Revista n.º 1045 / ISSN 1885-6039

La manada de ovejas y su trascencia humanofolclórica.

Viernes, 10 de agosto de 2007
Manuel J. Lorenzo Perera
Publicado en el n.º 169

El Hierro (Archipiélago Canario) ha sido, tradicionalmente, una isla de fuerte arraigo pastoril, hecho que está intensamente imbricado con su escarpado y duro medio geográfico. Como en las restantes islas, se observa en la más pequeña de las Canarias -278 km2- un claro retroceso de la población pastoril, el cual tiene mucho que ver con los continuos atropellos de que ha sido objeto, destacando en tal proceso la continua expropiación de tierras de suelta comunales.

Preciosa imagen de unas ovejas comiendo tomates. Detrás, el municipio de La Aldea de San Nicolás con el majestuoso Teide al fondo.

Existen marcadas diferencias entre las manadas de ovejas de antaño y las actuales. Las primeras eran más numerosas y era frecuente en ellas la presencia de capones o carneros capados, aspectos que guardan relación con la posibilidad de poder criar mayor cantidad de ganado en las más abundantes tierras comunales. En toda manada destacan estos tres elementos: la guía, o animal que conduce a los demás, siendo frecuente en las antiguas la presencia de un guía (capón), el cual se ponía al frente del rebaño en las más difíciles tierras de la Dehesa; los carneros padres, y las ovejas de cría o de leche.

Seg
ún el decir pastoril, la raza está en el macho; eso explica que a los carneros, para evitar la degradación de la raza, no se les tenga más de cuatro años. Cada año se quita lo viejo, siendo suplido por los nuevos recentales, prefiriéndose los tempranos (encontrarán mayor cantidad de hierba) y teniéndose en consideración su ascendencia. Para fortalecer la raza, ha sido tradicional el intercambio de animales (machos y hembras) entre los ovejeros, procediéndose a partir de los años cuarenta del siglo actual a importar carneros desde Gran Canaria, isla muy imbricada a El Hierro por razones de poblamiento (hacia allí se han dirigido numerosos emigrantes herreños) y comerciales, ya que buena parte del afamado queso herreño se vende en aquella isla.

Para llevar a cabo el control de la manada, el pastor se vale de determinadas voces que da al perro o a la guía y de la inestimable ayuda del perro. La posesión de un buen perro o de buenos carneros padres, constituyen temas muy tratados en las reuniones pastoriles y gran motivo de estímulo para el propietario.

El pastor sabe cuándo le falta alguna res. Convive largo tiempo con el rebaño y la mujer es la encargada de criar los corderitos con el tetero (biberón) (sobre todo a los postreros), igual que hace con los hijos. Todo ello establece estrechos vínculos entre el cuidador y sus ovejas, los cu
ales se ponen de manifiesto al observar que el pastor conoce el árbol genealógico de sus animales, cuáles son sus edades, sus nombres, etc.

Cada animal tiene un nombre, estando relacionada la mayor parte de las denominaciones con el color que presentan, siendo otras veces reflejo de su carácter, forma de los cuernos...

El pastor se preocupa de que el ganado esté limpio y con ello se relacionan las siguientes faenas: Desacolarlas (cortarles la lana cagada con las tijeras); el derrabado (o reducción del rabo) y la pela, auténtica fiesta familiar, realizada en el menguante de marzo, ya que -según creencia popular- si se realizara en el creciente la lana se pica.

Aunque en la actualidad, y en ocasiones, se cuente con productos de la farmacia, conviene tener presente las fuertes deficiencias sanitarias, veterinarias... que ha arrastrado la isla. Por dicho motivo, el pastor suele seguir empleando antiguos remedios -algunos se remontan a la época aborigen- para curar las enfermedades de sus reses: tetera, sereno, ceguera, correncia... De cada una de ellas, hemos analizado sus causas, síntomas, remedios empleados y lo que acaece tras la post-aplicación.

Es realmente sugestiva la estrategia del pastor herreño para controlar al único depredador: el cuervo, cuyos nidos visita arrebatándole las crías o cuervines.

La huella pastoril en general, y de la manada, en particular, se detecta en el habla insular; en los apodos; en la distribución social: rabos blancos y negros; en cantos, retajilas, romances, y otros géneros folklóricos, entre los que destacan el Baile del Fraire y el de la Virgen, en los que el hombre plasma determinadas fases del comportamiento y organización de la manada de ovejas.


Este artículo fue publicado en el libro de resúmenes del I Congreso Iberoamericano de Estudios de Folclore, organizado por la Excma. Mancomunidad de Cabildos de Las Palmas en noviembre de 1981.


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