Revista n.º 1053 / ISSN 1885-6039

La cestería de madera rajada y su aplicación en la agricultura palmera.

Miércoles, 8 de noviembre de 2006
Juan José Santos Cabrera
Publicado en el n.º 130

Muy lejos quedan ya aquellos tiempos de frenética actividad artesana para fabricar una amplia gama de cestos, imprescindibles para realizar las tareas agrícolas y domésticas, en una economía de subsistencia. Familias enteras se dedicaban plenamente a esta hermosa profesión para abastecer toda la isla, incluso para exportar; en todas las casas colgaban del garabato, varias espuertas y cestos de carga, cestos de mano, barcas, seretas, etc. Con espuertas y cestos, se construyeron las primeras carreteras de la isla antes de llegar las primeras carretillas y cubos de hierro, se limpiaron de piedras los campos para cultivar, tarea gigantesca muy poco valorada en la actualidad, pues desgraciadamente muy pocos son los jóvenes de hoy que conocen ese pasado.

Cesto prehispánico, vestigio de la rica artesanía Benahoarita (Museo de Arqueología Insular)



Introducción.

Recuerdo de pequeño ver cómo se remendaban una y otra vez los cestos hasta que se deshacían, pues escaseaba el dinero para comprar nuevos y había que exprimir al máximo todos estos objetos. En la época de vendimia, los cestos de carga de diferentes tamaños eran usados por los hombres para cargar las uvas desde largas distancias hasta los lagares; también la mujer lo hacía, pero con espuertas a la cabeza, para lo que había que tener una maña especial. Eran tiempos en los que existía cierta rivalidad por ver quién cargaba más y llevaba el cesto más y mejor encolmado. El cesto de mano, con un asa para cogerlo o colgarlo del brazo, tenía múltiples aplicaciones, como por ejemplo, recoger higos; siempre recuerdo un cuento verídico que me hacía mi abuela paterna: habían puesto a secar 40 cestos de higos al sol en un lugar conocido por Tomascoral (Fuencaliente) y a los pocos días llovió fuerte y los perdieron todos, una muestra palpable de las fuertes dificultades de supervivencia en los tiempos en que el campo era la despensa de los campesinos.




Actualmente, esta labor, como tantas otras, se encuentra en una inexorable decadencia debido a la introducción de otros objetos (especialmente de plástico) que los sustituyen y su precio es infinitamente más barato. También creo que, lamentablemente, existe poco interés por parte de los palmeros hacia aquellas cosas que nos diferencian, puesto que muchos de estos utensilios aún hoy podían tener una funcionalidad destacada y así ayudaríamos un poco más a mantener nuestras señas de identidad.

Observo con profunda preocupación cómo una cultura tan ligada a las labores cotidianas, con varios siglos de existencia, pues la cestería es aún más antigua que la cerámica y los textiles, acabe desapareciendo de la faz de esta tierra, pues podemos afirmar que muchos objetos tradicionales han desaparecido y los pocos artesanos que perviven son bastante mayores, sin que de momento exista un relevo generacional.

Sin embargo, contrasta la situación de La Palma con otra isla de similares características geográficas, Madeira, donde aún existen importantes talleres artesanales y el campesinado sigue usando la cestería propia contribuyendo con ello a mantener una costumbre de gran interés etnográfico y a su vez un importante reclamo turístico.


Origen de la cestería palmera.

Ya los benahoritas confeccionaban cestos de junco y otros materiales con una extraordinaria habilidad, de la cual existe una pequeña muestra en el Museo Arqueológico Insular, y no sería descabellado pensar que la destreza y el arte de los artesanos palmeros puede tener alguna connotación aborigen. Las técnicas utilizadas por los benahoaritas eran muy semejantes a las empleadas actualmente en la artesanía confeccionada con paja de centeno.


Cesto prehispánico, vestigio de la rica artesanía Benahoarita (Museo Insular).

Aunque los estudios sobre la cestería tradicional palmera son muy escasos, por no decir inexistentes, podemos afirmar que esta actividad artesana es producto de las aportaciones traídas por los colonos llegados a la isla después de la conquista, dado que las técnicas de elaboración están muy generalizadas. En la cestería confeccionada con mimbre y caña existen muchas similitudes con la que se hace en Portugal, Península y otras islas de Canarias. La cestería de madera rajada sí contiene algunos rasgos propios, tanto en la tipología como en los acabados; igualmente pasa con las conocidas seretas de hoja de palmera, muy características en sus formas y colores.


Los materiales.

Los tipos de materiales empleados históricamente en cestería de vara son muy variados y están íntimamente ligados a aquellas especies que más cerca estaban de los artesanos. El más usado es el «follao», VIBURNUM Tinus Rigidum, especie vinculada a los boques de Laurisilva, de cuyo tronco brotan numerosas varas que por su flexibilidad y largura facilitan mucho el trabajo. También se emplea el castaño, moral, ciruelo, membrillero, tagasaste, mimbre, caña, pírgano (tallo de la hoja de palmera) o aceviña. A decir de algunos artesanos, esta última especie, LLEX Canariensis, que también habita en la Laurisilva, "s lo mejor porque es más fuerte y dura más, aunque actualmente está prohibido su corte.

Las diferentes piezas que forman un cesto tienen las siguientes denominaciones: costras, varas y correas. Las primeras son las que forman la estructura, las segundas cubren el cesto y las últimas rematan el borde y las asas.

Izquierda: Varas de follao «Viburnum Tinus Rigioum».

Las varas se deben cortar con buen menguante, aunque hay quien no lo tiene en cuenta y son mejores aquellas que se obtienen de lugares orientados al sol. Siempre son brotes jóvenes con un grueso entre uno y cuatro centímetros aproximadamente y hay que trabajarlos en verde, dado que facilitan mucho más la labor. Lo normal es que al día siguiente del corte se comienzan a abrir, separando las más finas para los cestos más pequeños y las gruesas para los más grandes. Luego se orean y se labran por la cara interior para dejarla del grueso adecuado, todo ello con la ayuda de una pequeña podona. Las varas para la costra son un poco más gruesas y de una salen varias tiras, siempre limpias de corteza por ambos lados, para cubrir todo el fondo y formar la estructura. Las correas se obtienen de madera del castaño y son una especie de cintas muy finas para los remates y las asas de todas las piezas, labor que requiere una destreza especial.

Una vez preparado abundante material se deja secar unos días, porque si se hace pronto el cesto se afloja; después se azufra con abundante mecha dentro de una caja, con lo cual queda más blanco y protegido de insectos (esto más bien se hace con la cestería pequeña que siempre presenta mejores acabados). Inmediatamente se puede comenzar la fabricación. Si las varas se secan demasiado, se humedecen antes de trabajarlas.


Herramientas de cestero.

Para fabricar un cesto se procede de la siguiente manera: generalmente en el suelo y con la ayuda de los pies, el cestero comienza con el ensamblaje de las costras, cuyo número será siempre impar para que el tejido sea exacto. El número de costras determina el tamaño del cesto y la forma; los cuadrados darán cestos redondos y los rectángulos cestos ovalados. Una vez preparado el fondo se pone la primera vara, y se doblan en sentido vertical todas las que forman la armadura mientras se sigue insertando varas hasta la altura deseada. Para sujetar la armadura, las tiras verticales se cortan, se vuelven hacia abajo y se introducen en la trama, el resto de las tiras irán destinadas a formar las asas o se cortan. Luego, el borde y las asas se rematan con correas de castaño, envolviendo las últimas vueltas de varas con la ayuda del rematador. Se suelen dar dos pasadas de correas, una en una dirección y otra al contrario, lo que da un mejor acabado y mayor fortaleza al cesto.

Para la conservación de los cestos el mejor remedio era introducirlos en agua de mar, para lo cual se sumergían en los charcos naturales con la marea vacía o en los percheles, pequeños pozos donde se curtían los chochos y el lino.


De arriba a abajo: labrando las varas. Sacando correas. Correas preparadas para usar.

La zona de la isla que más produce los diversos materiales se encuentra en Breña Alta, puesto que abundan las palmeras en las medianías y el bosque de laurisilva es muy extenso en las estribaciones de la Cumbre Nueva, muy cerca de las viviendas, de ahí que siempre el mayor número de artesanos se concentraran en este lugar.


1. Tejiendo un pequeño cesto. 2. Detalle de cesto de mano. 3. Trama de fondo de una barca. 4. Rematando el cesto. 5. Colocando las asas. 6. Cestos a la espera de ser encorreados.

Uno de los mayores problemas que tienen los artesanos es la dificultad para acceder a la materia prima, paradójicamente, en una isla donde es muy abundante. Al ser personas de avanzada edad, tienen que depender de terceras personas para conseguirla, y éstas, a veces, desconocen las especies vegetales o no pueden llegar hasta ellas, debido a la falta de limpieza del bosque; por otra parte, para que los árboles produzcan buenas varas hay que podarlos con cierta frecuencia y a veces existen muchas dificultades por las trabas impuestas por las autoridades medioambientales.


Tipologías.

Aunque ya varias piezas no se fabriquen, incluso de algunas no existe una muestra para el recuerdo, trataré de señalar aquellas que son más comunes, principalmente las ligadas a las tareas agrícolas.


Engarilla o Angarilla.

Por mucho que lo he intentado, no he conseguido ver una sóla completa. Solamente encontré un ejemplar sin tapa prácticamente deshecha y lo más triste es que ningún artesano de los que aún perviven la quiere fabricar.


Cargando la «engarilla» en el faro de Fuerteventura (1961), cuando no existía carretera.

Se trata de una especie de dos cestos de forma cilíndrica que en su parte alta se unen en forma de puente para adaptarlos al lomo de los animales de carga; mulos, caballos o burros. Se utilizaba para el transporte de multitud de objetos, casi siempre relacionado con las tareas agrícolas y muy especialmente para la vendimia. Según se recolectaba la uva en pequeños envases se vaciaba en ella hasta lIenarla, luego se tapaba y entre varias personas se ponía sobre el animal. El amarre se hacía con dos cuerdas con un lazo cada una que se colocaba sobre la engarilla una a cada lado y luego las puntas se pasaban por debajo del animal en forma de cruz, de modo que el extremo de una se enganchaba con el lazo de la otra. Si el animal tenía que caminar en subida se amarraba por delante y si lo hacia en bajada por atrás. Para la descarga era necesario al menos dos personas, que tomándola una por cada lado la vaciaban en el lagar.


Cesto de carga.

Posiblemente es la herramienta más usada para cargar, como el mismo nombre lo dice, casi siempre destinado al hombre. Se fabrica de diferentes tamaños, adaptado a la edad y poder físico del usuario. Es prácticamente la única pieza tradicional que aún se emplea en la agricultura, preferentemente para surtir de estiércol a la platanera.


Cesto de carga.

Su parte baja, redonda (el cugojón) es más estrecha, hasta unos 20 centímetros aproximadamente de altura, desde donde se abre en forma cóncava, culminando con un asa a cada lado, lo que facilita la colaboración de otras personas para cargar y descargar. A esta parte le llaman la pana. Para cargarlo sobre los hombros cuando se recorrían largas distancias con mucho peso era costumbre preparar un gorro y a su vez una especie de rollo hecho con el mismo saco (de los que venían con papas o grano) que servía de apoyo del cesto. Para compartir más el peso, se utilizaba un palo que adaptado al hombro y en forma de palanca puesto debajo del cesto facilitaba muchísimo el trabajo, de modo que una mano agarraba el cesto por su borde y otra ejercía presión sobre el palo reseñado.

El diseño de este cesto es muy interesante, puesto que al ser más ancho en su parte alta se adapta más al cuerpo y el peso está mejor distribuido sobre el mismo.


Espuerta.


Espuerta.

Esta cesta, como la mayoría, se fabricaba en varios tamaños, tenía multitud de usos en las faenas agrícolas de todo tipo y a su vez era la más utilizada por la mujer para cargar en la cabeza. Para ello preparaban la rodilIa, un rollo de una tela vieja que ponían sobre la cabeza para soportar mejor el peso. Era frecuente ver a las mujeres con la espuerta bien llena sobre su cabeza y además un cesto pequeño en una de las manos, para lo que había que tener una gran habilidad. Cuando no existía maquinaria, la espuerta fue el gran utilitario para preparar las tierras de cultivo, para hacer las paredes, separar las piedras y lIevarlas a los majanos (amontonamientas de piedras); también muchas de nuestras carreteras fueron hechas a base de hacer los desmontes cargando la tierra en espuertas, cuando se trabajaba de "sol a sol" con jornales de miseria.


La Barca.

Como el mismo nombre lo dice, este cesto de forma rectangular tenía su mayor aplicación en los trabajos relacionados con el mar. Su tamaño oscila entre los 50 y 100 centímetros de largo con un asa al centro. Las de mayor tamaño se dedicaban a la pesca de barco, para recoger las capturas y luego llevarlas al hombro hasta la casa y venderlo. Las otras, un poco más pequeñas, para la pesca de tierra. Otros modelos aún más pequeños se utilizaban en la casa como pequeño bolso, para recolectar frutas y otras labores.


«Barca» pequeña.

Cesto de mano.

De forma cilíndrica, de 20 de altura y 25 centímetros de ancho, fue imprescindible en la casa para multitud de usos, incluso como unidad de medida para los higos, las papas o los tunos. Habitualmente se hacían dos modelos, uno con tapa y otro sin ella. En éste último, el asa se forma unida al borde que remata el cesto, en cambio en el que lleva tapa, su construcción se inicia a la mitad del tejido para dejar libre la parte alta y así poderle poner la tapa. Este ultimo modelo era muy usado para llevar la comida al campo, para comprar, etc. El otro tenía una gran versatilidad: su amplia asa se colgaba del brazo y permitía recoger higos con las dos manos, también otras frutas, papas, almendras...


«Cesto de mano».


Cesta campera.

Se empleaba principalmente para llevar la comida al campo, aunque si los comensales eran pocos también se usaba la barca.

La cesta campera tiene una forma cilíndrica y sus medidas oscilan entre los 50 y 60 centímetros de ancho y 25 y 40 de alto, con cuatro asas pequeñas. Hasta los años sesenta del pasado siglo, los trabajos del campo se realizaban durante todo el día, muchas veces con gallofas (reunión de amigos y vecinos para realizar una tarea en común) por lo cual era costumbre llevar el almuerzo a los trabajadores en la cesta campera, tarea encomendada a la mujer o a los hijos más pequeños. Las cuatro asas de la cesta servían para introducir por ellas las cuatro puntas del mantel de lienzo que la cubría.


«Cesto de mano» con tapa.

Cesto de pan.

El cesto de pan tiene la misma forma que la cesta campera, aunque de mayores proporciones, aproximadamente de unos 70 x 70 centímetros. En él se recogía el pan al sacarlo del horno y luego las panaderas con su cesta a la cabeza se encargaban de repartirlo por las casas. La distribución del pan también la hacían los hombres en ocasiones y muchas veces los propios hijos de los panaderos.


Otros modelos.

Además de los tipos descritos, también se hacían otros modelos, la mayoría de las veces relacionadas con las labores domésticas. Uno de estos se llama asofate, tan curiosa su forma como el nombre, cuyo uso está destinado a colocar la ropa planchada. Su construcción es igual que un cesto rectangular pero de forma plana con un asa a cada lado, alcanzando una medida aproximada de 100 x 50 centímetros.


Cesta para llevar la comida al campo.

Algunos de estos artesanos que perviven, ante la escasa demanda de los tipos tradicionalmente empleados en la agricultura y labores domésticas, han optado por confeccionar miniaturas inspiradas en las piezas tradicionales y otros frutos de su inventiva para venderlos como objetos decorativos.


«Asofate» para poner la ropa planchada.


Bibliografía.

BIGNIA, Kuoni, Cestería tradicional ibérica, Ediciones del Serbal


Fuentes orales.

Don Bernardo Castro Hernández, de 76 años (San Isidro, Breña Alta).
Don Juán Pérez Pérez, de 66 años (Las Ledas, Breña Baja).

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