Revista nº 847
ISSN 1885-6039

La isla, el paisaje.

Martes, 12 de Septiembre de 2006
Antonio de la Nuez
Publicado en el número 122

Dos países son paisanos cuando tienen el mismo paisaje. Así, Canarias lo es de muchas tierras porque encierra dentro de sí, en poco espacio, la flora alpina junto a las vides panormitanas y los bajos platanales de las tierras calientes hondureñas. Pero este paisanaje es eminentemente africano, más que europeo o americano. Todo lo que hagamos por salirnos de nuestra órbita reverencia africana es una salida de tono o un irse por los cerros del cosmopolitismo.



Dos países son paisanos cuando tienen el mismo paisaje. Así, Canarias lo es de muchas tierras porque encierra dentro de sí, en poco espacio, la flora alpina junto a las vides panormitanas y los bajos platanales de las tierras calientes hondureñas. Pero este paisanaje es eminentemente africano, más que europeo o americano. Todo lo que hagamos por salirnos de nuestra órbita reverencia africana es una salida de tono o un irse por los cerros del cosmopolitismo. Aquí, en Gran Canaria, quienes mejor han expresado esto, quizás inconscientemente, son Arencibia, el pintor, y nuestros escultores. Se trata de superar un poco esa idea trivial de la perfecta y cerrada Guanchía de unos hombres rubios para incluirnos y confesarnos un poco más cerca de lo moreno de lo que hemos estado hasta ahora. Canarias es la gran experiencia de España en Africa. El Africa occidental española, bajo el mando supremo de los capitanes generales no fue más que una prolongación continental de la insular.

La valoración espiritual del paisaje comprueba el parentesco de los países. En Canarias el paisaje muchas veces se recata con pudor tras el blanco albayalde de sus muros. Estos son los velos de este paisaje de ojos verdes y pelo profundamente negro con todo el encanto de los oasis cuando se abre, botón de rosa, en el fondo del barranco, el dado perfecto de la casa, perdida entre las palmeras. El estanque está lleno hasta los bordes y sólo refleja tranquilo el paso de dos palomas. Espera el momento en que derramará la savia vivificante de su vientre sobre los surcos resequidos por el reciente Levante, la respiración ardorosa del enorme y cercano dromedario. Ayer tarde, el día terminaba con un resplandor rojizo. Un momento vi recortarse una palmera sobre el cielo de sangre. Los muros de otro estanque semejaban la pirámide truncada de una mastaba funeraria. La imaginación volaba hacia los frisos egipcios con ojos de lapizlázuli. También toda nuestra Península está incluida dentro del gran espacio africano. En especial esa España de Azorín que daña a la vista con su sol. Es tan poca cosa Europa que, por el Mediterráneo, Africa se la come y, por Oriente, Asia la devora. Ese temblor de la reverberación solar en el verano madrileño se reproduce aquí con sólo que el sol esté al descubierto. Entonces, sobre el asfalto, la ilusión óptica del agua. Esos grandes lagos que la imaginación calenturienta del caravanero ve en el desierto, están aquí a la vuelta de cada esquina, porque tenemos como un desierto particular para nuestro uso en cada calle y en cada piso.

España ha ejercido y ejerce su acción de nación que recorta paisajes en Africa:

1.° Sobre la misma Península, con sus restos de Medina Azahara y una ilusión de tener Generalifes en todos los hombres de la meseta que bajan al Betis.
2.°- Sobre las islas, que son algo más que las mismas Canarias, puesto que Baleares, entre la viña y el fenollar, es ese castillo que dibujan los fantasiosos cosmógrafos sobre suelos desérticos del Sahara; pero que también es Canarias con las frutas rojas del cafeto en campos de sinople.
3.°- Sobre el Africa misma con parentesco de paisajes y estética en estas islas, del verdadero y legítimo Archipiélago.

Así quedaron unidas las Islas y Africa. Los estudiosos del arte oriental devanáronse las ideas buscando el origen de la niponización del paisaje en la pintura china de la época Sung. No se encontraba explicación a aquellas olas recortadas de maneras extravagantes, a las pagodas rodeadas de majestuosos cipreses, a los valles con espesos macizos de bambúes, aquellas vertientes enteras desapareciendo bajo los mirtos, las azaleas y los rododendros. Todo esto hasta que se dieron cuenta de que realmente estos paisajes existían en China. ¿Dónde han visto las euforbias los alumnos de la escuela Luján Pérez? No hay que darle muchas vueltas: están en los barrancos mordiendo al sol y la luna redonda de mayo. Al Africa y los tarajales los tenemos en casa.




Las puertas del campo.

Ambiente y realidad. La destrucción de la belleza del paisaje urbano y natural de Gran Canaria comenzó hace muchos años. Allá, cuando intentaron ponerle puertas al campo. Fue en el Llano de Las Brujas -muchos dirán que aquello no era ni paisaje ni nada: un desierto. Pero desproporcionada e irreal resultó la cerca que pusieron en la vuelta misma donde se enfrenta uno con la vieja entrada del Tanque los Ingleses. Una muralla que oculta hasta la cumbre. Y no se justificaba su fealdad ni siquiera con el remoto parecido que tiene con la Venta del Camino. Me refiero a la venta de Don Quijote, a la puerta de salida con que Gustavo Doré ilustró la frase cervantina "las del alba serían cuando Don Quijote..." frase que anula toda otra posibilidad de alba hasta la llegada, siglos después, de Federico García Lorca. Pero nos referimos al paisaje y las cercas y a las puertas que, a lo largo de los siglos, se han puesto al campo de Gran Canaria.

Como es costumbre comenzar la historia por la prehistoria – y es, además, imposible saber hoy en día si ya pasamos el grado de la prehistoria general básica- hemos de tratar de recordar si los canarios prehispánicos tuvieron cercas o amojonaban sus campos según los principios generales de vida del mono desnudo, o conforme a los más modernos derechos registrales o sistemas de amillaramiento en vigencia. Por lo menos tenemos la referencia histórica exacta de que la muralla existente en Fuerteventura que separó a la vieja Maxorata de Jandía, era una cerca que por razones de delimitación habían construido los majoreros de antaño. En cuanto a las cercas de los indígenas de Gran Canaria es indudable que debieron de existir, puesto que si inventaron, o heredaron, un complicado sistema de signos distintos para separar la propiedad de sus granos, es indudable que también en el campo las delimitaciones de los diferentes cercados tendrían que haber sido rigurosamente cuidadas.

La importancia de la cerca ha sido decisiva en la formación de deformadas urbanizaciones, como lo han sido, hasta nuestros días, las murallas en las ciudades cuyo recinto primero se detuvo tímidamente al pie de las más modestas defensas para después abrirse fuera de la portada, como en Las Palmas decíamos. Los límites de las propiedades rurales, al ser urbanizadas, tendieron a convertirse en vías de circunvalación en unos casos y en otras de salida a la vía general. Las murallas de Las Palmas pie las cuales quedan aún algunos trozos perdidos sobre el risco- tuvieron además otra función cuando se construyó el primer puerto de Las Palmas, hoy sumido en la Ciudad del Mar: la vieja muralla señaló dónde debería construirse el muelle, y dónde deberían estar los almacenes, esos caserones de los cuales todavía alguno subsiste de espaldas a un mar ya inexistente en, aquel punto.




Otros límites naturales de los pueblos fueron siempre los barrancos en algunos casos insalvables, como el que presenta a la vista su imponente estructura de farallones, y es el límite de Moya. En cambio, los barrancos de márgenes bajas siempre fueron más bien incentivo a continuar la ciudad en la otra orilla, sin más límite que el hiato que las aguas invernales ponía al continuo de la comunicación. Asimismo las aguas dominadas por los hombres, en las cantoneras, en donde todo el pueblo o la ciudad se reunía por diferentes motivos -la medición del agua, el reparto, el lavado de la ropa- se pueden encontrar indicios de algunos límites urbanos del pasado y que en algunos casos lo son hoy también en cierta forma.

Pero la más encantadora de las permanencias de las cercas -ya en parte sustituidas por muretes sin gracia y sin estilo- eran y son en ciertas partes de la isla, todavía, los restos de la vegetación natural. Las viejas palmeras isleñas, las que dieron nombre a la isla, a la ciudad, a la provincia, las que constituyeron bosques enteros, se han conservado en las cercas, donde convenía que grandes señales dijesen al viandante dónde comenzaba la finca de Juan Mayor o de Pedro Rivero, ponga por caso. Hasta hace algunos años zarzamoras y rosales silvestres servían de cerca por el Reventón o por la Fuente de los Berros, y el lentisco era la cerca natural de muchas fincas en el Monte Lentiscal. Las tuneras, las piteras y los geranios sobre muros de piedra seca o sobre muros modernos, dicen aún al viandante "aquí empieza lo mío, que de ninguna manera es lo tuyo".

Pero los muros de cerca también han ejercido en Gran Canaria otras funciones. Otros nexos los unen a su contenido, y no sólo el delimitar las propiedades. Las murallas ciclópeas que todavía existen en el Arbol Bonito contienen la buena tierra de San Juan y la costumbre de levantar cercas escalonadas, el medio pañuelo y la majadilla, las cadenas -rellenas incluso con tierras de procedencia lejana-, son procedimientos que debieron existir en el pasado indígena, ya que se encuentran entre los cultivadores de laderas de casi todos los países, en donde peligra la tierra de ser arrastrada por las aguas. Además aquí, en Gran Canaria, hay que protegerse del viento sin privar al cultivo de la circulación del aire: las altas cercas, con vanos intercalados, existen por toda la isla y no han disminuido: al contrario. Parece que han sido la respuesta al desafío de los cultivos bajo cierres de plástico o de cristaleras, invernaderos que nunca creímos ver por aquí, puesto que siempre nos parecieron cosa propia de países nórdicos y gélidos. Ahora no sólo se cercan las propiedades rústicas, sino que también se techan y se priva al mundo de su vista. No sólo puertas, sino también candado y cerrojos de seguridad necesita ahora el campo de Gran Canaria.


Este artículo ha sido previamente publicado en el número 117 de la revista Aguayro, editada por la Caja Insular de Ahorros de Gran Canaria en 1979.

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Manuel J. Lorenzo Perera y Mª. Dolores García Martín (Investigadores de Etnografía de Canarias) (1ª Parte)