Revista n.º 1046 / ISSN 1885-6039

Garachico.

Domingo, 4 de diciembre de 2005
Jules Leclercq
Publicado en el n.º 81

Al recorrer las desiertas y silenciosas calles de Garachico, se creería uno al día siguiente de la erupción que, en 1706, destruyó esta ciudad, antaño la más floreciente del archipiélago. Durante su época de esplendor, su puerto era frecuentado por navíos de todas las banderas, debiendo su fortuna al célebre vino de malvasía, que se cosechaba en esta parte de la isla. Garachico tuvo suntuosos palacios, muelles, iglesias, plazas públicas, y sus habitantes le dieron el nombre de Puerto Rico. La lava se llevó todo aquello en unas horas; palacios, muelles, puertos, iglesias, viñedos, todas aquellas riquezas se perdieron en los torrentes de fuego vomitados por el volcán.

Foto Noticia Garachico.


 

Esta mañana, me he levantado al amanecer para visitar las ruinas de Garachico, el desdichado pueblo que ha sufrido la suerte del Herculano y Pompeya. A caballo, no se tarda más que una hora en llegar allí desde Icod. Cuando se ha dejado atrás la fértil vega, se atraviesa un desierto sembrado de lava y basaltos. El centro de atención del paisaje es la montañeta de Buenavista, cono eruptivo surgido al oeste, cerca del mar.

Garachico se anuncia a lo lejos por el Roque, un inmenso peñasco que emerge en medio del mar y que recuerda la roca de Gibraltar. Este islote, coronado por una cruz, está situado frente al puerto, protegiéndolo de las olas del Océano.

Al recorrer las desiertas y silenciosas calles de Garachico, se creería uno al día siguiente de la erupción que, en 1706, destruyó esta ciudad, antaño la más floreciente del archipiélago. Durante su época de esplendor, su puerto era frecuentado por navíos de todas las banderas, debiendo su fortuna al célebre vino de malvasía, que se cosechaba en esta parte de la isla. Garachico tuvo suntuosos palacios, muelles, iglesias, plazas públicas, y sus habitantes le dieron el nombre de Puerto Rico. La lava se llevó todo aquello en unas horas; palacios, muelles, puertos, iglesias, viñedos, todas aquellas riquezas se perdieron en los torrentes de fuego vomitados por el volcán.

Esta ciudad a la que, en otros tiempos, animaba una población activa y mercantil, está absolutamente muerta; ahora, apenas si cuenta trescientas almas entre ruinas y no teniendo más actividad que la pesca. Espléndidas fachadas, principescas residencias habitadas antes por grandes de España, suntuosos conventos, dan fe de la opulencia de los antiguos habitantes. A cada paso, surgen las ruinas. Sólo una iglesia se libró de la destrucción; es un interesante vestigio de la buena época del arte español. En el interior se conservan notables obras de arte: un San Francisco, tallado por un artista local, y bellas pinturas de escuela española.

Cuando se llega al extremo de la ciudad se encuentra uno en el mismo escenario de la erupción de 1706. Cuatro cascadas de petrificada lava caen desde las próximas alturas, y se alargan hasta el mar. Esta lava, de la que he recogido varias muestras, es negra y de estructura compacta. Desde Garachico, no es posible ver el cráter que, al desbordarse, produjo estos torrentes de materias volcánicas.

Viera y otros historiadores contemporáneos refieren que la erupción fue precedida por ruidos subterráneos y violentos temblores de tierra, y que se retiraron las aguas del mar. La Montaña Negra, situada a unas dos leguas de Garachico y a 1417 metros sobre el nivel del mar, vomitó los primeros torrentes de lava. Una nube rojiza envolvía la montaña; la atmósfera ardía, cargada de emanaciones sulfurosas; del seno de las aguas, que parecían hervir, se elevaban columnas de vapores. Pronto la lava desbordó los diferentes conos de erupción situados al noroeste de la Montaña Negra. La corriente se dividió en varios brazos; dos, según Viera; cinco, según von Buch; y siete, según un manuscrito citado por Berthelot. Yo, por mi parte, he contado dos, que se subdividen en otros dos, y así forman cuatro ramas en la inmediata proximidad del puerto.

Los torrentes de fuego propagaron el incendio por toda la ciudad. Según relación de Bory de Saint-Vicent, las aguas invadieron una parte de la ciudad; primero se retiraron por efecto del seísmo y, luego, volvieron a la carga con terrible ímpetu. El mismo autor afirma que muchos fugitivos fueron tragados por las fosas que se abrían de pronto para volver a cerrarse inmediatamente; otros, perecieron asfixiados por los vapores sulfurosos, y muchos murieron aplastados por las piedras que lanzaba el cráter. Según Cordier, el torrente de lava recorrió cinco leguas en dieciséis horas, y permaneció incandescente durante cuarenta días.

A pesar de la terrible lección infligida a Garachico, a pesar de la amenaza de una nueva destrucción, el gobierno español está construyendo ahora un nuevo muelle, que ya ha costado diez mil duros (30000 francos). ¿No sería mejor terminar el muelle de Santa Cruz, y construir carreteras a través de la isla, en lugar de derrochar así el dinero a fondo perdido? ¡Qué fantasía la de creer que los barcos volverán a este puerto, cuyo nombre ha desaparecido desde hace dos siglos!

Debido a su situación, Garachico debe temer el día en que el volcán vuelva a salir de su reposo. El actual cono del Teide surgió del interior de un cráter antiguo, conocido por La Caldera. Este antiguo cráter está rodeado de una especie de muralla circular, Las Cañadas. Esta muralla se hundió parcialmente a consecuencia de otra erupción, abriéndose una brecha precisamente por la parte de Garachico, y por allí es por donde fluirán los torrentes de lava de las futuras erupciones.

 



Fragmento tomado de Viaje a las islas Afortunadas. Cartas desde las Canarias en 1879, de Jules Leclercq, Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, Islas Canarias, 1990.
 

 

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