanito se echaba una querida que trabajaba con él en el hotel, y más tarde, que si tal chico dejaba el colegio porque le pagaban trescientas mil pesetas en el sur o como el pobre Chis, que se mató en la autopista volviendo en moto cuando trabajaba en Las Américas.

Las Américas, que entonces, y también ahora en ocasiones, nos parecía que era como ir a Venezuela porque creo que el sur de nuestra isla fue para muchos de mis coetáneos como la Venezuela de nuestros abuelos, o la Cuba de nuestros bisabuelos. El Sur estuvo siempre presente en el norte. Ese boom turístico supuso un impulso económico importante, no me cabe ninguna duda, pero también dejó un poco tarada a esta sociedad, tarados por el cemento, por la voracidad del dinero y por la pérdida de valores. Todo forma parte del colás, y hay que aceptarlo. Debemos aceptar los cambios sociales, económicos, pero también aprender de ellos y, para evitar las diferencias, también en este ayuntamiento, nuestros gobernantes deben insistir en ese asunto.

El futuro de los pueblos pasa por la educación y por la transmisión de valores, no hace falta evangelizar ni dar doctrina, pero sí fomentar el civismo y la buena convivencia, para así afrontar con más fuerza la ruptura con la violencia, la pobreza y hasta la depresión si me apuran, pero de abajo arriba, desde los más pequeños.

Es cierto que esta semana volveremos a vivir las alfombras, el baile de magos, la romería, las reses, la subida del santo, pero hay que seguir luchando para que el pueblo siga cada día más vivo culturalmente. A todos nos gusta que las calles se llenen de gente cada vez que se organizan exposiciones, conciertos o encuentros del tipo que sea, y por ahí debemos insistir, unos preparando y otros participando. La Orotava es un pueblo novelero y “la novelería” nos puede dar mucho juego, en esto como en las fiestas no tiene porque haber colores políticos ni ideológicos. En esencia, todos sabemos lo que es bueno y lo que es malo para la Villa, para los villeros.

Han pasado unos años desde que jugábamos en el campo de La Garrota, hacíamos las procesiones de la calle Nueva, donde cada uno llevaba su redoma de palo de escobillón, la basa con la imagen de alguna virgen, la manga y el estandarte, cuando don Domingo el cura y el pausado don Leandro, mandaban en las iglesias de San Juan y La Concepción. Tampoco ahora corremos por la calle León hasta la casa de Antonio Santos, saltando y dando un golpe en cada señal de tráfico que encontrábamos en el camino, algo que se convirtió en tal moda que los guardias municipales de entonces se lo tomaban como ofensa personal, y lo combatían con espantotes en el mejor de los casos.

En el colegio de Los Salesianos, donde tan buenos amigos, profesores y compañeros hicimos –algunos de ellos están por aquí-, ya no pasea don Santiago, que daba unos coscorrones tremendos a quiénes encontraba por el pasillo sin respetar el límite de velocidad. También se acabó –afortunadamente- el jarabe de palo.



Hoy, es impensable ver en el callejón Limoneros –con una pendiente del 70%- jugar un partido de fútbol 3 para 3 como hacíamos Toño el de Eusebia, Pepe el de Nina, Paquito Quintero el de Mary y Chagui el de Catuja, entre otros, para enfado de los vecinos. Si lo miramos con perspectiva, que vecinos tan tolerantes con nuestra edad y vitalidad de entonces, hoy sería un disparate. De todas formas, alguna reprimenda de Eugenia, Juana o hasta de la pobre Amparo, a la que le mandamos un beso desde aquí porque dijo que quería estar con nosotros y no llegó… pues eso, que nos llevamos alguna advertencia de las mujeres de entonces, y con razón.

En la calle se hacía mucha vida. Volvíamos del colegio, tomábamos el bocadillo –mi abuela MaFlora me hacía unos en su venta – que para mí no era una venta ni de aceite y vinagre ni de chochos y moscas- de carne jamonada que me sabían a gloria. Era entonces el momento de aprovechar un ratito antes de que oscureciera. En la calle también te llevabas las primeras tortas y descubrías quién era mejor y peor persona. Las cosas han cambiado mucho desde que mi padre, que nunca me pegaba, hizo una excepción aquella tarde en la que, después de llamarme a cenar diez veces, me subió a nalgada por escalón para que descubriese el valor de las normas y vaya si lo aprendí.

Hubo épocas de bicicletas, épocas de motos que espero que no se acaben pronto, aunque como dice un amigo, en el mundo de la moto sólo hay dos tipos de personas: las que se han caído o las que se van a caer, exceptuando a mi tío Manolo, que tiene más de 70 años y todavía tiene la suya, lo que indica que tampoco hay que dramatizar.

También nos tocó vivir la época de éxitos de la UD Orotava. Entonces se llenaba el estadio de Los Cuartos, no había fútbol televisado y al Tenerife –al que felicitamos por el ascenso- le llamábamos el Santa Cruz –cuando todavía lo presidía Pepe López y no había llegado la revolución de Javier Pérez. Entonces, aunque muchos no lo quieran recordar, la Villa era de la Unión Deportiva Las Palmas, y, además, el equipo canarión ya se ocupaba de mantener a la afición fichando jugadores como Felipe Martín o Luiso Saavedra en distintas épocas.

Las tardes de los domingos tenían un sabor muy especial. De la mano del vecino Manolo Estrada nos sentábamos junto a la Peña El Casco en la zona de sol, por la tarde. Durante la mañana, íbamos a ver al juvenil A, a punto de subir de preferente a nacional con Felipe, Isidro, Jose, Lima o Valdés.

Pero las tardes eran de primera, y los últimos goles de Barrios como jugador o los muchos que marcó Humberto Mesa, con Toño de capitán, poniendo orden en el centro del campo, y Juanito el Holandés haciendo alguna subida al ataque, papel que con el tiempo heredó mi amigo Salva, para nosotros era mucho más que Tercera División, claro que siempre se oía en la grada “que antes hubo tiempos mejores, como los de mi tío Chucho, luego Nolito o la quinta de Moly”. Mientras tanto, de fondo, siempre la polémica de si los Sánchez tenía que estar o no al frente del club por supuesto, con Antonio Expósito como gran conocedor del entorno de los copos. También ha habido personajes incuestionables dentro del fútbol, la medicina y entre el vecindario, como don Ventura, para el que nadie ha tenido nunca una mal calificativo ni un mal gesto que en eso, este pueblo también es sabio.

Algunos de mis achaques de asma, que tantas noches en vela nos hizo pasar a mis padres y a mí, me solidarizan con el amigo Juan Cruz a pesar de que eran otros tiempos y él vivía en el Puerto. Don Ventura me hizo los primeros diagnósticos, Pepe el practicante –que también nos dejo hace poco- me puso las primeras vacunas y, a partir de ahí, un largo recorrido por consultas y probando jarabes, como los que mandaba Charito de Venezuela…y todo para esperar a la edad del desarrollo, porque el asma…tuvo siempre que ver con la humedad, con la ansiedad o las defensas, lo cierto es que nunca acaba de irse ……..

Los preparativos de las fiestas siempre eran especiales, las tías Lolita, Juana, Caridad, Chicha, Flori o Carmilla, bordando los justillos y repasando los chalecos de mago. Había que dejarlos recargaditos, porque si no parecían de alquiler, y eso no era para la gente de la Villa. Mi madre, como mi abuela Catalina, se centraban en la repostería y en la buena cocina. El olor a adobo se encargaba de abrirnos el apetito después de tomar el caldo que nos sentaba las madres, algo revueltas con la acidez del vino, que entonces, no tenía denominación de origen. Por estas fechas, cada vez que subíamos del colegio, echábamos un vistazo a las alfombras de la plaza, como si todos fuésemos licenciados en Bellas Artes, y siempre recuerdo la misma frase: “las del año pasado estaban mejor” pero esto forma parte del espíritu crítico que nos ha ayudado a superarnos y creo que, en este tipo de comentarios o análisis, las cosas no van a cambiar.

En las fiestas se rompía la distancia entre la Villa de Arriba y la Villa de Abajo, porque el recorrido se hacía con un espíritu distinto, más ilusionante quizás. Para la gente de la isla, los recorridos siempre fueron un límite, y ese concepto se trasladaba con frecuencia a cada uno de nuestros pueblos. Por ejemplo, ¿cómo es posible que viviendo a 5 kilómetros de la orilla del mar, la gente fuese dos veces al año a la playa? En el puente de agosto y el 25 de julio. Pues ejemplos como este se han dado hasta hace bien poco.

En las fiestas las cosas nunca fueron así, los de abajo tenían que subir hasta la Cruz del Teide para arrancar la romería, y los de arriba bajaban desde el viernes al baile de magos, la subida del Santo, las reses y a veces no regresaban hasta el domingo.

En la plaza del Llano, donde muchos rompíamos las diferencias entre los del BUP de los Salesianos y los del Instituto –porque durante los primeros años también hubo esas diferencias- comentábamos entre Fabián, Pedro Ramón, Rubén, Marcos o Migue si tal o cual amigo había bajado dos o tres veces la Romería, porque el recorrido les sabía a poco. Yo reconozco que en los últimos años, antes de meterme en los líos periodísticos, el reto entre Andrew Duncanson y yo, era si podíamos bajar delante o detrás del camión de los bomberos, pero eso es ya más reciente.

Nosotros siempre fuimos más de timple que de tambores, pero es verdad que en los últimos años, ellos –los de los tambores- se han organizado mejor y, además, hacen más ruido. Chucho Dorta fue el precursor, y algún empujón nos llevamos Jaime y yo por tocar una isa cerca de su ámbito de actuación. Hoy, con el paso de los años, también hay que reconocerle que tenía razón; que debemos seguir cuidando nuestras tradiciones y que hay sitio para todos.

Supongo que la Villa y las fiestas tienen material para cientos de tertulias como las de Benjamín o Bruno, como la que se celebraba a cada rato en la Moncloa –no la de Madrid sino lo que se ubicaba en la esquina de la calle San José por debajo del Supermercado de Jesús Rocío, por encima de la tienda de Maria Carmen o frente del supermercado de Nelly, como ustedes prefieran- donde también mi abuelo Antonio fue ministro, a pesar de los hijos que tenía y de que nunca paró de trabajar. La afición del postigo o la presencia en las esquinas son “deportes” que también se han ido perdiendo pero, en esos lugares, también se han hecho grandes pregones de las fiestas, antes y después de estas fechas.

Desde pequeño, cuando ya mi tía Lolita me llevaba con ella a casa de Plácido para comprar bobinas, y a mi se me iban los ojos para los cochitos rojos que todavía conservo, se percibían los primeros indicios de que las fiestas se acercaban. Una semana antes, la iglesia de San Juan preparaba su procesión del Corpus con mucho esmero. Hoy, los vecinos de las calles por las que pasa esa procesión ya han conseguido cubrir las calles enteras de flores y alfombras, y, desde luego, es el mejor anticipo de lo que está por llegar.

Y una semana después, en la octava del Corpus, ocurrían cosas más molestas para mi manera de entender las fiestas. Era el momento de estrenar la ropa y los zapatos, y ahí nos veíamos todos los de mi generación con los pies apretados y cuidando el conjuntito –a mí me ponían casi siempre uno de color beige - tanto la camisa como los pantaloncitos cortos. Había que evitar ensuciarse para no tener que aguantar el rapapolvo al volver a casa. También teníamos que pasar por la barbería de Pepe, para cortarnos los rizos, no fuera que pareciésemos unos hippies en las fiestas, la imagen familiar era muy importante. Vamos, que era como la serie de TVE Cuéntame pero con las fiestas de San Isidro como decorado. Las turroneras también marcaban el ritmo, y hasta las propinas de la familia se destinaban, ya entonces, a reactivar el consumo durante esta semana, y eso que ninguno era economista.

Estas secuencias que he descrito, han sido algunas de las miles que se han vivido en cada casa, de cada calle, de todos los barrios de la Villa que, por estas fechas, cambian el ritmo vital, que son parte de nuestra memoria colectiva.

Este pregón es un homenaje a la normalidad, a los que forman un pueblo junto a los más ilustres. La gente normal, los de la calle, también jugamos un papel. Saben ustedes que mi oficio es contar el día a día, y que el periodista no tiene por qué saberlo todo, pero sí saber a quién llamar para que se lo narre.

Quiero hacer un guiño a los magníficos historiadores que tiene La Orotava, Manolo Hernández, Antonio Luque, Sebastián Hernández o a las personas de las que también hemos aprendido como Paco Negrín, encaminándonos siempre hacia el libro adecuado. Hoy podemos disfrutar de sus textos y también de lo que estudian e investigan cada día para que nada se pierda. No esperemos a valorar a nuestra gente cuándo ya no esté entre nosotros. Les animo a ello, de verdad.

Y me gustaría acabar recordando de nuevo los últimos versos del poema de Angel González, como si lo nuestro, nuestra Villa, nuestras fiestas, fuese el agua y quisiésemos disfrutarla y agarrarla para que nunca pasase pero siendo conscientes de que la vida puede con todo y por eso hay que vivirla…..

Y si fuese posible aún oprimir el agua,
ya no nos quedaría entre las manos nada

Muchas gracias a todos, ¡Viva San Isidro y Santa María de la Cabeza!

¡Felices Fiestas, que lo disfruten!

Santiago González Suárez.
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