Revista nº 805
ISSN 1885-6039

Relatos de un icolaltero (I). Liborio López. Cochineros de corto viaje.

Lunes, 13 de Abril de 2009
Cirilo Leal Mújica
Publicado en el número 257

El icolaltero Liborio López Ramos pertenece a la generación de seres que confiesan con orgullo haber aprendido de los dictados de la naturaleza. Ese conocimiento le convierte en privilegiados albaceas del saber campesino.


Su inteligencia, su capacidad de trato y relación también le permitió conocer los rumbos y recovecos del comportamiento humano. No le costó saber de las luces y las sombras de sus congéneres. De sus aspectos ejemplares y de los que era mejor enterrar en el olvido. Sobre todo aspecto que tenían que ver con la quiebra de a confianza y la hospitalidad en el calor de la noche. Un buen psicólogo que supo persuadir al comprador indeciso para colocarle entre sus manos las mercaderías que arreaba. Su dedicación a la esforzada faena de la explotación acuífera durante su larga vida laboral, de la que aprendió el arte de la supervivencia a través del ejercicio de la cautela, el aplomo y la firmeza, no le impidió desenvolverse como cochinero en breves y constantes temporadas. Liborio López realizó, además del oficio de cabuquero, de vendedor ambulante de corto vuelo. No era de los que se consumían largas distancias en kilómetros y días. Le gustaba retornar pronto al hogar. Partir pronto y regresar lo antes posible con las raposas vacías. Un hombre de querencia hogareña.


Si usted viera a la madre.

“Antes de que llegara el tiempo cavar las papas y segar el trigo, le decía al rematador que no nos dejara de faltar dinamita para hacer metros y poder dedicarme a lo otro. También le decía que no me quitara de seguro por si cavando las papas me partía una pata y no tenía derecho al seguro”. Liborio López viene de una familia de cabreros, de gente ejercitada en la guarda de cabras, de encerrarlas en corrales, ordeñarlas, cuajar la leche y hacer queso. Sus hermanos, en esas tierras del sur, llegaban a elaborar hasta cuarenta kilos de queso al día. A veces les dejaba a ellos los cochinos del norte y hasta suero les echaban para alimentarlos. Esos hermanos o sus hijos, aunque trabajan en el sur, no perdían el contacto con su origen de origen en los Realejos. No perdían la ocasión de venir a sembrar papas acá en el norte, confiesa Liborio López.

“Cuando paraba una semana en la galería, me dedicaba a vender cochinos. En casa teníamos una cochina de cría y los lechones me los querían pagar a veinticinco duros. Yo voy por ahí y los vendo a doscientas pesetas donde quiera. Pues vete, me decía el comprador. Pues claro que voy, que tu se lo vendes a la gente hasta a quinientas pesetas. Es como las papas, el cosechero se las entrega al mercado a cincuenta céntimos y después la venden a uno treinta o a uno cuarenta. ¿Se da de cuenta? Uno lo ha sudado. Salía de aquí con los cochinos para Icod, al Amparo arriba

–¡Vendo cochinos buenos! –los jalaba– ¡Mire: si usted viera a la madre!


Se dio el caso de que alguien le contestó al cochinero, mi madre no, jodido, la suya, se parece a la suya! Había mucho basilón. El que vendía el cochino no era el que lo criaba, sino el cochinero, el vendedor. Me lo compra a mí, se lo compra a usted y después lo va a vender para el sur. Los cochineros. Yo iba y venía en el día. De repente alguien me decía:

–¡Te los compro todos juntos!
–¡Te los vendo!”


Gente buena, gente mala.

En todos los oficios se encuentran personas con las que se puede hacer el viaje y gente de la que hay que distanciarse, huir, alejarse como alma que lleva el diablo. El respeto es la norma sagrada de los caminantes, de los vendedores ambulantes, de los viejos arrieros. El respeto a la propiedad ajena. No le gusta a nombrarlos, pero Liborio López los conoció perfectamente, sobre todo, porque los que realizaban determinadas acciones reprobables a todas luces, se jactaban de ello, presumían como bravucones y tíos echados pa´lante. De los buenos y de los malos todo se conoce, aunque no se hable de ello.

“Yo tenía un tío que le decían Manuel Colorao, Colorao por malditao, pero su nombre era Manuel Domínguez. Le decían el Colorao y Colorao se quedó. Lo conocían en toda la isla entera. Se iba a Taganana, a La Laguna, a las Mercedes, San Andrés… Conocía la isla casa por casa. Era querido en todos sitios. Donde llegaba el Colorao ahí no había revés. Él respetaba y a él lo respetaban por donde quiera que fuera. Eso es lo más grande que uno puede echarse en el camino. Pero también tengo que decirlo que hubo quien abusó de la confianza. Ver una albarda nueva y aprovechar la madrugada, levantarse y cargar con la piel con la que estaba cosida. A esas personas uno le tenía rabia. Gente buena y mala, como en todas partes. Algunos de ellos que se encontraba en casa ajena un semillero de coles y en la noche se levantaban y arrancaba el brazado de colinos, lo metían dentro de la raposa y después se mandaban a mudar. No decían ni adiós al dueño. Había de todos, buenos y malos”.







Regatear la mercadería.

“Una vez fui a Adeje en un coche, yo y un compadre mío. Él iba a buscar unos becerros y yo le dije de llevar los cochinos míos para venderlos. Los echemos en el coche y los vendimos a Julio, el carnicero de Adeje. Mira, mira, son cochinos buenos. ¿A cómo me los pones? Mira, como tengo que llevar unos becerros, yo no voy a estar haciendo escaleras para después bajar. A doscientas te los doy. ¡Coño, dámelos a ciento setenta y cinco! ¡No, para eso voy y los vendo por ahí! Tú sabes que mi hermano Joaquín está por ahí de cabrero, se los doy y el mismo me los va vendiendo. Yo siempre le ponía algo para frenar a la persona porque si no se hace con uno y con los cochinos. Él pensaría: este carajo tiene a su hermano y claro que se los vende. Cómprate un cochino que me hermano estuvo aquí y lo dejó. Llévate uno para arriba. ¿Qué precio tiene ese? No me dijo. Llévatelo y cuando él venga se lo pagas. Y así los venderá. Entonces el hombre me los compraba y no se andaba con más vueltas”.


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