Revista nº 858
ISSN 1885-6039

Pregón de las Fiestas de Santiago Apóstol 2007. Tunte - San Bartolomé de Tirajana.

Lunes, 23 de Julio de 2007
Pedro Grimón
Publicado en el número 167

Quisiera de todos modos que este modesto pregón sirva de reconocimiento a la grandeza de todos los hombres y mujeres que han ido configurando con sus formas de vida, la utilización del territorio desde una óptica natural y de uso adecuado, necesario, testimoniando su actitud con el medio natural en el que se han desarrollado, legándonos espacios, elementos, paisajes patrimoniales a lo largo de los siglos, fundamentando con su adaptación y transformación del entorno los perfiles de identidad.


Buenas noches a todas y a todos.

Ante todo quiero agradecer mi designación como pregonero a las personas que así lo creyeron conveniente. Si me lo permiten quiero compartir la reflexión que llevo conmigo sobre los valores histórico-culturales que definen a San Bartolomé de Tirajana. Dicha reflexión me acompaña desde finales de los 70, cuando comencé a desentrañar, entre otras cosas, una preocupación por el conocimiento del entorno desde que fui destinado como maestro en el C.P. de Castillo del Romeral, luego a la Escuela Unitaria de Los Cercados de Araña y en el CEIP de Juan Grande, además de los años que coordiné el departamento de patrimonio histórico del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana.

Quisiera de todos modos que este modesto pregón sirva de reconocimiento a la grandeza de todos los hombres y mujeres que han ido configurando con sus formas de vida, la utilización del territorio desde una óptica natural y de uso adecuado, necesario, testimoniando su actitud con el medio natural en el que se han desarrollado, legándonos espacios, elementos, paisajes patrimoniales a lo largo de los siglos, fundamentando con su adaptación y transformación del entorno los perfiles de identidad.

Me van a permitir acercarme a ésta cita que nos regala Manuel Alemán, en su investigación sobre “La psicología del hombre canario”: “La historia de un pueblo es siempre un elemento, constitutivo de su identidad. Más aún un pueblo y su historia constituyen una sola y única realidad: el pueblo. Porque. ¿Qué es un “pueblo”, sino, ante todo, una “historia”. La historia viviente de una comunidad?”.

Las primeras informaciones sobre los aborígenes canarios, anteriores a las conquistas y en relación a su ocupación en el espacio que más tarde sería la jurisdicción de San Bartolomé de Tirajana, se remonta a una serie de datos arropados por las investigaciones en los distintos yacimientos de hábitat y funerarios, además de puntos específicos dedicados a la actividad mágico-religiosa, unido todo ello a la aportación de los documentos que han dejado los cronistas.

Como referencias de algunos, destacamos la datación de la necrópolis de Arteara, con cientos de túmulos unipersonales, hacia el siglo III después de Xto. O los análisis de lo encontrado en los grabados de Chira, en Excusabarajas, Lomo Galeón, Huesas Bermeja, Punta Mujeres, Lomo Perera, Cuevas del Barranco de los Vicentes, Degollada de la Yegua, La Casa del Padrino, El Morro de las Vacas, Túmulo de Amurga, Casa Canaria de Tunte, Montaña de los Huesos en Rosiana a la que se refería René Verneau: “…recorrimos juntos toda una montaña llena de un número grande de cuevas que de lejos parecía un inmenso nido de avispas”.

Y así podríamos recordar una enorme lista de yacimientos. Estos referentes van incorporando a lo largo del tiempo, el saber que aplican con su aportación al territorio, dando las primeras pautas de la definición paulatina que nos va identificando en su desarrollo primario, que se refleja en mayor o menor avance cultural teniendo en cuenta la condición geológica de la Cuenca de Tirajana, de naturaleza accidentada, de riscos abruptos entre erosiones y desplomes, esos hermosos y únicos monumentos pétreos que cuelgan avistando la profundidad, con solanas y umbrías que permiten apreciar las luces y las sombras de los acantilados grises y rojizos. Los aborígenes eligen el lugar donde ubicarse en el territorio, tanto en la construcción de las casas de piedra seca como en las excavaciones de las cuevas, enmarcadas en zonas estratégicas para aprovechamiento de los espacios de implantación de la agricultura y ganadería. Además del uso de los recursos vegetales desarrollando actividades recolectoras, con un marcado carácter comunal no sólo para alimentarse sino también para obtener las materias primas, con las que elaborar vestidos u objetos domésticos, siendo quizás la palmera, la especie que trataban de forma más integral, probablemente por la variedad de elementos productivos que aportaba. Como indica la siguiente cita de Antonio Cedeño: “dátiles de las palmas que aún ai gran cantidad en tierras de Arganeguín i Tirajana, hacían vino, miel i vinagre de las palmas, i esteras de sus ojas i petates para dormir”.

O el transformar las fibras del junco, en sogas, esteras, cestos, redes de pesca, procedentes en buena medida de los charcos de los barrancos de la Cuenca de Tirajana, piezas encontradas en Risco Blanco, en los Altos de Amurga y Gitana, y en los cercanos Ansite y el Pajito.

Se soporta la conquista en la que algunos se refugian en el interior de las cumbres, y se inicia un largo período de fusión cultural propia en todos los procesos de colonización.

Mientras se va sustentando un nuevo modelo económico, a partir del XVI, en razón de los repartimientos de las tierras y las aguas, donde se implantan cultivos de secano como la cebada y el trigo, y en mayor medida la caña de azúcar, exportándose a los nuevos mercados de las colonias americanas y el comercio con Flandes.

El 24 de mayo de 1502 surge una presencia rápida de Cristóbal Colón, presencia al fin al cabo, que coloca a la costa de Tirajana en los anales de la historia del descubrimiento, tal como lo recoge Don Hernando Colón: “pasamos a Maspalomas, para tomar agua y la leña que eran necesarias en el viaje; de aquí partimos, la noche siguiente hacia la India”.

Teniendo en cuenta la ubicación estratégica de este espacio natural de Maspalomas, surge otro tipo de acercamientos a la charca, a su palmeral, unas para repostar, otras como cobijo pirático, como el inglés El Faco, el holandés Van der Doez, el inglés Francis Drake.

A pesar de que a veces hay visitas que por sus intensiones, no dejan de tener su cosa, pues también fueron dando a conocer el valor de este paraje.

Ya en 1890, el antropólogo René Verneau nos relata, en su obra Cinco años de estancia en las Islas Canarias, una visión totalmente distinta a lo poseemos hoy de este lugar:
En esta localidad, la más meridional de la isla, se encuentra una infinidad de dunas que avanzan poco a poco hacia el interior y amenazan con invadir todas las tierras cultivadas, si no se pone pronto remedio. Sobre el borde del mar han formado un dique que aísla grandes estanques donde el agua dulce se viene a mezclar con la salada. La proporción de sal que contienen estos lagos es hoy bastante débil, lo que permiten que crezcan en sus bordes sauces y una infinidad de cañas”.

Entornos que años posteriores fueron repartidos, usándose para la producción del cultivo predominante del tomate que generó un desarrollo social de migración interna en la isla y de otras islas, avances económicos, protagonizando una fuerte transformación en la costa, en cuya extensión se aprovechó cualquier atisbo de terreno, bordeando incluso las laderas, donde confluye el romper de las olas. Las tierras que no fueron repartidas quedan a expensas de la actividad ganadera, lo que llega a producir ciertos conflictos, cuando las cabras y ovejas irrumpían los cultivos.

Mientras en las medianías continuaban las relaciones sociales con acciones comunitarias, como las juntas agrícolas, plantar, segar, recolectar, trillar. Las perspectivas ganaderas seguían marcadas por las paradas temporales, en la llegada o la partida del recorrido trashumante siguiendo la presencia de pastos desde la costa, las medianías y la cumbre, desde el norte hacia el sur.

En el siglo XIX llegan europeos que comienzan a fraguar el movimiento humano generador de una expansión económica a través del desarrollo de la industria turística. Una de esas aventureras fue la inglesa Olivia Stone, que se adentró en los rincones más alejados, describiéndonos una realidad histórica, así como un compendio de información e imágenes mediante sus dibujos de un gran valor antropológico. Tal como testifica en su visita a San Bartolomé de Tirajana, el miércoles 21 de noviembre de 1884: “…Visitamos la llamada vivienda guanche, pero que en realidad es una vivienda de antiguos canarios. Está en buen estado de conservación, pero parece una forma negligente de conservar una reliquia tan valiosa dejarla en manos de una campesina. El gobierno haría bien en adquirir la vivienda y conservarla como lugar de interés nacional. Puede ocurrir que los herederos de María Sarmiento no la cuiden como ella y el lugar puede perderse para la posteridad”.

O la visita en 1889 realizada por Samler, A. Brown que regresaba de Madeira y se acercó a Tirajana: “la existencia de un camino que desde Tirajana conducía a Maspalomas donde hay amplias llanuras arenosas con muchas especies de aves y un faro”.

Visitantes como éstos, pertenecientes a la élite social van difundiendo las características de estas tierras, aunque le mueven distintos intereses, ya que venían con la intención de explorar científicamente supuestos territorios exóticos, los que buscaban una proyección curativa de ciertas dolencias que podríamos denominar turismo terapéutico, y los situados en la denominada literatura de viajeros.Lo cierto es que van generando la creación de infraestructuras hoteleras en la capital de la isla y su extensión hacia la zona centro de la isla como fueron El Europa, El Santa Brígida, El Metropol, El Santa Catalina, El Monopol, Los Berrazales, Aguaje, etc.

Situándonos posteriormente en otro tipo de llegada con un carácter más explosivo económicamente, allá por la década de los años cincuenta a los sesenta del siglo XX, donde surge un apurado despertar exageradamente brusco, se cambian los celemines de tomates y las cucañas, por los levantamientos de estructuras de cemento para albergar camas y más camas, propiciando sueldos atractivos, con horarios definidos, días de descanso, en definitiva realidades que fomentan un acelerado proceso de abandono del trabajo en el campo, lo que supuso ralentizar el ritmo de la vida en el mundo rural, provocando en la trayectoria generacional situaciones de silencios, de olvidos. Todo el interés estaba en la demanda de sol y playa, se inicia el denominado turismo de masas con alto poder adquisitivo. Esta expansión arriba en nuestra costa sur, posicionando a San Bartolomé de Tirajana como referente del turismo en el país.

Ahora, pasado ya ese momento puntual de la historia nos queda analizar y evaluar la transformación del espacio natural, el desplazamiento poblacional, la relevante agresión al medio, el proceso especulativo intenso, la ordenación del territorio, el crecimiento económico, el asentamiento intercultural.

En este intermedio se fragua uno de los más importantes valores histórico-artístico, como es el edificio del Faro de Maspalomas, magnífica obra de ingeniería, proyectada por Don Juan León y Castillo, el cual mostró siempre su sensibilidad con ese entorno al que nunca fue ajeno y pensando en los que tenían que vivir allí, dijo: “el terreno contiguo es muy ameno y hará agradable la estancia de los torreros y su familia”. El edificio civil de mayor importancia histórica y monumental desde Telde hasta el Sur, siendo difícil entender Maspalomas sin su Faro, dado que ha estado presente testificando la actividad humana agrícola y pesquera, recreando el eje central del paisaje de la costa sur, hoy un tanto deteriorado, y vigía de los mares y del proceso del desarrollo turístico. Faro que se propuso su construcción en junio de 1861 y alumbró por primera vez el 1 de febrero de 1890.

Es propiedad de Puertos de Las Palmas y su Consejo de Administración de la Autoridad Portuaria, en concurso público le adjudicó el 9 de febrero del 2001 al Ilte. Ayto. de San Bartolomé de Tirajana, la concesión administrativa de explotación y aprovechamiento de las instalaciones y terrenos adscritos, y tal como consta en acta, para ubicar el Museo de La Historia del Turismo en Canarias.

También tenemos aportaciones dignísimas de edificios relacionados con el patrimonio religioso.

Lo más antiguo. La ermita de Santa Agueda en el Pajar, una cueva que avista el mar, se le relaciona con los mallorquines que ya venían anteriormente a la conquista, a realizar transacciones comerciales con los aborígenes y la fundaron. Marín y Cubas nos describe: “… la iglesia primera que hubo en esta isla, que es una cueva que después los mallorquines que en ella comerciaron donde se decía misa con la advocación de Santa Agueda”.

En la zona alta del municipio en el siglo XVI, existían tres referencias, la de Tunte, Santiago el del Pinar y Santa Lucía. La ermita de Santiago del Pinar, ya desaparecida, presidió durante siglos un lugar mágico, donde la naturaleza permitió la expansión de caprichosos riscales y arboledas, hacia donde se encaminan los romeros monte arriba con Santiago el Chico, particular y hermoso grupo escultórico en madera.

En la actualidad el monumento arquitectónico de la iglesia de Tunte, dedicada a San Bartolomé, con marcado carácter neoclásico, posee tres naves, cada una con su puerta, sus ventanas, un reloj central, que fue muy importante para los labradores en el aviso de las horas para aplicar las dulas para el riego de las tierras, un campanario superpuesto con dos campanas, en el interior seis arcos de cantería y artesanados mudéjares sencillos. La imaginería es variada, destacando por la posibilidad existente en la autoría del imaginero guiense Luján Pérez, la efigie del crucifijo del altar mayor, la imagen actual de San Bartolomé cuyo trabajo se le asigna a los talleres de Luján Pérez; además, posee varios elementos de orfebrería en plata.

El visitable actual cementerio con sus ampliaciones realizadas en los primeros años del siglo XX, camposanto instalado en la parte alta de la Villa, en Las Lagunas, su frontis de cantería y estilo gótico, presidido por el ángel, importado de París, de hierro fundido bronceado.

La ermita de la Virgen de Guadalupe en Juan Grande, junto a la casa condal del Mayorazgo, casa solariega de los Amoretos, con un grupo de edificaciones par el uso de graneros y viviendas de los medianeros que se dedicaban a la agricultura, la explotación de sal y fabricar ladrillos de barro cocido.

Desde el punto de vista patrimonial etnográfico, esos valores muebles que fundamentaron la vida cotidiana, la cual hoy podemos añorar sentimentalmente, pero que en realidad fue el motor que accionaba la economía y cuyos elementos muchas veces tenían hasta un sentido comunal. Pues muchos han llegado hasta nuestros días, superando infinidad de inclemencias como la característica casa rural y la infinidad de mobiliarios u objetos simples y sencillos, con una enorme importancia por la función que cumplieron en su propio contexto.

De las casas rurales que han superado el paso del tiempo, indicativo del grado de sabiduría en la aplicación de los materiales que la propia naturaleza ofrecía y su combinación a la hora de estructurarlas. Recordamos algunas como el amplio y emblemático casco de Fataga el cual tuvo su mayor expansión a principios del XIX con una generalizada arquitectura tradicional, de ejemplar diseño sostenible, ocupando el hábitat en torno al lomo, quedando las terrazas y bancales para el cultivo.

Los paisajes etnográficos que nos quedan como el conjunto rústico de proyección agraria en Risco Blanco, el conjunto de interés etnográfico como el poblado de los Canalizos, ocupación que se ha ido adaptando a las necesidades de sus habitantes hasta hoy día, debiéndose continuar con el respeto de integración en el paisaje, La Hoya de Tunte y su alto interés cultural, el Sitio de Arriba o el de Abajo, con alpendres y hornos y hasta la casa de Saturninita en la zona de costa.

La recuperada Casa de los Yánez de estilo colonial que ha sido rehabilitada para la instalación de un museo etnográfico donde se recrean modos de vida y costumbres del pequeño comercio campesino en el devenir cotidiano de épocas no muy lejanas.

La industria agroalimentaria en la red de molinos asentados en la ruralidad con producción energética del viento o de las aguas, del que nombramos por ejemplo el más cercano a nosotros como es el del Henchidero.

Y así estaríamos enumerando la gran variedad etnográfica que se oferta en la amplia extensión territorial de San Bartolomé de Tirajana, como serían lagares labrados en el propio risco, puentes de caminos, hornos de teja, de cal, de pan.

Las ingenierías hidráulicas del que ya mencionamos los molinos, pero se suman los acueductos de Maspalomas, las minas y galerías acuíferas, las canalizaciones, acequias, cantoneras, estanques, fuentes, galerías, lavaderos y los más recientes pero igual de interesantes, los almacenamientos de agua en las presas y sus entornos medioambientales.

Debemos retomar la recuperación de las actividades derivadas del sector agrario, definiendo estrategias que mejoren cultivos específicos como el guindo, para elaborar el licor de guindilla, sustancia de uso centenario, que al degustar, según fuentes de la sabiduría popular, resuelve problemas digestivos, donde los secretos, las diferencias del sabor particular van pasando de padres a hijos, siendo un bien familiar.

Reforzar la repostería con mermeladas de albaricoque, o el ritual de la almendra con las juntas para vararlas, apañarlas, partirlas y comercializarlas o quitar la piel si se quiere hacer cualquier tipo de dulce. Posiblemente nos sirva de aliciente el paso que se está dando con la plantación de parras y el nuevo vino, la limpieza de olivos y la producción de aceite.

La pervivencia artesanal y los oficios, con un carácter personalizado, que si en otro tiempo fue necesario por su uso y sustento de vida, hoy continúa teniendo el mismo sentido, aunque varía el uso, más en consonancia con lo artístico y decorativo, lo que no deja de tener el valor ancestral, superando los avatares del tiempo.

Recuperar el histórico centro locero de Tunte, del que hay constancia a principios del siglo XIX, establecer un centro que interprete los procesos de elaboración, hornos, conocimiento de las barreras que se surtían, con un inventario y catalogación, incluso su vínculo con los orígenes que se asocia probablemente a la llegada de una familia procedente de La Atalaya de Santa Brígida. Es conveniente que permanezca esa memoria colectiva que integró con trabajo y esfuerzo la creación de la loza por su necesidad de uso y complemento económico a base de sacrificios, pues se vendían a lomos de burros a lo largo de la cumbre, donde muchas de las veces la pobreza de los labradores se forjaba en la práctica del trueque y así se iba viviendo. En ese espacio donde se transformó el barro, quedan restos como la conocida casa de Las Mónicas en la calle de San Juan en esta villa.

Que vuelva a ser una opción más la recuperación de aquella red de senderos y caminos reales, los de la cumbre por el Paso de la Plata, tan marcada por cabreros y pastores, el camino viejo por Rosiana, llegada de las medianías del sur, el camino de Los Sitios procedentes de la costa.

Y qué decir de la aportación a la historia del valor lingüístico de la mano de Pancho Guerra, el cual reflejó como nadie la forma cotidiana de comunicarse, esa particular manera de usar el lenguaje, enriqueciendo su dignificada expresión en las tonadas, y el pensamiento que permitía el libre uso de modismos de nuestro humilde campesinado. Captó los rasgos identitarios del pueblo, ofreciéndolo a través de cuentos, entremeses, monólogos, pariendo el arquetipo de la sustancial socarronería que tenemos y que le llamó Pepe Monagas, por tanto tenemos que reconocer y agradecer su contribución al léxico popular de Gran Canaria.

Difícil se nos hace el dirigirnos hacia un futuro ordenado y satisfactorio en el que se humanice esencialmente nuestro entorno y las personas que en él habitan, si no somos capaces de reconocer, aceptar, mimar y dignificar un pasado profundo que nos pueda servir de reflexión constante.

Nuestro compromiso debe encaminarse con alternativas que apuesten por la defensa de este territorio en pro del bienestar. Apostar por la recuperación y puesta en uso de los lugares que guardan un valor social e histórico, que además crea empleo, regenera oficios perdidos, una puesta a punto de los valores culturales que poseemos.

Acercarse al entorno, como fuente de conocimiento y armonización en la reafirmación de la identidad, como elemento cultural propio.

Activar y desarrollar sistemas que recuperen los cultivos tradicionales volviendo a dignificar la acción agrícola y ganadera, situada en los nuevos tiempos, con la actual visión de la oferta y la demanda de las apuesta del turismo rural.

Tenemos que compartir la virtud de los valores que sustenta nuestro patrimonio cultural, con los propios valores que nos ofrecen otras culturas.

Que San Bartolomé de Tirajana, sus hijos e hijas y los que nos sentimos de alguna manera tirajaneros o tirajaneras aprovechemos estos días de fiesta, en medio de la alegría y la ilusión, nos permitamos el sentirnos orgullosos de poder reflexionar sobre estos parámetros que nos definen y nos han legado las generaciones anteriores, visualizados en la riqueza patrimonial, en sus manifestaciones arqueológicas, etnográficas, arquitectónicas, medioambientales, documentales y cómo no, la sabiduría que permanece en las fuentes vivas de la oralidad cuyos portadores, nuestros mayores, que han ido proyectando espiritualmente la cadena de la vida.

Nos queda convencernos de que es posible una esperanza real, que nos haga pensar en canario, que nos haga pensar en San Bartolomé de Tirajana.

Que nos conozcan por la aportación de nuestra esencia cultural en disposición de ser compartida con respeto e integración en el entorno.

Que nos conozcan por esa sociedad en valores que se ha ido curtiendo paulatinamente a lo largo de las décadas y nos definen como pueblo solidario, creativo, participativo, tolerante. Sociedad que nos haga cada vez más el lanzarnos equilibradamente entre la mejora social y el progreso hacia una digna calidad de vida.

Gracias una vez más a todos los hombres y mujeres cargados de sentimientos y silencios que estábamos o hemos llegado de distintos lugares en este andar del tiempo, donde el viento sigue soplando en la dirección adecuada de un digno desarrollo.

Estamos ante un momento clave de contribuir en un mundo cultural universal con nuestras maneras de entender lo nuestro y defenderlo, en todos los frentes con una conciencia activa. La identidad es el marco en el que se soporta la cultura, la cual nos facilita el ir definiendo una personalidad propia con la que debemos proyectarnos hacia el futuro, abiertos al proceso evolutivo de la sociedad y compartir este potencial de singularidades con el resto de las culturas que definen a otros pueblos.

La acción cultural no debe estar en función del continente, sino básicamente del contenido, por lo que los ciudadanos y las ciudadanas debemos involucrarnos como eje fundamental de participación, acción y optimización de los recursos existentes de manera conjunta con la administración pública y la administración privada.

Hagamos entre todos un esfuerzo por ordenar y ofrecer todos las valores históricos y culturales que poseemos a quienes nos visitan, pues será la esencia de sus recuerdos, además de sol y playa. No podemos olvidar nuestro proceso histórico cultural eso sería aceptar que hemos perdido la memoria.

Felices fiestas.

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