Revista n.º 1049 / ISSN 1885-6039

Artenara o La casa sin ventanas

Jueves, 22 de julio de 2004
Yeray Rodriguez
Publicado en el n.º 10

Hoy en día, tal y como los primeros pobladores de Gran Canaria, la mayoría de los artenarenses viven en cuevas excavadas en la roca.

Virgen de la Cuevita de Artenara


Es algo difícil de explicar lo que siente uno cuando visita el Museo Canario y se queda, ante aquellas huecas calaveras, idénticamente mudo. Da la impresión a veces de que el espacio donde en su día estuvieron los ojos es capaz de fabricar una mirada más profunda que la de la propia pupila. Pues para un artenarense, de cuna o de afecto, la impresión es mayor. Gran parte de las osamentas allí expuestas fueron halladas en este municipio enclavado al oeste de la isla de Gran Canaria, estirado de cumbre a costa y con la escasa noticia de la tierra llana.

Y digo que es mayor la impresión cuando uno comprueba que los dueños de aquellos esqueletos vivían, tal como viven hoy día casi todos los artenarenses, en cuevas excavadas en la roca. Para sentir la pertenencia a una tradición basta ser consciente de esta continuidad. Más de una vez, el que desconoce estas viviendas se imagina, curiosamente, una morada similar a la que servía de cobijo a los primeros pobladores de Gran Canaria; la imagina oscura, húmeda y desprovista de las comodidades que ha hecho cotidianas nuestro siglo.

Pero no es así; no queramos buscar esa situación en la Artenara del siglo XXI; y es que el apego a un espacio no lo determinan las realidades sino las voluntades y a muy pocos de los que hoy día piensan en una vivienda en Artenara se les ocurriría poner bloques y tabiques en lugar de escarbar en el risco o la tosca como hicieron sus antepasados. Hasta la patrona del municipio, La Virgen de la Cuevita, reside durante once meses y medio en una cueva que mira de frente al mítico Bentayga, que se alonga sobre el majestuoso Barranco Grande, que desde las faldas del Pozo de Las Nieves (el punto más alto de la isla) se precipita silencioso hasta alcanzar las laderas plagadas de invernaderos de la Aldea de San Nicolás. Tan sólo durante unos quince días al año, los que dura su fiesta, desde el quince de agosto hasta el último domingo de ese mismo mes, la patrona, que lo es del municipio, de los ciclistas y de las agrupaciones folclóricas, baja al templo de San Matías para retornar a él envuelta en el estruendo de los voladores.

Pero Artenara es un pueblo fiestero; además de a la patrona, el pueblo celebra también a San Matías, San Isidro, al corazón de Jesús, a San Juan y a La Virgen del Rosario. Además, dos barrios también celebran sus fiestas, llenas, éstas sí, de un encanto especial, donde todavía hay quien se arranca con las cuerdas a entrar en competencia con los altavoces de la plaza. El barrio de Lugarejos celebra en julio su fiesta de San Antonio y Acusa tiene en septiembre la del Cristo y en octubre la de Candelaria. A la genial autora cubana Dulce María Loynaz le gustaba decir que el hombre canario no sólo era hijo de esta tierra sino también su padre, en tanto en cuanto la había hecho a su mano; había bregado contra los imponderables de la naturaleza para subsistir sobre ella. Artenara, no sólo con sus casas-cueva sino con todo el diseño artificial de su paisaje nos da muestras sobradas que corroboran lo apuntado por la escritora antillana.

En los enrevesados barrancos que descienden de cumbre a costa, los cultivos en terrazas hacen equilibrio sobre espectaculares paredes de piedra seca cuya altura muchas veces supera con creces la anchura cultivable (Artenara, Artenarilla / malhaya quien te alabó / que son riscos y laderas / tierras llanas pocas son, reza una copla ). Además de las viviendas, los estanques o las gañanías también se adentran en la roca y son testimonio mudo de las horas de sudor de los míticos piqueros que en los últimos tiempos con compresores y maquinaria avanzada pero originalmente a pico, buscaron bajo tierra el cobijo de una naturaleza a veces extrema.

Al fondo, el Pinar de Tamadaba, tras el que se asoma el Teide, como si no hubiera océano en el medio. Está el Pinar surcado de caminos por los que los pinocheros transitaban para juntar la pinocha que en cargas heroicas llevaban al peso para encontrar alguna perra que llevar a la casa. Cuentan que a más kilos más dinero y que nadie se explicaba las marcas imposibles de aquellos sufridos hombres. Muchos de esos pinocheros eran originarios del barrio de Lugarejos, de profunda tradición artesana; uno de los enclaves grancanarios junto con Hoya Pineda y La Atalaya de Santa Brígida de mayor importancia al respecto. La Cieguita de Lugarejos dejó sus manos sobre bernegales y otras piezas como aún las deja, ya emigrado a Telde, Justo Cubas. Como ellos otros muchos dieron y dan forma al barro de aquellas cumbres.

Y, como no, la fiesta. Sin dejar de descamisar o de hilar se cantaba, se improvisaban cantares o se buscaban en la memoria donde siempre alguno aparecía. En medio de la fiesta se cantaban las limas, y entonces todo se podía decir (suelo cuestionarme el halo romántico y cadencioso de los estandarizados Aires de lima de Artenara), podía enamorarse, reprochar a los pretendientes: todo valía. Y había poetas, que llevaban al verso (romances o décimas) el acontecer de cada día, desde la peculiar vida de algún vecino hasta el supuesto reparto de la carne de un animal accidentado. En Artenara las casas no tienen ventanas; sólo las que dan a la calle desde el frontis: cada habitación, cada aposento, cobija una oscuridad imposible.

Cuando la luz inventada por el hombre se apaga, en la oquedad de la roca, sobre un colchón en la mayoría de los casos relleno de pinocha, parece que no han pasado tantos años.
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