Revista nº 893
ISSN 1885-6039

Cultura insular y extrainsular (II)

Miércoles, 27 de Junio de 2007
Juan Rodríguez Doreste
Publicado en el número 163

Les traemos hoy la segunda parte de la reflexión que nos proponía Juan Rodríguez Doreste a mediados de los 70 en las páginas de Aguayro, ideas que comenzamos a ofrecerles hace ya algunos meses y que si todo va bien concluiremos el próximo con una nueva entrega.


A guisa de preámbulo recapitulo lo que, para orientarnos debidamente, entiendo por cultura insular y cultura extrainsular. El término cultura debe tomarse en sentido más bien restricto, no en el vasto complejo de significaciones que la palabra comporta cuando se refiere a fenómenos colectivos o etnológicos: cultura aborigen, cultura neolítica, niveles culturales nacionales, etc. que el vocablo, a fuerza de muy usado, ha ido cargándose de sentidos, de distintas dimensiones, de ecos, de resonancias, de implicaciones diversas. En este caso concreto que me ocupa cultura pasa a ser casi sinónima de su prístina equivalencia a cultivo. Cultivo y estudio de las artes y de las ciencias, inquietud lúcida y desvelada por los problemas del conocimiento del hombre, de la dicotomía cultura y naturaleza de un medio geográfico específico, nuestras islas, muchas veces olvidadas y siempre alejadas. Debo aclarar de paso que en los escritores modernos -y remito al lector al sensacional libro de Edgar Morin, “El paradigma perdido: la naturaleza humana"- la aparente contradicción de naturaleza y cultura aparece disuelta y fundida en unidad de tipo superior y complementaria. Cultura insular sería pues, la que centra su foco en el conocimiento polifacético del hecho canario: su historia, su arte, sus letras, su ciencia. Cultura extrainsular la del estudioso que proyecta su mirada por encina del mar circundante y fija sus dianas en problemas de entraña y contenido más universales. La peculiaridad de nuestros problemas en este terreno no se facilita, más bien se complica, por el hecho de que los canarios pensamos y hablamos en español, más propiamente en castellano con especial acento y múltiples modismos, y hemos sido siempre españoles de nacionalidad. De otro modo -tal es el caso de Cuba, por ejemplo- la que yo llamo cultura insular sería propiamente cultura nacional y la antimonia cobraría menor evidencia, los fenómenos secundarios que la cosa apareja serían menos visibles, menos aparentes, menos injustos. Las culturas nacionales, por reducido que sea el ámbito geográfico en que florecen, -y los ejemplos son abundantes en un mundo tan compartimentado, con tantas marcas nacionales incluso de menor densidad demográfica que las Islas Canarias- asumen un bulto histórico, una especificidad que las distingue en el conjunto universal, que obliga al estudioso de dentro y al curioso de fuera a considerarlas como un cuerpo distinto, independiente, cuando menos autónomo en relación a la originaria cultura nacional de donde se hubieran desgajado. La raíz de toda cultura es la lengua, pero una vez fecundado un germen que implique, no ya una mutación 1ingüística, sino simplemente una variedad en el sentido botánico, si las condiciones externas son propicias, el germen crece y se desenvuelve, surgiendo el hecho de la cultura autónoma que debe ser también autóctona. Si el entorno geográfico es un país que logra la independencia, la cultura pasa a ser nacional y aunque, como en el modelo cubano ya aludido, pueda sufrir las determinaciones e influjos de la inseguridad, ésta, frente al mundo, es cualidad positiva, por adjetiva que sea en la forma externa, que invita y estimula su conocimiento, la curiosidad de propios y extraños.

Tal no es el caso de lo que llamo, referido a nuestro archipiélago, cultura insular. Somos y hemos sido, durante siglos, parcela de España, gravitantes en el arena del dominante idioma nacional. Pero la lejana insu1aridad nos ha marginado durante largas etapas de las corrientes culturales nacionales, nos ha hecho asumir muchas veces la clásica actitud de faquires que se miran al ombligo y se adormecen. Ignorados desde el continente, poco acogedor, cuando no hostil, el coterráneo ambiente, los cu1tores -valga el americanismo- de la cultura insular tienen bien ganada, aunque el fenómeno vaya disolviéndose paulatinamente, si no reputación heroica, sí el justo calificativo que cuadra a su admirable tenacidad. No hemos tenido entidad política, ni, por ventura, diferencia idiomática que nos confieran rango de cultura nacional. Solo hemos sido, durante siglos pasados, y en muchos aspectos hasta hoy mismo, unas islas lejanas -el avión reduce distancias geográficas pero pocas veces espiritua1es- donde en variados campos del saber y del arte nos cocemos en nuestra propia salsa. Los productos de la cocción, como los condimentos que la constituyen, pueden estar ricamente aromados, ser sabrosos, excepcionales. Pero el olor de nuestros guisos se sigue perdiendo en el espeso vaho con que la espuma y el salitre vienen envolviendo a nuestras islas desde que, en las remotas conmociones del mioceno, surgieron en una cresta alzada en medio del Atlántico.

Este artículo ha sido previamente publicado en el número 48 de la revista Aguayro, editada por la Caja Insular de Ahorros de Gran Canaria en abril de 1974.
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