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Sobre el mar, con pie firme y abismal, se levanta un risco en el lugar de La Galga en Puntallana. Tan pétreo que las caricias o bravura del oleaje del inmenso océano Atlántico no ha podido, jamás, horadarlo. Tan vertical que no puede anidar en él una gaviota, ni crecer un bejeque florido. Murallón sin apéndices que pueda frenar una caída mortal. En su base, sólo en bajamar, se dibuja tímidamente, confundida por la espuma del oleaje, una estrecha playa de arenas y piedras negro azabache y en su cima árida y desapacible sólo crecen cardones, jaulagas.... En este lugar, el sobrecogedor silencio sólo lo rompe el eco del retumbar del oleaje que acaricia con salitre los labios del caminante.Levantando la vista del abismo, en la soledad de la cima, hacia el norte aparece el blanco caserío de San Andrés, entre platanales, palmeras, canelos techos de teja canaria, el campanario de la iglesia y de nuevo el azul mar. Más allá, la luz intermitente del faro de Punta Cumplida o del Engaño, ya en el término municipal de Barlovento. Dejando la orilla, la mirada encuentra las poblaciones de Los Sauces, Los Galguitos y Las Lomadas. Mil verdes intensos y el azul del océano arropan el lugar. Hacia el sur, un paredón pétreo canaliza el impresionante barranco de Nogales y la fértiles campos de La Galga donde se alza la antigua ermita de San Bartolomé.

Y así presto y rápido se dispuso a hacerlo el pastor, mientras, le palpitaba su corazón con las más dulces esperanzas. En el borde del abismo colocó la lanza, la agarró con las dos manos, y exclamó:
-¡En el nombre de Dios!
Y diciendo esto su cuerpo salió despedido sobre el vacío dibujando un círculo, hasta que sus pies alcanzaron de nuevo la roca. -¡En el nombre de la Virgen! - gritó por segunda vez y su cuerpo encontró de nuevo la orilla. Se acercaba el momento de ver consumado su amor y por tercera vez exclamó retumbando el eco:
-¡En el nombre de mi dama!
En ese momento, según la tradición, mientras se perdía su voz por los barrancos, el cielo determinó "castigarle por invocar el nombre de una criatura en tan supremo peligro, el desgraciado mancebo, suelto en el vacío, sintiendo bramar las olas en el fondo de aquel abismo, no pudo volver a ganar el borde del risco, y víctima de su amor cayó precipitado al mar". Y cuentan que, desde ese lejano y luctuoso día, al risco le llamó el pueblo Salto del Enamorado. Aún hoy su nombre evoca, a quien se acerca a aquellas fugas abismales, la osadía del enamorado pastor.
Narrador: Manuel García Morales.
Montaje técnico: Daniel Santana Sosa.
Leyenda popular transcrita por María Victoria Hernández.
