Revista n.º 1049 / ISSN 1885-6039

La emigración a Santo Domingo y Puerto Rico en la época colonial.

Martes, 1 de enero de 2008
Manuel Hernández González
Publicado en el n.º 190

La población de Puerto Rico casi se triplica al alcanzar en 1799 las 153.232 almas. De las 28 poblaciones nuevas que se fundan en él entre 1714 y 1797, no menos de 19 deben su origen al esfuerzo colonizador de los hijos de Canarias. En la primera mitad del siglo XIX, nuevos aportes canarios, que darán pie a nuevas poblaciones, como Naguabo en la vertiente occidental de la isla, demostrarán el papel que jugaron en la transición del trabajo esclavo al asalariado en una isla en la que la trata esclavista nunca alcanzó los niveles de Cuba. Los canarios se convirtieron desde la tercera década del XIX en pioneros del trabajo libre en la caña de azúcar, hasta tal punto de prohibirse la difusión de tan exitosa experiencia.

Portada de un libro de Manuel Hernández González sobre la emigración canaria a Puerto Rico.

Santo Domingo.

Además del SE del país, el primer jalón de la política pobladora dominicana fue la fundación, en las afueras de Santo Domingo, de San Carlos de Tenerife en 1684. Aunque al principio tuvieron dificultades, padecieron epidemias y debieron de cambiar su ubicación, la nueva localidad prosperó como centro abastecedor de productos agrícolas a la capital. Desde 1690 en que 25 familias fueron agregadas a la población de la segunda ciudad del país, Santiago, en el fértil valle norteño del Cibao, los canarios se dirigirán hacia la región fronteriza septentrional, auspiciados por la política gubernamental de servir de freno a la ocupación francesa y estimulados por las ventajas de las ventas de ganado y tabaco en el Santo Domingo francés. Eje cardinal de la expansión en la región fronteriza fue la fundación, con familias canarias, de la villa de Hincha en 1704. Años atrás había tenido lugar la de Banica. Esa emigración vertebró el dinamismo de una región cuya base de crecimiento era precisamente ese intercambio. La demanda de ganado se convirtió en el mayor incitador a su crecimiento. A ella se le uniría en 1733 la de San Juan de la Maguana con hateros próximos, vecinos de Azua e isleños dispersos. Conjuntamente con el impulso poblador de Hincha se inicia el del valle del Cibao. En la década de los treinta fue de tal calibre que su principal ciudad, Santiago, llegó a contar con una compañía de milicias isleñas. Esa colonización interior favoreció la formación de un campesinado blanco o mulato claro en áreas de intenso predominio isleño como La Vega o Moca: los llamados monteros, símbolo rural de la nacionalidad dominicana.

A partir de 1730, su despegue económico se ve por fin estimulado por la Corona que decide invertir gruesas sumas para colonizar con canarios de áreas vacías Financia buena parte de los pasajes de las familias, puesto que otra parte corre a cargo de los navieros, que debían de transportar gratuitamente cincuenta por cada mil toneladas desde 1678, y la totalidad del costo de su instalación. Ya no se trasladan emigrantes sin vínculos en Indias por urgencia y rumbo a lo desconocido. Se divisan mejores posibilidades de futuro. Familias jóvenes y mujeres desarraigadas con hijos inician esa aventura. Su eje será Puerto Plata y Montecristi en el norte y la Península de Samaná en el este. La frontera siguió creciendo con el reforzamiento de Azua, la fundación de Neiba Las Caobas, Dajabon y San Rafael de la Angostura En 1768 tiene lugar la fundación en el sur de Baní, un auténtico paréntesis étnico en un área de predominio mulato. Su extraordinario impacto se puede apreciar en su vertiginoso crecimiento entre 1740 y 1760 llegando a doblar su población, que pasa de los 25-30.000 habitantes a los 52-55.000, con una mayor profusión en las áreas de colonización canaria. La media de miembros por familia era de 6´25. Su alta tasa de natalidad explica que alcanzase los 100.000 habitantes a comienzos de los 90.


Puerto Rico.

El primer poblamiento canario de fines del siglo XVII en Puerto Rico fue Río Piedras, con 20 familias trasladadas por Juan Fernández Franco de Medina a cambio del Gobierno de la isla. Entre 1720 y 1730 fueron embarcadas 176 familias, que suponían un total de 882 personas, por la Corona con un pasaje financiado en parte por la Corona y en parte por los navieros; y tales corrientes migratorias supusieron un cambio radical en la demografía insular. En 1729 la Isla alcanzó 4.570 habitantes y en 1750 14.027.

Se distribuyen en los primeros arribos por el actual Humacao, pero fracasa su establecimiento inicial de 1722. Mayor proyección alcanzan los colonizadores de Loíza, Bayamón y el Toa. Esa creciente concentración posibilita la fundación en 1745 de Toa Baja, seguida en 1751 por el de la Alta. En ambos es decisiva la participación colonizadora de los canarios hasta el punto de que se le da culto a la Candelaria y se realiza, como ha pervivido hasta la actualidad, la representación de la aparición de la Virgen a los primitivos habitantes de las islas. Otra región en que fue notorio su influjo fue la de la costa oeste desde Aguada a Cabo Rojo. En 1729 se introdujeron en Mayagüez, Añasco y Rincón. Fundaron una ermita en la primera localidad a la Candelaria y otra a Santa Rosa en la última. En Añasco se dio carácter de parroquia a la vieja ermita de San Antonio Abad. Aunque no fueron llevados por la acción gubernamental, nuevos grupos isleños se distribuyeron por la Isla. Constituyeron el factor de mayor importancia dentro de su extraordinario desarrollo demográfico. La población de Puerto Rico casi se triplica al alcanzar en 1799 las 153.232 almas. De las 28 poblaciones nuevas que se fundan en él entre 1714 y 1797, no menos de 19 deben su origen al esfuerzo colonizador de los hijos de Canarias. En la primera mitad del siglo XIX, nuevos aportes canarios, que darán pie a nuevas poblaciones, como Naguabo en la vertiente occidental de la isla, demostrarán el papel que jugaron en la transición del trabajo esclavo al asalariado en una isla en la que la trata esclavista nunca alcanzó los niveles de Cuba. Los canarios se convirtieron desde la tercera década del XIX en pioneros del trabajo libre en la caña de azúcar, hasta tal punto de prohibirse la difusión de tan exitosa experiencia.


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