Revista nº 906
ISSN 1885-6039

Baja del Secreto

Miércoles, 19 de Mayo de 2004
Miguel Ángel Hernandez
Publicado en el número 1

En la costa de Valle Gran Rey (La Gomera), frente al Charco del Conde, existe una peña en el mar, conocida como Baja del Secreto, lugar donde, según la tradición, se fraguó la ‘Rebelión de los Gomeros’



Los allí reunidos decidieron acabar con la vida de Hernán Peraza el joven y su despótico gobierno de la isla, en 1488 (En realidad, no está nada claro lo de “Baja” y sí lo de “una Peña”, o sea, “un Risco”, que estaría situado en Taguluche, según estudios recientes. El término de “peña” se ha venido utilizando como una interpolación romántica).

Estos hechos y la posterior cruenta represión quedaron grabados a sangre y fuego en la memoria isleña, y aún hoy, siguen siendo motivo de inspiración para los poetas populares. Por su simbología, tanto histórica como poética, este acontecimiento, (desde luego mucho más impactante para los gomeros que la manida ‘gesta Colombina’), es el que nos sirve de referente para el nombre de esta sección de Bienmesabe, que pretendemos, modestamente, sea un punto de libre reflexión sobre el folklore y la cultura popular en general. Considerando que el concepto de folklore, no se circunscribe exclusivamente al ámbito de lo musical o del baile, sino que engloba una serie de valores, de formas de entender la vida, que a lo largo de la historia han contribuido significativamente a configurar nuestra identidad como pueblo.

La cultura popular es, por naturaleza, cultura de participación y también, entendemos, debe ser compromiso solidario (Como dice el lema del Proyecto de Desarrollo Comunitario de La Aldea: “un compromiso solidario con la cultura popular”.) y crítico. El folklore siempre ha sido la voz del pueblo. Es cantar a la belleza, a lo cotidiano, pero también muchas veces ha sido la única voz ante los abusos de los poderosos, esos mismos que acostumbran a aparecer como valedores de lo popular, que otorgan premios o deciden subvenciones. Cuando asistimos al irreversible deterioro de nuestro patrimonio y nuestro territorio (esa misma tierra tan evocada en las canciones), o interpretamos folklore de la emigración, y los cadáveres de otros seres humanos flotan en nuestras costas en un sueño no alcanzado. ¿Qué sentido tiene dedicarse al folklore (o a otros aspectos de la cultura popular) si no es desde ese compromiso crítico y solidario?

De nuestros mayores hemos heredado un baúl cargado de tesoros, esencias de tres continentes y una historia de mestizaje atlántico: Isas, Folías, Malagueñas; pero también: Puntos Cubanos, Ranchos de Ánimas, Cantares de trabajo, Tajaraste, Baile del Tambor...

El reto está en la manera en que integramos en nuestra forma de vida actual, con sus ventajas y sus condicionantes, tan rico legado. Existen puristas que se autoproclaman guardianes de tradiciones, y se rasgan las vestiduras ante cualquier atisbo de variación de ciertos parámetros de nuestro folklore. Sin embargo, todo lo que está vivo, cambia, evoluciona, en esto radica su naturaleza. El folklore, si está vivo, no es algo inmutable, ni una foto fija de un instante determinado del tiempo.

También existen oportunistas, que con muy poco, o ningún conocimiento de lo nuestro, lo utilizan y lo venden como si de una evolución moderna se tratase. A nuestro entender, sólo se puede aportar desde el respeto y el conocimiento. Los tiempos cambian y con ellos los gustos y las modas. Existen géneros que nuestros mayores dejaron por aburridos o pasados de moda y que hoy, valoramos como joyas de nuestro folklore. Y existen otros, de llegada reciente, como los corridos mejicanos, que han calado tan hondo en el alma isleña que ya parecen formar parte consustancial de nuestra forma de ser.

En estos tiempos de lo políticamente correcto, algunos pretenden enlatar al folklore, reducirlo a una muestra de escenario (No se trata de desdeñar el escenario, que es importante para cualquier grupo, pues es la manera que habitualmente se tiene de mostrar el trabajo ante el público. Lo que queremos decir es que entendemos que el folklore debe abarcar más allá de los mismos), colorista y uniforme, pero al fin y al cabo desnaturalizada y alejada de la realidad en que nació y se desarrolló.

En un tiempo de individualismos la reivindicación de lo colectivo, de un folklore a ras de suelo, con la gente y para la gente puede considerarse hasta subversivo. Tanto como el pierromance (El pierromance es el “estribillo” con el que los cantadores responden al solista “el que canta alante”) cuando va cantando un romance al ritmo del tambor. (Tanto en el Baile del Tambor gomero como en la Meda herreña) que sacaron los pastores gomeros, cuando en la década de 1940 les obligaron a retirar sus ganados del monte: Son las cabras nuestras madres / y el alcalde nuestro padre.

Folklore sí, pero sin esquilones (Los esquilones son una especie de campanillas que el pastor pone a su ganado para tenerlo localizado a diferencia del guanil (salvaje o libre, según se quiera) que no los lleva).

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