Revista nº 820
ISSN 1885-6039

Un corazón entre dos Islas: en busca del eslabón perdido

Miércoles, 12 de Agosto de 2009
María Regla Figueroa Evans
Publicado en el número 274

Las migraciones originadas por un motivo u otro, siempre traen para sus protagonistas el desarraigo, la separación de sus seres más queridos y con ella infinita tristeza porque el futuro se hace incierto. Esa frase la escuché decir a Carmen Suárez González, vecina del poblado de Jaruco, y al narrarla de sus ojos salieron dos gotas finísimas, mezcla de dolor y esperanza por encontrar el eslabón perdido, como ella llamara en otras ocasiones a esa parte de la familia que quedó en Tenerife cuando hace más de un siglo algunos de sus miembros determinaron viajar a Cuba.


En gesto de solidaridad me acerqué a Carmen para conocer en detalle el motivo de su pesar y cuál sería mi sorpresa cuando descubrí una historia familiar que por ancestral no deja de ser interesante e impacta al mismo tiempo. Una historia que de principio a fin me atrapó y hoy compartiré con los lectores de este espacio al considerar que juntos, los de aquí y los de allá podemos traer de vuelta la paz al alma de esta mujer cuyo corazón late entre dos islas.

Corría el año 1878 y el bisabuelo de Carmen, Domingo Martín Alfonso, comerciante de oficio, su esposa Antonia González Álvarez, y siete de sus ocho hijos, pues uno de ellos quedó en Tenerife estudiando sacerdocio y nunca más se tuvo noticias de él, decidieron viajar a Cuba, posiblemente más por placer que por necesidad económica, pues el padre de Domingo, nombrado Nicolás Martín Rodríguez, era en esa época Alcalde en La Victoria, según fuentes familiares.

Entre los hijos del matrimonio formado por Antonia y Domingo, viajó una pequeña a la que todos apodaban palomita por el blancor de la piel, y el carácter suave, quien con el tiempo se convirtió en una bella muchacha, de la que hablaremos más adelante.

Pues bien, la familia luego de llegar a Cuba por el puerto de Matanzas se establece en Jagüey Grande, municipio de esa provincia, lugar donde vivieron por más de veinte años. Allí crecen los siete muchachos, robustos y sanos como el padre, y bonitos y s

Felicia, con una de sus hijas.

impáticos como la madre. No obstante la belleza y simpatía de los hijos, dotes apreciados por todos los lugareños, Felicia se destaca por encima de los demás y aquella palomita de mirada tierna, poco hablar, escondida siempre en los rincones de la casa, es ahora toda una muchacha deslumbrante, quien vuelve loco a más de un galán de esos contornos.

No hay para la joven momento de descanso, borda, teje, y cose sin desatender otras labores en el hogar y siempre le queda tiempo para asistir en las noches a alguna fiesta patronal donde es bien recibida, pues dicho sea de paso es la joven excelente bailadora, una característica no muy usual en las muchachas campesinas de la época.

En uno de los viajes a la ciudad de Matanzas lugar frecuentado por la familia regularmente, Felicia se encuentra con Dominguín, joven tenifeño que emigró a Cuba siendo aún niño en compañía de un hermano mayor. En el encuentro se supo condiscípulo de la muchacha en la escuelita primaria de Jagüey Grande, un centro estudiantil donde la bella Felicia sólo alcanzó el quinto grado a pesar de su inteligencia para las artes manuales y las letras.

El encuentro de ambos jóvenes fue mucho más fuerte de lo imaginado por amigos y familiares. Establecieron una relación amorosa ardiente, llena de mucha fantasía, donde nunca faltó el deseo de retornar a Tenerife y encontrarse nuevamente con aquellos que allí quedaron, en particular Felicia con su hermano, el estudiante de sacerdocio que quedó perdido en el tiempo pero no olvidado y al que todas las noches Antonia la madre llora ya acostada en su habitación.

El noviazgo se consolida durante dos años y el diez de septiembre de 1892 en la Iglesia de Nuestra Señora de Alta Gracia, en la Ciudad de Jagüey Grande contraen matrimonio la joven Felicia Martín González, nacida en La Victoria de Acentejo, Tenerife y Domingo González Barrios hijo de Juan González y Candelaria Barrios, natural de La Matanza de Acentejo.

La pareja se estableció en las afueras de la Ciudad de Jagüey Grande y allí nació el primer hijo al que nombran Domingo, en tributo al padre y abuelo, aunque cariñosamente apodaron Nene desde los primeros días. Felicia, como bien lo indica su nombre es toda felicidad, pues alejada del bullicio de la ciudad, podrá cuidar al pequeño en un ambiente sano.

Sin embargo, no todo sucedió como había planificado el matrimonio y aquel rincón apacible, tranquilo, apropiado para criar al pequeño Nene, de la noche a la mañana perdió la seguridad al aparecer ahorcado en las inmediaciones un amigo íntimo del matrimonio, padrino del pequeño, que según comentarios callejeros, era colaborador del Ejercito Libertador.

La situación creó el pánico entre los vecinos, quienes vieron sus vidas en peligro de muerte, pues en esa época la beligerancia entre cubanos y españoles por la libertad de Cuba se hacía cada vez más fuerte. Impulsados por la negativa de Felicia a continuar viviendo en esa zona marchan a vivir a Ciudad de La Habana, en el reparto La Timba, próximo a la actual Plaza de la Revolución.

Instalados en la Capital, Domingo el padre, establece amistad con Pelayo Resplandi y su esposa Lina Lachy, un matrimonio español residente en Cuba hacía más de veinte años. Es Pelayo quien embulla a Domingo para trabajar en los muelles como estibador, a pesar de ser ese un oficio que no cubría las necesidades más vitales de la familia. Para ese momento otros dos hijos habían venido al mundo.

La situación económica es cada vez más insostenible y entonces decide el matrimonio conformado por Felicia y Domingo, arrendar una parcela de tierra en la Finca Galafate, en las inmediaciones del municipio de Jaruco, por allí pasaba la vía férrea para hacer del pequeño caserío un lugar de fácil acceso.

Corre el año 1905 y nace el cuarto hijo, Santos, a quien le siguen Bárbara, Julia, Pedro y Pablo, estos dos jimaguas y por último Candelaria apodada la Beba por su condición de más pequeña. En Galafate vive la familia muchos años. Allí crecen todos los hijos en un ambiente de paz, hasta convertirse en jóvenes amorosos, honrados y trabajadores, dedicados al cultivo de la tierra y a la cría de ganado vacuno y porcino. No había tiempo para la diversión pero sí momentos para recordar a la familia, trunca cuando algunos de sus miembros decidieron cruzar los mares, rumbo al Caribe.

De todos los hermanos Julia es la más parecida a Antonia la abuela y a Felicia la madre, y quizás la similitud el principal elemento para la gran empatía que las une. No hay secretos entre ambas mujeres, y Julia conoce cada detalle de la vida de Felicia, de sus añoranzas por volver a la madre Patria a pesar del tiempo transcurrido, y de otros pesares que la anciana lleva anclados en el corazón.

En 1938 Julia contrae matrimonio con Gregorio Pedro Suárez Hernández, y de esa unión nace Carmen Suárez en 1948, quien vivió junto a la abuela durante varios años. Cuántas lágrimas vio correr por las mejillas de la anciana esta pequeña, cuántas historias relacionadas con el tío abuelo que quedó en Canarias y del cual nunca más se tuvieron noticias, escuchó.

Con ese pesar traído por sus ancestros creció Carmen, la jaruqueña que en recordación y por voluntad de Julia su madre, Felicia la abuela y Antonia la bisabuela nos da a conocer parte de sus raíces, una mujer que no descansará hasta encontrar El eslabón perdido.

 

María Regla Figeroa Evans es periodista de la emisora Radio Jaruco.

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Comentarios
Miércoles, 02 de Septiembre de 2009 a las 16:02 pm - Osmany Oliva Corona

#01 Por favor cuanta extension comprendia la finca y donde estaban los limites de la finca galafate. Mis abuelos tenian una finca de 3 caballerias de tierra en Galafate. Una parte daba a la escuela que estaba junto a las vias del ferrocarril. Mis abuelos eran Pedro Corona y Cecilia Mendez