Revista nº 858
ISSN 1885-6039

Los antiguos bosques de las islas.

Lunes, 12 de Noviembre de 2007
Sabino Berthelot
Publicado en el número 183

Hace más de siglo y medio Sabino Berthelot recorrió, con una finalidad científica, los hermosos bosques de Canarias. Años más tarde hizo una descripción de aquéllos, la cual, entre otros varios aspectos de interés, nos permite poder tener conocimiento del estado en que se encontraban entonces. Por ello hemos considerado oportuno reproducir, siquiera sea parcialmente, la citada descripción, contenida en un artículo que su autor tituló Árboles y bosques.


Tenerife, la Gran Canaria, La Palma y La Gomera poseen aún algunos hermosos restos de aquellos montes que las cubrían en otro tiempo; La Gomera pasa por la isla más montuosa del archipiélago. La isla de El Hierro ha perdido sus grandes bosques y no conserva sino sus pinos y algunos volcanes. Solamente en las tres primeras islas que hemos nombrado es donde se hallan las más bellas espesuras de árboles siempre verdes.

Estos montes de Tenerife no han sido bien apreciados sino por los botanistas que han visitado la isla detalladamente, porque la mayor parte de los viajeros de paso que no han hecho sino estacionarse en Santa Cruz no han podido visitar los hermosos sitios del interior. ¿Qué idea podían formarse del país a la vista de las montañas desnudas y de la triste vegetación que circuye la rada? En sus herborizaciones improvisadas, después de haber salvado las escarpas de la costa y de internarse en las infructuosidades de los barrancos, no traían de sus expediciones aventuradas sino algunas plantas recogidas con gran trabajo sobre las rocas de los contornos. Sin embargo, desde esta rada de Santa Cruz, cuyos alrededores son tan escuetos, se descubren ya algunas ramificaciones del Monte de La Laguna: preséntanse en lontananza por encima de los contrafuertes de la cadena de la costa que se extiende hacia el cabo de Amiga.

Estos montes vírgenes toman diferentes nombres, según los distritos montañosos a que pertenecen: el de Monte de La Laguna o «Monte de Las Mercedes» es aplicable solamente a la parte situada al Norte de la antigua capital; sus masas de verdura se extienden sobre los bordes del valle y cubren todas las alturas. Entre los Laureles, el lauro y el viñátigo son las dos especies más abundantes; los Barbusanos son raros; pero a medida que uno se acerca a la cresta de los cerros, los tilos se encuentran en abundancia; las hayas y las hijas, dos especies bastante extendidas, forman grupos aparte sobre la orilla oriental. Durante la bella estación, se acude de Santa Cruz y de La Laguna para disfrutar de la frescura de estos bosques donde crecen los «fallados» al abrigo de los Laureles, y el «convólvulo de las Canarias» se enreda como una liana en las ramas de los árboles más grandes. El «ranúnculo de Tenerife» crece allí entre los helechos que cubren el suelo. Desde el hermoso sitio de «la Mesa» se goza de un golpe de vista encantador: el agreste valle de La Laguna, las montañas de la «Esperanza», y por encima, hacia el Occidente, el pico de Teide, que atrae en torno de sí los vapores de la atmósfera.


El barranco de los Tilos de Moya (Gran Canaria) hace cincuenta años (Foto cortesía L. PRIETO).
El monte del Agua García es, después del que acabamos de describir, el más importante de Tenerife: la vegetación se muestra allí en todo su lujo; situado sobre las vertientes septentrionales de las montañas centrales, empieza a unos 1.200 pies sobre el nivel del mar, pero no sube en el interior a más de 2.500; pasado este límite dejan de aparecer los grandes árboles, y los brezos desmedrados son los únicos que cubren los terrenos superiores hasta la altura de 4.000 pies.

Aunque menos extensos que los del Norte de la isla, estos montes siempre verdes ofrecen una variedad mayor de especies; el «Adellocarpo hojoso» abunda en la orilla y reemplaza a la «retama de Canarias» de los Montes de Las Mercedes. Los grupos de árboles son los mismos; pero los brezos han adquirido un volumen y una elevación poco comunes; vense allí «Ilex» muy hermosos, 13 remerIas, y entre las plantas nemorales, Bipericos, Bystropogon y Digitalis, que crecen en el gran barranco que atraviesa la selva, en medio los soberbios helechos. La canarina de grandes campanillas, zarzaparrillas muy raras, labiadas de flores balsámicas, vienen a aumentar aún este conjunto de plantas diversas. Esta verdura sin cesar renaciente, esta reunión de vegetales distintos, en medio de aquel rocío vaporoso que penetra la vegetación y hace correr la savia a torrentes, forman de este sitio un lugar de delicias. ¡Por todas partes tapices de lindos musgos, viejos troncos cubiertos de la yedra del monte, de la «Davallia» y del «Asplenium» isleño!

En la parte más umbrosa, los grandes Laureles han echado retoños, y estas ramas radicales han tomado tal crecimiento... A veces estos tallos se sueldan entre sí por la base y no forman sino uno solo; entonces la parte del tronco viejo que subsiste aún, hallándose cercado en medio de este haz de ramas reunidas, da al árbol el aspecto más singular.


Al oriente del Agua-García se descubre el bosquecillo del Agua-Guillén. Este grupo de árboles del todo aislado debió de extenderse en otro tiempo hasta las cercanías de la Esperanza, donde vuelven a encontrarse todavía los brezos. Adelantándose hacia el Occidente se encuentran también restos de monte; y las alturas de la Matanza, Victoria y Santa Úrsula ofrecen varios sitios umbrosos.

Los bosques de laurisilva cubrían la tercera parte de la superficie del Archipiélago (Foto: G. KUNKEL).
Por encima de La Orotava se encuentran los bosques de castañeros plantados después de la conquista, que los sucesores del Adelantado han tenido la prudencia de conservar.

Después de haber pasado el Valle de La Orotava, se encuentran restos muy reducidos de los antiguos montes en las cercanías del pueblo de Icod; y aproximándose a la extremidad occidental de la isla, se presenta la pequeña selva de Los Silos, o «Monte del Agua», donde crecen siempre las Ardisias y Myrsines, mezcladas con algunos otros árboles.

Dando vuelta a la isla por el Valle de El Palmar, el país cambia de aspecto: los cistos y los pinos reemplazan por este lado a los montes lauríferos que no vuelven a aparecer sino en el Valle de Güímar, subiendo hacía el Nordeste, donde crece el peradillo, y donde admiraba yo todavía en 1828, cerca del gran barranco de Badajoz, un bello grupo de madroños con flores y frutos, formando un conjunto de los más armoniosos y trayendo a mi memoria los grandes bosques de las Antillas con todo el lujo de su atavío.

La isla de Canaria, la mejor cultivada del archipiélago, es también aquélla en que han desaparecido los montes primitivos en mayores espacios, y muy pronto los nuevos desmontes los harán desaparecer enteramente. Los terrenos montañosos del valle de Teror y de los alrededores de Moya son los únicos donde aún subsisten algunos montes lauríferos. La Montaña o Selva de Doramas, célebre en la historia de las Canarias, fue uno de los sitios más renombrados por sus bellas enramadas.

Según la tradición, el príncipe Doramas, uno de los antiguos Guanartemes de la isla, al fijar su residencia en una espaciosa gruta situada en la parte más pintoresca de los alrededores de Moya, impuso su nombre a la selva que cubría en otro tiempo todo aquel distrito. Nosotros hemos visto este antro rústico que habitó el guerrero canario; los paisanos del valle lo muestran aún con orgullo, porque se ha conservado entre ellos la tradición de los altos hechos de Doramas, de su heroísmo y de su fuerza sobrehumana. La «Hibalbera» de hojas florecidas y el «Bicácaro» de los Guanches serpentean en guirnaldas y adornan la entrada de la gruta. Hoy esta caverna está solitaria: la selva misma no le queda más que su fama; pero los recuerdos que evoca hacen siempre de ella un sitio de predilección para los isleños.

Las descripciones que los autores canarios nos han dejado del monte de Doramas no tienen nada de exagerado; en 1581, Cairasco lo vio en todo su esplendor; en 1634, el venerable don Cristóbal de la Cámara, Obispo de la Gran Canaria, lo atravesó en toda su extensión. Y lo que ha dicho en sus Sinodales prueba que en aquella época era aún


El clásico pinar canario con pinos, gamonas, tomillos; el sonido del viento en la copa de los árboles y el canto de las aves: ambiente tranquilizador. (Foto: G. KUNKEL).
La vegetación primitiva se ha sostenido mejor en la isla de La Palma que en la Gran Canaria y Tenerife; los montes se presentan en grupos menos extensos, pero bastante numerosos, y los bosques lauríferos afectan sobre las rápidas pendientes del Nordeste y Noroeste una distribución y exposición análogas a las de las islas vecinas.

Pero principalmente en la famosa «Caldera» es donde hemos encontrado en 1829 los más hermosos árboles de las Canarias: en presencia de estos vegetales seculares ocultos en las profundidades de aquel vallejo volcánico da uno por bien empleadas las fatigas y los peligros que ha sido necesario vencer para llegar a este antiguo cráter.

Por su carácter grandioso, la flora de la Caldera lleva en sí un sello particular; sus bellezas principales consisten en lo gigantesco de las formas, en la extravagante distribución de sus producciones, y más todavía en los contrastes que resultan del desorden de esta reunión de árboles y plantas diversas en un espacio que apenas mide un cuarto de legua en contorno.


Este artículo ha sido previamente publicado en el número 73 de la revista Aguayro, editada por la Caja Insular de Ahorros de Gran Canaria en marzo de 1976.


 
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