Revista nº 681
ISSN 1885-6039

Momento de hacer memoria. Los días que nos esperan de Domingo F. Curbelo.

Sábado, 02 de Septiembre de 2006
Yeray Rodríguez
Publicado en el número 120

No hace tanto se presentaba, en el Auditorio de Puerto del Rosario, la novela Los días que nos esperan de Domingo Fuentes Curbelo. El libro ha sido ofrecido por la Editorial Rueda. En dicha presentación hubo unas 500 personas. Esta nueva obra contextualizada en Fuerteventura fue presentada por el doctor en Filología Hispánica y profesor de la ULPGC, miembro de esta revista, José Yeray Rodríguez, cuyo texto a continuación reproducimos.



En la Villa de Betancuria sigue en pie el esqueleto, la esencia, del convento de San Buenaventura, santo franciscano considerado por algunos el segundo fundador de la orden. Los arcos que sostuvieron la techumbre contemplan cómo la naturaleza recobra segundo a segundo lo que fue suyo antes de que se levantara una de las primeros edificios de la isla. Las páginas de la novela Los días que nos esperan, albean las sufridas paredes del convento y vuelven a urdir la techumbre para que el edificio cobije un pedazo de la vida del protagonista. La memoria también precisa una mano de cal de vez en cuando para que el olvido no acabe dejando desnudas sus paredes. La memoria viene a demostrarnos que pese a los siglos que nos quedan por medio, desde el dieciséis hasta ahora, así como muchas cosas han desaparecido, otras, con otro rostro y quizá con otra prisa, siguen volviendo una y otra vez a nosotros como las olas a cualquier orilla.

A finales del pasado mes de marzo tuve la oportunidad de asistir en Venezuela a la presentación de un libro cuyo ritual, sinceramente, me sorprendió. Después de las palabras de rigor de los intervinientes, quien oficiaba como maestro de ceremonia derramó sobre las páginas centrales de la nueva obra una generosa cantidad de vino. Aquella era la forma de bautizar la nueva obra, bautizo que recuerda la botadura de un barco contra el que suele estrellarse una efusiva botella. Y es que con ambas ceremonias tiene que ver el acto que nos convoca; es un bautizo puesto que a la nueva criatura se le da un nombre que desde hoy será público y se le reconoce un autor y, si me lo permiten, un padrino. Y es una suerte de botadura porque se desea al nuevo libro la mayor de las suertes en la travesía que le espera por las estanterías de librerías y bibliotecas y por las manos de los lectores, el apacible puerto adonde todo libro desea llegar; el refugio que reconforta. Durante esa travesía el libro se irá alejando de su autor, como del puerto de partida, para ir perteneciendo poco a poco al horizonte, el horizonte que cobija las expectativas de los lectores. Ese horizonte anhelado por este libro, les adelanto, irá dejando ver, poco a poco, la peculiar silueta de la Isla de Fuerteventura, porque la novela que ha escrito Domingo Fuentes Curbelo, atraviesa, como no podía ser menos, esta isla que todavía está por escribir y por escuchar. Y no es poco el riesgo asumido, puesto que en esta obra, el autor se ha encomendado a la difícil tarea de derramar ficción sobre la historia y, de alguna manera, ha querido hacer memoria desde un territorio que a tanta memoria está obligado. La elección de Fuerteventura como espacio novelesco es un acto que quisiera agrandar con mis palabras puesto que esa no ha sido siempre la opción de los autores canarios, que en muchas ocasiones han camuflado nombres y entornos prefiriendo situar las peripecias de sus personajes en Kuala Lumpur antes que, por ejemplo, en la Vega de Tetir. Como decía, Fuerteventura está por escribir y por escuchar, y textos como el que nos ocupa van sumando páginas a ese propósito.

Vivimos tiempos, aquí en Fuerteventura son perfectamente conscientes de ello, en los que los años parecen apurarnos los pasos y en los que da la impresión de que el tiempo se abalanza sobre nuestra capacidad de asombro. Necesaria es la memoria para ese viaje. Para hacer memoria, Domingo Fuentes nos convida a trasladarnos a finales siglo XVI, nos convida a viajar de la mano del protagonista, Liberto Mancebo, hacia la Fuerteventura de aquellos tiempos, una tierra reciente a los ojos de la Vieja Europa, atravesada de mitos, tópicos, deseos y de todas aquellas circunstancias que se le suponen a un mundo nuevo; nos convida a un tiempo de agitaciones: por el poder, por la fe o por las ideas de la ciencia; un tiempo en el que era necesario demostrar la pureza de sangre o exponerse a los tormentos y la muerte que aseguraba el brazo armado de la Santa Inquisición, movida en ocasiones por la chismografía de algunos con ganas de medrar, antecesores de muchos que aún hoy prosiguen buscando en las vidas de los otros la solución del vacío de las suyas. De la mano del protagonista nos asomamos a una Canarias que, desde aquellos tiempos, ofreció la mano tendida de sus puertos para asomarse al mundo o que él se asomara a vernos, una Canarias que era paso obligatorio o destino definitivo de los barcos que se hacían Guadalquivir abajo saliendo desde la por entonces bullente ciudad de Sevilla, que buscaban aquella esquina atlántica isleña, macaronésica y africana por la geografía; y española, europea y católica por la fuerza de las armas. Las armas y la fe se entrecruzan en el relato junto con universales como el amor, la amistad, la muerte, la envidia... En ocasiones, a lo largo de la novela, Domingo Fuentes se atreve a incursionar en territorios bastante poco hollados y que, desde nuestro presente, juzgamos con un reciente alivio; temas que contextualizados en los tiempos que señala la novela resultan de una moderna antigüedad. Y a todo se suma una cuidadísima técnica narrativa que va encadenando espacios y sucesos de tal manera que da la impresión de dirigir todos los afluentes hacia el mismo río y éste hacia el mar en el que desemboca una apasionante historia. La elección de los nombres de los personajes y de los capítulos no es, en ningún caso, inocente.




Domingo Fuentes Curbelo, con esta novela, protagonizada por un novicio de la orden de San Francisco, ha estirado esa tendencia franciscanista de la literatura canaria que arranca con el celebérrimo poema de “Las tentaciones de San Antonio” de Cairasco de Figueroa, sigue con la Vida de San Francisco de Asís de Fray Andrés de Abreu y se prolonga en la obra de autores cercanos a nuestro tiempo como el poeta grancanario Saulo Torón, una suerte de romántico modernista. Y es que quizá sea Fuerteventura la isla más franciscana de todas las Canarias, donde la vida se refugia en lo esencial y en la que nada sobra; donde la experiencia espiritual emerge del paisaje, del paisaje desacostumbrado al lujo y la hojarasca que hizo que Unamuno mudara de perspectiva. Nada es más vanguardista que lo que reinterpreta la tradición, tradición que entre otros alimentara Domingo Velázquez desde su palabra esencial.

La novela que presentamos apunta diversos rumbos literarios que se entrecruzan inevitablemente: lances picarescos, técnicas de la novela histórica o de la novela espiritual galdosiana... Distintos textos se me han aparecido en un momento u otro de la lectura: desde El Lazarillo de Tormes a Nazarín, o desde Las espiritistas de Telde hasta El nombre de la rosa, porque el mágico tesoro de la literatura nos permite tirar de hilos distintos para componer o interpretar un nuevo texto, un nuevo tejido, que eso precisamente significa esa palabra, texto. Me gusta decir que desde las últimas décadas del veinte, quienes escriben los libros, más que escritores que leen son lectores que escriben, que incorporan a su texto, con naturalidad, las horas que han pasado leyendo lo de otros o, más concretamente, lo que acaba siendo de todos.

Yo no nací en la Maxorata y ni siquiera tengo raíces reconocibles en esta tierra, pero quisiera aprovechar la oportunidad que me brinda el bautizo de este nuevo texto para declarar de qué forma se me ha ido metiendo en el alma esta isla. Como me gusta decir, para quien no la descubre desde la cuna, Fuerteventura nunca será un amor a primera vista. A primera vista pueden enamorar islas como La Palma o La Gomera. Fuerteventura va enamorando poco a poco, incluso en secreto, pero ese amor alcanza para toda la vida. Desde el avión uno la descubre tendida al mar, acartonada, desértica y del color de la desesperanza. Es en la distancia corta, en el saludo profundamente humano de majoreras y majoreros, en su generosidad ejemplar, en su entrega cotidiana, en el profundo amor que por su tierra sienten, donde uno descubre la verdadera Fuerteventura, esa que se resiste a perder su originalidad, que sigue comiendo puchero los días de fiesta y juntándose allí donde suene un timple o haya una luz encendida en la madrugada. Por ese profundo amor que siento por Fuerteventura y que muchos de ustedes conocen, agradezco a Domingo que me convidara a presentar este libro porque me da la posibilidad de juntar dos pasiones que, en distintos tiempos, se metieron en mi alma para quedarse para siempre: la literatura y Fuerteventura, palabras que además riman y dan ganas de juntar en un cantar. Ojalá que los majoreros, sobre todo los majoreros, se acerquen a esta novela para completar las huellas que hasta aquí los han traído, para comprender las disputas entre los señores de esta isla y los de la de Lanzarote, para conocer la Betancuria que inauguró el poblamiento europeo de esta tierra, para vivir una historia tan apasionante como sucesivamente inesperada. Ojalá que Fuerteventura conserve su íntima esencia y que, como el Convento de San Buenaventura, pese al paso del tiempo, se mantenga en pie y no deje de mostrar cómo fue alguna vez. Ojalá que Los días que nos esperan los cautive a ustedes como me cautivó a mí. Ojalá que los días que nos esperan nos sigan deparando una tierra que se parezca lo más posible a la que ustedes, con todo derecho, sueñan cada día.

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