Revista nº 792
ISSN 1885-6039

Las viejas Noches de Reyes, los villancicos... Rafael Bento y Travieso.

Lunes, 01 de Enero de 2007
Néstor Álamo
Publicado en el número 138

Contó Támara con elementos pensantes -se ha leído- que surgieron en aquellos finales del XVIII como movimiento vaticinante del pre-romanticismo insular. La más desmelenada figura de aquella circunstancia pudiera ser el vate tamarense (híbrido del elocuentisimo retórico de Quintana y el mordiente más cáustiso de la escuela epigramática) Rafael Bento y Travieso quien ostentó facetas de Espronceda del Callejón del Molino con amada imposible -o no imposible- y lo demás. Este imponderable, increíble -para su época y en Támara- don Rafael poseyó, a más de la noble conceptiva neoclásica, eminente vena jocunda, festiva y demoledora.


(Viene de aquí.)

Nos ha negado escasa precencia de esta última modalidad pero hubo quienes estimaron que en tal aspecto -el satírico- resultaba honesto heredero de aquellos dioses mayores del género que fueron los Iriarte -en lo esencial don Tomás- el repuerco lego teldense "Fray" Juan Esparragón- ¿o religioso de tonsura?- o del muy inalcanzable, lejano Vizconde del Buen Paso, el de la alegre sobrina. Todo esto sin dar al olvido la musa desrecatada del fabuloso Samaniego salacísimo. Fue Bento valor para darlo al estudio y hasta para publicarlo en selección. Valor de nuestras letras que debiera ser tenido en cuenta en lo poslble dentro de unas futuras revisiones literarias; como es lógico no se hará nada. ¡Ahora que para enfrentarnos al futuro inmediato tanta falta habría de hacernos conocer, apoyarnas en el pasado!

"La Perejila" en su juventud.
Doña Agustina "La perejila" tuvo en Bento y Travieso -como en otros desconocidos confrates- antecedente ilustre, aunque el vuelo de nuestra deslumbrante bardina resulte más corto, más cerca del pueblo y sus asuntos.

Para entender a Bento en su poética noble, en su vivir, en los espacios de mayor relieve de su obra, digamos "seria", habría que estudiar el movimiento cultural cuya motivación se encuentra en los finales del XVIII y prosigue hasta el primer tercio del XIX luego de traspasar el absolutismo fernandista.

Aquella actitud socio-política se ve inserta en el pre romanticismo español al que de hecho pertenece don Rafael. Habría que escudriñar lo que pensaron e hicieron sus casi antecesores -cuando no contemporáneos- Álvarez de Cienfuegas, Quintana, Meléndez Valdés..., dando aparte los "bien hallados" cuyos nombres no hemos de insertar.

En Támara aquel movimiento que cito originado por la Ilustración, se filtra. a través del XIX para llegar a las dos décadas primeras del XX. Tales influencias -digo y hasta repito- coutinúan extendiéndose pese a la deserción de algunos hidalgos -los Valdés aparte, que jamás arriaron bandera-. Los "evadidos", a finales del XIX, se alistan en los "federales de Pi", en otros movimientos de mayor agilidad e incluso entre los liberales del mejor León y Castillo, que fue don Fernando. Con el tiempo vencen éstos y los de Pí se van convirtiendo paulatinamente en unidades casi esperpénticas, siempre dignísimas.

Hubo algunos socialistas vergonzantes, crípticos, como deshilachados. En la baja mesocracia se contaban elementos -escasos- anticlericales de aquellos de "El Motín" o con más mesura de los de "Grande es el Dios", en "el Sinaí" ... con la retumbancia. plena que en el instante se repartían fraternos Castelar y el P. Calpena.

En un bando, sin opción a triunfo -en Támara, digo- el republicano don José Rodríguez de Almeida. Estos Almeida fueron hidalgos de buena pro con orígenes lusitanos que habían logrado fortuna en las Indias del Rey. Don José, además era bastante agnóstico; había que oírle cuando Támara preparaba sus festejos al Sagrado Corazón de Jesús. Soliloqueaba en voz casi alta en la administración de Heribertito, también librepensante, pero menos. Era frente por frente -casi- a la casa rectoral legada por doña Isabel, "la del Tambor Mayor" y el Cura, de querer podía oírlo desde el archivo, pero el cura con todas sus ampulosidades no se detenía en estas cosas. En cuanto a don José con aristocrático señorío un tanto desdeñoso no elevaba demasiado el diapasón y en su verbo surgían discretamente disfrazadas las "ces" y las "zetas" y alguna que otra "ese" silbante.

Este pulquérrimo personaje del señor Rodríguez de Almeida, un poco incordiante en su actitud respecto al burgo, había sido educado en Francia, decían, y a sus manos llegaba puntual "'Le Fígaro" de París y algún que otro hebdomadario del sur, del "midi".

Fue el hidalgo hombre de alta línea en su indumento. Bombín y gabán -con cuello de terciopelo- en invierno y trajes de alpaca inglesa picana en veranp, aparté un espectacular parasol beige fortado en verde pa.ra el verano. Lentes de pinza de oroque manejaba con elegancia medida. Gesto noble y entonado. Su indumentaria en la época en que le recuerdo aparecía algo desincronizada en la moda del momento pero registraba el perfil de los buenos sastres de "p'a fuera".

Fue don José, hasta su final, todo un tipo de Baroja, de los de arribo, de los entes aristocraticos rozadores de la raya de Francia. Lo revivo en sus tiempos últimos, cuando iba al baño a Roca-Prieto -que era como llamábamás al punto aquél del litoral pese a los puristas cursilones.

Bajaba solemne desde lo alto de la cascada de callaos una vez traspuesto el sol de la tardecita envuelto en la gran tohalla de baño blanca, caída en nobles pliegues al modo de la antigua y clásica romanidad. Con aire uncial, a manera de cayado enarbolaba una -alta caña verde. En el final cresteaba un plumón de follaje. Componía la visión una estampa bíblica en reir; nadie se atrevía a sonreir. Si acaso los más osados susurraban bien a lo zorrjto:
-¡Mira que este don José!...

Sí, fueron hombres distintos, instantes distintos, postulaciones, presupuestos sociales esencialmente distintos.

(Continuará.)
Comentarios
Sábado, 09 de Junio de 2007 a las 20:03 pm - karen

#01 no me sirve esta informaciòn.