Revista n.º 1045 / ISSN 1885-6039

Las Palmas de Gran Canaria.

Lunes, 13 de marzo de 2006
Jules Leclercq
Publicado en el n.º 96

Me ha llamado la atención el carácter oriental de Las Palmas. Parece una ciudad árabe, más que española. El aspecto de las casas, las callejuelas irregulares y pendientes, el mismo tipo de los habitantes, todo recuerda la proximidad de Marruecos. Aquí, como entre los moros, las casas son, generalmente, de una planta, blancas como la nieve, y terminando en terrazas. La calle principal es la única de carácter europeo.

Foto Noticia Las Palmas de Gran Canaria.



El vapor levó anclas a medianoche del 20 de agosto y, a las cinco de la madrugada, estábamos fondeados ante la Ciudad Real de Las Palmas, capital de Gran Canaria. Esta isla es una de las más importantes del archipiélago de las Afortunadas. Está a sólo quince leguas del sureste de Tenerife, y yo la he visto claramente desde lo alto del Teide. Tiene 64 kilómetros de largo y 61 de ancho, y cuenta una población de 70000 almas. Esta isla no tiene la forma irregular de Tenerife, sino que es perfectamente circular. Es tan fértil que Humboldt la llamó el granero del archipiélago. Ledru afirma que, en algunas zonas, produce dos cosechas anuales de trigo. En ella se cultivan cochinilla, cereales, tabaco, patatas, olivos, vides, frutas, miel, cera, y se crían vacas, cabras y ovejas.

Desde el puente, he admirado, con asombro, la vista pintoresca que presenta la ciudad de Las Palmas, en toda su extensión. Construida en forma de anfiteatro, recuerda a Lisboa. Una banda de nubes cubría el paisaje circundante pero, al fondo, se destacaban las lejanas cumbres de la isla, recortadas sobre cielo azul e iluminadas por los primeros rayos del sol. La ciudad de Las Palmas luce, de lejos, mucho mejor que Santa Cruz.

Nuestro barco debía hacer escala aquí durante un día entero, bastante para hacerme una idea de la ciudad. Pero desembarcar en Las Palmas no es cosa fácil; el oleaje sacudía nuestra lancha como una brizna de paja, por lo que hubo que maniobrar con los remos durante media hora larga. Es raro que la mar no esté agitada ante Las Palmas, cuya rada es totalmente abierta, por lo que los barcos europeos prefieren recalar en Santa Cruz, de fondeo más seguro. A una legua de Las Palmas, hay un puertecito más abrigado, llamado Puerto de la Luz, en el que se refugian los barcos en caso de mal tiempo.

Me ha llamado la atención el carácter oriental de Las Palmas. Parece una ciudad árabe, más que española. El aspecto de las casas, las callejuelas irregulares y pendientes, el mismo tipo de los habitantes, todo recuerda la proximidad de Marruecos. Aquí, como entre los moros, las casas son, generalmente, de una planta, blancas como la nieve, y terminando en terrazas. La calle principal es la única de carácter europeo. Es la de los comercios, y más bonita y animada que la calle mayor de Santa Cruz, e inmediatamente se nota que en Las Palmas es donde se concentra la actividad industrial y comercial de Canarias.

La ciudad está separada por un barranco en dos partes, enlazadas por un puente de piedra decorado con estatuas. Este puente cruza un río sin agua, sembrado de guijarros, en cuyo lecho he visto unos maizales. ¡Es un río aún menos respetado que el Manzanares! Desde el puente, la vista se pierde sobre lujuriantes palmerales y casas de los suburbios que se alzan unas sobre otras, suspendidas en las faldas de las montañas. A lo lejos, se ve El Saucillo, punto culminante de la isla, con una altura de 7000 pies sobre el nivel del mar.



En primer lugar, he acudido al mercado, donde he pasado revista a los frutos del país: uvas, sandías, racimos de plátanos, higos chumbos, etc. La pescadería, muy próxima, es un mundo encantador como no se encuentra otro en Francia. Allí he podido contemplar los trajes de las mujeres del pueblo: se cubren las cabezas con un paño blanco, no menos gracioso que la mantilla, y andan con mucha elegancia, gracias a su costumbre de llevar cántaros en la cabeza, como los árabes. En cada isla del archipiélago se encuentran tipos diferentes y con distintas maneras de vestir.

La catedral de Las Palmas es el más bello monumento religioso de Canarias, que resiste su comparación con las más suntuosas basílicas españolas. La fachada, sin terminar, es de un estilo clásico de gran pureza. El interior, del siglo XVI, es de un gótico muy original. Ligeros pilares emparejados, sin capiteles, se lanzan hacia la bóveda donde se dividen en una infinidad de nervaduras delicadas y de encantadora gracia. Según la costumbre española, el coro corta el templo en su mitad. Me han hecho notar una valiosa lámpara de plata, donativo, según dicen, del cardenal Cisneros. En una capilla descansa el poeta canario Cairasco de Figueroa, nacido en 1535 y muerto en 1610. Es el autor de un poema sobre las antigüedades canarias, y fue elogiado por Cervantes como gran poeta. Bajo el altar mayor, se halla la tumba del historiador Viera.

La ciudad de Las Palmas es la más considerable del archipiélago canario, con una población de 15000 almas. Aunque el capitán general reside en Santa Cruz, Las Palmas, que antaño fue cabeza de esta provincia española, ha conservado los demás privilegios de una capital: es la sede del obispado y de la Real Audiencia. El Palacio de Justicia está instalado en un antiguo convento. Un magistrado, antiguo juez de Sevilla, se ofreció para enseñarme las diferentes salas de audiencias. De acuerdo con la costumbre española, hay en ellas un lujo desusado entre nosotros: los jueces, vistiendo ricas togas de terciopelo negro con encajes, se sientan bajo un dosel de terciopelo rojo, y presidido por un retrato del rey Alfonso. El tribunal de apelación de Las Palmas cuenta con un presidente, un presidente de cámara, cuatro magistrados, un fiscal, un teniente fiscal, un secretario, un relator, y dos ujieres. En estos momentos, la audiencia está viendo el proceso de dos asesinos acusados de haber dado muerte a un inglés en Tenerife, en campo raso, para apropiarse de una suma de sesenta mil francos que llevaba. Ambos asesinos han sido condenados, recientemente, a la pena capital por el juez de primera instancia con el que comía yo diariamente en La Orotava, y no hay dudas sobre la confirmación de la sentencia. Este homicidio ha dado tanto que hablar porque los crímenes son muy raros en Canarias.





 

Las Palmas posee una encantadora alameda, sombreada por laureles de Indias, palmeras de Cuba y otros árboles que en Europa cultivamos en invernaderos. No he visto nada tan bonito como este paseo público. En una placita próxima, hay una encantadora fuente, rematada con un busto del poeta Cairasco.

Al salir de la alameda, he recorrido las tortuosas callejuelas de los arrabales, donde hormiguea una población semidesnuda, y he llegado al fuerte, desde donde se domina toda la ciudad. Si no fuera por la catedral, cuyas torres recuerdan las de Zurich, parecería una blanca ciudad morisca, con sus casas cúbicas de deslumbrante blancor, sus terrazas y sus patios. Las palmeras, que dan nombre a la ciudad y surgen por todas partes, completan la ilusión.

La metrópoli canaria ocupa una vasta extensión: las casas están desperdigadas aquí y allá, sin cohesión, y los campos de cochinilla invaden hasta las viviendas. Nada hay tan pintoresco como el panorama de esta ciudad, edificada entre el mar y las montañas en un valle delicioso. El sol llameante de los trópicos da a sus blancas casas un reflejo cegador, que contrasta con el azul profundo del Océano. Al noreste, surge el islote volcánico de la Isleta, unido a la isla madre por un angosto istmo. En el lado opuesto, se abre una encantadora perspectiva sobre un valle interior, donde una multitud de palmeras despliega su aéreo follaje. La ciudad está dominada, al oeste, por altos acantilados, acribillados por una infinidad de cavernas en las que habita una troglodítica población. Estas escavaciones datan del tiempo de los guanches, que las eligieron como viviendas.

Por la tarde, hice una excursión en cohe al Puerto de la Luz, acompañado por un comerciante marsellés establecido en Las Palmas. Seguimos la carretera trazada por la arena del istmo que une La Isleta a Gran Canaria. El pico de Tenerife, que no es visible desde Las Palmas a causa de las montañas que se interponen, se ve perfectamente desde el istmo. Gracias a la extrema transparencia del aire, el Pico parece estar a un tiro de fusil, aunque, en realidad, hay más de quince leguas de distancia, y su cumbre, una de las más altas de nuestro hemisferio, se rebaja por la lejanía hasta no parecer más alta que el Arco de la Estrella.

Nos detuvimos en los manantiales de Santa Catalina, donde han abierto, recientemente, una casa de baños. Estas aguas han sido analizadas por unos médicos parisinos. Son ricos en cloruro sódico, y se emplean con éxito en las afecciones escrofulosas, reumáticas y gotosas, y en las de las vías digestivas. Santa Catalina, situada a un centenar de metros del mar, es la única fuente mineral conocida en la que es posible combinar los baños de mar y el tratamiento interno. Sería preciso organizar este establecimiento de modo que pueda aprovecharse esta doble acción terapéutica. Por desgracia, las actuales instalaciones dejan mucho que desear.
 



Fragmento tomado de Viaje a las islas Afortunadas. Cartas desde las Canarias en 1879, de Jules Leclercq, Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, Islas Canarias, 1990.
 

 

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