Revista nº 792
ISSN 1885-6039

Nacimiento 2009-2010. Los Llanos de Aridane: oficios, labores, viviendas y pajares en La Palma.

Miércoles, 02 de Diciembre de 2009
María Victoria Hernández Pérez (Cronista Oficial de Los Llanos de Aridane)
Publicado en el número 290

Sobre tres camellos venidos del Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar avanzan despacio, con sigilo, por un viejo lugar ya conocido. Hacía cinco siglos que habían descubierto un paisaje de riscos y montañas, pequeñas vaguadas que semejaban valles y profundos barrancos, casi abismales, donde el agua corría libre al encuentro con el Atlántico. Los almendros florecían entre el verdor intenso, salpicado del amarillo fuego de los corazoncillos. Más abajo, el tupido pinar y las palmeras esbeltas.

 

 

Los camellos continuaban su paso lento sobre las gastadas piedras del camino real. A lo lejos los monarcas vieron el resplandor que desprendía la hoguera de unos pastores, sentados junto al rebaño, que descansaba con placidez. Pero aquel reflejo no era una luz conocida; su naturaleza celestial era acompañada por las dulces voces que entonaban romances, al son del tambor y el flautín, anunciando la venida de un niño.

 

Campesinos y labradores se dirigían a Belén. Se cerraron puertas y ventanas de las casas pajizas, de las de cubierta de teja y balconada de tea… y también clausuraban sus portones y ventanucos las viviendas de las cuevas, excavadas en el interior de aquellos poderosos riscos.

 

Detalle de las casas pajizas y molino de Mazo

 

 

Todos querían ver el nacimiento del niño anunciado por los Profetas. El molino de Villa de Mazo y los lavaderos de Argual estaban más concurridos de lo habitual. Presuroso, el primer grupo subió sobre una corsa tirada por una yunta de bueyes. El herrero terminó de colocar las chapas en las patas de una vaca, que, inquieta, se encaramaba a su pesar sobre el burro, también llamado potro. El carpintero dejó sobre la mesa el berbiquí, el martillo y las púas, y se unió a la comitiva.

 

Otros se encontraban amasando barro o moldeando tejas, que quemarían después en un horno. Había que preparar la urdimbre para tejer una fina frezada de lana, una nueva enagua de lino y una gasa de seda, compuesta de miles de gusanitos, que una pastora habría de lucir en la romería veraniega de Las Angustias. Por unos instantes, todos esos artesanos interrumpieron su labor. Era un día de gran fiesta, era la noche de Navidad.

 

Horno de teja

 

 

Después de un largo caminar, por fin encontraron una humilde choza pajiza, abandonada, casi derruida por la lluvia y el viento, a la que le faltaba incluso buena parte de su cubierta de paja de centeno. En su interior, José y María se admiraban frente a su recién nacido, al que pusieron por nombre Jesús.

 

Corsa de la dote

 

 

En la jornada siguiente no cesó el sentir jubiloso; por eso las campanas repicaron a gloria sin descanso. Una nueva ilusión brotaba de las gentes. Aquel niño, dormido plácidamente entre finos pañales de lienzo, les traía una Buena Nueva. Y cuentan los mayores del lugar que aquel día fue grande y recordado para siempre. Y corrió el mensaje de paz entre los hombres de buena voluntad… Y la voz que lo proclamaba se convirtió en sonoro eco, multiplicado entre los desfiladeros de la isla de La Palma.

 

¡Feliz Navidad!

 

 

Noticias Relacionadas
Comentarios