Revista nº 843
ISSN 1885-6039

El timple y la huella del folclore canario en el sur de la República Dominicana.

Jueves, 18 de Diciembre de 2008
Manuel Hernández González
Publicado en el número 240

En Fiestas y creencias en Canarias en la Edad Moderna dimos a conocer la existencia y el empleo del timple o tiple en las danzas majoreras del siglo XVIII. Ahora en la publicación de El Sur Dominicano (1660-1795) mostramos la profunda huella de ese instrumento y del folclore canario en tierras dominicanas.


En los bailes de Higüey, localidad del sureste dominicano, se desarrollaba en el siglo XVIII el baile de fandango. Moreau nos ha dejado una descripción de tales danzas, cuyo sinónimo se encontraba de forma coetánea en Canarias en el siglo XVIII con la idéntica denominación de fandango. Precisa que el canto de estos insulares es muy monótono y demasiado análogo a esa especie de melancolía que pasaría por tristeza entre los franceses. Los españoles bailan, pero a la moda morisca, acompañados de una guitarra ronca, que se queja dolorosamente de la torpeza de los dedos que la tañen, o simplemente con el sonido de una calabaza o maraca que agitan, o sobre la cual ejercitan sus manos poco armoniosas, al oír semejante canto, al contemplar baile tan singular, sería muy difícil conocer en ellos a los hijos del placer. Debemos recordar que se empleaba como instrumento, como en Canarias el tiple o timple, que pervivió hasta bien entrado el siglo XX en diferentes regiones dominicanas, incluida la que aquí estudiamos.

Bonó, en su emblemático El Montero de 1856, se preguntó de qué se hablaba con él y especificó que no se vaya a interpretar por el fandango andaluz o de otro pueblo u otra raza que no sea la de los monteros. El fandango no es una danza especial, el fandango son mil danzas diferentes, es un baile en cuya composición entra un local entre claro y oscuro, dos citaros, dos güiras, dos cantores, un tiple, mucha bulla , y cuando raya en lujo, una tambora. En el baile la mujer se levanta sin previa invitación y se lanza girando alrededor del circo, donde pronto le acompaña un hombre destacado del grupo de la orquesta; ella va ligera como una paloma; él va arrastrando los cabos de un sable y marcando el compás ya en precipitados, ya en lentos zapateos; la mujer concluye tres vueltas circulares, y entonces avanza y recuda hacia el hombre que la imita siempre a la inversa en aquellos momentos, y aquí es donde él prodiga el resto de su agilidad y conocimiento de esta danza conocidos con el nombre de puntas. Tan pronto imita el redoble de un tambor como el acompasado martillo de un herrero, o por fin con más suavidad el rasqueo de las güiras. Por último, después de diez minutos concluye la dama con una pirueta a guisa de saludo, y el galán tira una zapateta en el aire y cae con los pies cruzados.1

En Canarias, sostuvo el escocés George Glas en 1764 que se bailan aquí mucho tipo de danzas, en particular zarabandas, y folías, que son bailes lentos; la melodía que llamamos Joy to great Caesar (Alegría al Gran César), etc. Las danzas rápidas son el Canario, el Fandango y el Zapateo. La primera era la danza de los antiguos canarios; la segunda es la más que se baila por la gente popular y la última es muy parecida a la que se baila con nuestra gaita. Algunos de estos bailes pueden llamarse dramáticos, pues los hombres cantan en verso a sus parejas, quienes contestan de la misma manera. Estos isleños tienen generalmente excelentes voces y son muy pocos los que no tocan la guitarra.2

Otra muestra de semejantes bailes con tiples en la recepción al obispo Tavira en 1792 en La Antigua (Fuerteventura) «con regocijo de los vecinos y comparsa de danzas», las típicas manifestaciones de esas fiestas veraniegas. Así se materializa en su visita pastoral. En su diario manuscrito se precisa algo más. Plasmaban la victoria épica contra lo diabólico que se expresaba en los bailes de espadas, en la añeja lucha entre el bien y el mal, en la que «los doce hombres vestidos de danzantes con espadas antiguas en las manos y enlazados con ellas al son de un tiplillo».3

Sobre este baile propiamente dicho precisó Moreau que hay también lugares donde se ha introducido una moda que desdice mucho de las buenas costumbres y la decencia. Me refiero a un bailecito llamado fandango, en el que una joven casi siempre bonita, comienza a bailar en medio de un corro de espectadores que le arrojan sucesivamente sus sombreros a los pies. Ella los recoge, los coloca en la cabeza, bajo los brazos o forma con ellos un montón en el suelo. Al concluir el baile, la joven va a devolver cada sombrero y a recibir del respectivo dueño una mezquina retribución, cuya cuantía la fija el uso, y que es descortés rehusarlo o insultante si se exceden.4

Un paisano de la región oriental, Nicolás Ureña, en sus décimas de ese mismo año, Un guajiro de Bayaguana, en sus versos el fandango, el zapateo y el galerón, que empleaban también ese instrumento:




Por donde quiera se oía
La voz de la animación
Por doquiera un galerón
Y del cuatro la armonía.
En el fandango lucía
Sus zapatos el guajiro,
Y alegre siempre en el giro
De su inocente recreo
Repicaba el zapateo
Al son del tiple y del güiro.5




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1. Reprod. en RODRÍGUEZ DEMORIZI, E. Música y baile en Santo Domingo. Santo Domingo, 1971, pp.56-57.
2. GLAS, G. Descripción de las Islas Canarias (1764). Trad. de Constantino Aznar de Acevedo. 2ª ed. Tenerife, 1982, p. 128.
3. Reprod. en HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, M. Fiestas y creencias en Canarias en la Edad Moderna. Tenerife, 2007, p.357.
4. MOREAU DE SAINT MERY, M.R. Op. cit. pp. 91-92.
5. RODRÍGUEZ DEMORIZI, E. Op. cit. p.77.



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