Revista nº 838
ISSN 1885-6039

Dos Comunidades Identitariamente Analógicas.

Lunes, 06 de Septiembre de 2004
José Miguel Perera
Publicado en el número 17

Los pueblos del mundo nunca viven aislados; siempre están, y han estado, en relación con otros pueblos: relaciones de choque o fraternales, pero en contacto.

 

 


En esta línea, según va derivando nuestro mundo actual (con numerosísimos conflictos en todo el orbe), es necesaria la constante puesta en marcha de nuestras cabezas para pensar acerca de estos lazos o desamarres entre las diferentes comunidades culturales (no sólo países: no siempre una cultura corresponde a la delimitación legal de un estado). El respeto a lo diferente, la definición de lo que uno es y quiere ser, en qué "modelo" de persona se cree (y, unidamente, qué manera de convivir se desea), etc. En realidad, aunque no lo parezca a primera vista, éste es el telón de fondo que tiene el siguiente comentario que ofrecemos.
 



INTRODUCCIÓN.

El Archipiélago Canario y las Indias Occidentales, de Analola Borges (2003), fue publicado originariamente en 1969, año en el que mismamente sale a la luz un texto fundamental para la economía y, en suma, la cultura isleñas: Desarrollo y Subdesarrollo en la economía canaria, de Óscar Bergasa y Antonio González Viéitez. Y nombro este último libro porque el texto de Borges, del que vamos a hablar y comentar, se reedita en Ediciones Idea, de la misma manera que se ha hecho con el de Bergasa y Viéitez. Como vemos, este foco editorial canario está sacando textos centrales de nuestro contexto cultural: los dos anteriormente nombrados; la Historia de la poesía canaria, de Valbuena Prat (de la que sólo existía la edición de 1937); escritos de Alonso de Nava y Grimón; etc.

El Archipiélago Canario y las Indias Occidentales es una publicación que nos puede introducir fácilmente en la relaciones entre Canarias y América. Es más, la intención de la autora fue ofrecer estas ideas de manera divulgativa, sin notas a pie de página... A esto hay que unir (y quizás puede llegar a ser más relevante que lo anterior) la pluma narrativa de la autora, que podríamos nombrar (a falta de otro término más adecuado) como "literaria" o "estética", aspecto este que hace que, lo que nos cuenta, nos entre mucho más, que sea más creíble, que lo remotamente pasado sea incorporado en nosotros con fluidez, cálidamente; sin las totales escisiones frías con las que el discurso histórico suele, tantas veces, abotargarnos. Ellos es: como si (casi) fuera un cuento.

No obstante, su libro no deja de tener, en general, mucho de historia positivista: datos varios, nombres tantos... Se echa en falta, al menos yo, más sentido interpretativo (más allá de lo meramente expositivo), sobre todo en algunas cuestiones que comentaremos en la conclusión.



RELACIONES CANARIAS-AMÉRICA.

Es por todos conocido que Canarias y el continente americano se dan la mano, en muchos aspectos, desde la época de la conquista (de ello dio cuenta explícita asombrosamente, ya en el siglo XVI, el Padre Las Casas a propósito de las injusticias cometidas por los conquistadores). Tengamos en cuenta que los prehispánicos de aquel lado y de este otro (existentes fuera del mundo conocido, hasta ese momento) eran considerados, por la mentalidad y cosmovisión europeas, “bárbaros”: medio humanos, medio animales irracionales. Es lo que, en filosofía, se ha explicado y analogizado desde la figura del personaje de La Tempestad de Shakespeare llamado “Calibán”, el extraño y esclavo habitante de una isla que ha sido dominada.

Así, no sólo hay que tener presente esta visión europea primera, sino además (y quizás más) los siglos posteriores de colonización, donde dicha visión, con diferentes matices, se siguió manteniendo. De esta forma se va gestando, a lo largo de la historia, una estructura política y una mentalidad inferiorizada dependientes: dependientes de un centro de poder que fue España. No debemos perder de vista que esta dependencia se forja, en el continente americano y en Canarias, con unas particularidades concretas en cada frente: por ello, no es la misma historia la de allá que la de acá. Esto no quita para que el transcurso histórico de estos dos ámbitos culturales se toquen asiduamente: de ello -repito- habla Analola Borges en dicho libro. Empezando -como decíamos, como decía que escribió Las Casas- con la conquista de Canarias, precedente de la posterior conquista americana. Y, después, otros motivos como: hacia allá se llevó parte de nuestra flora y fauna; piedras; seda, miel, azúcar de nuestros ingenios; aperos de labranza; gofio, queso, vino... Y lo más importante: personas. Como ya sabemos, la emigración de canarios a América se ha dado de forma ininterrumpida hasta hace muy poco.

Ya en la época de la conquista y la fundación de pueblos americanos (por ejemplo, Montevideo), los canarios teníamos una presencia abrumadora. Lo que explica, por ejemplo, que allí fuéramos llamados “isleños” (término que todavía hoy se sigue utilizando, en algunas regiones latinoamericanas, con la misma acepción de entonces), diferenciándonos de los habitantes de la Península (existían, por un lado, “canarios” y, por otro, “españoles”). O sea, la relevancia de nuestras costumbres e, incluso, de nuestro acento estaba marcada diferencialmente desde aquella época. Y con una notable incidencia, así por ejemplo en la dicha creación de este término particularizante y delimitador: “isleño”. El número elevado de canarios puede deberse (amén de ser lugar de paso hacia las Indias) a la cercanía climática, por ejemplo. O por otras causas, como la siguiente, que nos comenta la llamativa cita de Borges: “(...) las Islas debían enviar obligatoriamente cincuenta familias cada año formadas por un mínimo de cinco personas, a cambio del permiso para poder comerciar con los puertos de América”. Número asombroso de emigrantes, acentuado durante el siglo XVIII.

Estos emigrantes y pobladores de las estancias americanas, canarios, eran principalmente de origen humilde y, con él, portaban humildad en los medios que tenían y que podían generar; a diferencia de los gobernantes de procedencia isleña, también allí presentes, que solían ser “hidalgos con algún patrimonio propio”. En este cauce de movimientos humanos no podemos soslayar los casos de polizones o clandestinos en general, como el caso curioso del canario Matías Ardiles (natural de Tacoronte), procesado por contrabando.

Tampoco podemos olvidar la inmersión de los insulares en la evangelización cristiana, que fueron muchísimos: pastores, obispos..., de entre los que sobresalen nombres como el Hermano Pedro de Bethencourt, el Padre José de Arce (con sus misiones jesuitas en Paraguay) y, más que ninguno, el Padre José de Anchieta, con su ingente labor en Brasil.

Igualmente se dieron similitudes entre nuestro pueblo y el complejo de pueblos que fue y sigue siendo Latinoamérica, en los intentos y las consecuciones de las invasiones piráticas (tema analizado por Rumeu de Armas en uno de sus libros más citados). Nuestras costas y las americanas temblaban alarmantemente ante la inminente llegada de estos piratas enemigos de la metrópoli española. Eran lugares estratégica y económicamente aprovechables para las diferentes potencias de estos siglos. Así, Drake (finales del siglo XVI) se pasará por una y otra orilla; Walter Raleigh también estará en uno y otro extremo; Robert Blake (siglo XVII); o el mismo Nelson en Tenerife, donde fue vencido.

De esta presencia canaria en el Nuevo Mundo dan cuenta los variados nombres propios y apellidos que afloran a lo largo del libro y de las tierras americanas (todavía hoy), delatadores de los lazos interminables de estos dos cercanos pueblos. Y nombro “cercanos”: porque la cultura no es sólo geografía. “Lo canario” puede estar presente (y lo que hemos dicho ejemplifica nítidamente) más allá de los espacios que dibujan los contornos de nuestras islas. Lo digo, también, porque a veces juntamos, automáticamente, una cultura a unos límites espaciales o, como aludíamos al comienzo, a unos límites legales (a un país, a un estado...). Pero la cuestión es, sin duda, más compleja.

 



CONCLUSIÓN: PARA TENER EN CUENTA.

Dicho esto, hay puntos (a propósito de las analogías y los contactos de estos pueblos, y a la luz del libro reseñado) que nos gustaría exponer aunque sea escuetamente. Son pellizcones que le hacemos, directa o indirectamente, a los textos que forman el libro de Analola Borges.

En él se respira una óptica de Canarias como espacio cultural intermedio; es, en realidad, la misma visión que se suele tener cuando decimos que somos un pueblo muy mestizo y tricontinental. Esto no deja de ser cierto, aunque se insiste tanto que abandonamos otro argumento tan principal como el anterior: Canarias es un pueblo con una identidad cultural. Tiene de allí, tiene de allá, por supuesto; PERO CANARIAS ES, porta su sí mismo. Si no lo planteamos así, las islas seguirán siendo -o viéndose como- “lugar de paso”, como “enclave estratégico”..., es decir, se interpretará desde una mente interesada, como era la de los europeos conquistadores y los piratas invasores de hace tantos siglos. Es como seguir pensando que Canarias vive sólo en función de otros pueblos. Se ve como un medio para. ¿Se entiende por qué es sospechoso cuando se habla del mestizaje y solo del mestizaje? ¿Por qué no se afirma que no hay pueblos puros? ¿Que todas las comunidades son mestizas? ¿Por qué no se inclinan más, quienes esto suelen pronunciar con insistencia, que somos un pueblo diferente, por las causas que sean? “A partir de entonces [se refiere a la conquista] el Archipiélago se incorpora a la gran Historia de España y, con ello, a la Historia Universal” (p. 18). Una cita como la anterior con-firma la perspectiva que aquí criticamos. Desde este planteamiento, se está diciendo que los aborígenes (o los prehispánicos americanos) no pertenecían a eso que se llama la “Historia Universal”, es decir, la Historia Europea. ¿O no? La que -precisamente- ha creado el término “universal”, muchas veces con significado de “mundial”. Aunque, si connota eso, ¿no pertenecían al mundo nuestros aborígenes? ¿O cualquier pueblo indígena hoy existente?

Este es el punto de mira que, en mi opinión, se debe cambiar: sobre todo porque nos parece injusto. “Pasaron así las Islas de la fábula a la verdad, de la niebla a la luz meridiana, de la leyenda local al hecho histórico, del repique suave de la campana de aldea al concierto musical de los grandes destinos históricos. De lo anecdótico pasó a la categoría de gesta (...)” (p. 23). ¿Cómo se pueden seguir diciendo estas cosas? Lo aborigen (lo no europeo) sólo era “fábula”, “niebla”, “leyenda local” (como si Europa fuera algo más allá de lo local), “campana de aldea”... meras anécdotas... ¡Increíble! Se les quita su condición de personas; o, a lo sumo, eran infra-personas. Esto es seguir manteniendo la visión (ahora sí) localista (en sentido negativo) de Europa, que nombra “universal” a lo que sólo conoce: todo lo extraño y diferente no es “universal”, queda fuera (casi) del mundo; en definitiva, no existe o no tiene importancia. Es el no respeto a las diferencias culturales; es la creencia en la supremacía de la civilización occidental. Y si miramos el tema del cristianismo y la evangelización, hubo discursos en el siglo XVI que criticaban, desde la propia palabra cristiana, las acciones injustas que se cometían contra los indefensos canarios e indios; por cierto, llevadas a cabo por personas que se hacían llamar “cristianos”. Esto pasó en Latinoamérica (todos conocerán al Padre Las Casas) y en Canarias, en la voz de, por ejemplo, Fray Alonso de Espinosa y, más que ninguno, del canónigo y poeta Bartolomé Cairasco de Figueroa. La máxima principal que barajan es que el mensaje de Cristo es contrario a lo que se hizo, en Canarias y Latinoamérica, con la conquista. Hablamos de discursos críticos contra estos hechos desde el siglo XVI que, salvando las distancias, podrían ser más justos y convenientes que la mayoría de los que hoy nos venden. Son motivos que también hacen ver las concomitancias históricas entre los pueblos americanos y las Islas Canarias.

No nos comenta nuestra autora nada del eco que tuvieron aquí, en el siglo XIX, las independencias de las colonias americanas. Concretamente, en figuras que pasaron (por diferentes causas) por aquellas tierras y que fueron testigos: Graciliano Afonso (doctoral, traductor, poeta, pensador, profesor...) o Secundido Delgado, el llamado “padre de la nacionalidad canaria”.

Y, en fin (y tal vez lo que me parece más esencial), Analola Borges nos acerca un ojo totalmente celebrativo del tema tratado. Por ello el libro carece de una autocrítica en tanto en cuanto no todos los canarios serían maravillas ni cachos de pan en América; con diferencias seguramente, pero contribuirían igualmente a la historia negra de la conquista americana.

Como atisbamos, han sido variadas las circunstancias que han hecho a estas comunidades culturales tan cercanas. Y estas circunstancias han influido en creaciones y en pensamientos similables: el modernismo literario canario (principios del siglo XX) o la teología de la liberación en Canarias (años setenta del siglo XX) son dos ejemplos claros. Por tanto, estos lazos no sólo se basan en la emigración de un lado a otro (que también), sino en paralelismos históricos que no son casuales: ingenuo (y sospechoso) sería pensar que fueran fruto de la casualidad.

 

 

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Comentarios
Domingo, 01 de Febrero de 2015 a las 14:04 pm - Valentín Medina Rodríguez

#05 Excelente artículo, amigo José Miguel. Hay que seguir en la labor entusiasta de escribir y rescatar todo aquello que tenga que ver con las relaciones Canarias-América. Espero enviarte cosas nuevas dentro de poco. Un fuerte abrazo. Valentín.

Viernes, 24 de Septiembre de 2004 a las 01:09 am - José Miguel Perera

#04 Agradezco enormemente los comentarios anteriores. Me parece casi asombroso (y me alegra profundamente) que diferentes personas lean las cosas que uno hace, los textos que en esta página aparecen. En este sentido, todos contribuimos a que siga caminando: ella, y más que nada, nuestra cultura islaña y todos nosotros con ella.

Así, me gustaría invitar a colaborar a estas personas que comentan: por ejemplo, mandándonos un texto testimonial de lo vivido en la experiencia de la emigración. A veces tenemos conocimiento de estas hechos por medio de discursos 'universitarios', pero sería deseable (para mí lo es en demasía) que escucháramos y leyéramos experiencias de viva voz. Un abrazo.

Jueves, 23 de Septiembre de 2004 a las 18:46 pm - Juan Riera

#03 Sencillamente, me ha encantado el artículo.

Miércoles, 08 de Septiembre de 2004 a las 13:47 pm - Juan Linares Díaz

#02 Agradezco esta profunda reflexión histórico-filosófica en la que me veo reflejado por mi profundo arraigo a la emigración y muestro mi total acuerdo en esa ausencia de historia negra de la cual yo guardo algún recuerdo. Procuraré leer el libro. Felicidades y gracias.

Lunes, 06 de Septiembre de 2004 a las 16:35 pm - Agustín Bethencourt

#01 Magnífico artículo. Conciso y directo. Me quedo con las conclusiones, sobre las que se podría hablar muchísimo.

Gracias, maestro Perera, por este esfuerzo de síntesis.