Revista nº 916
ISSN 1885-6039

Recuerdos de la memoria (I). Alejandro Llanos. Recuerdos de un azufrero.

Martes, 21 de Octubre de 2008
Cirilo Leal Mújica
Publicado en el número 232

Alejandro Llanos Domínguez nació en Icod el Alto, Los Realejos, en el año 1917. Trabajó en las labores del campo, en la extracción de azufre en las Cañadas del Teide y su venta ambulante a través de la cumbre; también desempeñó el oficio de cochinero y conoció la experiencia de la emigración. Por encima de sus cualidades destaca su profundo, sincero y modesto reconocimiento a todas las personas de todos los pueblos de la isla...


... que acogieron desinteresadamente a él y a cuantos icolalteros se dedicaron a los menesteres de la compra y venta de lechones, así como a los que acogieron en sus modestas casas a cuantas mujeres, vendedores de balayos o de frutos de la tierra, se veían, igualmente, obligadas a caminar los senderos y rutas de pastores, cabreros y marchantes, de un lado a otro de la isla, de norte a sur.

En el trasiego de la realización de una serie documental sobre las vivencias de los icolalteros –la compañía teatral de rescate de tradiciones Medio Almud ejerce de eficaz anfitrión–, encontramos en testimonio de Alejandro Llanos Domínguez. El barrio celebra la fiesta grande en honor de la Virgen del Buen Viaje, conocida popularmente como la Segunda Candelaria, en la que fe religiosa da paso a la evocación de las afluencias de visitantes de todos los pueblos de la isla a través de la cumbre o las vueltas de Tigaiga.


El trabajo del azufre.

Quedan muy pocos testimonios de la quinta del icolaltero Alejandro Llanos Domínguez, especialmente de personas como él que muestren con tanto entusiasmo la gratitud que siente hacia aquellos lugareños, del norte y sur de la isla, que le brindaron su amparo en las noches y los tiempos amargos de la venta ambulante.

Salíamos de mi casa, de aquí, de Icod el Alto, a eso de las once de la noche. De las diez a las once, a veces más temprano. Subíamos por esos caminos hasta el Teide. Si uno se caía de una bestia se mataba, los caminos eran puras piedras. Calentábamos un fueguito cuando hacía frío. Amarrábamos las bestias donde empezaba la arena y subíamos pa´rriba, para el pico del Teide. El azufre estaba en cuevas. Picábamos dentro de las cuevas para sacar las piedras. Las piedras de azufre las metíamos en sacos y a hombros y arrastro los bajábamos por la arena pa´bajo donde estaban las bestias. Cuando veíamos que las bestias no podían con más, cogíamos rumbo y bajábamos al pueblo. Llegábamos a la tardecita. Al otro día por la mañana íbamos a la Cruz Santa al molino. Molíamos las piedras de azufre y pagábamos lo que nos cobraban y después íbamos a vender. El azufre molido lo íbamos a vender por todo ese sur. Solíamos ir en compaña de dos. Algunos iban solos. Salíamos de aquí y nos pasábamos toda la noche caminando por la cumbre para llegar al sur. Para llegar allá por la mañana. Se vendía en dos o tres días, según la venta que tuviéramos. Eso era la cosa. El azufre se usaba para azufrar la viña. Parece que en ese tiempo no entraba azufre de fuera. Eso parece. Para la viña, para los tomates, para todo lo que hiciera falta. Y total, no ganábamos ni pa comer: ese negocio no daba. Me dedicaba al azufre porque no tenía otro trabajo, en ese tiempo no había donde trabajar. Teníamos que buscar la comida por donde fuera.


Iniciación en el oficio.

Retornan los recuerdos cargados de nostalgia y lágrimas. El anciano patriarca de Icod el Alto no puede evitar la emoción de verse en el tiempo de su juventud, en la lucha por la supervivencia de los difíciles, incluso antes de que los hermanos de este país se alzaran en armas contra sí mismos.

Nadie me enseñó el oficio del azufre. Vi a uno que iba pa'rriba a traer azufre y fui con él. Como no entraba azufre, unos descubrieron ese negocio ahí. Fui porque lo vía a él y a otros y a otros. De Icod el Alto iba mucha gente a buscar azufre. Subíamos a ganar la vida. Había mucha gente en ese oficio. También había gente de aquí que iba a buscar hielo. Nosotros íbamos al azufre y ellos al hielo. Había una cueva de hielo, como un tanque, y sacaban las piedras en barquetas y las cargaban en las bestias y las iban a vender al Puerto. Habían muchos de esos también. Yo lo más que trabajé fue el azufre. Cómo no, claro que sí, claro que había compañerismo. En esa época no se peleaba nadie. No le digo que bebiéndose un vaso de vino tuvieran unas palabras, no le digo que no, pero la gente era tranquila. En el almuerzo, si uno tenía le daba al otro. (Llora) Nos quedábamos a dormir en el suelo. Si usted tenía un amigo, le daba un pajero donde quedarse y si no al raso, con una manta y un abrigo. Veces llovía y uno amanecía mojado. Cuando conseguí trabajo de peón, me dejé de ir al azufre. No fui más.






El arte del cochinero.

El icolaltero no se ha parado quieto a la hora de buscarse la vida. La mujer en la casa, en las labores del campo, la cría de pavos o el calado para su venta en Gran Canaria. Los hombres se especializaron en el arte de la extracción del azufre, las piedras de nieve en la Cueva del Hielo para su venta en los hoteles de Puerto de la Cruz, así como en el oficio de la venta de lechones. El cochinero ya cuenta con una escultura –obra del polifacético Francisco Palmero– que le rinde el homenaje de la eternidad. Alejandro Llanos Domínguez también desempeñó este oficio.

Yo también fui cochinero. Estuve muchos años vendiendo cochinos. Los cochinos se los compraba yo al que los criaba. Cuando los lechones tenían mes y medio, dos meses, les compraba diez o doce y los cargaba en la bestia. Me andaba el mundo. Caminaba por todos los pueblos y por esos montes. Llevábamos los lechones en raposas y los caminos eran tan estrechos que las teníamos que bajar porque tropezábamos en los riscos. Poníamos las raposas más allá y pasábamos la bestia y las volvíamos a cargar otra vez. Casi todos los caminos eran veredas de cabras. Andaba Taganana, San Andrés, La Laguna, todos esos riscos me los andaba yo. También me andaba el sur. Había que meterse por donde se podía. Por toda la isla. No hay un pueblo en la isla que yo no haya estado. Darle vuelta a la isla y llegar a vender el último cochino en Santa Úrsula. Yo me andaba la isla en redondo. Cuando iba al sur se tardaba según la venta. Veces tres días, veces cuatro, hasta ocho días me llegué a estar. Según la suerte.


Comentarios
Martes, 27 de Septiembre de 2011 a las 23:06 pm - Paco palmero

#02 ya se esta trabajando en el lugar donde se colocará la escultura homenaje a los cochineros de icod el alto. Esperemos, almenos lo espero yo, que el próximo mes de octubre podamos ver dicha escultura. Mas importante por lo que representa que por lo que ella misma es.

Miércoles, 22 de Octubre de 2008 a las 19:35 pm - Juan

#01 Como este señor dice que fue cochinero, ¿por qué no preguntan al alcalde realejero cuándo van a poner la escultura que hizo Paco Palmero, dedicada a la figura de estos personajes, y que se halla \"escondida\" en algún lugar de Icod el Alto?